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Literatura

Diario de Milán, enero de 2019 (parte III)

por Alejandro Oliveros

Vista del Lago di Como desde Lecco. Fotografía de Giovanni Marinelli | Wikimedia

19/01/2019

Milán, miércoles 9 de enero de 2019

Un buen amanecer el de hoy, con sus rosáceos dedos surgiendo en el largo horizonte, y el brillo de Venus escapando del sol como Dafne lo hizo de Apolo. Una luz bendita en su transparencia y bienvenida después de la espesa jornada de ayer. Al otro lado, los Alpes reflejando la luminosidad extendida sobre la llanura padana. Paisajes que asombran mi mirada tropical, acostumbrada a otros azules, a veces brillantes, a veces bochornosos. Los mejores, como siempre, los de Margarita; los de Caracas, ciudad que siempre me ha acogido generosamente, desde los años perejimenistas de mi infancia de vacaciones en Sarría, marcados hacia el final por la inminencia de la caída del dictador y las agitaciones y rumores que la precedieron. De los rumores, mi abuela estaba bien enterada gracias a sus fuentes: mi tía Isabel, que estudiaba bioanálisis en la UCV, y mi tía Olga, jefa de archivos de la Cruz Roja; y muy amiga, porque eran parientes lejanas, de la esposa de un alto oficial de la armada cercano a Larrazábal. Incluso a mis nueve años no era difícil percibir que algo iba a cambiar; y que el cambio comenzaba con la partida del usurpador mandatario, electo después del más grotesco de los fraudes. Todavía fue necesario esperar un poco, pero, como dicen en boxeo, el derrumbe de la tiranía estaba telegrafiado. No es forzado relacionar este amanecer glorioso con futuras jornadas en el país natal.

Azar rey

El azar, “la única divinidad que permanece insobornable”, me ha puesto a leer, de la manera más insospechada, a la conocida japonesa Banana Yoshimoto (1964). No estaba para nada entre mis planes comenzar el 2019 con la lectura de sus libros, alguno de los cuales había leído hace unos años. En uno de esos hallazgos que se producen cada vez con más frecuencia en estos países, encontré seis libros suyos en el mostrador de un automercado, puestos allí para que se los llevara, sin pagar nada, el primer interesado. Ya me había pasado antes con el Bel Ami de Maupassant y otros. Lo más excitante de esta pequeña aventura bibliográfica es que siento que son otros los que deciden mis lecturas. Hoy, la japonesa; la semana que viene, nadie sabe.

Milán, jueves 10 de enero de 2019

Hoy, por lo menos hasta ahora, 10:15 am, una mañana perfecta con el azul profundo de un altísimo cielo, casi tan alto como los de Roma, y como es sabido los cielos más altos del mundo son los de la capital italiana. La luz es de una conmovedora transparencia, y la temperatura fría pero tolerable. Un tiempo como para envasarlo y tenerlo a mano cuando nos acose el tiempo bochornoso de las provincias natales. Días como este no invitan al trabajo sino al ocio, convidan más bien al primer bar abierto y a compartir una copa de tinto, mientras se reflexiona sobre lo que el futuro nos depara a los nativos de la Tierra de Gracia.

Voces (1)

Cuando, en una entrada de hace unos días, escribí que escuchaba, con claridad, las voces de algunos de los autores de mi biblioteca en Venezuela —Coleridge, Supervielle—, decía la verdad. Lo que no sabía es que en el caso del poeta británico se trataba de un esfuerzo notable; en el del poeta francés, no tanto. Sobre todo después de descubrir que entre los pocos libros que conservo en este apartamento se encontraba uno suyo. En efecto, gracias a la generosidad de los amigos de la editorial Pre-textos llegó a esta dirección, hará un par de años, la impecable edición bilingüe de El forzado inocente, con Gravitaciones, el más logrado de los libros de Supervielle, a cargo de José Ramo, suyas son las traducciones. La que reproduzco aquí de uno de los poemas más conocidos es inédita, y la realicé, en una primera versión, con el psiquiatra y pensador José Solanes hacia 1969, cuando cursaba yo tercer año de Medicina y trabajaba en una tesis sobre El doble en la literatura. El texto de Supervielle es una de las mejores expresiones de este asunto:

En un país extranjero 

¿Estos rostros vienen de mi memoria?
¿Y estos gestos, ya han tocado tierra o cielo?
¿Está vivo este hombre, como parece creerlo,
con su voz y el humo en sus labios?
Sillas, mesas, madera dura, que puedo tocar
en este país de nieve cuya lengua ignoro;
la estufa, y este calor que susurra a mis manos.
¿Quién es este hombre, frente a ustedes,
semejante a mí hasta en mi pasado,
que sabe lo que pienso,
que toca si los toco y colma mi silencio;
que se levanta de repente, abre la puerta, se va
y deja este vacío donde no hay sitio para mí?

Supervielle nació en Montevideo en 1884 en el seno de una familia de influyentes banqueros. Se trasladó a París y publicó su primer libro en 1901. Nunca olvidó sus orígenes sureños y con frecuencia regresó a la comarca natal, a la que dedicó hermosos poemas. Escribió y dirigió una pieza sobre Bolívar y muchas narraciones breves, entre ellas la trágica e inolvidable “La desconocida del Sena”, cuyo paisaje no es muy distinto al de L’Atalante, de Jean Vigo, una de las diez mejores películas de todos los tiempos en todas las listas de este tipo que se respeten. Supervielle es uno de los poetas más permanentes del francés moderno, una condición que el siglo XXI se ha encargado de confirmar. La preciosa edición de El forzado inocente de Pre-textos es solo una muestra.

Milán, viernes 11 de enero de 2019

Voces (2)

Como escribí hace poco, la voz del gran Jules Supervielle la escuchaba sin dificultad porque tengo uno de sus libros aquí en Milán. La lectura de Supervielle siempre es un regalo, incluso cuando lo leo con la urgencia de la situación de Venezuela. Conoció de la migración, aunque no forzada, el admirado poeta de Gravitaciones y escribió sobre ella con melancolía atenta al misterio. «El emigrante» precisamente se llama uno de los textos de El forzado inocente, que me atrevo, pesar de lo que me dicta mi precaria conciencia, a traducir aquí (“pauvre Supervielle”):

El emigrante 

Escucho los pasos de mi corazón
mientras me deja y se aleja.
Si lo llamo, me evita
para desaparecer a lo lejos.

¿A dónde va, tan ocupado,
que ni siquiera ve la noche ni la aurora?
Se aleja con tanta reserva
que llegaremos sin que yo lo entienda.

Si acaso llega y se detiene,
no tendrá sino la fuerza
para soplar sobre su luz;
solo sabré dejar pasar la muerte
que debe ser la primera
y la última en saberlo.

Bajo la edición del poeta Felipe Herrera Vial, el Ateneo de Valencia (Venezuela) dedicó, en 1970, uno de sus “Cuadernos” a Jules Supervielle con nota introductoria de José Solanes y traducciones suyas y de Eugenio Montejo. Confío en que la Hemeroteca Nacional conserve un ejemplar de la valiosa publicación.

Milán, sábado 12 de enero de 2019

Lecco

Ayer paseé por esta pequeña ciudad a orillas del lago Como para respirar un poco y descansar por unas horas del ambiente familiar; de otra manera podría resultar ciertamente agobiante, en especial para un aislacionista congénito y hereditario. El Como es uno de esos lagos alpinos que ilustran los almanaques de las panaderías, y con razón. En el caso de Lecco, la atmósfera es aún más atractiva por no encontrase entre las poblaciones preferidas por el turismo. Es imposible no recordar al buen Hans Castorp en la proximidad de estas montañas nevadas. No extraña que se haya quedado para siempre en este paisaje. Se trata de un buen lugar para llevar al fin una enfermedad como la tuberculosis.

Bananas (1)

Todos los títulos de Banana Yoshimoto (lo de Banana es un seudónimo), han sido traducidos a las grandes lenguas occidentales y publicados por las mejores editoriales: Feltrinelli, Gallimard, Tusquets, Diógenes. Y es que sus libros pertenecen a ese oxímoron que llaman “best-sellers de calidad”, lo cual, “a casa mía”, como dicen los italianos, es una contradicción en términos sobre la que no quisiera ahondar en este momento. Sus títulos aparecen cada uno o dos años y son consumidos con avidez por un amplio público animado por las favorables críticas y reseñas. Su estilo llano, directo y “poético” garantiza su digeribilidad, a pesar de que es la muerte el asunto preferido de la autora. La muerte y sucedáneos: avanzada vejez, enfermedades terminales, comas, animación suspendida; y sus aventuras suelen terminar en accidentes fatales y suicidios. En Honeymoon, la primera de las seis novelas que encontré en un automercado, de los siete protagonistas mueren cuatro, incluyendo el perro. Amén de que la protagonista rechaza la invitación de su prometido a cometer un doble suicidio, simplemente porque alguien tiene que llegar vivo al final para que cuente el cuento, que fue lo que le dijo Hamlet a Horacio, antes de morir en aquella carnicería con la que cae el telón sobre la tragedia shakespereana. No obstante, a diferencia del Bardo, lo que importa en Yoshimoto es la forma, su talento para presentar, de una manera exquisita, como una ceremonia del té, sus ambientes y situaciones. Una fina observadora de la naturaleza, Yoshimoto incluye entre sus personajes los jardines, puentes ríos de su misterioso Japón. A diferencia de las elaboradas construcciones narrativas de contemporáneos como Harakiri, su escritura es suave; se siente más cerca de Kawabata que de Akutagawa; su prosa es más contemporánea que moderna, más del siglo XXI que del XX.

Milán, lunes 14 de enero de 2019

Un inesperado mistral ha invadido la ciudad en estas horas de la mañana. No más con asomarse al balcón uno siente que de esas heladas montanas en el horizonte llega este viento purísimo que todo lo limpia, mientras nos congela hasta los blancos huesos. Se siente, sin embargo, una vitalidad parecida a la de los vientos marinos que llegan a Venezuela durante estos meses.

Bananas (2)

Hasta ahora he leído solo dos de los libros de Banana Yoshimoto que alguien dejó en un supermercado cercano, y no estoy seguro de seguir con los otros cuatro. Anoche, cuando terminé el segundo, Vestido de plumas, sentí que tenía suficiente de necrofilia, enfermedades terminales y depresiones. Bastante tengo con la desolación venezolana a la cual debo regresar en pocos días. Debo reconocer, empero, el talento de la japonesa para lograr la fidelidad de sus lectores. A pesar de sus deprimentes asuntos, Yoshimoto se cuida de producir en el lector ese “horror” que Aristóteles encontró en la tragedia griega y que terminaba en rechazo, no al autor, sino a lo que había sucedido en escena. Sus tragedias son más sutiles y tolerables. En Honeymoon la muerte del abuelo y luego la del amado perro eran sencillamente necesarias. En la tragedia griega, por el contrario, la muerte de Antígona, por ejemplo, no era para nada necesaria: muere porque era un personaje trágico, sin escapatoria. Como escribí ayer, uno de los personajes de Honeymoon le propone a su novia un doble suicidio, a lo que ella se niega por la más irrefutable de las razones: porque no es necesario. Al final, después de un viaje de iniciación a Australia deciden que lo mejor era seguir con vida, algo de lo cual no siempre parecen convencidos los japoneses. El más alto de los deberes, como nos enseñaron los griegos y, entre ellos, más que nadie el tan grande como olvidado Epicuro.

También en Vestido de pluma, un libro en todos los aspectos notable, el viaje es la solución, un viaje iniciático al final del cual se restablecen las prioridades de la protagonista. A sus veintiséis años, después de ocho años de experiencia urbana en Tokio, al lado de un amante casado, Hotaru siente que su existencia ha sido despojada de sentido. Después de la vida en plural, “salimos”, “leemos”, “bebemos”, “comemos Ramen”, “hacemos”, vivir sola carece de sentido. Morir es un verbo solitario. Un sentimiento no distinto al que sentía la protagonista de la autobiográfica Sleepless Nights (Noches insomnes), donde cuenta la sensación de abismo que le dejó el abandono de su esposo, el poeta Robert Lowell. En ese limbo de la existencia, Hotaru decide hacer un viaje de regreso a su pueblo natal. La nueva realidad es como la que encuentra Alicia cuando se pierde: aunque todo parece normal, porque nada le extraña a nadie, no es así. Yoshimoto pasa del realismo convencional de las primeras secuencias, al “realismo fantástico’ del resto de la narración. Sin la menor advertencia, la joven encuentra que en su pueblo natal ahora todo el mundo tiene algo de vidente, de adivino, de alucinado, de aparición. Hasta la misma geografía del lugar, erosionada por un río que es la arteria aorta que lo mantiene con su flujo metafísico:

Tengo la impresión de estar intoxicada por el río. Cuando regreso al pueblo me parece que soy tragada por su torrente y se me confunden las ideas. Lo mismo que todos los demás habitantes. Por una parte me siento protegida, iluminada por una luz especial; luego me doy cuenta que la corriente se lleva las cosas sobre las que debería reflexionar y tengo la sensación de vivir dentro de un gran sueño.

En esta novela neorromántica, el papel del sueño es esencial. Solo a través del sueño de su abuela, en su primera y última alucinación, que es lo que dice pero uno le cree, Hotaru consigue identificar al joven profesor de ski, al cual estaba segura de haber visto antes, y que parece destinado a restaurar el plural a su fantasmática existencia. Hotaru todavía tendrá que superar una serie de pruebas de iniciación para acceder a la cura. Justo allí, en las turbulentas pero cristalinas aguas de su río, va a encontrar el alimento nuevo para su alma en busca de cura. Después de la experiencia urbana, la conmovedora sencillez del paisaje de su pueblo la volverá a la esencia de la existencia. Al poco tiempo, se convencerá de lo que dice el proverbio burundés No. LXXVIII, que acabo de encontrar en la envoltura de un chocolate, “La dove ci si ama non scende mai la sera” (Nunca anochece donde se ama). Solo así su dolor se alivia, su enfermedad se cura. Yoshimoto, con la delicada precisión de una danza japonesa, ha escrito una hermosa parábola sobre las posibilidades de curación a través de la belleza, el único alimento del alma.

Adriano y País Portátil

Leo en la prensa digital de Venezuela, la única que existe por lo demás, o casi, que se cumplen sesenta años de la publicación de País Portátil, la que es, con Doña Barbara, la novela más leída en ese país. Para mí, sin embargo, el libro tiene un año más, sesenta y uno, porque fue en 1968 cuando la tuve, en la copia mecanografiada, por primera vez en las manos, y no un solo ejemplar, sino tres. En efecto, a mediados de ese año recibí una llamada urgente de Adriano —sus llamadas siempre eran urgentes—, quien se encontraba en Valencia. Con el mismo tono andino de los ancestros del joven Andrés Barazarte: “Estoy en una tasca aquí en la avenida Bolívar, que se llama “La Cibeles”. Estoy con Miyó Vestrini, véngase porque es una vaina importante”. Al colgar, comencé a pensar en la manera de justificar mi ausencia de la práctica de biofísica que tenía esa tarde en la Facultad de Medicina de la Universidad de Carabobo. Poco después, no en el comedor del local, sino en el bar, en una mesita arrinconada con bancos y no sillas, estaban Adriano y Miyó corrigiendo tres copias mecanografiadas de la novela. “Agarre esa copia y anote los errores tipográficos que encuentre mientras yo leo. Haga como hace Miyó, que los periodistas son los que saben de eso”. Después de largas y hambrientas horas de corrección, nos subimos al legendario Volkswagen de Adriano para ir al Ateneo a entregar los ejemplares destinados a participar en la Bienal Pocaterra, el más prestigioso de los concursos literarios de aquel entonces y que, en su edición anterior, había reconocido a Los alacranes, la estupenda y preterida novela de Rodolfo Izaguirre. Dos o tres semanas más tarde, una nueva llamada de Adriano: “No le vaya a decir esto a nadie. Usted es de los pocos que lo saben. Me acaban de dar el Premio Biblioteca Breve y usted tiene que ir al Ateneo a retirar el libro. Ya a mí me premiaron en España, hay que dejar que le den a otro el Pocaterra. Hable con Julio Ferrer, que es amigo, pero no le diga nada del premio. Cuando venga a Caracas me llama”. Sabía que el encargo no era fácil, y no lo fue. Las copias ya habían sido entregadas al jurado y todos sabían quién era el autor. Para los organizadores del concurso, además, se trataba de una gran ocasión para darle publicidad a un evento de provincia. Solo la solidaridad ucevista (Ferrer había conocido a Adriano en la UCV poco antes de que Pérez Jiménez la cerrara) permitió que el escritor trujillano se saliera con la suya. Al año siguiente, de eso hace ahora sesenta, se publicó País Portátil, que se convertiría en una de las novela venezolanas más comentadas, y Adriano en el novelista venezolano más leído y querido. Lo segundo le importó siempre más que lo primero.

Milán, martes 15 de enero de 2019

Desdoblamiento topológico

Primeros síntomas de mi crónico desdoblamiento topológico. Un indeseado síndrome que se presenta cada vez que llego al final de mis estadías, aquí o en Venezuela. Una sensación aguda de desarraigo (nací para ser sedentario, como mi padre, como los hacendados nirgüeños de los cuales desciendo) que resulta en neurosis, depresión, mal sueño, una especie de weltschmerz por el destino que me ha obligado, una vez más, a dividir en dos mi vida: aquí y allá. Una historia que comenzó siendo de dos ciudades para derivar en una historia de dos países y dos lenguas. Me he acostumbrado a viajar ligero de equipaje; lo primordial, mis cuadernos y libretas y mis plumas. De los libros, Dios, o el azar, que viene a ser lo mismo, se ocupará de eso. Y mi “máquina de escribir”, que es la computadora, se la pido prestada a mi hija. Es la que uso cuando estoy “fuera”, ya que acudo a la mía cuando estoy “dentro”; términos cargados de ambigüedad que no designan nada preciso. En poco tiempo regreso al “dentro”, a Venezuela; y dejo aquí, “fuera”, dos de mis mejores afectos, donde me tocará compartir una nueva temporada en el infierno; matizada, es cierto, por otros afectos y la luz familiar del cielo natal, el cielo propio. En una época el consumo de ingentes cantidades de alcohol ayudaba a superar la situación, pero en estos tiempos de posmodernidad ya no se bebe como antes. Lo único que me queda, y no es poca cosa, es la literatura y la poesía. La dolorosa enfermedad terminal de mi madre me ayudó a descubrir sus capacidades curatorias (fue cuando comencé, hace justo veinticuatro años, a escribir estos diarios), a las cuales acudo cuando me tocan estas crisis recurrentes de esquizofrenia, y otras dolencias del ánima menos previsibles. Verlaine decía que “el resto es literatura”; en mi caso, vivo la vida gracias a la literatura.

Plumas plumas

También las plumas hacen falta; al menos a mí, que todo lo escribo a mano en mis cuadernos. Y, a pesar de la indeclinable voluntad de servicio de las dos Waterman que me traje —no fallan, no se quejan ni reclaman—, siento la necesidad de todas las otras que dejé “allá”, en el otro y verdadero país. Quiero verlas, tocarles el peso, lavarlas, probarlas, llenarlas de tinta y escribir un poco con algunas de ellas; como mis dos Delta regaladas por Constanza, una a mis sesenta y la otra diez años después; mi Montblanc Boheme de Toulouse, o la color Burdeos luego del “Jamine”; o las tres Aurora de Borgo San Jacoppo o la Lamy plateada de Caracas, y mis primeras Waterman. Viejas compañeras de oficio y de memorias.

The Sound of Silence

En la RAI 5, el envidiado canal clásico de la radiotelevisión estatal italiana, una interpretación de la célebre pieza 4’.30”, compuesta por John Cage en 1952. A pesar de la calidad del pianista y de su seriedad, no logra transmitir a plenitud las intenciones del compositor. En todo caso, no tanto como el destacado David Tudor, el virtuoso encargado del estreno y de la única grabación que conozco. En sus tres movimientos asimétricos, Cage expresó todo su genio visionario de manera memorable. Son cuatro minutos y medio de absoluto silencio que el intérprete debe mantener con la mayor de las concentraciones y el mejor de los cuidados. Luego de lo cual se levantará, recogerá su partitura y de dispondrá a los aplausos del público, cuando llegan. No he tenido la oportunidad de escuchar 4’.30” en concierto, pero fui privilegiado con una experiencia no menos memorable. Cuando asistí, en lo más profundo del Village, a comienzos de los ochenta, a un recital de John Cage y John Ashbery en el más minúsculo de los bares. En esa oportunidad, el poeta leyó fragmentos de su todavía inédito Autorretrato en un espejo convexo, que alternaban con los silencios, de la misma duración, y apenas interrumpidos por un ocasional murmullo, de Cage. Al final, no pude dejar de sentir que había más poesía en el mutismo de Cage que en la elaborada elocuencia de Ashbery.

Milán, miércoles 16 de enero de 2019

The Sound of Music. Puccini y Aristóteles

A las 5:15 am, después de seis horas de sueño, el segundo acto de Tosca en Radio Classica Milano; en la conocida versión Callas-De Stefano-Gobbi, dirigidos por el maestro Victor de Sabata. Todo es admirable en esta ópera excepcional, la más aristotélica del repertorio moderno. Tenían muy presentes Puccini y sus dos libretistas los comentarios del filósofo sobre el teatro griego expuestos en su Poética. En especial todo lo referido a la noción de la unidad de la tragedia ática. Dos unidades precisó Aristóteles: la Unidad de Tiempo, según la cual la acción tenía que desplegarse en un máximo de veinticuatro horas, un ciclo solar: todo lo que ocurre en Edipo rey no llega a la noche del mismo día; y la unidad de acción que exige que el dramaturgo refiera una sola historia; la de la muerte de Agamenón, por ejemplo, y nada más. Una Tercera Unidad, agregada por los preceptistas ultra-aristotélicos del XVII, quiere que todo suceda en un mismo lugar, la entrada al palacio de Agamenón, en el mismo caso. Tosca, de manera admirable, respeta las tres unidades; exigencias nada fáciles, como lo sabía Shakespeare, quien nunca las respetó; o Corneille, que sí las respetó y escribió un magnifico ensayo sobre el tema.

Dejando de lado las complicaciones argumentales de la fuente, La Tosca, de Victorien Sardou, los autores del libreto comprimen los sucesos en un lapso de menos de 24 horas. El primer acto encuentra a los protagonistas en horas de la mañana del trágico día. El acto segundo reúne a Tosca con el infame Scarpia en horas de la tarde, con tiempo suficiente para cantar “Vissi d’arte vissi d’amore”; la estremecida aria que, en la voz de Montserrat Caballé, sorprendió a todos aquella noche 1979 en el Met, incluyendo al director James Levine, quien no podía creer lo que dirigía, veía y oía. El tercer acto, el último, se sucede en la madrugada del día siguiente, cuando morirán los amantes antes de que se cumplan 24 horas de iniciada la acción. Y aun cuando no se reduce a un solo escenario, todo se desarrolla en el limitado triángulo que lo componen, en este orden cronológico, la basílica Santa Andrea della valle; el Palazzo Farnese, para terminar, a orillas del Tíber, en Castel Sant’Angelo. La acción es la más lineal, muy poco se aparta Puccini de lo que le interesa, que es la historia de la caída de Tosca, un personaje signado por el fato, como los grandes protagonistas de Esquilo o Sófocles. Para un libreto así, no podía menos el gran compositor que escribir la más melodiosa de las músicas de ópera del XX.

Ron Carter, Bill Evans y Debussy

Apenas concluida la emisión del segundo acto de Tosca, recibo un correo del variado melómano Daniel Labarca, mejor conocido como el “hombre-cine”, de acuerdo a Rodolfo Izaguirre, un video de Ron Carter interpretando su legendaria versión de “Chica de Ipanema”. Ahora, en el centenario de la muerte de Debussy, se me ocurre que si el maestro francés hubiese sido pianista de jazz, sería Bill Evans; pero, si se le hubiese ocurrido acudir al contrabajo, sería Ron Carter.


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