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Entrevista

Alfredo Chacón: “El poema es la manifestación suprema de la capacidad humana de decir”

por Miguel Szinetar

07/12/2019

Fotografía de Vasco Szinetar

Alfredo Chacón nació el 11 de junio de 1937, en San Fernando de Apure, capital del estado Apure (Venezuela). Pasó los primeros siete años con sus padres y su hermana –antes de que la familia se trasladara a Maracay, Valencia y finalmente Caracas– en un caserío del río Meta, cerca de la confluencia de este río con el Orinoco. A mediados de 1953 (a los dieciséis años) publica por primera vez: un relato sobre el encuentro imaginario con el artista plástico Feliciano Carvallo.

Ya entonces intentaba escribir poemas y publicarlos. En 1955 (a los dieciocho años) publica sus primeros poemas en la revista Cruz del Sur, y se relaciona con creadores fundamentales de la cultura venezolana. Entre 1958 y 1960, en París, donde cursa postgrado en antropología, escribe su célebre poema «Saloma».

Esta palabra, que pareciera inventada o extraída de algún rincón de África, y que él encontró en la novela Los pasos perdidos de Alejo Carpentier, proviene del término latino celeusma, que significa «canto de marineros». Más precisamente, se refiere a un son cadencioso, a esas cadencias con que los hombres, solitarios o en grupo, tienden a acompañar sus faenas. La búsqueda de estos sonidos, de estos ritmos, de estas repeticiones verbales –extraviadas, quizá perdidas– atraviesan y resuenan en el conjunto de la obra de Alfredo Chacón.

A fines de 1961 (a los veinticuatro años) publica su primer libro, que incluye «Saloma», poema que le da nombre al conjunto.

En las postrimerías de los 70, en el acto de escribir la introducción a su libro Curiepe, exposición de la prolongada investigación que culminó en su tesis doctoral, publicada en 1979 por la Universidad Central de Venezuela, Alfredo Chacón escribe:

Ahora me doy cuenta: en mi largo batallar de hace años por un poema que diese la génesis de lo real desde el comienzo mismo, sin acudir a nada que sus propias palabras no hubiesen ya generado y nombrado como por primera vez, quizás encuentre hoy la solución al problema de empezar este libro.

Estas palabras contienen quizá lo esencial de la poética de Alfredo Chacón, centrada en un sostenido esfuerzo orientado a construir un objeto de lenguaje, análogo a los libros sagrados y los mitos, que contenga en sí, en sus palabras, en su trama verbal, el comienzo de lo real y su potencialidad en desarrollo.

En 1969 Chacón publica su segundo poemario: Materia bruta. Hasta 2015, su obra poética en sentido estricto, que no incluye su indispensable reflexión crítica sobre la cultura, la política, la literatura y la poesía venezolanas, está contenida en diez libros.

Desde hace cinco años viene escribiendo el poemario Quién dice qué.

Alfredo, ¿qué es para ti la poesía?

La poesía es el mundo verbal constituido por los poemas habidos y por haber dentro del mundo entero. Y los poemas en que consiste la poesía son la encarnación del habla de una humanidad que se busca a sí misma en el límite de su capacidad de significar y expresar las incitaciones del sentimiento, el pensar, el pensamiento y la imaginación.

La poesía es el ámbito del quehacer humano donde se celebra la más fecunda convergencia de la experiencia del lenguaje y la experiencia de la vida. La celebración de tan espléndida convergencia reside en el poema y se comparte a través de la lectura, la escucha y la rememoración de su texto. Así, tanto en su incalculable repercusión personal como en su impredecible proyección colectiva, la poesía vale como el polo opuesto del suicidio cometido cada vez que se reduce la vivencia de lo humano al exhibicionismo subjetivo o al autoritarismo sentimental o doctrinario; y cada vez que al pensar, hablar o escribir se niega de hecho la posibilidad de contactar con el lenguaje más allá de su utilización servil o puramente instrumental.

¿Qué significa encontrarse a sí mismo en el límite de las (propias) posibilidades específicas?

Pienso que encontrarse a sí mismo en el límite de las posibilidades humanas, implica ofrecerle la atención más exigente al dinamismo interno y a la proyección externa de la subjetividad; y nos exige vivir al tanto de la fluencia del sentir y sus sentimientos, del pensar y sus pensamientos, de la imaginación y sus imágenes. Vivir en semejante estado de alerta supone no perder de vista los estímulos, trabas, dudas y desafíos surgidos en el curso de la vida, y exige no evadir la responsabilidad de optar por una u otra de las alternativas que incesantemente se nos proponen o se nos imponen. De manera que vivir al tanto de sí mismo no es cuestión de adquirir a buen precio una propiedad privada interior, y mantenerla a toda costa como recurso para la competencia en el mercado de los sentimientos, informaciones, conocimientos y valores, sino más bien asumir sin reserva el temple subjetivo que corresponde a tales exigencias.

El encuentro (en el texto, en la lectura, en la escucha, en la repercusión personal y a la vez colectiva) del mundo real y la poesía: ¿genera un vínculo particular, una forma, una estructura singular? Si es así: ¿en qué consiste esta singularidad?, ¿cuáles son sus características?

Esta retadora pregunta agrega a la anterior nada menos que el asunto de la relación entre el mundo real y la poesía, y cualquier intento de responderla supone admitir y resolver las dos cuestiones siguientes. En primer lugar: sí, claro está, ese encuentro «genera una forma, una estructura singular» que consiste precisamente en ese poema cuyo advenimiento se anhela y se procura alcanzar. Y en una segunda instancia: por supuesto, la actualización de esa forma o estructura es lo que en cada quien decide el encuentro entre la voz y la palabra que se sea capaz de gestar. Me refiero al encuentro de una voz dispuesta a hablar desde el borde de la subjetividad que la emite, y una palabra cuya validez es inconcebible fuera de este trance: una palabra a la cual solo se accede mediante la respiración completa del aire libre de las virtualidades del lenguaje.

Qué es lo que en cada quien decide el encuentro entre la voz y la palabra que (¿la voz?) sea capaz de gestar.

¿Qué diferencia a la voz de la palabra? Lo que en cada quien hace factible el encuentro poético de la voz y la palabra es la tensión, al mismo tiempo ardua y gozosa, a la que se entrega la subjetividad cuando aspira a hacerse digna del poema. Dicho de otro modo: en cada quien, el encuentro poético de la voz y la palabra depende de la capacidad con que cuente para convertir en uno solo el doble desafío constituido por el entrañable impulso de decir, y por el impulso no menos entrañable de vislumbrar esas fertilizantes virtualidades del lenguaje a las que se accede mediante las particularidades de una determinada lengua o idioma.

En el poema, la voz es el temple verbal, el sonido tácito y a su manera imaginario con que cada quien pronuncia lo que dice; y las palabras son los signos que esa voz es capaz de hacer suyos cuando el acceso al lenguaje que le exige el anhelo de significar y expresar se alcanza con suficiente libertad. Con la libertad propia del supremo acontecimiento de la creación.

Sostienes que hay una humanidad que se encuentra a sí misma en el límite de sus posibilidades específicas; que el habla de esa humanidad está encarnada (corporeizada, estructurada) en la poesía, en los poemas habidos y por haber, que esa habla surge de un contacto con el lenguaje que trasciende su utilización servil o puramente instrumental. ¿En qué consiste este contacto? ¿Cuáles son sus elementos y características? ¿Cuáles son las características de la forma del lenguaje que surge de este contacto? ¿Cuál es la diferencia entre la utilización servil –o puramente instrumental del lenguaje– y la poesía?

En última instancia, el lenguaje consiste en una muy específica y prodigiosa articulación de sonido y sentido cuyos elementos esenciales forman esa infinita nebulosa de posibilidades lingüísticas en la que los idiomas no son sino particularizaciones culturales. De manera que la existencia de las lenguas o idiomas no compromete la vigencia de esa disponibilidad lingüística; o sea, no elimina esa infinita posibilidad a la cual se remiten tanto la capacidad como la actividad de significar y expresar.

A través de las lenguas o idiomas, en todas y cada una de las dimensiones de la vida humana rige la alternativa de significar y expresar recurriendo solamente a las asociaciones entre sonido y sentido ya codificadas, o, por el contrario, remitiéndose a la posibilidad de alentar nuevas asociaciones de sonido y sentido, nuevas experiencias de expresión y significación. Y precisamente, la vigencia de semejante alternativa es lo que justifica la diferenciación, todavía no suficientemente admitida por las disciplinas del conocimiento reflexivo, entre cultura y creación. «Cultura» es la dimensión de la vida humana constituida por las modalidades compartidas o compartibles de la asociación entre sentido y sonido, de la complementariedad entre significación y expresión. «Creación» es la dimensión virtual de la vida humana gracias a la cual se asume la posibilidad de alcanzar asociaciones nuevas entre sentido y sonido, nuevas realizaciones de la significación y la expresión.

En cuanto instancia esencial de la dimensión creadora de la experiencia humana, la poesía se opone diametralmente al uso servil o instrumental del lenguaje, entendiendo al primero como el trato con el lenguaje que degrada su valía humana al repetir sus fórmulas y menospreciar sus posibilidades, y al segundo como el trato con el lenguaje como recurso utilizado solamente para el cumplimiento de las más convencionales obligaciones culturales.

Señalas que la estructura del poema, de cada poema, su singularidad, se decide en el momento de su advenimiento (de su venida, su llegada). ¿De dónde adviene el poema? ¿De alguna instancia metafísica de la cual el poeta sería el mediador? ¿De alguna instancia del psiquismo del poeta?

¿De dónde adviene el poema? El poema surge en el poeta, y proviene de la calidad de su trato con los intervinientes animados e inanimados que condicionan su experiencia de vivir. ¿De alguna instancia metafísica? Pues también, si entendemos lo metafísico como aquello que es algo más que físico y recordamos que este es precisamente el caso de la realidad humana. Buena parte de los atributos esenciales de la humanidad no son solamente físicos, son eso y algo más: biológicos, psicológicos, sociales, culturales, históricos: o sea, son meta-físicos. Y la humanidad es el dinamismo propio de la convergencia de todas las dimensiones constitutivas de su modo de ser en el mundo.

El poema es una realización verbal: la máxima entre las realizaciones verbales posibles para el ser humano; o sea, la manifestación suprema de la capacidad humana de decir, de poner en palabras el sentimiento, el pensar, el pensamiento y la imaginación. El poema es el texto resultante de ese trance gracias al cual la persona alcanza a reunir, en un solo acontecimiento, el sentimiento entrañable de la necesidad y el anhelo de hablar con la voz y las palabras que corresponden a su anhelo y su necesidad. La oscuridad o misterio que caracteriza al trance poético no proviene de ninguna entidad extraña al poeta: responde a la vivacidad de su propia hechura humana, de su propia osadía, de la propia aptitud para acometer la creación verbal.

¿En qué circunstancias, cuándo, cómo, por qué, te encuentras con la poesía? ¿Qué significado tuvo, para ti, ese encuentro? ¿Te ayuda a vivir, a comprender? ¿Para qué te sirvió? ¿Para qué te sirve? ¿Para dónde va (crees tú que va) tu poesía? ¿Hacia alguna parte? ¿Hacia ninguna?

El encuentro con la poesía, creo yo, se me dio más o menos de la siguiente manera. Por un lado, no viví nunca un determinado momento que haya reconocido como mi «descubrimiento de la poesía». Lo que sí me ocurrió fue un proceso en el cual cobró cuerpo en mí una intensa sensibilización hacia los demás y lo demás, en primerísimo lugar, mis padres y mi hermana, la poca gente que poblaba junto con nosotros el caserío donde pasé los primeros siete años de mi vida; además del espléndido ambiente natural que nos rodeaba: a la orilla del río Meta, muy cerca de la confluencia de este río con el Orinoco. A medida que se hacía mía, y yo de ella, esta sensibilidad resultó ser el factor más decisivo entre los que me situaron ante lo que se me iba revelando como la gente y el mundo.

En cuanto a mi muy posterior encuentro con la palabra como posibilidad y materia de creación, lo que me parece más relevante es que tal capacidad de sentir y de hacer sentir era cotidianamente alimentada tanto por el inquebrantable trato amoroso y comprensivo que recibí de mis padres como por la vivacidad de su oralidad: de lo que decían y la manera como lo decían cuando hablaban entre ellos o con las personas a las que diaria o extraordinariamente trataban. En este mismo sentido, también le concedo mucha importancia, por supuesto, al hecho de que mi mamá me haya enseñado a leer y escribir antes de mi experiencia escolar.

A partir de entonces, desde esa sensibilización, me fui relacionando con esferas de la realidad que afianzaban el sentimiento de mí mismo y de los demás, y con las infinidades del mundo que iba vislumbrando, unas veces como cosmos y otras como microcosmos. Ya cuando era estudiante de liceo, esta afectividad imaginante me orientó hacia la pintura; quizás porque mi tío Pedro Francisco, el hermano de mi papá –con el cual sentía mayor afinidad– era pintor. Hasta que a mediados de 1953, en Valencia, muy poco antes del definitivo traslado familiar a Caracas, sucedieron estas dos cosas: primero, respondiendo a la invitación que el diario valenciano El Carabobeño le hizo a los jóvenes con vocación literaria en ocasión de un aniversario de su fundación, escribí el relato de mi encuentro imaginario con el estupendo y afamado artista popular Feliciano Carvallo que resultó ser mi primera publicación; y luego escribí unos poemas ilustrados con dibujos míos medio abstractos que llevé a la revista caraqueña Cruz del Sur con el doblemente afortunado resultado de que no fueron publicados y que me pusieron en contacto con un escritor al que ya entonces admiraba: Oswaldo Trejo. Fue precisamente Oswaldo quien, además de ofrecerme su amistad, me puso a su vez en contacto con quienes iban a ser mis maestros y hermanos en el trance del nacimiento a la poesía, o mejor dicho, a la pasión por el poema como máximo anhelo y responsabilidad, como destino de vida. Me refiero, en orden de aparición, a Alfredo Silva Estrada e Ida Gramcko, a Roberto Guevara y Sonia Sanoja, a Elizabeth Shön, Elsa Gramcko y Antonia Palacios. Dos años después de compartir con ellos su rigurosa pasión por la poesía y una entrañable amistad de todos los días, escribí los que fueron mis primeros (cinco) poemas, que sí fueron publicados en Cruz del Sur, y además, con una fotografía de Sara Mendoza como ilustración. El primero, «La selva», dedicado al pintor cubano Wifredo Lam que por esos días se encontraba en Caracas acompañando su gran exposición del Museo de Bellas Artes, dice:

Delimitado
amplio
amarillo
un fruto espera el paso de la noche
en soledad.
El vendaval
siglos después
habita la multiplicación de las semillas.

A partir de entonces, la poesía me ha servido (independientemente de lo poco que yo haya podido servirla) para ser yo mismo. Y a estas alturas de la vida aliento la esperanza de que me siga acompañando en el intento de vivir al tanto de mí mismo.

¿Cómo caracterizas la situación actual de Venezuela? ¿Cuál debería ser el papel de los poetas, y de la poesía, en esta situación?

Sobre las bases echadas justo a comienzos del siglo XXI, la situación que los venezolanos estamos padeciendo es la de un país en el cual y contra el cual ha avanzado el proceso político de destrucción más abarcante y profundo que hemos experimentado desde que Venezuela existe como nación. Los rasgos que así lo patentizan son tan cuantiosos como apabullantes; pero se los puede resumir con solo señalar dos de sus resultados más palmarios: un país de donde han tenido que irse unos cinco de los treinta y tantos millones que suman sus pobladores, y donde los muchos que no tienen ni siquiera esa posibilidad tratan de sobrevivir comiendo de los basureros. Y entre tales extremos, lo que todos comprobamos día a día: un país en el cual la experiencia de vivir está determinada por un poder primero legal y luego fraudulento pero siempre demoledor y humillante, ejercido a través del aparato de delincuencia oficializada en que consiste.

En semejante situación, el papel de los poetas es el mismo que en todo tiempo y lugar la humanidad le ha asignado a la poesía, es decir: responder a los mandamientos y realizar las posibilidades de un espíritu que, a pesar de los pesares, no cesa en el empeño de convertir en palabras inauditas y liberadoras las mejores virtualidades de la vida. Por fortuna, entre los sentimientos, pensamientos, imaginaciones y quehaceres que no han podido ser extirpados por la maldad oficializada durante estos años pésimos, en varios puntos del país parece haberse incrementado la minoritaria disposición a seguir escribiendo, a seguir publicando, a emprender iniciativas organizadas o informales de apoyo al encuentro entre los fieles de la poesía y los textos que dejan constancia de ella y de nosotros mismos.

[Esta entrevista forma parte de la segunda edición ampliada –en proceso de redacción– del libro de Miguel Szinetar: De la poesía, publicado originalmente por Ediciones Actual, Universidad de Los Andes, Mérida (Venezuela), 2004.]


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