Modern Love

Virgen a los 30 y el tiempo se acaba

por Clare Almand

02/04/2018

Fotografía de Difei Li / Flickr

Las velas estaban encendidas. En el vaso ya quedaban cada vez menos tragos de ginebra y agua tónica. Él se había bajado los pantalones. Dudé un segundo antes de decir: “La verdad, nunca he hecho esto antes”.

Hablaba del sexo.

“Ah, ¿en serio?”, dijo. Sonaba más excitado que preocupado.

“¿Me seguirás respetando por la mañana?”, dije, medio en broma.

“Claro. Podemos hacer lo que quieras. Te respetaré pase lo que pase”.

Se me ocurrieron varias cosas: mi corazón está fallando. Este tipo podría no quedarse mucho tiempo. Tengo 30. ¡30 años!

“Bueno, hagámoslo”, respondí.

Y así fue como acabé perdiendo mi virginidad en la cuarta cita con un maestro de escuela secundaria que ni siquiera me gustaba tanto: pensé que me estaba muriendo.

Nací con una enfermedad cardiaca congénita, por lo que tuve cinco operaciones de corazón importantes antes de cumplir 10 años y cinco intervenciones menores desde entonces. Tengo varios dispositivos metálicos en el pecho de los que depende mi corazón, incluyendo un desfibrilador implantado y una válvula aorta mecánica. Mi enfermedad es tan grave que a medida que pasa el tiempo, mi corazón solo sigue presentando problemas que hay que atender con más operaciones y procedimientos.

Por funesto que parezca, por lo general puedo funcionar como un ser humano normal. Incluso practico yoga, levanto pesas y hago un poco de ejercicios aeróbicos, aunque tengo que parar después de uno o dos minutos. Sin embargo, hace dieciocho meses me di cuenta de que me faltaba oxígeno luego de dar unos cuantos pasos en la calle. Sí, tuve que detenerme y recuperar el aliento tras una pequeña caminata. Subir escaleras, aunque solo fueran unos cuantos escalones, se volvió increíblemente difícil.

A medida que pasaron los meses, mi energía siguió disminuyendo. Iba a trabajar y casi todas las noches llegaba a casa solamente a descansar. Aunque estaba cansada todo el tiempo, me obligaba a salir los fines de semana porque me negaba a creer que estaba enferma.

Mis doctores no podían encontrar nada malo en mi corazón. Pensaban que era exceso de fluido, así que seguían aumentando mis diuréticos. El aumento de medicamentos ayudaba al principio, pero luego de unas seis semanas mi nivel de energía volvía a estar por los suelos. Mi dosis se había cuadruplicado en el plazo de seis meses. Había dejado el ejercicio por completo, y aun así había perdido seis kilogramos. Me veía tan demacrada que comencé a parecerme a una villana de Disney.

Me veía fatal, pero al tipo con el que salía no le parecía así. Pensaba que me veía delgada y sexi, y a mí me gustaba eso. Nunca había tenido novio y esperaba que él fuera el primero.

Siempre que menciono que nunca he tenido novio, me preguntan por qué, como si encontrar a una persona con la que una logre establecer una conexión física y emocional fuera tan fácil. No es que haya tenido todas estas maravillosas opciones y que haya rehuido del compromiso. La respuesta más simple es que nunca he conocido a alguien con quien haya querido estar y que también haya querido estar conmigo. De hecho, soy la típica chica que quiere al tipo que quiere a otra.

En la preparatoria me enamoré del chico popular con el que no tenía ni las más remotas posibilidades de estar, pero en el baile de primavera en el segundo año bailamos “Work It” de Missy Elliott, lo cual, para alguien como yo, nada popular y que se desarrolló ya tarde, claramente es un momento destacado al que me aferro pese a que ya pasaron quince años (para ser honesta, yo estaba bailando detrás de él mientras él bailaba con una porrista con la que salía).

En la universidad, puse la mira en mi mejor amigo del colegio, que se cambió a mi escuela después del primer año. Pasábamos tiempo junto prácticamente diario, pero de algún modo se le olvidó mencionar que salía en secreto con mi rival de la secundaria. Para cuando nos graduamos, ella había dejado de hablarle a la mayoría de nuestro grupo de amistades y él hizo lo mismo poco después.

Ya en mis veintes, me enamoré perdidamente del jefe en mi primer trabajo, un hombre que, a su vez, salía con la asistente ejecutiva de su jefe a escondidas. Después de casi un año juntos, dejó a la asistente y un mes después se casó con su novia universitaria con la que había tenido una relación intermitente. Así que lo que digo es que tengo un gusto impecable tratándose de hombres. Con mi historial, parecía condenada a estar sola por el mundo, añorando al novio de otra persona.

Sin embargo, en mayo del año pasado, en un suceso que ni yo me esperaba, terminé hablando con alguien en OkCupid que parecía estar soltero. Era maestro de la misma escuela secundaria a la que él había asistido, lo cual me pareció adorable. Vivía del otro lado de Los Ángeles, lo cual nos convertía en una relación a larga distancia. Nos veíamos una vez a la semana.

Nuestra primera cita fue un almuerzo en un lugar que estaba a medio camino, en Culver City. Mientras veíamos el menú, mencionó que no sabía qué era un huevo pochado. Después de que le expliqué cómo pochar uno, seguía sin estar seguro de cómo se vería, así que ordené un pan tostado con aguacate y un huevo pochado, para que pudiera verlo. Eso fue extrañamente adorable.

Era tierno, pero después de algunas citas, de algún modo supe que no iba a durar. Había señales de alarma, o quizá solo eran cosas que no me gustaban de él. Por ejemplo, nunca me hacía un cumplido; excepto en el único correo electrónico que me envió en el que dijo que yo era “sexi”. Nunca dijo que me veía bien ni bonita en persona.

¿A poco no es algo básico de una cita? Una ve a la otra persona y dice: “Te ves muy bien”, o mínimo “Te ves bien”. Él no hacía eso.

Sin embargo, estaba mi problemita. Después de casi nueve meses de sentirme débil y ver cardiólogos que no ayudaban gran cosa a solucionarlo, comencé a creer que, en mi caso, este era el comienzo del fin.

Algunas veces, la gente que tiene una enfermedad cardiaca congénita llega al punto en el que la medicina ya hizo todo lo que podía para retrasar lo inevitable y, como mis doctores no tenían respuestas, creía que mi tiempo estaba casi por agotarse. Y no quería morirme siendo virgen. Así que me dije: “Debo acostarme con este hombre”.

Para nuestra cuarta (y penúltima) cita, vino a mi departamento y cociné la cena.

Hice guacamole como entrada. “Dime si le falta algo”, dije, pero en realidad no quería saber si era así. Solo quería que dijera: “Está buenísimo”, y que se lo comiera.

En cambio, le puso un montón de sal.

Pensé: “¿Qué haces? ¡Estoy enferma del corazón!”.

Después, cuando estaba asando coles de Bruselas, no le pedí su opinión porque sabía cómo cocinarlas y me quedaban bastante buenas. De todos modos, se hizo presente e insistió en que necesitaba sazonarlas (con algo más que la sal, la pimienta y el ajo que les había puesto yo), así que les puso orégano… a todas, no solo a su porción.

Cenamos y luego nos fuimos a sentar al sillón, donde por un momento jugueteamos con la idea de ver algo en la televisión. Sin embargo, ambos sabíamos hacia dónde iba todo, así que nos fuimos a mi habitación y nos sentamos en la cama… y ya saben qué pasó después.

Estuvo bien. Después, al otro día se fue a las siete de la mañana a “calificar tareas”.

Por mí se podía ir…

Lo vi a la semana siguiente, cuando me dejó bastante claro que yo no le interesaba como persona. Después, nos dejamos de hablar.

Transcurridos dos meses, cuando no había duda de que seguía enferma y la medicina no estaba funcionando, me sometí a un procedimiento para que pudieran ver qué estaba pasando con mi corazón. Descubrieron un orificio de tamaño considerable entre mi ventrículo derecho y mi aorta, una fístula ventricular derecha, que sellaron con un disco metálico.

En semanas, mi salud mejoró. Tenía más energía, no me cansaba caminando por la calle ni subiendo escaleras y había subido de peso. Ahora, a casi un año, he vuelto a ser la de siempre y ya no siento que el espíritu de la muerte me acecha.

Pensando en cómo salió todo, ¿me enoja haber perdido mi virginidad a toda prisa con un tipo que no me importaba?

En realidad no. Estaba pasando por muchas cosas que no eran normales. A la gente le gusta decir: “No hay nada normal”, como si eso hiciera sentir mejor a los que no lo son. Sin embargo, todos sabemos la verdad. Someterse a diez operaciones del corazón antes de los 30 no es normal; que tu corazón decaiga hasta el grado en el que te estás muriendo a esa edad no es normal. Ser virgen a los treinta años no es normal.

Vi una oportunidad de sentirme un poco más normal y la tomé, y ahora soy como cualquier otra mujer que ha tenido un pene en su interior.

***


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