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Perspectivas

Bolívar en Notre-Dame

por Mariano Nava Contreras

La Coronación de Napoleón, obra de Jacques-Louis David | Colección del Louvre | Wikimedia Commons

20/04/2019
“¿Quiere usted que le diga cómo me fue en París? La cosa es clara pues no hay en toda la tierra, una cosa como París. Seguramente que allí es donde uno se puede divertir infinito, sin fastidiarse jamás. Yo no conocía la tristeza en todo el tiempo que me hallé en esa deliciosa Capital”.
Simón Bolívar a Alexandre Dehollain, Santander, 13 de abril de 1802.

El domingo 2 de diciembre de 1804, cuando Napoleón se coronó a sí mismo en la catedral de Notre-Dame en presencia del Papa Pío VII, Bolívar estaba allí. Desde mediados de agosto de 1804 el caraqueño se encontraba por segunda vez París. Sin embargo, ya en su primer viaje a Europa, mientras pasaba una breve temporada en Bilbao, Bolívar se había escapado a la Ciudad de las Luces entre enero y marzo de 1802. Que entonces París lo había deslumbrado es evidente. No olvidemos que nuestro mantuano formaba parte de las élites caraqueñas, francófilas e ilustradas, pero es seguro que la ciudad tampoco desmereció sus expectativas. Tampoco olvidemos que se trata de un joven de dieciocho años. En aquella oportunidad había llegado a afirmar que “España es un país de salvajes en comparación con Francia”.

Esta segunda vez, Bolívar embarca en La Guaira en octubre de 1803 rumbo a Cádiz. De ahí sube a Madrid a manifestar personalmente sus condolencias a su suegro, Bernardo Rodríguez del Toro, y de ahí sigue a París. Atrás ha quedado su dolorosa viudez, a más de una serie de desagradables dificultades e inconvenientes relacionados con sus posesiones, especialmente la hacienda de Seuse en los Valles del Tuy, que producía añil y café, y que había sido invadida por los vecinos. La exportación de estos productos debía producir al joven aristócrata fondos que serían transferidos a Europa, necesarios para costear el ostentoso tren de vida que allí llevaría.

Al llegar a París, Bolívar alquila una casa en la céntrica rue Vivienne, no lejos del Louvre y las Tullerías. Siguiendo a John Lynch en su célebre biografía, y si hemos de creer a los chismes, el afligido viudo pronto comenzó a llevar una despreocupada vida de libertino y de playboy, pasando plácidamente los días entre juegos, mujeres y sesudas lecturas filosóficas. El asunto es que Bolívar nunca hizo nada por desmentir esos chismes. De esas fechas se conserva una miniatura sobre marfil que lo muestra como un arrogante joven de rasgos aristocráticos, piel blanca, grandes ojos castaños, mirada orgullosa y serena, nariz recta, patillas a la usanza y cabello castaño y ensortijado, en fin, un hombre elegante y atractivo, muy seguro de sí mismo ¿Hubo realmente tantas mujeres? Imposible saberlo, pero hubo una con la que ciertamente tuvo bastante más que solo una amistad.

Fanny Dervieu du Villars era la esposa del conde Dervieu du Villars. Por entonces, su salon solía reunir lo más liberal y culto de la cité. Entre las muchas fiestas a las que asistía, Bolívar pronto debió ser invitado a casa de los Du Villars. Fanny entonces no debía tener treinta años, mientras su marido, el conde, le doblaba la edad. Sus grandes ojos azules, sus maneras delicadas y su charla aguda y vivaz debieron cautivar al joven Simón, quien pronto se convirtió en su visitante frecuente ¿Hasta dónde pudo llegar esta relación? Sabemos que Fanny dirigió una serie de cálidas cartas a Bolívar entre 1820 y 1826, cuando ya era madre de tres hijos y esposa de un setentón, mientras él se encontraba en la cima de su gloria. En esas cartas Fanny le recordaba lo que él la había amado “sinceramente”. Bolívar nunca respondió una sola de ellas. Sabemos sin embargo que Bolívar regaló a Fanny un anillo en abril de 1805, cuando partió de París, despidiéndose de ella para no volver a verla más. Sabemos también que la miniatura de marfil que nos muestra al altivo veinteañero se conservó a través de una bisnieta de Pierre Marie Denis de Tobriand de Keredern, hermano de Fanny.

Sabemos, finalmente, que tuvo que ser en el salón de los Du Villars donde Bolívar conoció a Humboldt, quien acababa de volver de su periplo americano. Cuenta la leyenda que en este encuentro entre el científico y el futuro libertador se dio un diálogo singular, en el que Bolívar afirmó a Humboldt que la América española se encontraba lista para “sacudirse el yugo de la opresión”, a lo que Humboldt respondió que, aunque esto fuera cierto, no había conocido a nadie capaz de liderar semejante empresa. Si bien no existe ninguna evidencia histórica de que tal diálogo realmente hubiera tenido lugar, el tenor de sus palabras nos muestra cuán lejos estaban entonces ambos, Bolívar y Humboldt, de imaginar el destino que aguardaba al continente a la vuelta de pocos años.

Sin embargo, París no fue para Bolívar solo aventuras, romances, juegos y lecturas juiciosas, sino también teatro de un intenso acontecer político que no dejaba de atizar su interés. Como dice Lynch, fue en París donde nació ante sus ojos el mito de Napoleón, que tanta y tan honda influencia tuvo en él. Y fue a través de su maestro Simón Rodríguez, con quien se había reencontrado en aquella ciudad, que los acontecimientos franceses y europeos comenzaron a tener un nuevo significado en relación con la situación que entonces vivían Venezuela e Hispanoamérica. Uno de los momentos estelares de este aprendizaje político tuvo que ser, sin duda, el presenciar la coronación de Napoleón Bonaparte en la catedral de Notre-Dame.  

En este punto, como suele suceder con las grandes historias, hay dos fuentes importantes que se contradicen. Según las Memorias del general O’Leary, el caraqueño había sido invitado por el embajador de España a asistir a la ceremonia, pero Bolívar no solo no quiso ir, sino que pasó todo el día encerrado en su casa, asqueado por lo que consideraba una traición al pueblo francés. Según O’Leary, Bolívar consideraba a Napoleón “un tirano y un hipócrita, un enemigo de la libertad”. Del lado opuesto está el relato que refiere Perú de Lacroix en el Diario de Bucaramanga, acerca de lo que el mismo Bolívar le contó sobre lo ocurrido ese día:

«Vi en París, en último mes del año 1804, el coronamiento de Napoleón: aquel acto o función magnífica me entusiasmó, pero menos su pompa que los sentimientos de amor que un inmenso pueblo le manifestaba el héroe francés (…) La corona que se puso Napoleón en la cabeza la miré como una cosa miserable y de estilo gótico: lo que me pareció grande fue la aclamación universal y el interés que inspiraba su persona. Esto, lo confieso, me hizo pensar en la esclavitud de mi país y en la gloria que cabría al que lo libertase; pero ¡cuán lejos me hallaba de imaginar que tal fortuna me aguardaba!».

Por lo vívido de la narración, en primera persona, tenemos que pensar que Bolívar efectivamente asistió a la ceremonia en Notre-Dame, incluso que estuvo a una distancia relativamente cercana al lugar de la coronación, a juzgar por la descripción que hace de la corona, “de estilo gótico”. Por lo demás, no debe extrañarnos el que la versión de O’Leary niegue estos hechos, dada la extrema prudencia con que se expresaba Bolívar a la hora de manifestar su admiración por Napoleón, temeroso de suscitar comparaciones y sospechas de que él también, secretamente, aspirase a coronarse.

¿Cuál era el aspecto que entonces lucía la catedral parisina? Bolívar no nos suministra más detalles, pero sin duda sería muy diferente al que luciría años después. Sabemos que el edificio sufrió mucho tras estallar la revolución de 1789. Por decreto del 2 de noviembre de ese año, que ordenaba la nacionalización de los bienes del clero, la catedral fue desacralizada y pasó a ser propiedad del Estado. Poco después, en 1793, la Comuna de París lo convierte en “Templo de la Razón” por decreto del 10 de noviembre, y lo destina al culto del “Ser Supremo”. También en esa ocasión, la catedral fue pasto del pillaje y muchos de sus objetos sagrados y obras de arte fueron robados o destruidos. Finalmente el edificio terminó convertido en depósito de vinos del ejército del Norte.

No fue sino hasta el concordato de 1801 que Napoleón, entonces Primer Cónsul, devolverá a la Iglesia la posesión de la Catedral, siendo restituida su función como lugar de culto. Bonaparte también aprobará el nombramiento de un obispo, Monseñor de Belloy. Para su entronización el 11 de abril de 1802, Domingo de Ramos, el edificio fue precipitadamente decorado, en un intento por disimular los daños infligidos por la Revolución. Las paredes fueron cubiertas con cortinas y el altar reconstruido. Una semana más tarde, Domingo de Resurrección, Bonaparte asistió a misa junto con todos los miembros del Consulado. Las campanas de Notre-Dame volverían a sonar como en los viejos tiempos.

No es por tanto casual el que Bonaparte haya escogido a Notre-Dame como lugar para su coronación, dos años después. La iglesia, más que Santa Capilla o cualquier otra de París, representaba el espíritu de regeneración y concordia con que el emperador pretendía inaugurar los nuevos tiempos. Para ese día, Napoleón hizo demoler algunas casas pobres aledañas a la catedral y mandó a pavimentar las calles por donde habría de pasar su cortejo: la rue de Rivoli, la Place du Carrousel y la actual Quai Bonaparte. Asimismo, las cortinas que cubrían los maltratados muros fueron sustituidos por tapices de seda adornados con insignias imperiales, dando a la catedral un aire de templo romano. Finalmente, una plataforma fue instalada junto al altar, a fin de colocar allí los tronos de los emperadores y el del Papa. Es de suponer que las alfombras y cortinajes que aparecen en el cuadro de Jacques-Louis David, que recoge el momento de la coronación (una ceremonia de más de cinco horas en medio del frío decembrino), fueron colocados ahí expresamente para el acontecimiento. Ese debió ser el aspecto que lucía Notre-Dame cuando Bolívar estuvo ahí, pero en general, el estado real de la estructura debió estar marcado por el deterioro y la precariedad. Al menos hasta 1844, cuando se inició un verdadero programa de restauración que duró más de veinte años.

Notre-Dame fue el primero, pero no el último lugar donde Bolívar vio a Bonaparte. Meses más tarde, ya camino a Roma, el caraqueño coincidirá de nuevo con el corso cuando cruce los Alpes y llegue a Milán, donde Napoleón acababa de hacer entrada triunfal. Días después volverán a toparse cerca de Castiglione, a propósito de una parada militar. De esa última vez, Bolívar recordará a De Lacroix lo impresionado que quedó por el contraste entre la sencillez de sus vestiduras, en comparación con la ostentación de las de su estado mayor. Sin embargo, fue en la catedral de París donde Napoleón, sin siquiera sospecharlo, hizo pensar a Bolívar por primera vez en la posibilidad de asumir el destino que le aguardaba.


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