Skip to content

Actualidad

23E: Una revolución sin caudillos

por Sinar Alvarado

22/01/2019

El 23 de enero de 1958 no hubo héroes individuales. Tampoco capataces ni predestinados. Hace cincuenta y cuatro años miles de estudiantes, obreros, profesionales y amas de casa abrazaron su derecho a la participación y acabaron con la última dictadura venezolana.

Usted, que lee la prensa en la tarde del 3 de febrero de 1958, abre las páginas de información nacional para enterarse de uno más de los detalles rocambolescos que giraban alrededor de la vida del depuesto dictador, el general Marcos Pérez Jiménez. Viendo la portada del diario, usted, que sigue en aquella lejana tarde, intenta tragarse la indignación al conocer la nueva noticia. El abogado José Antonio Carrasquero embargó las cuentas del tirano y las de sus socios en el National City Bank de Caracas por un monto de diez millones de dólares, pero la realidad le estalló en la cara: sólo 289 bolívares dejaron los funcionarios en su fuga.

Durante las semanas que siguieron a la caída de Pérez Jiménez, los venezolanos acudieron boquiabiertos al obsceno espectáculo de su vida de jeque, pero, a la vez, degustaron complacidos las incidencias de su avergonzado periplo de rey derrocado.

Se llamaba SN

Ahora, mientras usted confirma que sus 0,25 céntimos fueron bien invertidos en este periódico, puede explayarse en la lectura de otro dato de vértigo: cincuenta mil bolívares de presupuesto mensual y ochenta espías dedicaba la temida Seguridad Nacional a las labores de espionaje que mantenía sobre los líderes del partido Copei. Entre los nombres de los activistas observados resaltan Rafael Caldera, Lorenzo Fernández, Carlos Arcaya, Pedro del Corral, Ezequiel Monsalve y Antonio Carrera Civila.

Usted verifica la extensa lista y una corriente fría le sube por la espalda. Inevitablemente recuerda la peligrosa estampa de Miguel Silvio Sanz, antiguo jefe de la sección política de la SN, quien, al tiempo que usted pasea por la nota, brinca de guarida en guarida, de noche preferiblemente, huyendo de las autoridades y afinando a un ritmo demencial los detalles de sus múltiples negocios para que éstos no caigan en manos del Estado.

Tres semanas más tarde, en la mañana del 26 de febrero, se sabrá por las noticias cómo Sanz redactó su testamento. Aliviado, usted bajará un poco la mirada y, feliz, constatará el precio justo del juego de comedor que tanto ha deseado: 650 bolívares.

El gran Loui

Transcurre el agitado año de 1957. Aún Pérez Jiménez no ha convocado el amañado plebiscito que encendió la mecha de su caída. En la casa presidencial de La Orchila los invitados a una fiesta se mecen con la azucarada melodía de una trompeta. Detrás de ella soplan los labios de Louis Armstrong, quien amenizó la noche pagado por la gobernación del Distrito Federal.

Pérez Jiménez departía lleno de confianza entre sus huéspedes aquella madrugada. Un año más tarde, perseguido y lejos de la gloria, reservaba un “modesto” apartamento en Nueva York.

Sopa en botella

Usted, en plena década del cincuenta, ha dejado atrás las noticias. Ahora se esmera en su apariencia, y tiene razones para hacerlo, pues esta noche Celia Cruz cantará en Caracas, y a su llegada a Maiquetía ha anunciado su éxito para el año que comienza:
“Sopa en botella”. Usted ha seleccionado su mejor traje y no llegará a pie; para eso mantiene en el garage su última adquisición: un Buick Limited del año. Para semejante inversión, ha necesitado de un respaldo, y lo ha conseguido en el Banco de Comercio, donde cualquiera podía abrir una cuenta con cinco bolívares.

Pero ahora su atención está puesta en la diversión. El país entero está de fiesta y hay que acompañarlo. La juventud no tiene nada qué temer y plena las calles en un abrazo total. Hasta los estudiantes presos brillan de felicidad: libres, también ellos podrán inscribirse en la Universidad Central de Venezuela. La ciudad universitaria de Caracas, junto a edificaciones como el Hotel Humboldt, el teleférico del Ávila, los bloques multifamiliares luego llamados “23 de Enero”, la autopista Caracas-La Guaira y tantas obras más quedaron para el disfrute de la población, en recuerdo de un presidente obsesionado por erigir lo que él mismo llamó “El nuevo ideal nacional”.

Punto Fijo

Usted no es un ferviente militante político, pero tampoco permanece inmune al sentimiento que acompaña a los líderes de la oposición, quienes, mientras usted compra en Sears, permanecen en su mayoría exiliados en distintos países de América. Otros, menos afortunados, están presos. Pero la guerra no se ha perdido.

En las calles, ahora que ha llegado la navidad del 57, casi se puede tocar el ánimo liberador. La huelga general es inminente, el gobierno luce nervioso y más despótico que nunca. Temas como el polémico bebé de probeta, la retirada del corredor Juan Manuel Fangio, los éxitos de Luis Aparicio y el Kid Chocolate, y las películas de Kirk Douglas pasan a un segundo plano. La política domina y hasta las piedras conspiran.
Pero usted, más bien distraído, se deja llevar escuchando un discurso de Eisenhower.

El primero de enero del 58 usted se ha levantado tarde. Un dolor de cabeza y un impertinente sabor a óxido le nublan el criterio. Sin embargo, el ruido que llega de la calle lo mantiene alerta. La mecha está prendida y no hay quien la apague. Se habla de golpe y trinan los sables. Maracay está inquieto; la sublevación es inminente. Desde el exterior los Rómulo, los Jóvito y los Caldera alistan maletas para el regreso. En Guasina y otros presidios los torturados huelen el fin. Mientras tanto, usted, que ha tenido tiempo de darle la vuelta al mundo a través de las noticias, piensa en la atrevida explosión que acaba de mancillar las piernas de Sofía Loren.


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo