Bucaramanga by Night

por Andrés Cañizález

Fotografías de Hazzas Elo | Periódico 15 (UNAB)

18/09/2018

Cuando me bajé del taxi y comencé a caminar entre las improvisadas carpas y las personas que, sencillamente, estaban echadas en el piso, sentí las miradas de recelo, de desconfianza. Me acerqué y aclaré: “soy venezolano, estoy de visita en Colombia, pero soy venezolano”. De la multitud de venezolanos, unos 300, según las estimaciones de ellos mismos, que esa noche pernoctaban en el parque del agua en Bucaramanga, pude hablar finalmente con una docena.

Estaban en esa plaza pública de la ciudad bonita, como se le suele llamar a Bucaramanga. La capital de Santander se precia de sus plazas y parques. Ese día, antes de ir a ese espacio público, ya entrada la noche, había conversado con diversos habitantes de Bucaramanga. La paulatina toma de migrantes venezolanos de esa plaza, su permanencia allí sin ningún tipo de servicio sanitario, la presencia de niños de diversas edades y el que estén a la intemperie, a la espera de gestos de solidaridad para alimentarse, todo ello representaba un asunto difícil de digerir.

Todo ello me impulsó a tomar un taxi a las 10:30 de la noche del 12 de septiembre para ver directamente a esta Bucaramanga by night, lejos de la postal turística.

Conversé con unos 12 venezolanos, aunque luego se incorporó un cubano. Sí, un cubano entre aquellos caminantes, como han comenzado a llamar a los venezolanos que van caminando por las carreteras. Son una nueva oleada que apenas lleva lo que tiene puesto encima, sin dinero ni para pagar el pasaje terrestre, menos para alimentarse.

Cuando me presenté con ellos, resalté que vivo en Barquisimeto. La mayoría de ellos me dijo de dónde venía: Carupano, Trujillo, Los Valles del Tuy, Ciudad Bolívar, San Juan de Los Morros. Estaban desde una mujer con sus dos hijos, “yo sola sin hombre” me precisó, hasta un adulto mayor, varios hombres jóvenes, otros diría que entre 40 y 55. Todos claramente provenían de nuestras barriadas populares.

El cubano, más allá de hacer comentarios generales sobre la vida en aquella plaza, no me dio información personal. Estaba como el resto, con algo de ropa encima y una maleta con todo lo que pudo llevarse. En medio de la noche apareció una camioneta con comida, casi todos –incluyendo con los que hablaba- salieron a ver qué les habían traído. En esta ocasión eran unos sanduches rellenos con queso.

Algunos tenían hasta tres semanas allí. Otros habían llegado recién, y tras la caminata entre Cúcuta y Bucaramanga (casi 200 kilómetros que incluyen el paso por el páramo Berlín) habían optado por permanecer unos días y reponer fuerzas para seguir

Les pregunté si querían volver a Venezuela. Todos me dijeron que no, casi al unísono. No usaron la palabra desesperanza, pero eso fue lo que quedó flotando en el aire cuando hablaban de nuestro país. Estando en una situación tan precaria como la que estaban, durmiendo a la intemperie, esperando que alguien se apiade y les traiga comida, sin claridad sobre cómo será su futuro inmediato, pero aún así no querían volver.

En Venezuela ya sabemos que las vainas están mal, y quién sabe cuándo se va a arreglar el país, así lo sintetizó el hombre de unos 40 años de los Valles del Tuy. Luego se fue tras la comida y no volvió.


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