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Perspectivas

Cómo destruir los derechos humanos

por Wolfgang Gil Lugo

10/12/2018

Sócrates, un visionario. 1820. William Blake

“Es cierto que los hombres viven en la esclavitud, o algo parecido a ella. Pero de esa situación sólo pueden salir haciendo uso de su entendimiento”
Eduardo Vásquez

Para muchos entendidos, la imagen más poderosa de toda la historia de la Filosofía es la caverna platónica. En esa alegoría hay unos prisioneros encadenados en el fondo de una caverna, quienes solo conocen las sombras de los títeres que están a sus espaldas, iluminados por una hoguera.

El experimento mental nos hace asistir a la liberación de un prisionero que descubre, en primer lugar, el teatro de sombras en el que ha crecido, y luego conoce el mundo exterior de la caverna. La moraleja es que la razón, el prisionero liberado, es la que nos permite distinguir entre lo real y lo ilusorio.

La imagen también tiene por función reconocer a la filosofía legítima, y diferenciarla de la filotiranía, la cual pretende mantener esclavizados a los prisioneros. Entre quienes han creído en el poder de la razón como vía para liberar al hombre se encuentra el profesor Eduardo Vásquez, un insigne pensador que nos abandonó el 17 agosto de 2018. Uno de los filósofos venezolanos más importantes del siglo XX.

El profesor Vásquez fue un acérrimo enemigo de los totalitarismos, y un valiente defensor de la democracia liberal. Nos hizo leer la Fenomenología del Espíritu de Hegel y El capital de Marx sin caer en la tentación totalitaria. Todo lo contrario, utilizaba la referencia cinematográfica de La invasión de los usurpadores de cuerpos como metáfora de la alienación de los regímenes totalitarios. El emérito hacía también continuas alusiones a la novela El cero y el  infinito de Arthur Koestler para mostrar cómo el régimen comunista encarna el espíritu absolutista que niega la existencia del individuo.

Vásquez fue autor de una sólida bibliografía sobre el idealismo alemán. Nos ha llamado mucho la atención uno de sus trabajos menos conocidos: La universidad como multiplicidad y unidad del saber (Akademos, vol. 6, nº 1, 2004). Es un ensayo en el que expone el desafío de las instituciones de educación superior frente al avance de las corrientes posmodernas. Nos permite comprender mucho de lo que ha sucedido con las vanguardias intelectuales respecto del proceso de degradación nacional que nos ha tocado sufrir.

El posmodernismo contra la universalidad

En el mencionado ensayo, lo primero que hace Vásquez es llamar la atención sobre la función de la Academia: no puede reducirse al desarrollo de las ciencias humanas sin la conciencia humanista.

¿Cómo pueden las ciencias humanas convertirse en ciencias que solamente clasifican, ordenan, vinculan hechos, y desechan los problemas éticos y políticos contenidos en ellos? No hay actividad del pensamiento o de los sentimientos que sea ajena a la sociedad en que se vive. En esto, la literatura ha ocupado un lugar preeminente. (La universidad como multiplicidad y unidad del saber, p. 13).

Si solo hay ciencia en sentido positivista, es decir, dedicada al estudio de los hechos humanos, se descuida la esencia humana, y por tanto, los principios y valores. Al ocurrir eso, queda abierto el camino para los irracionalismos. Vásquez considera que así comienza el “asalto a la razón”. Una evidencia de esto es que el posmodernismo acusa a la razón de los mayores y más espantosos crímenes. Por ese camino, llega al extremo de calificar como crimen la universalidad de los valores de los derechos humanos. Destaca el ejemplo de Gianni Vattimo, quien embiste armado de una argumentación sofística:

 “La metafísica es un pensamiento violento, porque por el hecho de volverse hacia lo general, hacia las estructuras universales, implica la no esencialidad de lo individual y prepara teóricamente Auschwitz o la organización totalitaria de las sociedades de masa”. (Vattimo, citado por Vásquez; ibíd., p. 15).

Vásquez nos hace ver lo absurdo de esta afirmación. Habría que extraer la conclusión de que la tradición de la metafísica occidental, desde Platón hasta Hegel, que se basa en la noción de universal, sembró la semilla del holocausto. Hitler no basó la idea de exterminar seres humanos por su raza en la universalidad de la esencia humana. Al contrario, el genocidio es posible por eliminar la concepción metafísica de universal.

¿Cómo puede Vattimo ignorar que los campos de exterminio se constituyeron con excluidos, con seres que ya no pertenecían a la comunidad, esto es, a lo universal? ¿Cómo pudo Vattimo ignorar lo que es tan evidente después de la caída del nazismo? (ibíd., p. 15)

El posmoderno Vattimo omite todo lo que significa la política de odio, la negación de la ciudadanía a las víctimas, el atropello de los derechos más básicos. El crimen no son los derechos, al contrario, el crimen es trasgredir los derechos. Precisamente, son los derechos del hombre y del ciudadano los que ponen límites al poder del Estado. El gran logro de la conciencia moderna ha sido colocar esos derechos universales por encima de la soberanía del Estado.

Ningún Estado, invocando su soberanía, puede abolir o anular esos derechos. Es en ellos, en los ciudadanos, donde se encuentra la soberanía y no en la voluntad de un supuesto soberano de un Estado soberano. (ibíd., p. 16).

Por el contrario, la función del Estado legítimo es proteger los derechos humanos, así como educar en la materia de ciudadanía. Es, a todas vistas, ilegítimo el Estado que se confunde con el gobierno dictatorial, y que pretende convertir al ciudadano en súbdito.

Los dos cuernos del asalto a la razón

Vásquez trata de determinar cuál es el origen de esa inversión de valores. Lo encuentra en la universidad misma. Nos advierte sobre los riesgos de los científicos sociales que ignoran la filosofía, o se apoderan de ella sin un conocimiento aceptable. Supone que la filosofía es la negación de la filotiranía. Sin mencionar nombres, nos dice que muchos sociólogos se han tratado de pasar por filósofos. Para el momento en que escribe, en la década del 2000, en las universidades venezolanas, se habían creado centros de difusión del posmodernismo, los cuales estaban afiliados al gobierno populista.

En dichos centros, había más interés en los problemas epistemológicos de la sociología que en los problemas sociales que aquejaban a nuestro país. De esa manera, se hacían la vista gorda respecto al sistema de dominación que se estaba implantando. En vez de eso,  se cultivaban los irracionalismos, especialmente el escepticismo, según el cual todo es válido, ya que no hay verdad, pues todo es relativo.

La estrategia para el asalto a la razón posee dos cuernos. El primero consiste en reducir la razón valorativa a razón instrumental, es decir, en razón útil para la dominación. Así, cualquier producto de la razón valorativa es sospechoso de dominación. De esta manera los derechos del hombre y del ciudadano son declarados instrumentos de dominación cultural, apropiados para destruir e invalidar culturas no-europeas.

El segundo cuerno es la lógica del relativismo posmoderno, el cual comienza con una idea muy razonable: toda cultura es respetable y posee el mismo valor que cualquier otra. En segundo lugar, pasa a hacer una inferencia ilegitima: todas las culturas tienen el mismo valor, lo cual no es una verdad filosófica, pues no todas las culturas han logrado el mismo nivel de desarrollo de la conciencia. No puede ser igual de respetable una cultura donde existe la pena de muerte por herejía religiosa, la amputación de la mano en caso de robo, la ablación sexual, así como el derecho de matar a una mujer adúltera.

Los posmodernos terminan justificando esas sociedades donde los hombres carecen de toda defensa frente al poder establecido, donde han sido cercenadas las libertades. No es posible considerar las sociedades cerradas como expresiones culturales tan respetables como las sociedades abiertas, es decir, aquellas en las que los ciudadanos han logrado levantar barreras contra el poder arbitrario.

Porque no otra cosa son los derechos del hombre y del ciudadano: un dique contra el soberano. Y estos derechos fueron posibles porque el poder descendió a la tierra, se alojó en cada hombre y no reside en ninguna entidad por encima de él. Los derechos del hombre se anidan en cada hombre, siendo cada uno igual a los otros. (ibíd., p.19).

Vásquez es lo suficientemente lúcido para reconocer que la existencia de los derechos no ha puesto fin a la injusticia en Occidente, pero es el primer escalón que nos lleva hacia una sociedad más justa. Además, esos mismos derechos son exigidos por los oprimidos de otras culturas no-occidentales.

Cuando algún defensor de la igualdad de culturas les niega esos derechos a los que carecen de ellos, los deja inermes e indefensos frente al poder, les niega la condición de hombres de derecho por pertenecer a otra cultura, como si el vestirse de un modo o alimentarse de otro modo o adorar a un Dios distinto los convirtiera en seres no-humanos, esto es, carentes de todo derecho. (ibíd.,  p.19).

Respecto a los disidentes de esas culturas fundamentalistas o totalitarias, continúa Vásquez, el relativismo posmoderno convierte a los seres en zoé; vida desnuda, en el lenguaje de Giorgio Agamben. Esto es, despojados de todo derecho. Parias cuya existencia puede ser tomada por un tirano sin miramientos.

Escapar a la trampa posmoderna

Con el pretexto de evitar la razón instrumental, los posmodernos nos han condenado a la forma más abyecta de racionalidad de dominio. Vásquez se queda asombrado de contemplar cómo muchos intelectuales se olvidaron de los principios éticos, se sometieron al conformismo ideológico, se convirtieron en portavoces del fanatismo y promotores del terrorismo de Estado.

Es extraordinario ver cómo sociólogos, psiquiatras, abogados, en función de gobierno, se convierten en fanáticos defensores de todo acto de gobierno. Los que se les oponen, así sea para exigir el cumplimiento de un derecho, son siempre culpables. La fuente legítima del poder, que está en la ciudadanía, le es arrebatada y colocada en el gobierno que no es fuente de derecho ni posee derecho alguno frente a los ciudadanos. (ibíd., p. 21).

Vásquez denuncia lo mismo que había hecho Julien Benda hace mucho tiempo: la traición de los intelectuales, la cual tiene lugar cuando olvidan su obligación de distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, así como denunciar todo acto de opresión. Esto implica poner el intelecto al servicio del poder ni de las pasiones políticas. Ese es el sentido de la misión sagrada de Sócrates, quien dedicó su vida a develar el daño que traen a las ciudades los tiranos y sus devotos intelectuales.


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