Perspectivas

Armando Manzanero: una épica del bolero

Armando Manzanero. Fotografía de Angel Abril Ruiz | Flickr

28/12/2020

0.

Érase una vez el pop que, con su alegría casi inmadura, venía a llevarse por el medio al bolero, a la guaracha y al tango. Ante aquella brisa fría, ni la guaracha ni el tango tuvieron la suerte que tuvo el bolero, cuando Armando Manzanero se negó a soltarle la mano al género latino por definición, después  de entender que lo único que tenía el pop y no le habían dado al bolero era la pantalla de la televisión.

1.

Un hombre que escribe su primera canción a los quince años ya no pretende contar con ese relato del genio musical, que tiene en la infancia de  Wolfgang Amadeus Mozart esa biografía arquetipal e imposible de calcar.

Un hombre que escribe su primer bolero a los quince años de edad ya no necesita la epopeya del genio, porque ha decidido tener en la canción un rito iniciático, como en esas culturas en las que un adolescente debe hacerse hombre cazando a la más fiera de las bestias.

Y es que bolero son muchas bestias en una. Se trata de una quimera sonora que junta las fauces del desamor con la garra del despecho y las verdades de la noche.

Una danza que se hacía sin evadir, al menos no como evadía la guaracha.

Una pasión que se acompaña sin doler, al menos no como dolía el tango.

Una tímida celebración de la tristeza que, además, podía sonar en la radio.

Armando Manzanero. Fotografía de Angel Abril Ruiz | Flickr

2.

Sólo en México hubo un cine con suficiente autoestima para sentar a un hombre feo en un piano de salón, confiando en que la canción que lograra tramar iba a rebosar el blanco y negro. 

Sólo en México un Agustín Lara podía enamorar a punta de verdades bien rimadas a una María Félix sin que nadie le exigiera verosimilitud a esa ruda cursilería.

Sólo en México un muchacho de veintiún años, muy bajito y reservado, podía ser el director musical de la filial de una disquera como CBS International, al mismo tiempo que se iba transformando en don Armando Manzanero.

El hijo de un músico de orquestas típicas yucatecas está cerca de la receta musical de las canciones que alguien quiere bailar. Sin embargo, la magia de los agustines-lara de la historia sonora mexicana era meterse en la cabeza de la gente.

Ser tarareado, ser cantado de memoria, era más importante que sonar en la radio durante algunos minutos. Y a ese territorio era que apuntaba Manzanero cuando esculpía cada verso, dejándolo tan pulido y a la vez tan compatible con el ánimo popular que pareciera haber sido escrito con soltura, ocultando la compleja labor de la poda y de la rima.

Sólo en México un letrista sabe que sonar en la cantina es más importante que aparecer en el Billboard.

Sólo en México un compositor logra ambas cosas a la vez tantas veces y con tanta longevidad en el alcance de sus canciones.

Sólo en México un tipo escucha un tema de Sid Wayne, el compositor de los éxitos setenteros de Elvis Presley, y se atreve a decir que aquello es un plagio a una de sus canciones más inmensas… y ganar la pelea.

Anda a YouTube o a Spotify, la plataforma que prefieras, y escucha «It’s impossible». Si eres latinoamericano no podrás evitar tararearle encima el «Somos novios» de Armando Manzanero, de manera casi instintiva.

De ese tamaño es la obra del maestro.

3.

En 1996, cuando el mundo de la escritura y el entretenimiento recibió con alegría la noticia de que una telenovela del venezolano Alberto Barrera Tyszka llamada «Nada personal» iba al prime-time, el tamaño del presupuesto apostado por la televisora no era un escapulario tan poderoso como el hecho de saber que el tema musical había sido compuesto por Armando Manzanero.

Seguía haciendo canciones perfectas.

Seguía al piano, confiando en las sólidas estructuras de la canción romántica, mientras se permitía explorar con la armonía más que con la melodía.

Seguía sumando temas nuevos a su nombre en las rocolas, mientras le preguntaban por enésima vez en alguna entrevista mediocre si el bolero había muerto, aunque su canción más reciente estuviera sonando en los televisores de las casas al menos cinco veces a la semana.

Armando Manzanero. Fotografía de Angel Abril Ruiz | Flickr

4.

Su jugada maestra, su gran movimiento, su victoria final en la edificacion de una épica del bolero, tuvo lugar en todas las radios del mundo a finales del siglo veinte.

Después de que el pop intentara asesinar al bolero (y tras haberlo salvado desde aquella estatura menuda, a la que habría que sumarle la altura de cada piano que tocó), él le hizo al pop lo que nadie más habría podido hacerle.

Armando Manzanero fue el artista indiscutible detrás del secuestro más hermoso en la historia de la música latinoamericana: la vez en que la voz más pop de todo México se rindió al bolero, creando ese nuevo planeta llamado Romance, que en tres discos transformó a Luis Miguel en el nuevo referente de gomina y esmoquin, detrás del micrófono vintage, devolviendo a la industria del entretenimiento continental la textura de aquellos años dorados de la radio, las grandes orquestas y las canciones de amor.

Volvía a reinar en la radio el universo poético de aquellas voces que se atrevían a cantarle a una mujer que había visto llover, sólo para percatarse de que ella ya no estaba.

5.

Nuestra memoria está llena de grandes hacedores de canciones que se reconocían como vocalistas poco virtuosos, pero que como intérpretes están llenos de una gracia infinita que se potencia con el simple hecho de saber que la voz que suelta cada verso estaba atada a la imaginación que los había compuesto.

Tom Waitts. Bob Dylan. Leonard Cohen. Javier Krahe. Armando Manzanero.

Aquella ronquera característica, que dejaba oír su voz como anclada a una ligera asfixia que prefería abandonar el ritmo de la respiración antes que errar el tono, hoy resulta una terrible alegoría de su muerte. Una muerte en tiempos de pandemia, a causa de un virus que se encarga de robarse el aire y enmudece el canto aunque nos quede resonando en la cabeza la torpeza asonante de quien tararea que sólo sabemos que vimos llover, vimos gente morir y ahí estabas tú, maestro: sonando.

***

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