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Perspectivas

Deporte y poesía en Grecia

por Mariano Nava Contreras

Detalle de cerámica griega atribuida a pintor de Euphiletos , 530 a.C

25/01/2020

…mas cuando faltaba poco para terminar la carrera,
Odiseo oró en su corazón a Atenea, la de brillantes ojos:
“Óyeme, diosa, y ven a socorrerme propicia,
dando a mis pies más ligereza”.

Ilíada XXIII

Estamos más que acostumbrados a escuchar que los Juegos Olímpicos nacieron en la antigua Grecia, y generalmente no reparamos en lo que esto significa. Es lo que pasa con los lugares comunes. Casi siempre, de tanto escuchar algo, se nos vuelve obvio y perdemos conciencia de su significado. La idea del deporte, tal y como la concibieron los antiguos griegos, tiene una vital influencia en nuestra vida cotidiana. Sin ella, el mundo contemporáneo es prácticamente incomprensible. Esta idea, los valores que encierra la idea del deporte, fue transmitida fundamentalmente a través de la poesía griega.

No olvidaré el día en que leí por primera vez el episodio de los Juegos Fúnebres en honor a Patroclo que se relata en el canto XXIII de la Ilíada. Patroclo había caído bajo la espada del troyano Héctor, lo que desata la furia de Aquiles. Éste entra en combate para vengar a su amigo y ambos guerreros se enfrentan en duelo singular. Frente a las murallas de Troya, Aquiles finalmente consigue vengar a su amigo: da muerte a Héctor y humilla con saña su cadáver. En el canto xxiii, la sombra de Patroclo se aparece en sueños a Aquiles y le ruega que le haga las correspondientes honras fúnebres para que pueda al fin descansar y descender a la temible mansión de Hades, el infierno.

Aquiles realiza unas fastuosas exequias, pero además organiza unas competencias deportivas en memoria de su amigo. Manda a sacar de sus tiendas espléndidos trofeos para los atletas vencedores: trípodes de oro, robustos bueyes, hermosas esclavas. Con insuperable realismo Homero narra las competencias. Al leer sus versos nos parece escuchar el estruendo del galope y ver la polvareda que levantan los carros en la carrera, los gritos de los aurigas y el chasquido de los látigos sobre los caballos. Podemos sentir la tensión de la lucha (“sus espaldas crujían, estrechadas fuertemente por los vigorosos brazos; copioso sudor les brotaba de todo el cuerpo”), el griterío de los asistentes alentando a los corredores (“todos los aqueos aplaudían los esfuerzos que hacía Odiseo por alcanzar la victoria y le animaban con voces”), la tensa concentración de los arqueros (“Meríones acercó a la cuerda la flecha que tenía preparada y votó a Apolo sacrificarle una hecatombe perfecta de corderos primogénitos”). A mí me costaba entender que se organizaran unas competencias deportivas en honor a un muerto. Ese día aprendí que unas honras fúnebres pueden ser también excusa para que la vida celebre a la vida.

De todos los herederos de Homero, fue Píndaro de Tebas, en el siglo V a.C., el que cultivó la inspiración deportiva. De hecho, el tebano fue el primero en cantar la gloria de los atletas. Sus odas están dedicadas a los vencedores de los diferentes juegos, que eran más que los que se daban en Olimpia cada cuatro años, un mes después del solsticio de verano: los Ístmicos, que se celebraban en Corinto en honor a Poseidón; los Nemeos, que tenían lugar cada dos años en honor a Heracles, y los Píticos, que se celebraban en Delfos en recuerdo de la muerte de la serpiente Pitón a manos de Apolo. También estos últimos, como los que narra Homero, tenían carácter funerario.

Píndaro dedica, pues, sus odas a los triunfadores de estas contiendas:

Llegué cual mensajero
proclamando, tras veinte victorias,
esta otra gloria que, Alcímidas, has ofrecido
a tu célebre estirpe.

Nemea VI, a Alcímidas de Egina, vencedor en la lucha.

Por toda Grecia hallarás,
si las buscas, más victorias
que las que pueda tu vista abarcar.

Olímpica XIII, a Jenofonte de Corinto, vencedor en la carrera y el pentatlón.

La ocasión es desde luego propicia para celebrar las condiciones físicas del atleta:

…este hombre, por designio divino, ha llegado
a ser fuerte de brazos, diestro en músculos, de valiente mirada.

Olímpica IX, a Efarmosto de Opunte, vencedor en la palestra.

Pero también repara en la psicología del vencedor y en el sentimiento de la victoria:

Sentir el éxito es el primero de los premios
y escuchar las alabanzas es el segundo.
El hombre que consigue ambos recibe la más alta corona.

Pítica I, a Hierón de Etna, vencedor en la carrera de carros.

Sin embargo, el encomio es también ocasión de las más profundas reflexiones, como en aquel célebre pasaje que antecede al monólogo de Segismundo en La vida es sueño:

¡Seres de un día! ¿Qué es uno? ¿Qué no es? ¡Sueño de una sombra
es el hombre! Pero si llega la gloria, regalo de los dioses,
surge una luz brillante y amable existencia entre los mortales.

Pítica VIII, a Aristomenes de Egina, vencedor en pugilato.

Es bien sabido que el deporte y la gimnasia eran una parte fundamental de la vida en la polis griega. Se trata de una práctica fundamental en el proceso de educación, la paideia, tal y como lo dice el mismo Platón en el Timeo (18 a) y en la República (376 e). Sin embargo esta práctica va mucho más allá de ser una simple propuesta filosófica y es más bien una necesidad política y estratégica. La polis necesita de ciudadanos sanos y fuertes para que sean soldados sanos y fuertes. En efecto, numerosos gimnasios rodeaban las ciudades, a donde asistían los jóvenes a entrenar, pero también a hacer vida social y a escuchar a los maestros y a los filósofos. Se trata de todo un sistema de valores que se articula en torno a un ideal de ciudadano kalós kaì agathós, hermoso (esto es, sano) y honesto. Cultivo del cuerpo, pero también de la mente, iban, pues, de la mano. Así se fue forjando ese ideal de perfección que armonizaba la parte física y la espiritual del hombre.

Hoy es posible ver cómo la palestra, el patio de arena donde entrenaban los jóvenes, estaba rodeada de laboratorios y salones de lectura en las ruinas del Liceo, uno de los primeros gimnasios de Atenas, donde después se fundó la escuela de Aristóteles. Lo mismo puede decirse de la Academia de Platón. La palestra estaba dotada de una cisterna de agua helada para que los atletas se recuperaran de los dolores musculares producto del arduo entrenamiento, y en frente estaban las habitaciones donde se cambiaban las ropas. El resto de las estancias estaban dedicadas al estudio, la investigación científica y la lectura. Este es el modelo de lo que podríamos llamar la primera universidad del mundo.

Actualmente numerosos trabajos se han dedicado a estudiar los Juegos Olímpicos de la antigüedad y a resaltar la inmensa deuda que guarda con ellos el olimpismo moderno. La idea de que todas las naciones pueden reunirse en torno a unas competencias deportivas, respetando y sometiéndose a unas normas de manera pacífica, de que unos juegos pueden estar por encima de las diferencias políticas, es sin duda uno de los factores que marcan hoy la convivencia entre las naciones. Pero más allá, el concepto de la gloria deportiva, el ideal de la superación y la perfección física y psicológica, de la competencia limpia y justa respetando unas normas iguales para todos, el encomio de los vencedores, la psicología del triunfo y el ideal de la victoria comenzaron a configurarse por primera vez para nosotros bajo unos códigos que se forjaron en los versos de aquellos primeros poetas griegos.


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