Skip to content

Crónica

Bony de Simonovis

por Roberto Mata

Bony de Simonovis retratada por Roberto Mata

16/05/2019

I

Bony no toma café. No tiene ese vicio, pero sí el hábito de tomar dos litros diarios de Coca Cola Light. No da chance a que se acabe el gas de la botella. Se la toma completa. No cocina mucho. Más bien poco. Pero los hijos no han pasado hambre ni comido mal jamás. No hace panquecas, ni arepas ni huevos fritos, pero sabe cocinar arroz, pasta, pollo a la mostaza y chimichurri. Cuando se refiere a un Volkswagen, dice “Folksbagen”. Habla alemán gracias al Colegio Humboldt y a su madre alemana, quien usó el idioma siempre para despistar oídos curiosos y criollos.

El día que la llamó Elías Jaua y se presentó como Canciller de la República no le creyó. “Si usted es Elías Jaua, yo soy Luisa Cáceres de Arismendi”, respondió. Era Elías Jaua. Aunque el Canciller ofreció ayuda por razones humanitarias, no hubo final feliz. Iván Simonovis, esposo de Bony, muy a pesar de las complicaciones de salud no ha recibido ninguna medida humanitaria. La solicitud de la aplicación del artículo 491 del Código Procesal Penal fue negada el 23 de mayo de este año (2014).

Está preso desde el 22 de noviembre de 2004 a raíz de los acontecimientos del 11 de abril de 2002 en Caracas.

Para las visitas a la cárcel, Bony asume cotidianidad en el hacer y en el vestir: jeans y Converse. No usa tacones ni puede usar celular dentro de las instalaciones penitenciarias. El último retoque de maquillaje lo hace antes de las rejas, lejos de los militares. El Cenapromil (Centro Nacional de Procesados Militares), en Ramo Verde, Los Teques, es un bloque de viviendas al que le pusieron rejas, puertas, alambrados, cerrojos, cámaras, candados y horas de visita y de descanso. La electricidad se va con frecuencia y afecta los televisores, pero no las partidas de dominó. Los custodios se pasean con la inseguridad de quien se siente vigilado. Uno de los letreros que recuerdan la razón de ser del espacio reza “Prohibido tomar fotografías ni hacer proxenetismo político”.

La requisa a la visitante asidua deja ver dos canillas, un jugo de naranja, dos jabones, tres cremas hidratantes, medicinas varias, crema de afeitar, pasta de dientes y ningún champú.

“¡Siguiente!” “Pase detrás de la cortina”. “Suba los brazos. Abra las piernas. Suba la camisa. Abra el pantalón. Quítese los zapatos”.

Bony saluda, sonríe y acata.

“¡Siguiente!”

Bony estudió Derecho en la UCAB y se especializó en el área penal. Lo primero que hizo durante la carrera fue trabajar como voluntaria con el profesor Elio Gómez Grillo, defendiendo a privados de libertad. En algún momento la honraron nombrándola madrina de un equipo de básquetbol de la cárcel de El Rodeo. Hoy defiende al esposo preso en Ramo Verde. Los domingos y desde muy joven leía “Los crímenes más sonados” en Estampas y de reojo los obituarios en El Universal. No lee poesía y le gusta que las historias describan muy bien y con detalle lo peor. Este gusto literario nunca fue aprobado por su padre, español de carácter, estampa y acento. No era como para la consentida Bony.

¿Vida social? No tiene. Si hace yoga, la ven fijo. Si hace mercado y llena el carrito, se lo examina el que esté al lado. Si la ven en Maiquetía, la cuestionan: “Tú viajando y tu esposo preso”. Si se hace un selfie contenta, la acusan de ser feliz. Verla víctima y sufrida es un pedido a gritos de miles de desconocidos. No puede decir públicamente su afición por un equipo de fútbol en el Mundial porque no se ve bien. No puede salir a comer con las amigas. Las invita a la casa: ellas no la cuestionan, no hablan del tema y ayudan cuando hace falta. Son sus amigas y son pocas.

Bony también está privada de libertad.

Lleva nueve años visitando una cárcel por lo menos una vez a la semana con sus dos hijos de 17 y 21 años, con su madre mientras vivía, con sus hermanas, con sus sobrinos y primos, con amistades en común y también sola. Hoy en día todavía le preguntan cada vez que va: nombre, privado de libertad a visitar, dirección, teléfono, parentesco. Los datos son tomados a mano en el cuaderno de visitas, caligrafía marcial.

Aunque todo lo que lleva lo deja en el calabozo, hace nueve meses rescató a Efi, una perrita negra e hiperquinética que nació en las inmediaciones del penal. Los custodios se alegraron del mejor futuro que tendría.

Bony visita la cárcel, lleva el caso al día y conoce todos los vericuetos del mismo. Es esposa, es madre, madre-chofer, madre-amiga, tiene oficina propia, se mantiene económicamente, no tiene deudas y hace labores del hombre de la casa. Hoy se bañó con agua fría porque el calentador se dañó. Necesita un técnico. Ayer puso la orden para comprar el retrovisor caído del Corolla, que sus dos perros y un radical quién-sabe-de-qué-bando han decidido autografiar de punta a punta. Lo hizo por Mercado Libre en Maracaibo. Debe estar por llegar. Necesita ambos retrovisores para subir a Los Teques a la visita penitenciaria.

Bony Simonovis no existe. Bony es un sobrenombre y, en su cédula, María del Pilar Francisca Ana Pertíñez todavía aparece soltera.

Bony se pica cuando dicen que su hija no se parece a ella sino a su papá.

Este año (2014) se hizo tres tatuajes: “prosperidad”, “doble felicidad” y “longevidad”. Le causó dolor hacérselos. Invitó a la hija al mismo dolor, pero ella no aceptó. Aprovechó para criticar a la madre. La edad.

Nadie se quiere ver en el espejo de ella. “Esas cosas le pasan por ser mujer de policía”, ha escuchado. Desde afuera, cualquiera es más Bony que la propia Bony. Cada vez que alguien comienza una frase diciendo “Es que tú deberías…”, ella no oye, no escucha. Ya no lo hace.

Ha sido muy de izquierda para algunos en la oposición y ambidiestra para el oficialismo. El 8 de marzo de 2003 vivió una experiencia inédita: la botaron del trabajo a través de un listado publicado en el diario Últimas Noticias. Trabajaba en control de prevención y pérdidas en PDVSA Chuao. El 8 de marzo celebró el Día Internacional de la Mujer: cumplió años su hija Ivana y aprovechó y salió a marchar.

Por las redes sociales recibe apoyo y solidaridad. También intensas críticas de los más radicales de ambos bandos. Ha aprendido a leerlos sin asimilarlos. Sólo los bloquea cuando la insultan o se ponen muy querendones.

La soledad aprendió a disfrutarla, pero no se acostumbra ni se resigna. Ni piensa hacerlo. Tiene diez años de vacaciones en familia en espera. Mientras tanto los hijos van creciendo. Crecieron.

Iván, el policía y piloto, tiene su oficina arreglada, escritorio completo, premios y condecoraciones, vestier ordenado, trajes y corbatas en fundas para protegerlos del polvo.

El día que vuelva va a conseguir todo listo.

El padre de Bony le dijo de forma tajante: “Cuando te cases, nunca uses el apellido de casada”. Ella misma se dijo: “Cuando tenga hijos, no voy a repetir los nombres de sus padres”. Iván e Ivanna. Y María Luisa, la segunda hija, falleció a los cinco meses de nacida. El día del entierro de la bebé era el acto de grado con honores de su especialización en Derecho Penal.

A Bony, de 48 años, no todo le ha salido como lo había planificado.

No pidió nada de lo que está viviendo, pero le tocó y está satisfecha con la forma en que lo ha llevado. Pide poco y agradece mucho. Durante años pocos creían lo que vivía. Ahora los casos como el de ella se multiplican mensualmente. La consultan. La entienden. Nunca falta quien le dice que se apiada de ella, pero que seguro él debe haber hecho algo para que la tengan así de agarrada con su caso.

No ha perdido la capacidad de indignación ni corre el riesgo de resignarse, sólo busca mantenerse alejada del resentimiento. No llora.

—¿De qué vale contar todo esto?

—Es importante dejar el testimonio, que se sepa… para que no vuelva ocurrir y mantener a mis hijos lejos de la intolerancia.

“El tiempo de Dios es perfecto” es la única frase que Bony no tolera.

II

Tyson conoció a Iván Simonovis en El Helicoide, la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional. Una carta al director permitió que en 2009 el perro Pooddle Toy, de cuatro años de edad y 24 centímetros de altura, asistiera a la visita penitenciaria. Se acariciaron, jugaron y no volvieron a verse más. Iván no tuvo la oportunidad de entrenarlo: cuando se conocieron ambos eran adultos con mañas.

A las dos y media de la madrugada del sábado 20 de septiembre de 2014, Bony estaba dormida en su cama, en el lado derecho. El teléfono sonó. Ivana, la hija menor, estaba en una reunión con unas amigas del colegio cuando recibió una llamada de un número desconocido en la que desde una remozada y distinta Plaza Venezuela le dijeron “Dile al papá de tu amiga que te lleve a la casa, estoy en camino. No le digas a nadie”. Ivana se molestó y no le creyó. En realidad no podía creerlo, pero Ivana llegó a la casa y esperó.

Después de nueve años y doscientos noventa y nueve días, Iván decidió no presentarse en su casa sin avisar. Llamó a Bony y la despertó. A los pocos minutos, con un pequeño morral y su cédula, tocó el timbre.

No estaba solo. Iba acompañado de veinte funcionarios del Sebin. Abrieron y cerraron puertas, rejas, cada clóset, cualquier cosa que tuviera cerradura. Chequearon todo y usaron el baño. El de visitas.

La seguridad de la casa de los Simonovis está concebida para que ningún personaje ajeno entre, pero no para impedir que uno de sus miembros salga.

No hubo espacio para la emoción dentro de la invasión. Ivana, Bony y Jakeline, quien ha trabajado con la familia Simonovis durante ocho años, lo recibieron en ese orden al pasar el umbral del nuevo centro de reclusión. Tras los besos y abrazos a la familia y un saludo a Jakeline, Iván pidió hacer café para los funcionarios.

Efi, la perra negra que Bony adoptó en Ramo Verde, hace vida con Tyson, aunque ella es más de la calle y de uniformes verdes. A las tres y media de la mañana, en medio de la confusión, se escapó en un momento en el que abrieron el portón. Corrió calle abajo. Iván no pudo correr tras ella y Bony estaba en pijama. La rescató un vigilante de un edificio cercano.

Iván se duchó con agua caliente. Lo hizo en su baño. Pudo usar toallas con olor a casa y Bony había reparado el calentador de gas recientemente. Luego, hija y esposa le hicieron el tour por sus enseres. Todo había estado listo y esperándolo, pero durante una década ciertas cosas cambian de lugar. Su ropa está detenida en el tiempo, chaquetas y trajes, pero no está en el vestier. Ahora están en otro clóset. Las películas en VHS están intactas. También sus relojes, medallas y condecoraciones. Bony le guardó cientos de recuerdos acumulados por años, los clasificó y los colocó en cajas. Aunque ella es más de botar: es de quienes creen que lo que no sirve se bota.

Bony está segura que, de haber sido ella la presa por casi una década, no habría sido igual. No le habrían guardado nada.

*

Agua y pan con queso fue la primera comida en casa. Era lo que había en la nevera. No hubo aviso. No hubo tiempo de preparar una recepción. Bony optó por pan con jamón y queso.

Nadie durmió y amaneció. Ese día fue muy largo y terminó a las once de la noche. A esa hora a alguien se le ocurrió que la familia debía descansar. Al mediodía pidieron una pizza por teléfono. En el Centro Nacional de Procesados Militares de Ramo Verde, donde Iván había estado recluido hasta el día anterior, no existe la posibilidad de entrega de pizzas a domicilio. Y 1.700 bolívares hablaron de forma elocuente del nuevo costo de la vida.

El sofá de la sala de “La Ivanera” se había estado tapizando por esos días, sin apuro y sin gomaespuma en el mercado. No es (o no era) una casa de muchas visitas, por lo tanto los abogados, la familia, los amigos de Iván, los amigos de Bony y los amigos de Ivana se reunieron a celebrar de pie y en la cocina.

Años esperando este momento con todo bajo control para que la sorpresa dejara ver la sala de la casa como apartamento de recién casados. Al resto, a los medios, fotógrafos y camarógrafos, les tocó verlos desde la calle.

*

Durante los dos primeros días, los funcionarios vestidos de comando y fusiles estuvieron dentro de la casa, hasta que colocaron unos candados y cerraron la terraza. Sólo así decidieron mudarse al garaje. Allí tienen dos sillas y una mesa plástica donde Iván debe presentarse ante ellos en la mañana, al mediodía y en la noche antes de dormir.

La planta que Bony tenía en la terraza, una mata de jade, ahora está dentro de la casa y hay que sacarla a tomar el sol todos los días. Iván también toma sol. Estuvo ocho años con un acceso muy limitado a la luz solar y eso devino en un grave deterioro de su salud: osteoporosis avanzada.

La detención domiciliaria con apostamiento del Sebin se limita a 260 metros cuadrados divididos en dos pisos, muchas visitas, televisión por cable, el beneficio de hablar por teléfono y (desde su punto de vista) sus reglas: es su casa.

Los funcionarios armados chequean a todo el que llega de visita. Toman datos. Anotan números de cédulas. Inspeccionan carteras y bolsos. Aceptan con respeto, pero desconfían por oficio, el café, el agua o cualquier alimento cortesía de “La Ivanera”. Los perros terminan comiéndose todo.

La cárcel se trasladó a La Florida. Los funcionarios no apagan las luces del garaje durante la noche y los perros se trasnochan. A Bony le exigieron mantener la puerta principal de la casa (la única) permanentemente abierta, Ella se negó: “Ésta es mi casa y acá no pueden mandar. Se me quedan afuera”. Uno de los funcionarios de Ramo Verde que requisaba a Bony en las múltiples visitas de los domingos ahora está asignado al porche de su casa.

*

En las mañanas, Jakeline (oriunda de Boconó, de una familia de diez hermanos y con una niña de diez años) le hace el desayuno al señor Iván. Él le hace café a ella. El bolso de Jakeline es revisado al entrar y al salir. Ha tenido que abrir las arepas que trajo de Trujillo como un obsequio a la familia y dejar ver su interior. Ese interior sin relleno.

A Bony le cambió la vida al recibir una llamada el 22 de noviembre de 2004: “Me están metiendo preso. Haz algo. Ve a Globovisión”. Y le volvió a cambiar el 20 de septiembre de 2014: “Estoy yendo para allá”.

La memoria traiciona a ambas partes. Hay dudas sobre los lados de la cama o el puesto en el pantry de la cocina. El esmero en el orden de las cosas del otro dura poco. El razonamiento, la clasificación y la agrupación son ahora variables que dependen de lo masculino. Bony no acepta nada que venga de la cárcel: todo fue regalado a los compañeros de prisión. Sin embargo, se sabe que el calabozo se mantiene intacto. El hábito del café negro en casa y los dulces en la nevera se acaba de instalar, aunque Bony insiste en no tomar café: sólo Coca Cola Light.

Viven hasta ahora en diferentes husos horarios. El traslado vino con jet-lag. Bony se acuesta temprano y se despierta temprano. Iván está acostumbrado a postergar el día lo más posible. Se duerme tarde viendo CNN. Durante la noche Iván extraña, mas no necesita, escuchar los candados de la penitenciaria mientras a Bony no la deja dormir el radio de los guardias, con mensajes encriptados que nunca se apagan.

Están acostumbrados a no hablar mucho. Han vivido solos por casi diez años. La cesta de la ropa sucia ahora tiene ropa de hombre que lavar.

La nostalgia se apodera del recién mudado cuando ve los cuartos de los hijos que crecieron lejos de él. Perdió la patria potestad y llegó tarde a la adolescencia. Muñecas y pequeños aviones han sido sustituidos por Jimmy Hendrix en afiche y carteleras llenas de imágenes de momentos que la fotografía se encarga de aproximar, pero no logra revivir. Bony se angustia cada vez que suena la puerta de la casa. Antes era Ivana llegando, pero ahora no sabe quién entra o quién sale.

Aunque su calle es quizás una de las más seguras de Caracas (incluso hay un toldo de la Guardia del Pueblo, dentro del marco del Plan Patria Segura) ella no se siente segura. Se siente invadida.

*

Los tres se acuestan a ver televisión en la cama. Iván arropa a Ivana y sus 17 años cuando se duerme. La carga y la lleva a su cama, aunque no debe hacerlo. Iván Andrés, de 21, estudia fuera de Venezuela pero quiso venirse inmediatamente a abrazar a su papá. No se consigue pasaje. Espera poder hacerlo esta Navidad, con la ayuda de muchos. Cuando lo vio por FaceTime con la casa como fondo, lloró. Lo hizo por tercera vez en todo este tiempo. Ni siquiera el día que dictaron la sentencia se permitió llorar.

Los territorios en disputa son las oficinas dentro de la casa, fundamentalmente por la que tiene aire acondicionado. Por la otra no hay ningún tipo de discusión. Los libros que se fueron mezclando durante estos años han sido motivo de repartición de bienes. Esto es mío, esto es tuyo. Durante este período de tiempo Bony consultó todo con los hijos y a Iván sólo le participó. Llegaron hasta este puerto gracias a su dedicada gerencia. Pink Floyd, Led Zeppelin y Emerson Lake & Palmer llegaron a convivir con Madonna, Boy George y U2 (Fonseca y el “reguetón” se reconocen y admiten sólo en privado).

El día que devolvieron el sofá retapizado a la casa, Iván ayudó a que todo estuviera en orden de nuevo y en su lugar. Sin poder cargarlo, pasó la aspiradora. La osteoporosis lo invade todo y permite poco.

*

El daño emocional de estos años carece de escala y asimilar después de la euforia es tarea diaria. La foto de los tres en la ventana que publicó la agencia de noticias Reuters la hizo verse en familia por primera vez en mucho tiempo. Se ha generado una sensación en otros de que todo volvió a su cauce. ¿Pero cuál es ese cauce?

Muchas personas han sido solidarias con la familia Simonovis Pertiñez, aunque ha habido abiertas manifestaciones de quienes aseguran que el traslado de Iván a su casa no le resuelve ningún problema a nadie. Otros están contando los días para que se repita el traslado en sentido contrario.

Bony sabe que necesita ayuda profesional para esta nueva y extraña etapa de reencuentro. Aunque feliz y agradecida, la reconoce muy difícil. Las amigas, las fieles amigas, le han ofrecido asilo cuando necesite respirar y dejar de esta rodeada de policías. En el mercado la gente la saluda, la abraza, la felicita y hasta llora de emoción. También le recuerdan que ahora debe estar siempre en su casa, atendiendo.

Ella es abogado. Se desconectaba de los casos al salir de la oficina. Hacía vida hasta que este caso se convirtió en su vida. No ha habido espacio para otros. Ahora sólo pisa un tribunal por él, aspira a no ejercer el Derecho y a no usar una toga más nunca en su vida. Por Twitter ha tenido que pedir a la visita días de descanso.

«I wish you were here» de Pink Floyd es la canción que Bony ha escuchado durante mucho tiempo. Y entonces, así, con serenidad, asume el segundo plano en toda esta historia, ese lugar donde prefiere estar.

***

El primer texto fue publicado originalmente en Prodavinci el 15 de junio de 2014 y el segundo el 13 de diciembre de 2014.


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo