COVID-19

Coronavirus: El gran desafío del Siglo 21 y una lección de humildad para la ciencia moderna

Fotografía de Raul ARBOLEDA | AFP

30/04/2020

La Pandemia del coronavirus ha tomado por sorpresa a muchos, aun cuando había fundadas sospechas de la llegada inminente de una calamidad como la que ocurre en el mundo. En un informe titulado El mundo en peligro, preparado en septiembre del año pasado por la GPMB (Global Preparedness Monitoring Board – Junta de Vigilancia sobre la Preparación Mundial para Emergencias Sanitarias), dice que en un evento hipotético de una pandemia viral, “los países deben prepararse para lo peor”. En la evaluación de los países según su preparación sanitaria, la junta clasificó a Venezuela entre los “vulnerables”. La GPMB es un organismo independiente no oficial, convocado por la OMS y el Banco Mundial como anfitriones.

Lo que estamos viviendo es de tal significación histórica, que podemos compararlo con las dos  guerras mundiales del siglo pasado, la gripe “española” de 1918-19 y la gran depresión del año 1929. A diferencia de eventos similares en el pasado, la experiencia que estamos presenciando está claramente amplificada por las “redes sociales” (Twitter, WhatsApp, Instagram, Facebook) y los buscadores como Google. Estos hitos históricos, vividos por mi abuelo y en parte por mi padre, produjeron cambios muy importantes en la vida de los ciudadanos comunes. “El mundo no volvió a ser el mismo posterior a estos sucesos”, leíamos en libros de historia de educación media. Esta pandemia tiene ya, con tan solo cuatro meses, su mérito bien ganado, de ser citado como uno de los momentos cumbres, aquellos que cambiaron el curso de la historia moderna de la humanidad.

La comunidad científica se enfrenta a una prueba muy dura. La medicina moderna es una mezcla de ciencia y práctica. La experiencia clínica y el sentido común individual del médico son importantes, pero hace falta algo más. El modo tan vertiginoso del desarrollo de esta pandemia no ha dado tiempo a encontrar las respuestas más adecuadas y aquellas recomendaciones de Medicina basada en la evidencia (MBE), también llamada medicina basada en hechos. Esta aproximación hace hincapié en el uso de pruebas científicas provenientes de investigación correctamente concebida y llevada a cabo.

Este proceso tedioso y arduo de investigación ha tenido que acelerarse y entrar en una especie de “vía rápida” de publicación o fast-track en inglés. La mortalidad de esta afección, aunque relativamente baja, representa un número muy alto de casos si hay una gran cantidad de personas afectadas, lo cual desbordaría al sistema de salud mejor preparado.

Esta práctica de la medicina, basada en la evidencia, es extremadamente difícil de ejercer en un tiempo tan corto. Esta necesidad de inmediatez, deja al mundo científico desnudo de su principal arma, el “método científico”. La ciencia toma tiempo y la urgencia de esta pandemia nos lo restringe. 

En un futuro no muy lejano sabremos si se utilizaron recursos terapéuticos no probados que no eran necesarios. 

La carrera por encontrar un tratamiento efectivo se parece a un maratón. En este “maratón pandémico”, los “runners” o candidatos a convertirse en el tratamiento efectivo para el SARS-CoV-2, parten de la meta con nuestra esperanza enfocada en ellos, pero al igual que el desenlace de un maratón ordinario, llegarán a la meta de efectividad terapéutica uno o varios corredores, tal vez muy cerca del ganador. El tiempo lo dirá.

Algo similar sucede en el área de los modelos matemáticos de epidemia, campo dominado por nuestros colegas epidemiólogos clínicos. Estos modelos teóricos están basados en modelos hipotéticos de comportamiento de epidemias, no precisamente en la COVID-19.  Estos cálculos son fundamentales para los planes de salida de la cuarentena. 

Actualmente, los médicos debatimos acerca del cálculo de la tasa de letalidad, ya que calcular el denominador de la ecuación muertes/población enferma, cojea en nuestro poco conocimiento de las probabilidades de las pruebas para detectar enfermos asintomáticos. El sentimiento generalizado, casi sin excepción, es una necesidad imperiosa de abrir la cuarentena y resumir nuestra actividad diaria, aunque sea con una “nueva normalidad”. La economía de cada uno de nosotros, lo demanda en forma de  un clamor popular unánime.  

El problema de evaluar el impacto de las medidas preventivas de contención y mitigación de la pandemia, es que parecen innecesarias, cuando no está pasando mucha cosa. ¿No está pasando nada por las medidas adecuadas de protección? En otros países, la epidemia ha sido abrumadora y han pagado el precio en mortalidad. Recuperar la economía es más reversible que revivir a las personas. 

Sin duda, el inicio de la reapertura debe ser gradual, pero tal vez con pasos de bebé, y avanzando con ensayo y error. Aquí aplicaría una frase común en esgrima: no debemos  “bajar la guardia”, el famoso baisser la garde de los franceses, y concentrarnos en prestar  atención a esta difícil situación, para no tener que arrepentirnos de haber hecho las cosas equivocadas.

¿Dónde está el equilibrio entre las falsas dicotomías de la vida vs. los medios de vida de una población? Las ecuaciones no deben ser interpretadas en blanco y negro; existe un área gris. No es uno u otro lado, sino unión de los contrarios en complementariedad. Es muy difícil asignar un valor a cada una de las vidas perdidas poniendo énfasis sólo en la economía. Es también complicado calcular las severas y dramáticas consecuencias sociales y económicas de prolongación de la cuarentena. El tema de cuándo, cómo o de qué forma iniciar el desmontaje de una cuarentena, es un tema de candente debate global, y los dos bandos tienen puntos muy válidos. 

En nuestras relaciones interpersonales es difícil estar en una posición de desacuerdo. Mejor es transformar el desacuerdo en conversaciones productivas, centrándonos en los hechos y no en los juicios. 

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El Dr. Santiago Bacci Isaza es Médico Infectólogo del Centro Médico de Caracas.


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