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Memorabilia

Contratiempos de un viajero

por Juan Manuel Cagigal

11/01/2020

[Publicado el 7 de mayo de 1839 en el Correo de Caracas, presentamos unos de los textos clásicos del costumbrismo venezolano.]

Juan Manuel Cagigal y Odoardo

Si hasta ahora, querido amigo, no he cumplido la oferta que te hice al despedirnos de bosquejar con tosco pincel el estado actual de este país, no vayas, no, a imaginar que ha sido por negligencia mía, ni menos que Caracas, la ilustre cuna del héroe de la América del Sur, la capital de la ínclita Venezuela, carezca de cosas que exciten la curiosidad de los extraños; que antes las tiene que merecen recorrer el mundo en alas de la imprenta. En punto a disturbios y revueltas, ¿qué ciudad hay, antigua ni mo­derna, que pueda comparársele? Aquí se oyó en 1810 el primer grito de libertad que resonó en todos los ángulos de las nuevas repúblicas; aquí en 1811 la ilustre municipalidad confirió al ge­neral Simón Bolívar el hermoso título de Libertador; aquí fue desconocida su autoridad en 1826; aquí lo elevaron en 1828 a la encumbrada dignidad de jefe supremo de la nación; aquí fue proscrito en 1829; aquí el pueblo en 1835, despertando del letar­go en que yacía, y alzando su imponente cabeza, y sacudiéndola con orgullo, dijo: yo soy el soberano, mi voluntad es ley, y su potente brazo coloca en la primera magistratura a un humilde ciudadano, no adornado con los laureles del triunfo, ni ataviado con las brillantes insignias del guerrero, sino en virtudes rico, de vasto saber, y anuncio de grandes esperanzas; aquí ese mismo pueblo, cual si estuviera fatigado del esfuerzo que acababa de hacer, contempla impávido y sereno la destrucción de su obra; aquí… aun el denso velo del porvenir, que a ningún mortal es dado descorrer, encubre sus futuras revoluciones. ¡Plegue al cielo que la paz, la dulce paz, la proteja largos años con sus alas bienhechoras!

Tal cúmulo de acontecimientos en tan breves años reconoce causas que naturalmente se enlazan con los diversos estados por donde ha ido pasando la sociedad americana; y cierto que su investigación brinda materia fecunda a la sagacidad de un viajero. No es, pues, la esterilidad del asunto lo que me ha impedido es­cribirte; otro ha sido el obstáculo: poderoso, insuperable. Juzga tú mismo.

Arribo al puerto de La Guaira; el bote se apareja, mueven los marineros los remos a compás, y cuando ya íbamos a tocar la suspirada tierra, una ola inmensa, descomunal, de las que son allí comunes, vuelca el ligero batel, nos estrella una vez y otra contra el tupido maderaje del muelle, al son de la zumba de nu­merosos espectadores. ¿Piensas que al puerto maldije? Te en­gañas; que habría sido maldecir en vano, pues ni La Guaira es puerto, ni en luengos siglos lo será. ¿Qué es, pues? El empo­rio de Venezuela, su gran tesorería, la tierra predilecta de las tunas y cardones. Al contrario, aparenté ser filósofo (porque has de saber que para vivir aquí es menester ser filósofo, cuanto más aparentarlo) y todo mohíno y un tanto cabizbajo me dejé conducir a la posada de Vallarino, con más agua en el estómago de la que yo quisiera, y más necesitado de reposo que de exami­nar de cerca una población que de lejos se me antojaba anfitea­tro.

Era la tal posada una marmita de Papin, un horno de rever­bero, una máquina de vapor de alta presión, en que unos se vola­tilizan, otros pierden su elasticidad, su energía, todos la pacien­cia al llegar el día de la paga. Mas, ¿qué pudiera yo perder en una noche? La voluntad de volver a ella y el sueño, y eso perdí; sin que sea preciso recurrir, para explicar estos fenómenos a su elevada temperatura, que sobrada causa tenía para ello en el molimiento de mis huesos.

Serían las cinco de la mañana… oigo una voz meliflua…

―Míster Coheorne: el más lindo macho de la caballeriza está impaciente de lucir con usted encima su acostumbrado trote.

―Siñor Macarroni; sírvase usted disponer que me truequen la cabalgadura, que no gusto de trotes, y no me replique, por­que…

No acabé; el huésped, que más tenía de napolitano que yo de hamburgués, hízome una profunda reverencia, y volviéndome la trasera, desapareció como una sombra.

Vestime y no como quien va a emprender un viaje, sino con estudiado esmero, como quien aspira a dar una idea ventajosa de su persona en un país que pisa por la vez primera; y caballero en una mula cuyos deslustrados jaeces contrastaban con la ele­gancia de mis galas, bonitamente tomé el camino que conduce a la capital. Llegué al pueblo de Maiquetía, que al paso se en­cuentra, y arrebatado de un justo entusiasmo exclamé: ¡Salve, pueblo ameno, pueblo activo, pueblo industrioso, que has logrado reparar en parte los estragos del terremoto de 1812, sin tomarte para ello más de veintisiete años de tiempo! Sigue, sigue tu instinto de progreso y verás, no lo dudes, a esa iglesia cuyos cimientos prueban tu afición al culto, en el mismo estado en que la dejé al partir para el otro mundo; que nada menos espero de tu espíritu de conservación. Sigo mi camino…

―¡Eh!, ¡eh! Señor, Monsieur, Míster…

Mi pacífico animal, de edad provecta y experiencia consumada, cual si con él hablasen, detuvo entonces el paso y con soberana pausa describió un semicírculo y me puso vis a vis del personaje que me interpelaba.

―Paréceme que va usted a Caracas, y siendo así, adviértole que el camino real es el que se descubre por allí, más arriba, ¿no ve usted?

Qué iba yo a ver si lo que me señalaba el bueno del hombre era una cordillera tan áspera, agria y fragosa que no fue mucho llegase a persuadirme que de mí se burlaba.

―Paréceme, amigo, que usted se ha figurado que mi mula es cabra.

―No hay motivo para tanto ―me replicó, después de haberle echado una mirada escrutadora―; pero siga mi consejo y haga cuenta que su mula es cabra.

El hombre decía verdad; resigneme y empecé a trepar, lenta, lentísimamente por una senda, asaz tortuosa, empedrada, a veces de ochenta por ciento de inclinación, nunca menos del cuarenta, que aquí llaman real, aunque real y verdaderamente sea infernal; y al cabo de tres horas, que tres siglos me parecieron, según lo malo del camino y lo peor de la cabalgadura, que antes parecía que yo la llevaba a ella que ella a mí, llegué a la cumbre envuelto en una espesa niebla que apenas dejaba percibir los objetos más cerca­nos. Una casa había allí; conócenla con el nombre de venta, y sin duda debe ser por aquella anomalía del idioma que consiente:

En que llamen rabones a los mu
que carecen de rabos en el cu.

Porque en ella el viajero satisface ampliamente su apetito si ninguno tiene; recordando la otra en que se alojó el ilustre manchego, en la cual de todo había, excepto precisamente aquello que se demandaba. Humboldt asienta que está a 1323 varas sobre el nivel del mar; bien que para mí tengo, o que se erró en el cálculo, o que el barómetro, en el momento de la observación, estuvo bajo la influencia perturbatriz de alguna atmósfera local; pues yo afirmo, juzgando por lo que subí, que la tal cumbre pue­de disputársela al mismo Chimborazo. Discúlpolo, porque si en­tonces no había en ella más abundancia de cosas de comer que ahora, no es de extrañar su equivocación, a menos que los estó­magos de los naturalistas no sean de suyo pacíficos y poco exi­gentes.

También hay naturalistas mulas, esto no lo digo por Hum­boldt, sino por mi cabalgadura, que en punto a botánica no le iba en zaga al ilustre viajero. ¡Oh!, qué afición tenía a la ciencia. ¿Lo creerás? En todo el camino no dejó yerba que no sometiese a un riguroso examen gástrico, sin que fuese parte a impedirlo el punzante acicate; siendo tal su porfía que a vivir yo en los tiempos de Balaam, hubiera creído que se proponía escribir nada menos que de la flora del Ávila. Al principio me im­pacienté; mas cansado de luchar con un animal que no salía de su reposado continente por más que lo aguijoneaba, creí haber llegado a aquel estado de calma a que suele conducir al hombre el triste convencimiento de la inutilidad de sus esfuerzos; cuando de repente un enjambre de asnos cargados, cual si fueran llovidos del cielo, vino a despertarme la cólera que ya dormía, asal­tándome en tan estrecho sitio, que de un lado se dejaba ver un profundo abismo, y de otro un alto escarpado. Grité, amenacé, repartí golpes a diestra y siniestra; en vano, que ellos en columna cerrada, imperturbables, me acometieron, hasta que molido y magullado y contuso lograron dar con mi figura en tierra; y a no ser por la precaución que tuve de guarecerme bajo las cua­tro patas de mi inalterable compañera, yo bien sé que a estas horas estaría holgándome en los Elíseos Campos. Movidos a compasión los arrieros me prestaron generosa ayuda, que harto la necesitaba, y ya a caballo, con voz lastimada y doliente, les hablé de esta manera:

―¿Por ventura hay policía en esta tierra?

―Mire usted, señor, me replicó uno de ellos, lo que es policía, por tiempos la tenemos, según el que manda; que hay jefe político tan exigente que nos obliga, mediante una buena multa, a ensartar nuestros asnos por los rabos como si fueron cuentas de rosario, que no parecen sino que son dueños del camino y de los pobrecitos animales.

―¡Vaya bribón! ¿Y dónde habrá visto el tal político rosarios asnales? ¿Pero no es fuerte cosa, por otra parte, verse uno expuesto a despeñarse por esos derrumbaderos por falta de un regular camino, o de mejor arreglo en la conducción de las cargas?

―Ya se ve –repuso otro–; pero de usted no es la culpa, ¿no sabe usted que hoy es martes?

―Martes, ¡martes! ¿Y qué tienen que ver los martes con los transeúntes?

―Sí tienen que ver, sí señor; por eso los transeúntes excusan transitar por este camino los martes.

―¡Valientes explicaderas! Es decir que en otra ocasión de­beré consultar el almanaque, porque otros lo hacen. ¡Oh!, la razón es convincente, no la olvidarán tan presto mis costillas.

Caracas parecía huir de mí como las aguas de los labios de Tántalo; desesperado arrojeme a tierra; halagábame la espe­ranza de que mi mula al verse libre de toda carga, excepto de la de sus años, acelerase un tanto su tarda y perezosa marcha; y ¡cuál no sería mi sorpresa al observar que, deteniéndose e incli­nando hacia el suelo su venerable cabeza, comenzó a herborizar! Ímpetus me vinieron de cometer un mulicidio; mas no sé qué invisible mano me contuvo. Después he sabido que este país es el país romántico de la clemencia, en que sólo los médicos tie­nen licencia de matar; ventaja inmensa para hacer uno su gusto, aunque este gusto consistiese en trastornarlo todo. Torné, pues, a montar y la maldita tornó a su lenta y acompasada marcha.

Felizmente al trasponer de una loma mis ojos descubrieron la capital de Venezuela, asentada en un angosto valle, limitado al frente por desnudas y pardas montañas que a manera de anfiteatro van a perderse en el puro y azulado horizonte. El ador­mido Guaire, después de fecundar parte de sus vegas, se desliza mansamente besando las últimas casas de la población; deja ver por intervalos sus trasparentes cristales, y luego se oculta tras la cuesta que al valle ciñe por el naciente. Su apacible mur­mullo despierta sensaciones gratas y convida a la molicie y al de­leite; y en sus floridas márgenes todo es armonías, todo amor.

Allí el erguido bucare, símbolo de la hospitalidad americana, cobija con su sombra amiga al arbusto que produce el bálsamo licor de Arabia, mientras que apoyada en su tronco ostenta su lozanía la tierna enredadera; también allí el dulcísimo fruto de Otaití gusta alternar con el jefe altanero de la espigada tribu; y hasta el humilde guaco nace allí, para ahuyentar, cual misterioso talis­mán, las sierpes ponzoñosas que intenten perturbar el concierto de los amantes. Productivas quintas muéstranse en la risueña campiña, imprimiendo a todo el cuadro por la variedad de su cul­tivo, un aspecto mágico y encantador. Aún la mano del hombre no ha borrado los vestigios del terremoto que destruyó la obra de tres siglos, que por doquiera los descubren mis ojos, recordando la gran catástrofe que en vano quiso sepultar bajo sus ruinas la independencia y naciente libertad de una república que había de tremolar sus pendones victoriosos en el mismo templo del Sol, y ver a sus plantas las góticas banderas que presenciaron la trá­gica escena de Cajamarca. En medio de aquella ciudad se alza la torre de la Catedral descollando por sobre todos los edificios. La estatua colocada en su cúspide proclama desde tan elevada altura los incomprensibles misterios del cristianismo. Y si representando la fe y siendo hueca y teniendo lenguas de metal, pocos son los que la escuchan, ¿por qué extrañar que la esperanza se haya refugiado en recinto esclarecido y brinde desde allí sus favores, en trueque de rendimientos y obsequios?

Absorto contemplaba tan magnífico panorama cuando el hambre, la prosaica hambre, bajo la figura de un monigote, vino a recordarme de que ya era tiempo de continuar el comenzado viaje.

Por lo común las ciudades tienen puertas: Caracas es todo puertas. Y para que te formes una idea cabal de mi pensamien­to, pláceme referirte la siguiente anécdota de Montaigne. Cuen­ta este filósofo que pasando un día de invierno por el puente nuevo de París, encontró allí un pobre casi desnudo, a quien el intenso frío parecía no incomodar.

«―¿Cómo podéis, amigo mío, resistir a tan crudo tiempo sin más abrigo que esos miserables harapos?

»―¿Y cómo habéis podido salir vos, señor, con narices, boca y mejillas descubiertas, arrostrando así las incle­mencias del tiempo?

»―Amigo mío, os advierto que sólo mi cara está sin cubrir.

»―Pues yo, señor, todo soy cara».

En este sen­tido Caracas es todo puertas. Sitúate en la gran plaza del mer­cado, toma a tu arbitrio una cualquiera de las calles que a ella se dirigen, síguela sin cambiar de rumbo, y pronto respirarás el aire puro de los campos sin haber tropezado con ningún linaje de obstáculos; yo sin embargo tropecé con un nuevo Carón de alma acorchada y de tan ruin estructura que no me dejara entrar si antes no le pusiera en las manos un real de plata. Díjome, creyendo sin duda consolarme, que se invertiría en el ca­mino; mas el camino está como estaba y todos las años lo re­paran; parodia exacta del tonel de las Danaides.

Sacúdole el polvo al romántico frac, que bien lo había me­nester; el sombrero, de finísimo castor, vuelve a tomar bajo mi mano el color y lustre del cuervo; aliño el desordenado cabello, hágole un elegante lazo a mi elegantísima corbata; afírmome en los estribos y zarandeándome en la silla ufano y orondo penetro en la capital de la república, bien persuadido de excitar al menos la curiosidad de las hermosas caraqueñas. No me engañé. Las bellas de Caracas, armadas de descomunales jeringas, coronaban las puertas y ventanas de ambas aceras, y apenas me hube acercado a ellas, correspondieron a mi cortés saludo descargando sobre mi apuesta persona tal cantidad de agua, que no parecía sino que se habían abierto las cataratas del cielo. No tanto se sorprende el pastor al oír un trueno en día claro y sereno, cual quedé yo estupefacto al verme acometido por aquel inesperado cataclismo. Mi taimada mula, en tanto, marcaba el paso como si fuera cómplice de tan diabólica conjuración. Mil pensamientos se cruzaron entonces en mi angustiada mente; y acaso hubiera creído que soñaba si un huevo, lanzado a manera de proyectil, no hubiera tenido el raro capricho de estrellarse en mi ojo derecho, dejándome completamente tuerto.

―¡Oh, malditas! –exclamé–, ¿qué os ha hecho este infeliz viajero para que así le hayáis pri­vado de un órgano, regalo de su dueño, espejo de las hermosas y testigo de sus encantos?

Y volviéndome a una joven que allí cerca estaba, añadí:

―Si en esta tierra de locos se encuentra por ventura algún cirujano cuerdo, hágame usted, por Dios, la caridad de condu­cirme a su morada, que según son de agudos los dolores que este ojo me causa, temo no se me desprenda de su cuenca.

―No se impaciente, amigo, que en carnaval todo es permi­tido; y si algo echa de menos en su cara, consuélese con saber que se encuentra en un país en que todo va poco más de tuerto; si no miente su Reverendísima. Por lo demás, con mucho gusto conduciré a usted ante quien le ponga el ojo izquierdo en el mis­mo estado en que tiene el derecho; ¡qué lástima da verlos tan disparejos!

Ni tiempo tuve de replicar, porque en aquel instante una cuadrilla de jóvenes embadurnados de añil y almagre y otras cosas que callo por no ser de suyo limpias ni aromáticas, embis­tiome con tal denuedo, que sin la compasiva intercesión de mi cicerone, quién sabe a lo que se hubieran propasado, sobre todo en día en que todo se permite, no siendo poca fortuna que se con­tentasen con pintarme barbas y bigotes, y sin duda con exquisita propiedad, pues observé que los muchachos iban gritando delante de mí: agua, agua, que aquí va un romántico recién venido de Puerto Rico.

Ello es que entre algazara, escollos y peligros logré arribar a puerto de salvamento; que tal se me antojaba la casa del ciru­jano. Apéome, dejo la mula en la puerta y con atrevida planta penetro en el santuario de Esculapio. Era éste un hombre que apenas tenía siete palmos, vivo como un tenedor de vales, flexi­ble cual un escritor público, más perfilado que un diputado y más ceremonioso que un petardista, y sin dar lugar a que le ex­pusiese el motivo de mi visita, dijo alargándome una silla:

―Bien se echa de ver que le han alcanzado a usted los pol­vos del camino.

―Y que los tales polvos me han dejado con un ojo menos.

―En cuanto al ojo, como quiera que es un instrumento óptico, y a más, a más, acromático por excelencia, necesito para observar el de usted, cual corresponde a la dificultad del caso, ayudar los míos, algo gastados ya por el mucho estudio, con unas buenas antiparras. Voy, pues, por ellas, y entre tanto, dígnese usted tomar asiento.

Nunca lo hiciera, nunca, que el sentarme fue causa de que su hija, atacándome de improviso por la retaguardia, me estre­llase un huevo, si bien a la cabeza, no con tanto acierto que no me lastimase el otro ojo. ¡Aquí fue Troya! Levántome furio­so, empuño la silla en que estaba sentado, levántola con entram­bas manos, miro al enemigo y… déjola caer avergonzado. Me pareció ver un ángel bajando del cielo para calmar mi espíritu agitado. El padre, a quien no había visto, atribuye mi sorpresa al espanto que causara en mí su repentina aparición, y a su vez me acomete blandiendo iracundo un enorme bisturí. Inerme, débil y casi ciego ¿cómo hubiera podido resistir a quien contaba entre sus proezas un millón de muertes y venía armado de los instrumentos de su fatídica profesión? Corrí despavorido, único partido prudente que podía tomar en semejante trance, y des­atentado tropecé con la puerta dejando en ella la mitad de mis narices; por fin me vi en la calle sano y salvo, con un ojo menos, no muy bueno del otro, con barbas y bigotes, sin narices, y sin mula, y renegando de los viajes, del carnaval y de los martes.

Ya se deja discurrir que habré estado en cama no pocos días; y tú te convencerás de que no por otros motivos menos poderosos hubiera dejado de escribirte tu sincero amigo.


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