Mundial Rusia 2018

Brasil en #Rusia2018: cuando no hay resultados, quedas desnudo

por Jován Pulgarín

Fotografía de EMMANUEL DUNAND / AFP

10/07/2018

Le propongo un ejercicio. Suponga que debe jugar una final de un torneo importante y debe escoger uno de los siguientes equipos. Revise nombre por nombre sin consultar la Internet.

Selección 1: Doni; Maicon, Alex, Juan, Gilberto; Mineiro, Elano, Josué, Julio Baptista; Vágner Love y Robinho.

Suplentes: Helton, Dani Alves, Alex Silva, Naldo, Kléber, Gilberto Silva, Fernando, Anderson, Diego, Alfonso y Fred.

Selección 2: Javier Zanetti, Roberto Ayala, Gabriel Milito, Gabriel Heinze; Javier Mascherano, Juan Sebastian Verón, Esteban Cambiasso, Juan Román Riquelme; Lionel Messi y Carlos Tévez.

Suplentes: Juan Pablo Carrizo, Agustín Orión, Daniel Díaz, Hugo Ibarra, Nicolás Burdisso, Fernando Gago, Luis Oscar González, Pablo Aimar, Rodrigo Palacio, Hernán Crespo y Diego Milito.

Los que conocen la historia ya deben saber por dónde vamos. Los que no, pues les recordamos que el primero le ganó al segundo, en la Copa América de 2007. Y no fue por poquito: 3-0.

Hay una palabra que usan los brasileños para definir el regular dominio de un rival sobre otro: “Clientes”.

Brasil venía de titularse en la Copa América de Perú, también ante Argentina, y había derrotado a la Albiceleste en la Copa Confederaciones de 2005, incluso en un amistoso previo a la Copa América de Venezuela. Por eso, tras el 3-0 en Maracaibo, O Globo tituló “Clientes” con una foto de los argentinos completamente abrumados.

Dunga fue el héroe nacional. Sacó petróleo con un equipo más bien discreto. La nota colorida la daba el simpático Love, cuya estrella se fue apagando y apenas disputó un par de encuentros de la eliminatoria. Salió de las convocatorias y no llegó al Mundial de 2010.

Carlos Caetano Verri, mejor conocido como Dunga, el hombre que nunca cambió su corte de cabello, había relevado en agosto de 2006 a su tocayo Carlos Alberto Parreira, que había pagado los platos rotos por la eliminación en cuartos de final ante Francia (0-1).

Esa Copa de 2007, más la Confederaciones de 2010, le dieron el crédito a Dunga para imponer una filosofía de juego muy alejada de las raíces. Ese “sacrificio” de la historia no parecía molestar mientras el árbol diera frutos. “Los jugadores deben adaptarse a lo que les exijo”, era la orden.

Para Suráfrica 2010, los amazónicos clasificaron de primeros en la Conmebol, con 34 puntos, uno más que Chile y Paraguay; 6 más que Argentina y 10 más que Uruguay, que fue al repechaje. La Canarinha avanzó sin mucha dificultad en un grupo fácil, relegando al segundo lugar a Portugal. En octavos de final venció 3-0 a Chile. Y su favoritismo tocó techo.

Este fue el 11 titular que goleó a los de Marcelo Bielsa: Júlio César; Michel Bastos, Lúcio, Juan, Maicon; Gilberto Silva, Ramires, Kaká, Dani Alves, Robinho y Luis Fabiano.

Era un equipo muy diferente al que vimos en Venezuela. Duros en la retaguardia, concentrados en la recuperación y letales en el contragolpe. Todo ello se fue al traste contra Holanda.

Los dos goles de Wesley Sneijder y la expulsión de Felipe Melo en el minuto 67 decidieron su suerte. El tanto de Robinho en el minuto 10 fue una ilusión. No hay peor derrota para una selección que vive del error ajeno que una remontada.

Ahí se acabó el trabajo de Dunga. Cuatro años de un fútbol realmente extraño. Un Frankenstein entre la fuerza (Lucio, Maicon, Juan, Felipe Melo) y la imaginación (Robinho, Elano, Kaká).

Según los cronistas de ese tiempo, era un combinado “eficiente”, “pragmático”, “directo”. Y todo ese etcétera que se dice cuando los resultados te acompañan. Después de la derrota, lo tildaron de “fracaso”.

Hay detalles, sin embargo, que revelan las virtudes y las fallas de un estratega en la concepción de un equipo. Abajo en el marcador ante Holanda, urgido por igualar, el cambio que realizó Dunga fue este: Nilmar por Luis Fabiano. ¿Se acuerda usted de Nilmar? Pues mientras lo consulta con sus recuerdos le informamos que en casa, viéndolo por televisión, estaban Ronaldinho, Alexandre Pato, Ganso y… Neymar.

Una más: ¿mala suerte la expulsión de Melo? Pues bien, la posible roja a este mediocampista de contención se respiraba desde su convocatoria. Antes de comenzar el torneo acumulaba 43 amarillas y cuatro expulsiones con sus clubes europeos.

Tras la salida de Dunga, Mano Menezes fue el encargado de devolverle el brillo a un equipo que lucía completamente perdido en su identidad y veía cada vez más lejos los logros de 1994 y 2002.

¿Cuál era la experiencia de Menezes? Guaraní, Brasil da Pelotas, Iraty SC, Caxias, Gremio (Campeonato Gaucho y subcampeón de Libertadores en 2007) y Corinthians (ascenso, Copa de Brasil y Campeonato Paulista 2009).

Con ese palmarés, luce, cuando menos extraño, que le dieran el destino de un país que sería cede en 2014 del Mundial. Y entonces volvieron los fantasmas: Brasil quedó eliminado de rápidamente de la Copa América en 2011, ante Paraguay.

Sin poder ganarle a ninguna selección de primer nivel, se refugió en las goleadas a Japón (4-0), Irak (6-0) y China (8-0), pero era muy tarde. El fin de Mano “El Breve” concluyó en 2012. Fue el turno entonces para volver a lo conocido: Felipe Luis Scolari.

Scolari, que se había titulado en Corea-Japón 2002 con el scratch, ganando todos sus partidos y que había renunciado para dirigir a una selección europea (Portugal), nunca fue un defensor del jogo bonito. Por el contrario, popularizó el famoso mata-mata.

Mata-mata, para nosotros los venezolanos, sería el “se sale el que pierda” o “el que gane sigue” de las caimaneras. Su análisis del Barcelona de Pep Guardiola, que lo ganó todo, dice mucho: “Solo si importamos a Iniesta, Xavi y a Messi podremos jugar como el Barcelona, pero las características de los brasileños no son estas. Las cualidades de los jugadores abanderados de este estilo de juego del Barça se han ido perfeccionando poco a poco. Ahora todo el mundo analiza el cómo y el porqué de su filosofía, pero este tipo de juego está limitado al tiempo que otorgue éxito a sus fieles. Hace décadas fue el fútbol italiano, el cual tuvimos que analizar a fondo, y el alemán”.

Scolari, ganó la Copa Confederaciones de 2013 ante España y las esperanzas del país se volcaron en su carácter de abuelo afable. Se creía que el técnico tenía la fórmula para derribar el fútbol de posición que tan de boga andaban en esos días. Si se hubiera lanzado a la presidencia, la habría ganado.

Entonces, como una gran ironía de la vida, se consiguió con Alemania, que sí había analizado a fondo el éxito del Barcelona y de la España de las eurocopas y el Mundial de 2010.

“A mí me interesa no solo mejorar futbolísticamente, sino también que seamos un equipo ambicioso, alegre y, sobre todo, deportivo. Un buen embajador de nuestro país.”, dijo Joachim Löw, técnico de Alemania a El País de España, dos años antes de comenzar Brasil 2014.

“Somos un conjunto multicultural, por lo que debe haber un trato de respeto de puertas hacia dentro. Eso conlleva respeto hacia fuera, aceptar la derrota, mostrar grandeza, reconocer al rival. Los españoles son así, ejemplares y modestos. Los jugadores del Barcelona llevan años en la cima, y nunca les oí una palabra negativa sobre un rival”, cerró el padre de la mayor goleada que ha recibido Brasil en los tiempos modernos.

7-1.

Pasarán los años y esos dos números vivirán, para siempre, en la memoria de los brasileños. El Mundial de 2014 puede ser la herida más abierta de América Latina. La sufrieron más de 200 millones de habitantes.

Fue tanto el pánico con ese 7-1 que la dirigencia decidió prescindir del mata-mata de Scolari para regresar al régimen militar de Dunga.

Esta vez, sin embargo, había perdido su ascendencia. Eliminado por Paraguay y Perú en la Copa América 2015 y la Centenario de 2016, respectivamente; peleado con los jugadores y prensa, tuvo que abandonar el barco cuando Brasil naufragaba en el sexto puesto, fuera de la clasificación de la Conmebol.

Entonces amigo, amiga, fue el turno para otro salvador de emergencia: Adenor Leonardo Bacchi.

Mejor conocido como Tite, era un nombre deseado por casi todos los entendidos del fútbol. La Copa Sudamericana (2008), Libertadores (2012), Copa Mundial de Clubes (2012) y Recopa Sudamericana (2013) le daban el crédito que los jugadores podían respetar.

La filosofía con la que Tite convirtió en 10 meses a Brasil en una máquina durante las eliminatorias (primer clasificado sin terminar el torneo, el más goleador e invicto en 8 jornadas consecutivas) se basó en algo muy sencillo que contravenía sus predecesores, Dunga y Scolari.

Consciente de que el tiempo de convivencia con los futbolistas es muy limitado, aseguró: “Mi trabajo es potenciar la calidad de los jugadores. Eso pasa por aprovechar lo que ellos reciben de otros entrenadores en sus equipos”.

Para mala suerte de Tite, a Brasil le sucedió lo que le pasa a muchos combinados que consiguen su máximo nivel de rendimiento antes de la competencia más importante. Lo ideal es que lo encuentres en pleno torneo, como le está sucediendo a Francia o Inglaterra en Rusia.

Cuando llegas a tu más alto rendimiento, lo próximo que viene es una caída del juego colectivo. Algo de esto hay en las tempraneras eliminaciones de Colombia en el Mundial de 1994, España en el de 1998 y a Francia y Argentina en el de 2002.

No obstante, hay algo más.

Revisemos los nombres de los 11 titulares que fueron eliminados por Bélgica en Rusia: Alisson; Fagner, Miranda, Thiago Silva, Marcelo; Fernandinho, Paulinho; Willian, Neymar, Coutinho; y Gabriel Jesús.

Con la mano en el pecho responda: ¿realmente le parece un equipazo? Había un funcionamiento colectivo que más o menos hacía olvidar los problemas del talento individual. No es casualidad que este equipo quedara eliminado cuando Casemiro, el mediocentro del Real Madrid, no estuviera por acumulación de tarjetas.

¿Pudo haber pasado Brasil en el segundo tiempo contra Bélgica debido a las acciones ofensivas que generó? Sí, igual que pudo haber perdido en su debut ante Suiza (1-1) por su desinterés o haber empatado ante Costa Rica (consiguió los dos goles en el descuento). También mereció mejor suerte Serbia, que despilfarró opciones de gol tan increíbles como las del pentacampeón contra los belgas.

El partido más regular de Neymar y compañía sucedió contra México, curiosamente el rival que mejor le jugó en los primeros 20 minutos. Eso nos deja una imagen muy clara de Brasil: se sentía feliz cuando le daban espacios, pero le costaba conseguirlos. Hace mucho tiempo, esto último era el ADN de Brasil.

Tampoco le ayudó a Brasil que su máxima figura fuese un niño que no termina de madurar. Eric Frosio, autor de “Neymar: el príncipe de Brasil”, decía sobre el jugador: “Mbappé, que tiene 19, parece más maduro. Cuando la gente dice que Neymar es joven para justificarlo se equivoca. Zico fue joven, Zidane fue joven, Platini… y nunca se comportaron de esa forma”. Y el libro para nada es una crítica al jugador.

Podríamos pensar que los comentarios por su eterno deseo de llamar la atención no tienen nada que ver con lo que sucede en el campo. Sin embargo, históricos como Zagallo y Tostao han hablado de cómo esa irresponsabilidad se refleja en la cancha.

Neymar ante Bélgica perdió seis de los ocho duelos contra su compañero en el PSG, Thomas Meunier, y fue el jugador de su selección que más desperdició balones en los 90 minutos: 12.

A Neymar le cuesta comprometerse con una idea o con un proyecto, puede ir al Barcelona después de pasar los exámenes médicos con el Real Madrid, y del Barcelona al PSG y del PSG a cualquier otro lugar en un chasquido de dedos.

Más allá de los memes y los videos graciosos, hay algo desconcertante en esa tendencia al rodar en el suelo (más de 14 minutos pasó en el césped en todo el Mundial); de querer engañar a todos, al árbitro, a la TV, a los compañeros, al rival. Es como el adolescente que, captado incapaz de mejorar su rendimiento escolar, culpa a su entorno.

Finalmente: ¿hay un gol de Brasil que haya quedado en la memoria? ¿Una jugada colectiva? ¿Una fantasía? Tal vez aquel golpe directo de Coutinho. De resto, ¿debemos suspirar por los poquito que mostró Willian? ¿Por las apariciones de Paulinho? ¿Por un gol de rebote de Neymar?

El mayor testimonio de los problemas colectivos de Brasil, en su juego e identidad, lo representa Gabriel Jesús. Un jovencito de 21 años que deberá vivir con la anomalía de haber jugado cinco partidos y no haber marcado ni un gol. Alcindo (1966) y Mirandinha (1974) tampoco lo hicieron, pero pueden decir que “solo” participaron en dos encuentros.

¿Falta de calidad? ¿Poca comprensión? ¿Virtud de los rivales? ¿Mala suerte? Cada quien tiene una respuesta diferente. Tal vez sea una suma de todo. Tal vez es hora de dejar de juzgar con los ojos del pasado al presente y obviar el lugar común: “Brasil es Brasil”.

Es probable que aquella Seleçao que añoramos no exista, que esté solo en nuestras cabezas. Es probable que responda a un deseo natural del mundo que quiere ver mejor fútbol, al menos uno con más fantasía que el de Rusia 2018. ¿Catar 2022?


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