Perspectivas

Actualidad de Hobbes

por Alejandro Oliveros

25/05/2019

Retrato de Thomas Hobbes, de John Michael Wright

Como se sabe, el Leviatán de Hobbes es uno de los grandes tratados políticos de la historia moderna y un texto indispensable para entender el desarrollo económico de Inglaterra y, en general, de los países protestantes durante el XVII, que coincidió con la decadencia de los países católicos del sur. En una época en la cual el Mediterráneo “pasaba a la historia” desplazado por el Mar del Norte, el pensador británico escribió la justificación teológica de la “acumulación capitalista original”, para aquellos puritanos que pusieron el mejor refrán a su servicio, introduciendo una pequeña variante: “A Dios rogando, pero siempre acumulando”.

La de Cromwell, como toda revolución que se respete –que no son todas–, fue una revolución burguesa. La cabeza de Carlos I rodó, cercenada por las mismas razones que harán rodar la de Luis XVI cien años más tarde. Lo que se cortó, en ambos casos, no fue la cabeza del monarca, sino un modo de organización que se resistía al avance de las clases burguesas. El Leviatán, siempre temible, es el poder “soberano” que destituyó a Carlos I para garantizar la expansión del capitalismo en Inglaterra. Ahora el “soberano” no era el monarca, sino el Parlamento el encargado de administrar los dineros públicos, en especial los impuestos. Oliver Cromwell es el inspirado puritano que, en nombre de Dios, viene a liquidar el “derecho divino” de la monarquía. Es un instrumento doble, en una actitud no desprovista de cinismo, de la gloria material de Dios y del interés material de la comunidad. En el pensamiento de Hobbes, el soberano ya no es el portador de la corona, sino el mismo Cromwell, representante de la burguesía, mandatario y obispo al mismo tiempo:

Sobre la tierra no existe Iglesia universal a la que todos los cristianos vengan obligados a obedecer, porque no existe poder sobre la tierra al cual todos los demás Estados estén sujetos: existen cristianos en los dominios de diversos príncipes y Estados, pero cada uno de ellos está sujeto al Estado del cual él mismo es un miembro, y, por consiguiente, no puede estar sometido a los mandatos de ninguna otra persona… “Poder temporal y “espiritual” son, sólo, dos palabras traídas al mundo para que los hombres vean doble y confundan a su “legítimo soberano”… Quien en un Estado cristiano ocupa el lugar de Moisés, es el único mensajero de Dios e intérprete de sus mandatos. Y de acuerdo con ello, en la interpretación de la Escritura, nadie debe avanzar más allá de los límites establecidos por su respectivo soberano.

Así, el soberano, que ya no es un representante de la aristocracia, asume el control de la Iglesia y su toma del poder queda automáticamente legitimizada. La burguesía se había hecho con el poder en la tierra de Shakespeare. Aunque a muchos les puede resultar antipática, es enormemente gratificante la lectura de Hobbes y su Leviatán. Lo mismo ocurre con Schopenhauer, al menos con El mundo como voluntad y representación. La ideología de Hobbes estimuló la fórmula paradójica de una monarquía sin monarcas ni aristocracia, pero igualmente hegemónica. En el orden anterior, el rey se hacía de los dineros del Estado y el resto lo entregaba a la corte y los cortesanos. Después de Hobbes, el dinero estará en manos del Parlamento y la corte parlamentaria. Una gran diferencia, sin embargo, la corte parlamentaria y la burguesía que lo sostiene no confía en favores divinos. La fortuna está allí, pero hay que ganársela trabajando. Es a lo que se refiere Weber con su “ética protestante”.

Hobbes, como se ha reconocido mil veces, es el anti-Rousseau “avant la lettre”, antes de tiempo. Nada de aquello de que el hombre es bueno y la sociedad lo corrompe. Para Hobbes, y mucho me temo que estaba en lo correcto, el hombre no es bueno. Si se deja a su antojo, sólo provocará malestar y ruina. Es lo que llamó, en una de las intuiciones más comentadas de la filosofía moderna, “estado naturaleza”, the state of nature. En el justamente famoso capítulo XII, afirma que en “estado naturaleza” la vida es “solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve”. Y cuando se deja al hombre vivir “sin un poder común que los obligue a todos al respeto, entran en esa condición que se llama guerra”.

En tal condición no hay lugar para la industria; porque el punto de la misma es inseguro. Y, por consiguiente, tampoco cultivo de la tierra; ni navegación, ni uso de los bienes que pueden ser importadas por mar, ni construcción confortable;… ni conocimiento de la paz de la tierra, ni computo del tiempo; ni artes; ni letras; ni sociedad; sino, lo que es peor que todo, miedo continuo, y peligro de muerte violenta; y para el hombre una vida solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta.

Más adelante, en el capítulo XVII va a insistir, de manera directa, en la maldad propia de nuestra naturaleza: “nuestras pasiones naturales llevan a la parcialidad, el orgullo, la venganza y cosas semejantes cuando falta el terror hacia algún poder. Sin la espada los pactos no son sino palabras, y carecen de fuerza para asegurar en absoluto a un hombre”. Más adelante, en la misma sección, Hobbes va a proponer un remedio a males tantos:

El único modo de erigir un poder común… es conferir todo su poder y fuerza a un hombre o una asamblea de hombres, que pueda reducir todas sus voluntades, por pluralidad de voces, a una voluntad. Lo cual equivale a elegir un hombre, o asamblea de hombres que represente su persona. Esto es más que consentimiento o concordia como si todo hombre debiera decir a todo hombre: autorizo y abandono el derecho a gobernarme a mí mismo, a este hombre, o a esta asamblea de hombres, con la condición de que tú abandones tu derecho a ello y autorices todas sus acciones de manera semejante. Hecho esto, la multitud unida en una persona se llama “república”. Esta es la generación de ese gran Leviatán o más bien de ese Dios Mortal a quien debemos, bajo el Dios Inmortal nuestra paz y defensa.

Hobbes parece ser el más preclaro antecedente de la tesis de la “inmortalidad” de la burguesía. Aunque, por pudor, no lo reconozca. Pero de sus ideas se infiere que un Dios Inmortal que se respete no va a permitir que su protegido, el Dios Mortal perezca. Sería un descrédito, una disminución de su omnipotencia. Leviatán es la mejor ilustración de la decadencia y hundimiento de España. No fue tanto el agotamiento de la minería andina, el desastre de la armada, ni la ineptitud de sus monarcas. El problema es que no contaron con un Hobbes ni un Oliver Cromwell que se ocupara de cortar la cabeza uno de los disminuidos Habsburgo, permitiendo un sistema parlamentario propicio a la burguesía. Siguieron creyendo en la inmortalidad del dios cristiano sin darse cuenta que lo único inmortal es el burgués.

A pesar de su ajustado racionalismo, hay momentos inspirados en el texto de Hobbes. Lo cual, pensándolo bien, no debería extrañarnos. El pensador inglés tradujo uno de los poemas de Homero en su vejez. Y en su juventud tiene que haber conocido la poesía del Bardo, y no es improbable que haya asistido a la representación de alguno de sus dramas. No quiero decir que a ratos Hobbes escriba como un poeta, sino que pareciera escribir siguiendo el dictado de un oráculo. Como este fragmento del capítulo XXVII:

En cuanto a las pasiones de odio, lujuria, ambición y avaricia, los crímenes que tienden a producir son obvios para la experiencia y el entendimiento de todo hombre, y nada es necesario decir de ellos sino que son enfermedades unidas a la naturaleza del hombre y de todas las demás criaturas vivientes, cuyos efectos no pueden evitarse salvo mediante un extraordinario uso de la razón o una severidad constante en su castigo… La razón y la avaricia son también pasiones perpetuamente exigentes cuando la razón no está de continuo presente para resistirlas… De todas las pasiones, la que menos inclina a los hombres a quebrantar las leyes es el miedo. En realidad es la única cosa que hace a los hombres guardarlas.

Cuando habla así, Hobbes lo hace con la voz de un iluminado que no acepta réplicas: el odio, la lujuria, la ambición y la avaricia son inherentes a la naturaleza humana. Así no más. Y si no es por el miedo que produce Leviatán, nos entregaríamos de la manera más irresponsable a esas pasiones destructivas. Este tono de “escogido” no era raro en aquellos tiempos de revolución que terminarían separando de sus hombros la cabeza de Carlos I. Aquellos regicidas no eran más que burgueses que se sintieron ungidos para llevar adelante una tarea urgente, la de sustituir la teología de la monarquía por la teología atea de la burguesía.

Las crisis de la república, como la venezolana, que la ha acercado de manera preocupante al temido “estado naturaleza”, donde “la vida es solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve” requieren una urgente relectura del extraordinario tratado. Una refundación republicana tiene que iniciarse con el destierro de todas las expresiones de malsano romanticismo político, como la democracia participativa, comunal, popular, integrativa, asociativa y demás variaciones. Los excesos de democracia a menudo son peores que una democracia clásica, en la cual “yo autorizo y abandono el derecho a gobernarme a mí mismo, a este hombre o a esta asamblea de hombres” con la condición de que tu hagas lo mismo. En esta república que estamos por refundar, la autoridad, más que velar por la inviolabilidad de las fronteras, deberá extremar la seguridad de las arcas públicas. No solo los monarcas tan detestados por Hobbes eran propensos a la corrupción. Todo clasicismo político comienza con el reconocimiento de que el hombre tiende, por su desdoblada naturaleza, a la corrupción.


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