Perspectivas

Consciencia de la muerte

por Freddy Javier Guevara

04/01/2019

Caronte, ilustración de Gustave Doré para La divina comedia de Dante

In memoriam Freddy Antonio Guevara Zuloaga, mi padre

Los familiares ponen cuidadosa atención al limpiar y amortajar al fallecido. Se esmeran en adivinar qué ropa hubiera deseado vestir para su tránsito a no se sabe dónde o a ningún lugar. Al fin y al cabo, para los no creyentes pudiera ser un viaje a la nada. Las plegarias se suceden en letanía y van acompañadas de llantos y anécdotas en torno al difunto.

El rito tiene significado catártico, incluso para los que acuden a la ceremonia. Las carrosas funerarias, acompañadas por un cortejo de automóviles, avanzan con parsimonia. La muerte no tiene apuro.

Las escenas no son nuevas. Suceden desde que el hombre descubrió que su destino pertenece a la muerte y que ella forma parte del proceso de civilización.

La vida pareciera ser un largo aprendizaje para el instante en que dejamos de existir y, acaso para el tiempo en que vamos a estar muertos. Sin embargo, aún existe quien supone que la prolongación artificial de la vida acabará con el instinto destructivo del hombre.

Ritos

En los yacimientos arqueológicos de Sungir (Rusia), que datan de entre 28.000 a 30.000 años de antigüedad, se hallaron dos sepulturas en las que están enterrados un adulto y dos adolescentes (hombre y mujer) cabeza con cabeza. En estas se encontraron posesiones personales que incluían joyería de cuentas de marfil, vestimenta y flechas.

Más de 13.000 cuentas de marfil adornaban las vestimentas de los cuerpos, indicando su estatus. Un fino material ritual cubría las sepulturas.

La forma como fueron encontrados cuerpos y objetos, probablemente ratifiquen un mensaje social a la tribu y a las generaciones posteriores. Es posible que haya tenido un significado simbólico y ceremonial de su concepción del más allá, aunque para nosotros solo sea una inferencia de la creencia religiosa que civilizaciones posteriores dieron a los rituales funerarios.

Tales hallazgos permiten suponer que quienes eran enterrados con distintos ceremoniales eran valorizados de manera diferente en la estructura social. Aparece el otro como posibilidad distinta a mí. Es un paso en la evolución de la psique, pues la diferencia entre los miembros de una tribu abre el espacio a la distinción entre “Yo” y “Otro”.

Si no nos reconociéramos distintos, no existiría la posibilidad de una vida interior ni de la propia naturaleza. Esta observación pudo ser el preludio de lo que posteriormente vendría a ser parte de las raíces de la individuación y la vida privada. Cuando este proceso se asume de forma perversa da origen al resentimiento.

El pensamiento simbólico con respecto a lo religioso

El antropólogo Alan Barnard dice: “Se creía que el Dios del cazador-recolector, como el cristiano, era eterno y omnisciente, actuaba como un padre para la humanidad, vivía en el cielo…”. Se presume que nuestros antepasados con su lenguaje plagado de metáforas y analogías formaron el pensamiento simbólico “que implica el deseo de comunicar eso, que uno podría imaginar, a alguien más, con la visión de influenciar la percepción de esa persona. La religión implica todo eso más la presunción, al menos en algunas religiones, de consciencia más allá de la consciencia mortal”.

Aunque la consciencia es una, primero parece establecerse la consciencia de lo religioso, y luego, en la evolución, la consciencia individual sobre actos y conocimiento. Aunque la razón haya intervenido para separar los aspectos religiosos de la consciencia individual, ambas están íntimamente unidas, lo que hace a cada individuo responsable ante sí mismo; y si es creyente, ante lo supremo.

Cuando creemos, damos significado a lo que nos rodea y estamos volcando un contenido psíquico en aquello que atrae nuestra atención: estamos proyectando. De lo que observamos en nuestro mundo interior, y en lo que nos rodea, no todo es explicable a través del significado que le atribuimos y que proviene de asociaciones con la realidad. De allí que los sucesos sin explicación pertenezcan al misterio de la existencia. Los mitos representan, entre otras cosas, la recreación de esos hechos y la forma como los contamos, su vitalidad. El hombre puede observar parte de lo que es al vivir el mito. Y, a medida que el hombre se ha individuado, como concesión, alberga su propio mito.

¿Para qué el ritual?

Los rituales se practican como ofrenda a esa “entidad espiritual” o “consciencia superior” a fin de permitir el tránsito del fallecido. Los rituales ceremoniales a la muerte son los rites de passages que han hallado algunas civilizaciones, las cuales albergan la creencia de que los seres humanos que han dejado la existencia cotidiana hacen un tránsito a un lugar indeterminado.

Los ritos funerarios ejecutados de forma ordenada y reverencial no solo pueden inducir cambios físicos, sino que la transformación comienza por la psique y son un vínculo emocional con la propia muerte.

A quien le toca vivir un duelo, debe incorporar al mundo emocional esa presencia que abruptamente se ha desvanecido, hacerla cuerpo psíquico; de otra forma esa presencia se hace permanente.

Según la observación de Boyer, en diferentes culturas, aquel que falleció puede tornarse en un ser “intencional… con creencias y deseos” y comienza a vagar, aunque solo sea, para los más racionales, en el ámbito de la memoria o por el mundo “real” o imaginario, sin que el duelo pueda consumarse, manteniendo intacta la emoción de pérdida y tristeza.

Permitir a los seres que aún viven la experiencia de separar la consciencia propia del ser de la de aquel que ya no existe, es dejar morir y dejar vivir. Cuando no sucede, el olvido, que solo surge cuando se integra lo perdido, deja de ser refugio. Tal experiencia se puede observar en casos como los de personas desaparecidas, quienes nunca tienen sepultura sino que están enterrados en la psique de quien los recuerda a diario.

¿Consciencia de la muerte?

La sola fantasía de muerte induce cambios en la actitud de la existencia de cada ser humano a medida que envejece. Lo que el hombre hace o deja de hacer está atado a ese destino.

A medida que la ciencia ha ido extendiendo los límites de la existencia, minimizando la degeneración biológica, ha otorgado más oportunidad para imaginar que es posible completar lo que nos hemos propuesto para el desarrollo de nuestras vidas.

La consciencia es solo una. Tener consciencia de muerte, en todo caso, es la experiencia vívida de la aproximación inminente de un suceso como la muerte. Parece ser que esta última solo acontece durante la agonía. Nuestros actos, dependiendo de lo que sentimos al hacer y decir, si nos provocan desagrado o quiebran nuestra naturaleza, puede que propicien una realidad interior capaz de contener nuestros propósitos, motivaciones e impulsos.

Por ejemplo, si acerco el dedo al fuego, de inmediato percibo el calor y luego la quemadura. Igual suele suceder con las emociones dolorosas. Y esto es un campo de ensayo importante para la hechura de estar consciente.

La aproximación a la consciencia de muerte es un asunto existencial. Es una realidad de exclusividad subjetiva que nace de una realidad objetiva: la muerte del otro. Que luego se trasforme en un asunto íntimo es el resultado de la estrecha tensión entre los instintos que hacen que prevalezca la vida y el Tánatos que llevamos dentro.

El fin irreductible de la vida propone su opuesto: la eternidad. Es posible que los planos paralelos a la existencia presente, inflados en la imaginación, o los sueños con personas que no se encuentran entre nosotros, pudieron haber propiciado la creencia en la existencia de una vida más allá, con otras reglas.

No se sabe cuándo el hombre se rindió ante lo desconocido, pero el significado y el simbolismo de los ritos funerarios siguen allí.


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