Cultura

Carta abierta a Miguel de Cervantes: las palabras en la jaula

por Francisco Moreno-Fernández

Una estatua de Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares, Madrid. Fotografía de Curto de la Torre / AFP

29/04/2018

Cambridge, Massachusetts.— Admirado don Miguel: Quién sabe si andará vuesamerced en el Parnaso o siguiendo los pasos de Virgilio por el infierno, pero me atrevo a perturbar su esparcimiento para participarle algunos hechos notables que están ocurriendo con la lengua española o castellana en unas tierras americanas que vuesamerced tristemente nunca llegó a conocer.

Nuestra lengua, con infinidad de términos trocados desde que nos dejara en 1616, se ha hecho de uso ordinario al norte de este continente y se ha instalado con ímpetu y arraigo en un país llamado Estados Unidos de América. Aquí, el español convive con el inglés, repartiéndose con esa lengua diversos menesteres o creando una angliparla que acaba sirviendo para el entendimiento de las gentes.

Los modos en que el español se despliega por Estados Unidos son cosa de maravillar. Las expresiones se renuevan por doquier; surgen libremente nuevos dichos, difundiéndose mediante unos artefactos que envían misivas al momento, en habla o escritura, y a distancias impensables; los significados se renegocian, al tiempo que giros advenedizos arrinconan a los tradicionales con asombrosa premura. Las palabras del español revolotean en este país como los pajarillos que describe en su Quijote, aquellos que saludaban la venida de la aurora por el manchego horizonte, salvo que aquí el horizonte suele mostrar, no molinos de viento, sino altísimas torres a las que llaman rascacielos.

Como estudioso del lenguaje que soy, he considerado deber inaplazable tomar cumplida nota de lo que está ocurriendo en este país americano. Y, al ser tanto y tan dificultoso, decidí hacerlo por partes. Elegí como primer empeño la colecta de palabras, significados y expresiones cuyo origen está en la llamada lengua inglesa, y confinando mi interés a lo que acontece en Estados Unidos. No por ello dejan de interesarme otras empresas ni reniego de lo que ocurre en latitudes diferentes, pero los que trabajamos con la parla sabemos que los usos proceden de lugares y momentos concretos y que a ellos forzosamente hay que referirse.

Con ese espíritu publiqué un Diccionario de anglicismos del español estadounidense, sin entrar en la disputa de si lo allí dirimido había de llamarse “espanglish” o “español” y si lo incluido eran préstamos o translenguaje. Mi vocabulario, por no querer ser escolar, normativo, ni resolutivo de dudas, podría parecerle a alguno que no es nada, pero en él explico que es un “diccionario diferencial, descriptivo y de uso”. Y es que los diccionarios no tienen por qué ser normativos, ni siquiera cuando los ha confeccionado alguien de una academia.

Los diccionarios que hacen los lingüistas pueden ser descriptivos, como el mío, y, como la realidad lingüística es cambiante, la descripción ha de hacerse cada cierto tiempo para averiguar cómo se desarrolla su evolución. De hecho, “fijar” la exuberante realidad léxica en un simple listado sería como encerrar en una jaula a los inquietos pajarillos de la mañana.

Con toda la prudencia que confiere el haber confeccionado vocabularios que ya se cuentan con los dedos de dos manos, vi salir a la luz mi nuevo repertorio con tanto gozo, como diría vuesamerced, que reventaba por las cinchas del caballo. Pero en esto que el alcaide de la cueva del español en Estados Unidos, el guardián Montesinos que vigila y decide quién sube y quién baja por ella, un encantador llamado Stavans, puso sus ojos en la nueva criatura para afearle algunas notas de su factura, como las que tienen que ver con las nacionalidades y las academias. Me acusa nuestro particular Montesinos en “‘Customizar’ el idioma: los anglicismos y el español” de sostener que las lenguas necesitan una nacionalidad para legitimarse. Nunca he sido de nacionalidades, porque las lenguas las sobrepasan, pero soy de los que piensan que, para el estudio de las lenguas, hay que echar pie a tierra y decir de dónde se entresacan los datos, sin atribuirles geografías que no les corresponden.

La cantidad de variaciones que aquí se hallan es tan copiosa que suenan irrisorias afirmaciones como las de nuestro Montesinos: “eso no se dice” o “eso no lo he escuchado”, ya que nadie ha podido oírlo o leerlo todo. En realidad, algunos de mis datos podrían parecer imprecisiones de artesano, cuando son el simple reflejo de una contrastada realidad. Las cosas se dicen como se dicen y se escriben como se escriben, sin que de ello deba achacarse a dubitación del observador.

El diccionario incluye voces tanto nuevas como consignadas en repertorios anteriores, mas con la diferencia de que ahora han sido contrastadas mediante cuestionarios anotados en todo Estados Unidos, en un invento llamado “internet” y por expertos de las grandes regiones hispanohablantes. Voces como caucioso (precavido), buquear (reservar), taipear (teclear) o yonque (vertedero), entre otro millar escaso, se explican en su origen, significado, uso, sociología, variantes y estilo. Algunas de ellas proceden de las redes sociales digitales, como fangirlear (ser fanático) o favear (marcar como favorito), otras de las nuevas actitudes comunicativas (hateo, ‘odio’; o jarcorear, ‘adoptar una conducta sexual explícita’).

La influencia del inglés en el español —el anglicismo— se presenta en mi diccionario como un proceso dinámico, siempre con posibilidades de evolución desde dentro de la propia lengua. Los anglicismos, como hijos de la convivencia, forman parte esencial del español en Estados Unidos y lo enriquecen. Comprenderlos y explicarlos a través de un diccionario es una manera de aproximarse a ellos. En mi caso, lo intenté hacer más desde el oficio del naturalista que los observa en su hábitat natural que como taxidermista que diseca pajarillos para admirarlos en su quietud.

En cuanto a las academias, don Miguel, hay quienes andan obsesionados con su menosprecio a toda costa, mas de justicia es decir que buena parte de los trabajos de estas sociedades son descriptivos, sin el empeño, por tanto, de meter a la fuerza los pájaros de la lengua en las jaulas de gramáticas y lexicones. A este respecto, soy más del Sancho que rezonga por ser sermoneado, que del Quijote que afea los dichos ajenos. Vale.

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Este texto fue publicado originalmente en The New York Times en español.


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