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Diario de Milán

Diario de Milán: diciembre 2018 (parte VI)

por Alejandro Oliveros

08/12/2018

Bernard Williams

Milán, sábado 1 de diciembre de 2018

Hoy es el primer día de Adviento. Alessandro comenzó a abrir su calendario que le presenta un miniregalo al día. Aunque me sentiría privilegiado con mecanismos como éste, para él no es suficiente, quisiera abrir las veinticuatro ventanitas hoy mismo. “Tomorrow never comes”, parece que pensara. Pero no todo puede ser rigor, y la venerable Deutsche Gramophon ofrece a sus seguidores, como un presente, un fragmento diario de música de Bach. El de hoy correspondió a un par de minutos de su Oratorio de Pascua, al que seguirán cantatas y arias hasta llegar al Weinnacht Oratorium, incontestable apoteosis de la música navideña a la cual, independientemente del orden de DG, vengo rindiendo culto desde hace más de cuarenta años.

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Unos versos de la primera parte de un nuevo Cuaderno de Milán, el anterior ya está en manos de Antonio López Ortega, en cuyos actos de magia confío para que sea publicado:

TARDE

“Tard sur la terre”

                                               G.E.

Llegué muy tarde a la tierra,
los templos no eran de mármol
sino de barro con piedras;
los dioses, que eran alegres,
muestran una oscura tristeza;
y, en lugar de un Hermes alado,
un joven con espinas en la cabeza.

*

El discreto encanto de Mussolini (1)

Una de las mejores descripciones de la fisiología del fascismo no la debemos a sociólogos o psicólogos sociales. Aprenderá mas el interesado sobre la fascinación y horror del sistema político inventado por el intuitivo, y no siempre desacertado Benito Mussolini, el que se detenga en la abundante y siempre notable  filmografía que le han dedicado los maestros del cinema italiano, Rossellini, Fellini, De Santis, Visconti, Passolini o el recién desaparecido Bertolucci. O recorra las páginas de los muchos novelistas que lo tomaron como tema, Carlo Levi, Vasco Pratolini, Ignazio Silone, Alberto Moravia o Elsa Morante. Casi siempre excelentes novelas. Hay dos que recuerdo, en su realismo desapasionado, como extremadamente ilustrativas: Historia, de Morante y El conformista, de quien durante un tiempo fuera su esposo, Alberto Moravia.  En la segunda, puesta en el cine de manera inquietante por Bertolucci, su protagonista es el producto freudiano de unos padres desencontrados y una innata pulsión hacia el mal a cuya corrección dedicara, con resultados cuestionables toda su existencia. Mientras se enfrenta a sus demonios internos, se conforma con cualquier sistema político y asumirá odiosas conductas sin que moralmente se sienta afectado. Como él, millones fueron los italianos que se conformaron con Mussolini no importa lo represivo y dictador. Las cosas antes eran peores y es necesaria la defensa del sospechoso estado de cosas. Muchos, sin embargo, de los que apoyaron al Duce, especialmente artistas, escritores y poetas, fueron en los primeros años de hegemonía fascista miembros de una de las más luminosas vanguardias de su tiempo. Herederos del visionario protofacista Filippo Tommasso Marinetti, los que en un tiempo fueron radicales cuestionadores del academicismo, que deconstruyeron la iconografía figurativa tradicional y la acercaron, de manera temprana a las búsquedas de contemporáneos como Kupka o Kandinsky; que entendieron el arte como una actividad pública que influenciaba a todas las actividades de la sociedad; que rindieron culto al movimiento y la velocidad; que avanzaban no con el taciturno cabizbajo de una escultura de Giacometti, sino lanzados al vértigo del futuro. Como la figura de Boccioni, terminarían negando todo lo que habían creado y riéndose de las ilusiones que una vez tuvieron. La fascinación del poder, como bien puede y suele suceder, los sedujo y los redujo a patéticos escombros. El caso más conspicuo es el de Mario Sironi, artista no menos dotado que Kandinsky cuyas proposiciones abstractas son tan lúcidas y arriesgadas como las del ruso, terminaría cultivando un realismo socialista de derecha, que mortifica al espectador cuando recuerda el brillo alado de su juventud.

Milán, domingo 2 de diciembre de 2018

La discreta fascinación de la utopía

Tiemblo por los mexicanos cuando escucho a su nuevo presidente hablar de convertir a su país en una “potencia” en el periodo breve de su mandato. La nación volverá a ser grande, y uno imagina que se refiere al imperio azteca cuando México por última vez fue verdaderamente grande. Éstas, y otras invocaciones a resonantes utopías, podrían no ser más que el anuncio de una tragedia colectiva. Como la que castigó a Argentina, en las antípodas del continente, cuando decidieron poner su destino en manos de un demagogo uniformado y su inefable y legendaria consorte. El hermano país del norte ya ha bebido hasta las heces su dosis de proyectos utópicos, como el revolucionario que desarticuló el país a lo largo de varias décadas para dejarlo convertido en esa contradicción en términos que es una revolución institucionalizada. Pareciera que nunca se enteraron de lo que ocurrió en Venezuela, donde con entusiasmo digno de mejores causas, todos los sectores de la población se fueron detrás de un desafinado flautista  paracaidista que los dejó caer en el abismo.

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Culpa y necesidad (1)

A propósito de la reiteradas menciones a E.R. Dodds en estos diarios, intercambio unos breves comentarios con la profesora Sandra Caula sobre Bernard Williams, para no pocos el más destacado filósofo inglés del XX. Lo cual es un honor poco disputado, si recordamos que Popper nació en Alemania y Wittgenstein en Austria. Eso deja como adversario por la palma a Bertrand Russell. Bernard Williams es todo lo que alguien como yo, un soixanthuitard sin remedio, quiere de un pensador moderno. Brillante, “original”, buen lector de literatura y amante de la música académica; si posible irreverente, un poco rive gauche sin exagerar; carismático y ciertamente elegante y amante de los vinos de Borgoña. El caso de Williams, como el de Sartre, o el mismo Russell, es el de un filosofo público, político y participante, en oposición a la privacidad de Heidegger, por ejemplo. De izquierda, en un país como Inglaterra donde serlo era estar en compañía del más selecto grupo de intelectuales, entre ellos su propio maestro Dodds. También como Sartre, escribió mucho para la prensa y era un acontecimiento encontrarse con sus colaboraciones en The London Review of Books o la New York Review. Aunque ha sido traducido profusamente al español, en traducciones que desconozco, su libro mas difundido en la academia venezolana tal vez sea Shame and Necessity (Culpa y necesidad); acaso porque está dedicado a Dodds, un consentido de nuestras universidades, al menos de la UCV, y porque vuelve a asuntos como el de la vergüenza, uno de los temas desarrollado en Los griegos y lo irracional. Aunque lo hace, menos como antropólogo o mitógrafo, que como un filosofo “profesional”, cosa que no era Dodds, por fortuna. Para Williams, el concepto de vergüenza debe ser referido a Kant y a sus imperativos. Williams examina hasta qué punto los conceptos modernos de moral y ética pueden ser referidos a los griegos, de Homero en adelante: “Algo de verdad existe en la idea de que la sociedad homérica era una cultura de la vergüenza, la cual ciertamente persistió, aunque bajo otras formas, en la Antigüedad tardía y sin duda mas allá”. El comportamiento de los grandes héroes, Aquiles, Áyax, es considerado desde un punto de vista de un filósofo moral: “Todos sabemos que limitarse a buscar lo que a uno le conviene y evitar perder lo que se tiene, no es ninguna moral; si esas son las únicas motivaciones, se está fuera de cualquier moralidad y, en un sentido amplio, de ninguna vida ética”. Y uno se pregunta por la ética de Aquiles, cuya cólera “condenó al Hades innumerables vidas de héroes”, tan solo por su honor mancillado. Y, aún cuando se reconozca que el ethos del héroes no es el de un humano corriente, tampoco se puede dejar de reconocer que actuando con este egoísmo heroico, Aquiles dejó de pensar en el bien común y solo en su conveniencia. Williams, en el cuarto capítulo de su importante estudio, se detiene en estas consideraciones. Y nos recuerda que las criatura homéricas se encuentran en los primeros estadios del desarrollo piagetiano de la personalidad.

Milán, lunes 3 de diciembre de 2018

Nietos, Moleiro. T.S. Eliot (1)

Un querido amigo venezolano me hace llegar un video de su nieto de nueve años, residente en Florida donde interpreta el “Seis por derecho” de Antonio Lauro. Una versión llena de brillo y sonoridad. Me produjo una gran emoción escuchar a este niño alejado de su patria recreando la mejor música que se haya escrito en Venezuela. Lauro es universal, pero en esta interpretación lo sentí mas venezolano que nunca. A Lauro le habría emocionado también escucharse tocado por un compatriota de su edad, y tan virtuoso. También por intermedio de mi amigo recibo la reseña publicada en El Mundo de la traducción al español del segundo tomo de los poemas completos de T.S. Eliot, Dios nos agarre confesados; la experiencia me ha llevado a desconfiar de las traducciones de poesía realizadas en ese país. Confiemos que en esta oportunidad le haya sido leve al gran poeta. La información me resulta de lo más oportuna ahora que estoy leyendo el tercer tomo de las Letters of T.S. Eliot, que, en sus 960 páginas, recoge solamente las escritas durante los años 1926-1927. Hasta ahora, llevo tres de los nueve volúmenes de la edición integra. Es impresionante la dedicación de anglosajones y alemanes a la literatura epistolar. Entre nosotros, escritores en castellano, no existe nada parecido, al menos en nuestro tiempo. Ni, por lo que sabemos, en Latinoamérica o en la península. Recuerdos una correspondencia del eminente E.R. Curtius publicada hace muchos años en Revista de Occidente. En una de las misivas, Curtius, uno de los más notables estudiosos de la literatura europea, le escribía a Jorge Guillén preguntándole porque no respondía a sus cartas. Si no se le respondía a un hombre como Curtius, no se le respondía casi a nadie. Algo no muy distinto ocurre con los diarios. No recuerdo ningún diario serio y sostenido en  por ningún escritor español o latinoamericano contemporáneo, tal vez con la excepción del poco conocido Ramón Gaya.

Los años 1926-1927 fueron para Eliot los mas ambivalentes. Por una parte su creciente prestigio como poeta, crítico y editor de la revista The Criterion, la magnífica publicación que, mucho después, fuera recogido en el verdadero tesoro que son sus dieciocho tomos. Por la otra parte, las miserias de su situación familiar, con su joven esposa cuya salud mental se deterioraba inexorablemente hasta terminar internada en una clínica parisina. En 1926 escribiría a John Middleton Murry, uno de sus mejores amigos de la época: “Es probable que te sientas en una especie de Purgatorio, mientras que yo tal vez me encuentre absolutamente condenado”. Lo salvará de este infierno la literatura, que es bueno para esto casi siempre, y la religión, tal vez menos confiable. Aunque en su caso, la religión terminaría salvándolo en la forma de una conversión religiosa a la iglesia anglicana, de la cual habla en su magnífico poema Miércoles de ceniza” . Eliot fue un hombre que se dedicó a ser admirado por las mejores razones, una condición a la cual dedicó lo mejor de sus años, a la de ser un intelectual digno de admiración, como sus maestros Goethe o Dante a quienes, con más genio, no les costó menos. En medio de la crisis profunda, sobreviviendo a reiterados “breakdowns”, fue Eliot capaz, en estos dos años, no solo de escribir las más de mil páginas de cartas del volumen, sino también sus  Conferencias Clarke sobre la poesía metafísica, brillantes y controversiales. Es un gusto siempre saber de Eliot y leerlo, en su poesía o en estas cartas, un verdadero placer.

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Mesa di lavoro

Sigo revisando con mis traductoras las versiones que al italiano se están realizando de mis “Exilios”. Esta es la de “Mesa de trabajo”, realizada por Ana María del Re y Marcela Filippi:

Nelle ore piu picole,
prima che i galli
si perdano in cielo,
scrivo tra le tue gambe,
dove sono rimaste
le mie penne
e libri per terra.
E il mio tavolo da lavoro,
qui scrivo con le mie dita
racconti e poesie
sui fogli del tuo corpo.

In una casa lontana sono rimasti
tutte i miei libri e le mie carte,
le edizioni di Catulo e di Orazio
e l’intero teatro di Shakespeare.

Lontano dai miei quaderni,
solo mi resta la carta della tua pelle
in queste ore cosi piccole,
quando sono cieche le pareti.

Milán, martes 4 de diciembre de 2018

No es fácil sentirse bien, ni siquiera en una mañana como esta, con su delicada luz pre-alpina y el azul tan alto del cielo otoñal, cuando se piensa, y como no hacerlo, en la trágica situación de una Venezuela agónica, que no termina de morir gracias a la insospechada capacidad de resistencia de sus habitantes. No estoy lejos de la dolorosa experiencia porque estoy de paso en esta ciudad, y dentro de poco me tocara regresar a compartir el inmerecido fato que le ha tocado a la comarca natal. Los griegos llamaban miasma a una especia de infección generalizada que afectaba a las comunidades en situaciones particulares, como el asesinato del rey. El caso más conspicuo es la Tebas de Edipo. Algo parecido ocurre en Venezuela, víctima de una condición miasmática —todos sus pobladores están enfermos, unos de hambre y otros, los gobernantes, de psicopatía—,ya no causada por la muerte de alguien particular. Y eso es lo peor, que nadie sabe qué fue lo que hicimos para provocar tal suerte. Y aquí es donde la tragedia tiene una deriva absurda. Me siento como un personaje de Beckett, esperando la llegada de alguien, que ni siquiera sé si existe, para que ayude a resolver el asunto Yo sigo ahí, como Vladimir o Estragón, esperando a Godot.

Milán, miércoles 5 de diciembre de 2018

Constanza sigue en la lejana San Diego, con sus costa preferida por Raymond Chandler, mientras nosotros sentimos los rigores de la orfandad, especialmente Alessandro, que prefiere, a su condición milanesa, la de ser venezolano. Imagino que sus temporadas en Margarita, en la “casa de paja” de un querido amigo, han gravitado en su decisión.

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Mi estudiante y amiga Elizabeth Roosen quien, en medio de las adversidades, siempre encuentra un poco de luz, me envía una noticia de Deutsche Welle donde se informa que la virtuosa venezolana Gabriela Montero ha sido distinguida con la cuarta edición del Premio Beethoven por sus admirable defensa de los derechos humanos en su país. El nombre del compositor parece el más adecuado, al tratarse de un hombre que, hasta el fin de sus sordos días, militó en la defensa de la libertad. Perteneció Beethoven a una generación que celebro la caída, no solo de la cabeza de Luis XVI, sino del todo el ancient regime. Montero también pertenece a una generación sacudida por extremismos políticos, en su caso, los más extraviados de la historia americana. Antes de llegar a los treinta le tocó asistir al secuestro de las instituciones democráticas por parte de un grupo de bribones. La destacada intérprete los enfrentó desde el comienzo, y se negó al bochorno de cantar el cumpleaños del amo del poder, o de celebrar los antojos de su sucesor. Su actitud ejemplar es la negación de la humillante y desvergonzada actitud de otros intérpretes, cuyos talentos como director de orquesta están en proporción inversa a su descaro y desvergüenza, dignos del más lamentable pícaro.

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Adviento

Hoy es el quinto día del periodo más festivo de la liturgia cristiana. En mi calendario, cortesía de Deutsche Gramophon, a esta fecha corresponde un fragmento de la brillante Cantata BWV 36c, “Schwingt freudig euch empor”  en la versión impecable del la Música Antiqua Köln. Con esta línea termino mis trabajos en este diario por el día de hoy, lamentando haber trabajado tan poco, haber desperdiciado los talentos que me dieron para ser invertidos. ¿Qué he hecho, aparte de nada, en estas últimas doce horas? Me consuelo con el brillo de los primeros minutos del Oratorio de Navidad de Bach, asociado a tantas memorias gloriosas y con las perspectivas de compartir una pasta al pesto con Alessandro.

Milán, viernes 7 de diciembre de 2018

San Ambroggio

Cubierta, a estas tempranas horas por una impenetrable niebla, de esas de las que, como decía Brodsky, conservan nuestra silueta cuando las atravesamos, se dispone Milán a celebrar el día de San Ambroggio, su santo y formidable patrono. Las puertas de la Scala se abren hoy, como todos los años desde hace más de un siglo, para dar comienzo a las más prestigiosa temporada de ópera, en esta ocasión con la olvidada Atila, de Verdi. Las grandes plazas e iglesias se manifestaran en esta jornada de asueto para la administración pública. Ambroggio es uno de esos talentos, como el de San pablo, a los cuales, aún más que a los milagros de su fundador, debe el cristianismo su hegemonía en Occidente. Designado uno de los Cuatro Doctores de la Iglesia, el obispo de Milán tuvo a su cargo el bautismo de San Agustín (otro de los cuatro doctores), al convencerlo de las falacias del maniqueísmo. Sin embargo, no fue esta filosofía el blanco de sus ataques más efectivos. Mucho más peligroso para la ortodoxia era el difundido arrianismo, con su atractivo pero herético cuestionamiento de la esencialidad del Hijo del Padre. Sin Ambroggio es muy probable que la iglesia hubiese terminado escindida en dos grandes sectores. Por otra parte, no sé si debamos agradecer al poderoso obispo de la capital imperial (Milán era la cabeza del imperio de Occidente durante esos años del siglo IV), haber erradicado las últimas manifestaciones de paganismo al bajar de los altares romanos la figura de la Victoria alada, un honor auspiciado por el respetado senador Aurelio Simmaco. Su influencia, como enviado directo de Dios, sentó las bases de lo que iba a ser el poder temporal de la iglesia en secular enfrentamiento al Emperador. No obstante, su mayor triunfo lo obtendría de su oposición al emperador Teodosio a quien obligó a retractarse so pena de no oficiar la misa en su presencia. Por éstas y otras tantísimas circunstancias políticas y religiosas, Ambroggio será recordado hoy, así como por la dulzura de sus palabras que le reconocen un panal de miel como atributo. Yo prefiero recordarlo como el hombre que, al ver pasar a su lado a un jinete con su caballo, reconoció, convertido en bocado, uno de los clavos que sirvieron para sostener a Cristo en la cruz infame.


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