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Literatura

Bacantes de Eurípides

por Alejandro Oliveros

11/09/2019

Vasija de terracota con una figura que muestra la muerte de Penteo, circa 480 A. C. Periodo arcaico tardío | Kimbell Art Museum, Fort Worth, Texas

Noventa son las tragedias que se registran de Eurípides, de las cuales no llegan a veinte las conservadas. Y se puede considerar afortunado, no pasan de diez las que tenemos de Sófocles y aún menos de Esquilo, cuyas producciones no fueron menos sostenidas. Los dos últimos son dignos representantes del período medio de la tragedia griega, así como Eurípides es un acabado exponente de la etapa tardía. A lo largo del período temprano, cuando el hecho trágico tenía una connotación exclusivamente religiosa, como las misas de los católicos, la acción estuvo a cargo de mimos, músicos y coros, sin un texto definitivo y, menos aún, escrito. En el período medio, el de Esquilo y Sófocles, la tragedia se ha convertido en teatro religioso y político, el equivalente de los autos sacramentales de Calderón; obras como Orestíada Edipo son transformaciones de la historia desmembrada de Dioniso, el dios de lo trágico. Y en el más tardío de los períodos, que es el de Eurípides, la tragedia ya era sólo teatro, sin ninguna intención religiosa (“Ya Dioniso estaba arrojado de la escena trágica”, Nietzsche), como en Shakespeare y casi todo el teatro moderno.

Es más que probable que Esquilo y Sófocles hayan creído en sus dioses. Es seguro que Eurípides no. Por eso siempre ha llamado la atención que la última de las tragedias de este discípulo de Protágoras, sofista él mismo, incrédulo y racional, sea un drama religioso, pero eso es lo que nos fascina de Bacantes. Una tragedia que tiene al propio Dioniso como protagonista; un homenaje apasionado a la más estupenda figura de la religiosidad griega escrito por un ateo. No es el caso del moderno Luis Buñuel, quien le daba gracias a dios por ser ateo. En el caso de Eurípides, se trata de un poeta que, al final de sus días, parece lamentar no haber nacido antes para no ser ateo.

Bacantes cuenta y canta el regreso inesperado de Dioniso a Tebas, su patria natal. Y ha regresado para castigar la incredulidad de los tebanos, especialmente sus propios familiares, que nunca han creído en su naturaleza inmortal; un verdadero error de juicio, la hamartía aristotélica de la tragedia. Otra insensatez de los habitantes de esta noble ciudad, predestinada al dolor. Como reconoce el profesor Jean Bollack en sus reveladores comentarios: “La falta de reconocimiento a su naturaleza mestiza es el preámbulo a la tragedia. Para enfrentarla se ha hecho hombre” (Dionysos et la tragédie: le dieu homme dans les Bacchantes d’Euripide). El ofendido inmortal va a enfrentar la indiferencia de sus compatriotas de la manera más violenta, enloqueciendo a las mujeres, entre ellas Ágave, la madre del Penteo, el sectario monarca. A la cabeza de sus ménades enloquecidas, la buena mujer tomará al hijo por una fiera y, con la ayuda de otras bacantes, descuartiza, en un rito dionisíaco, al confundido Penteo. Al final, la familia real es enviada, por separado, al exilio. Cadmo, como buen griego, entiende las connotaciones del terrible castigo, sólo la muerte se le compara: “¡Hija! ¡En qué terrible desgracia hemos caído todos, tú, desgraciada, y tus hermanas, y yo, desdichado! Llegaré anciano a tierras bárbaras como extranjero…!”. Sólo la ayuda de Ares, su suegro, salvará sus últimos días de la amargura. Por desgracia, no todos los desterrados, de antes y del presente venezolano, cuentan con un suegro tan influyente.

Vuelvo a Bacantes, la cual, aparte de poesía de la más alta, es una exploración de la insurgencia de lo irracional en el seno de una sociedad. Una lectura que no deja de ser oportuna en una Venezuela desfigurada por el más devastador asalto a la razón. Los personajes principales de la tragedia de Eurípides, el más trágico de los dramaturgos, según Aristóteles son, como hemos visto, Dioniso, el dios en persona; Penteo, rey de Tebas y primo del inmortal; Ágave, su madre e hija de Cadmo, el fundador legendario de la ciudad. Todos en Tebas, la urbe donde nadie querría nacer. La escenografía es la más presagiosa: el palacio del monarca y, a un lado, el paisaje fúnebre de una tumba rodeada por indecisas vides. El encargado del prólogo es una figura inquietante, un dios, y nada menos que el propio Dioniso. Porque todo, en este hijo de Zeus con la cadmea Semele, es inquietante (o debería serlo).

Es de simples ver en Dioniso solamente al portador del vino, el más bendito de los bienes. Como buen dios griego, su lado oscuro es tan marcado y peligroso. Durante los años sesenta del siglo pasado, se le exaltó como salida a la crisis de la cultura occidental. Algunos pensadores, con menos genio que ingenio, propusieron una salida dionisíaca al fracaso reiterado de la racionalidad. Olvidando que, cuando Dioniso aparece en escena, lo mejor es tomar precauciones. El profesor E.R. Dodds: “Dioniso es más complejo y peligroso que un simple dios de la vid. Es el principio de la vida animal, la caza y el cazador, la fuerza irresistible que el hombre envidia en los animales y trata de asimilar. Originalmente, su culto fue un intento de los seres humanos de comulgar con esta fuerza. El efecto psicológico era liberar la vida instintiva del hombre de las limitaciones impuestas por la razón y la sociedad”. Y las primeras expresiones del inmortal tienen el temible tono de lo tremendo: “A estas tierras de Tebas he llegado yo, hijo de Zeus”. Su lenguaje es el de todos los iluminados, y de lo que verdaderamente habla es de sectarismo y violencia. Porque así han sido todos los sectarios y violentos, algunos tan afortunados como para encontrar terreno propicio en una amorfa población dispuesta a escucharlos y seguirlos, no importa cuán insensata resulte la empresa. Pobre Tebas, que como la Venezuela del milenio, no sabe lo que le espera. Y su rey, Penteo, como aquí presidentes e irresponsables “ilustres”, ni siquiera lo imaginaron. Dioniso no deja dudas sobre su naturaleza: “Hijo de Zeus” (o hijo de Bolívar), y esta era justa la hora para introducir los correctivos necesarios. Pero una distraída mayoría, “llena de intensidad apasionada”, en ese momento se opuso a poner obstáculos al mentido líder.

A la preocupante aparición de Dioniso, una de esas teofanías tan del gusto de Eurípides, se suma la de Tiresias; y como lo recordamos de Edipo, donde aparece Tiresias, la tragedia es segura. No es que sea el culpable, su única culpa es ver la tragedia primero que los demás. Tiresias ha llegado a palacio en busca de su amigo y fundador de Tebas, el ahora jubilado y legendario Cadmo. Ambos son ancianos y conocen la necesidad que tienen los dioses de la adoración humana. En este caso, Dioniso, quien, aunque de aparición tardía, no por eso dejaba de pertenecer al equipo de los inmortales. La comprensión de Cadmo está doblemente justificada, no sólo se trata de una divinidad sino que, además, esta divinidad es su nieto. En efecto, Semele, su hija, fue apareada por Zeus y el resultado es el más ambiguo de los dioses, desdoblado en su naturaleza medio humana, medio divina. Una condición que estimula en Tiresias la más sabia de las observaciones: “Sobre los dioses, nada es lo que sabemos”. Así, avanza la obra hacia su violento desenlace. En dos planos, que difícilmente se encuentran, lo humano y lo divino. Al final de cada intento de reconciliación, nos espera la tragedia, individual, como en el caso de Penteo, el distraído monarca. O colectiva, como la de Venezuela, que no supo reconocer la retórica de un “demonio astuto y vociferante”.

Se dice que Eurípides tuvo un dominio de la tensión dramática sólo comparable al de Shakespeare, y es verdad. Todo comienza con la aparición, apenas iniciado el drama, de Dioniso en solitario, todo en refulgente oro, de pies a cabeza, en la última versión de la Comedie française, anunciando el propósito de su visita. Más tarde, le toca el turno a Cadmo y Tiresias, quienes, muy tranquilos, y vestidos de bacantes, marchan al monte a rendir respetos a la divinidad. Pero la tranquilidad puede ser la negación de la tensión y, de seguidas, sin que nadie ni nada lo haya sugerido, se presenta Penteo, quien todavía no entiende, ni entenderá, qué es lo que está ocurriendo en su reino. Lo primero que dice, es una innecesaria disculpa: “Ausente estaba”. Pero, precisamente, durante su ausencia, es que ha ocurrido lo que sacude a Tebas. Hechos portentosos provocados por el hijo de Semele. Penteo, no obstante, ha tenido tiempo de enterarse: “Nuestras mujeres han abandonado sus hogares por fingidas fiestas báquicas, y corretean por los bosques sombríos, glorificando con sus danzas a un nuevo dios, Dioniso, o a un impostor cualquiera”. El tono de las palabras de Penteo prefigura, con su sectarismo, la violencia y el desastre. En su insensatez, incurre en la ofensa más grave se le puede hacer a uno de los inmortales; esto es, afirmar que se trata de un impostor. Los lectores de los Evangelios recuerdan que, aun en su infinita misericordia, Cristo no ocultaba su malestar cuando algo parecido recibía de aquellos “hombres de poca fe”.

En la introducción a su legendaria edición de Bacantes, de 1943, para Oxford University Press, el ya citado profesor Dodds acude a Freud para tratar de entender y explicar todo lo que ocurre en la tragedia de Eurípides, que no es poco:

Dioniso es la causa de la locura y el que libera de la locura. Debemos
tener en cuenta esta ambivalencia si queremos entender bien la obra.
Oponer resistencia a Dioniso es resistirse a lo elemental de nuestra
propia naturaleza. El castigo es el colapso, violente y completo,
de nuestros internos cuando lo elemental se introduce por la fuerza y
la civilización desaparece.

Fuera de Eurípides, los ejemplos no son escasos. La misma Grecia, llevada por la hibris, caerá en la Guerra del Peloponeso. Más acá, la incapacidad de los alemanes para reconocer lo elemental en la naturaleza humana, y su titánica capacidad de destrucción, los llevó a la catástrofe. No menos grave fue la incapacidad de los venezolanos, hace apenas unos lustros, para reconocer la insurgencia de estas tendencias destructoras, encarnadas en un líder para el cual la aspiración a inmolarse comprometió toda la nación.


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