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Diario de Milán

Diario de Milán: enero 2019 (parte I)

por Alejandro Oliveros

05/01/2019

Infierno XXVI, Ulises. 1827. William Blake

Milán, miércoles 2 de enero de 2019

Veinte años no es nada

Hace veinte años el síndrome de la utopía se apoderó de la conciencia de la mayoría de los venezolanos. Una insensata actitud que, como siempre en estos casos, se habría de pagar con dolor, lágrimas y el crujir de dientes. Es lo que queda de toda utopía, el desengaño en medio del desastre. No importó la cantidad de signos que anunciaban la tragedia: un militar metido a político, un discurso populista ramplón y una deriva fascistoide que se anunciaba desde los primeros días. La escogencia no podía ser peor. Veinte años después lo que queda es un panorama de inmundicias que se disputan los hijos de los que, con entusiasmo digno de otras empresas, escogieron el atajo facilista de ser felices sin trabajo ni estudio. Veinte años no es nada; ciertamente, es demasiado.

El Piccolo Teatro y Aladino

La tradición marionetista de los milaneses se remonta a finales de la Edad Media, y sigue siendo una presencia constante en las programaciones escenográficas. He tenido la oportunidad de ver, en sucesivas temporadas, Pinocho y Cuento de invierno. Y ahora, a cargo del Piccolo Teatro, La lámpara de Aladino. Y, como se sabe de una compañía que tantas veces visitó Caracas, antes de la veintena trágica, todo lo que presenta el Piccolo es memorable. No sería esta una excepción. Desde la sala escogida, el vecino Studio Melato, una sala preferida por el teatro experimental, con su disposición que recuerda el Globo londinense. El espectáculo, dirigido por Eugenio Monti Colla, fue un despliegue de maravillas protagonizado por las más de doscientas marionetas que, sucesivamente o en grandes grupos, se fue presentando durante dos horas cortas. El rico vestuario, la música y la escenografía eran dignos de un estreno de La Scala. La adaptación del relato de las Mil y una noches, realizada por el mismo Monti Colla, fue una de las grandes atracciones de Festival de Spolleto de 1994. Y no es para menos. Se trata de uno de los espectáculos teatrales más deslumbrantes que me ha tocado presenciar, con el viejo Circo de Moscú; el Macbeth de Verdi en la Arena de Verona; el American Ballet Theatre en el Aula Magna de la UCV, y cosas así. Con impecable inteligencia teatral, Monti Colli trasladó la acción a la antigua China, lo que le permitió presentar el inolvidable desfile del Segundo Acto, que incluyó títeres de caballos, carretas, soldados, príncipes, cortesanos, todos en maravillosas sedas; incluyendo, de la manera más shakesperiana, una marioneta que, a su vez, manejaba un teatrillo de mini-marionetas. Difícilmente una manera más luminosa de despedir un año como el 2018, ahíto de dificultades, decepciones y ausencias en un país convertido, en pocos años en una tierra de desgracias. No obstante, tal vez animado por unas líneas desde Nueva York del que fuera mi estudiante en la Escuela de Letras, y ahora talentoso narrador, José Miguel López, pienso que no es improbable que, en el 2019, vuelva el amor y el canto al país natal.

Cuaderno de Milán. Tercera parte

Mi primera poesía del 2019, que será incluido la sección tercera de mi Cuaderno de Milán:

Historia

Mi historia
son memorias
de las pieles
que me han rozado;
de los ojos que,
con rabia o amor,
me han mirado.
Algunos libros
mal recordados,
y cientos de versos
de grandes poetas,
entre ellos Machado.
La música
me abrió las puertas,
y hay en la casa un piano
que, de tarde en tarde,
han tocado
unas queridas manos.
Creí hablar
con Dios un día,
pero volví triste a la calle,
al pensar que no me oía.
Ahora, en esta Milán,
vuelvo a hablarle,
pidiéndole, al rezar,
que no deje yo nunca,
como ahora,
de amar y cantar.

Milán, jueves 3 de enero de 2019

Después de días de tolerables temperaturas, se ha extendido por Italia un frío inclemente proveniente de Siberia. Y piensa uno con dolor en las descripciones de Dostoievsky y Solzhenitzyn de aquella sucursal del infierno y en los millones de pobres disidentes que la ideología y la bondad de Stalin, el Stalin de Neruda, “sencillo como tú y como yo”, envió a una muerte helada; entre ellos, brillando como una lucecita perpetua en medio del desierto helado, el rostro de Ossip Mandelstam, víctima de la maldad atroz y “the opressor wrongs”. Por ahora aquí, en Milán, el sol brilla y la suave luz alpina se extiende por la ciudad. Una luminosidad que contrasta con la oscuridad de la “noche de perros”, como diría mi madre, que me tocó anoche, cuando después de horas de sueño epileptoide, pude rendirme desde las 4.30 hasta las 8.30am. He sido privilegiado por los dioses con una sostenida resistencia al insomnio; de modo que no lo entiendo bien, y cuando me afecta quedo en “estado zombie”; como el día de hoy, en el que no sé muy bien que hacer, sin fuerzas para comenzar a trabajar, ni deseos de seguir durmiendo.

John Graham

Una misiva electrónica de M.F. Palacios donde, después de revelarme algunos episodios fascinantes de la vida de Arshile Gorky, que terminaría en depresión y suicidio, me habla de John Graham, en el cual ha estado interesada desde hace años. Es Graham, nacido Iván Gratianovich Dombrowsky en Kiev hacia 1887, uno de esos productos del exilio de la Rusia bolchevique, que dispersó una fauna, maravillosa y triste, por los cinco continentes. Hasta Valencia (Venezuela) llegó esta diáspora, y me correspondió el placer de conocer a dos miembros de ella. Sobre una, Marina, viuda del gran escritor ruso Daniel Charms, he escrito largo en otra parte. Sobre el segundo, marido de Marina en ese momento, no es mucho lo que se debe recordar. Porque, aparte de aristócrata, no era otra cosa; su vida era una de esas mentiras verdaderas con las que de vez en cuando nos encontramos. En más de una ocasión, envuelto en la humareda de un cigarrillo que solo se apagó con su muerte, y en medio de los efluvios de un whisky igualmente infinito, le oí decir, y era lo único que animaba el azul de sus ojos perdidos, que era hijo de un conde propietario de una exquisita colección de arte que contaba con un par de pinturas de Joshua Reynolds y una de Thomas Gainsborough, además de los mejores impresionistas. Mentiras verdaderas difíciles de creer, y que sumaban a muchas otras de tantos exiliados nobles, que llevó a un ingenio a señalar que en la Rusia zarista había más condes que gente. Lo inquietante es que las historias de George, su nombre adoptivo, eran corroboradas por su esposa, quien no fumaba ni bebía. Aun así, me parecía que lo más recomendable era la incredulidad, sobre todo después de la Anastasia, con Yul Brynner. Así las cosas, hasta una tarde en la que me esperaba en su librería, la famosa Librería Internacional de mi juventud, con un libro abierto. Se trataba de un catálogo del Museo del Hermitage, y entre sus ilustraciones, un estupendo retrato en rosa de Gainsborough: “Esta pintura estaba en mi casa, era parte de la colección de mi padre. Y, en efecto, en una escueta nota, se aclaraba que la obra había pertenecido a la colección del Conde…, progenitor de mi George valenciano. Lo que no se explicaba era la manera como el espléndido Gainsborough había ido a parar a la colección del Hermitage.

El John Graham de María Fernanda fue mucho más que eso, y sus mentiras más verdaderas. Que fue un héroe condecorado al servicio del zar, es una de ellas. Otra, que su influencia en Pollock fue la más determinante en el momento en que el norteamericano atravesaba la más importante de sus crisis: la de justificar su adhesión a la pintura abstracta. Graham, un artista ya reconocido en París, a donde había ido a vivir el exilio en sus primeros años, llegó a la provinciana Nueva York de finales de los treinta, convertido en un fascinante espíritu cosmopolita que había frecuentado lo mejor de la vanguardia francesa, entre ellos a Picasso, sobre el cual escribió un influyente ensayo sobre las deudas del español con el arte africano. Después de veinticinco anos de “Las señoritas de Avignon”, y casi los mismos de las tesis de Kandinsky sobre la espiritualidad en el arte, los jóvenes norteamericanos se encontraban en el impasse de encontrar una legitimación al arte abstracto que tanto los atraía, después de encontrar superadas las figuraciones. Graham se encargó de proporcionar una base conceptual a las búsquedas de artistas como David Smith y Lee Krasner, pero sobre todo al inquieto e inquietante Jackson Pollock, quien se convertiría en su amigo y seguidor hasta el enfriamiento final. Las ideas de Graham sobre las capacidades reveladoras de la imagen abstracta, coincidían con las del psiquiatra junguiano de Pollock. Como la expresión más pura del inconsciente había que entender la imaginería abstracta. Graham se proponía compensar el influyente formalismo del intransigente Clement Greenberg, sosteniendo que la “pintura debería ser más que una evolución formal, que el tema era importante, y que la tarea del pintor era conciliar ambas. Como un moderno alquimista, el pintor tenía unificar el espíritu y el asunto” (E. Langhorne). “Ud. sí sabe de qué se trata”, con esta sibilina frase se le presentó Pollock a Graham cuando lo visitó por primera vez en su apartamento del No. 54 de Greenwich Avenue. De lo que se trataba era de encontrarle un sentido a la pintura abstracta, algo nada obvio, y una empresa que había ocupado las noches de grandes europeos como Kupka, Klee, Kandinsky, Malevitch o Popova. La “espiritualidad” de Grahan, que va a ser la de Pollock, consistía en la presentación del inconsciente más profundo, como si se dé un proceso alquímico se tratara, de una manera que descontara cualquier forma de representatividad. Graham es lo más cerca de un mago que encontramos en una época no ayuna de magos: Duchamp, Tatlin, Kupka, Dalí, Chirico, Gurdjieff, Oupensky, Diaghilev. De los cinco matrimonios de Graham solo recuerdo el último, que lo llevó a ser suegro de Leo Castelli, dueño de la activa galería neoyorkina desde donde pudo seguir difundiendo su magia entre los artistas norteamericanos del expresionismo abstracto, que es, seguramente, lo que le interesa a mi distinguida colega de la Escuela de Letras.

Infierno

Me preparo para un curso sobre el Infierno, la primera de las tres estancias de la Divina Comedia. Ningún tema más oportuno en estos momentos en Venezuela, me comenta el organizador, quien lo relee en la nueva traducción publicada en España por Acantilado y que desconozco. Para mis clases en la Escuela de Letras me he referido siempre al original, apoyado en la ajustada versión en prosa de la Biblioteca de Autores Cristianos, cuya preciosa edición de las Obras del florentino es una de las más completas en cualquier idioma; un volumen que incluye no solo la poesía sino los valiosos estudios teóricos de Dante, como De la monarquía o De la elocuencia en vulgar o la Carta a Can Grande della Scala, textos necesarios si se quiere entender lo que se propuso el autor con su magno Canto. Lo único que se extraña en las teorías del Alighieri es la falta de comentarios sobre la obra de Virgilio, su compañero de viaje. Que haya escogido al autor de la Eneida está más que justificado, y no es sino un reconocimiento al que, durante más de 1300 años, fuera reconocido como el poeta más importante de todos los tiempos. Pero no todo es Virgilio en el Infierno y Purgatorio. En efecto, como ha demostrado el profesor Asin Palacios, tanta influencia como la Eneida  tuvo la escatología musulmana cuando el autor de la Vida Nueva diseñó la arquitectura de su Infierno. No obstante, nunca sabremos todo lo que sabía Dante, muchas tradiciones orales que fueron aprovechadas se han perdido, así como manuscritos no reseñados. Una de los más inquietantes es la que refiere la muerte de Ulises y cuya fuente desconocemos. Según se cuenta en el “Canto XXVI” del Infierno, en medio de un paisaje recorrido por el fuego, el poeta, siempre con Virgilio a su lado, el mediodía del sábado 9 de abril de 1300,  vio una imagen distinta a las demás, una llama doble y, de repente, “Le  maggior corno della fiama antica / comincio a crollarse mormorando / pur comme quella cui vento  affatica”. El maestro romano le ayuda a identificarlas, se trata de Diomedes y Ulises, inquilinos de tan remota región infernal, entre otras cosas, por haber sido malos consejeros. Del “cor maggior”, la punta más alta de la llama, que no es otro que Ulises, conoce, gracias a la traducción al latín de Virgilio, su último viaje y fin. Después de la llegada a Ítaca, el esforzado guerrero, adicto ahora a la aventura después de veinte años de andanzas, decide hacerse de nuevo a la mar con un grupo de viejos compañeros. Al llegar a Gibraltar, enfrenta la renuencia de sus marinos de ir más allá de las Columnas de Hércules con un discurso irrefutable. No fue mucho lo que navegaron porque en las cercanías de una alta montaña bruna (se ha pensado que se tratase de El Teide canario), una gran marejada los hundió en la mar ignota porque altrui vuoi, por voluntad de otros. El relato, en las “terza rime” del poeta es sobrecogedor. Ulises nunca dejó de ser Ulises, ni siquiera enfrentado la muerte y fueron sus malos consejos y ardides los que condenaron a su tripulación a la muerte ahogada. Por eso, con todos los honores, escogió Dante para el protagonista de la Odisea el ardiente canto XXVI de su Commedia, en el Octavo Círculo”, donde seguramente hay un apartado para todos los que, con sus malos consejos, isleños del caribe principalmente, pero también rusos y chinos, hundieron a Venezuela en la miseria infernal.

Milán, viernes 4 de enero de 2019

La muerte de Ulises

Pude dormir mejor anoche a pesar de la sequedad de la calefacción y algunos sueños que harían el paraíso para cualquier analista freudiano. Hoy, el día suspendido en medio del frio siberiano, hasta el sol parece congelado rodeado de la escarcha de las nubes que lo rodean. La relectura del “Inferno XXVI” parece la más oportuna con tantas llamas y calor. Cada vez que me refiero a este fragmento de la Commedia me frustra la imposibilidad de conocer la fuente de la que dispuso Dante  para contarnos y cantarnos la muerte de Ulises. Fueron muchas las secuelas que en la Antigüedad se compusieron de la Odisea y algunos fragmentos se han conservado; entre ellos la Laertiada, en la que el protagonista es el propio hijo de Ulises, que se hace a la mar en busca de aventuras, pero no llega a más de unos cuantos endecasílabos y es absolutamente improbable que Dante la hubiese conocido. Más probable es que estuviera al tanto, aunque no la utilizo, de otra versión que cuenta la muerte del héroe, a manos de su propio hijo, en una disputa sobre la divina Circe de doradas trenzas. De esta historia solo conozco una ilustración en un manuscrito medioeval, propiedad del Vaticano, y reproducido en The World Of Ulisses, el fascinante libro de M.I. Finlay. La incorporación del príncipe de Ítaca a la gran épica dantiana nos revela la vitalidad del mito griego incluso en tiempos de cerrada religiosidad antipagana. Una circunstancia que parece demostrar, una vez más, que el mito no es literatura y que razón tenía Jung, esta vez al menos, al referir los comportamientos diversos del ser humano a la de los dioses de la antigua Grecia. The Survival of Pagan Gods es el nombre  del hermoso libro de Jan Szeneck donde se habla de esta resistencia del mito a la voluntad exterminadora del cristianismo.

Planes, fantasías y proyectos

Como todo escritor que se respete tengo cantidad de proyectos para este 2019, seguro de que ninguno de ellos se realizará. El primero y más importante de ellos es terminar mi Cuaderno de Milán, el libro de poemas en el cual vengo trabajando desde hace tres años. En este caso, el problema es que no sé cuántos poemas todavía puedo escribir, si es que me queda alguno, y si la providencia, la inspiración o la inconstante musa, me depara la gracia de componer nuevos textos. Sobre esto nada se sabe, hasta el mismo Jung, tan sabio, tuvo que reconocer que eso pertenecía al terreno de lo inexplicable; lo importante, como dijo Picasso, es que cuando la musa se aparezca nos encuentre trabajando. Con mis editores españoles ya he hablado al respecto y solo esperan a que les envíe la versión terminada. Otro libro, que por fortuna ya está escrito, es Razones y ficciones, mini-ensayos sobre filosofía y literatura publicados en Prodavinci, una selección de setenta que incluye pensadores como Platón o Heidegger, y narradores que van desde Maupassant hasta Ágota Kristoff o László Krasznahorkai y Magda Szabó. Un editor venezolano ha manifestado su interés y solo falta el grupo de “amigos habituales” que apoyen la empresa. Apenas comienza el año así que tengo tiempo suficiente para incluir otros proyectos improbables.


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