Perspectivas

Venezuela: una banda sonora. Desde Teresa Carreño hasta Dudamel

La compositora Teresa Carreño, el maestro José Antonio Abreu, y el director Gustavo Dudamel.

25/12/2020

Composiciones han exaltado héroes y denostado a rufianes, así como autores han sido llevados al paredón. He aquí un repaso de la banda sonora del desdén sostenido.

(Teoría y sol feo) Teresa Carreño para celebrar sus 167 cumpleaños —nació el 22 de diciembre de 1853— va al complejo cultural que lleva su nombre y se espanta. Por cierto, es perfecto el grito al cielo de la mezzosoprano que, según Gioachino Rossini, pudo hacer una exitosa carrera en el bel canto. En la sala central donde estaban expuestos en vitrina sus vestidos, zapatos, carteras y demás reliquias no queda ni el rastro. Recia como es, pregunta qué pasó aquí, y alza una ceja.

Entonces le dicen a la celebérrima pianista, concertista, también compositora, directora de escena, productora artística y reina de todos los escenarios, que Hugo Chávez —intentan explicarle quién era— un día, fuera de tono, mandó a sacar sus efectos personales porque quería para sí esa sala de reuniones. Un músico le susurrará además que acaso fue para competir con Carlos Andrés Pérez, eterna mortificación suya, porque allí fue ovacionado por medio planeta cuando fue elegido presidente por segunda vez. Pero que un joven restaurador ya trabaja para rescatar sus cosas, hasta hace nada arrumadas en un cuartico de olvidos, enmohecidas, pobladas de cucarachas. Que el experto recompone las hilachas, los agujeros, las manchas. No se sabe eso sí, de la veintena de vestidos cuántos serán salvados.

(Mala nota) Para la hija de Manuel Antonio Carreño, el del famoso manual de urbanidad, volver a Caracas será un anhelo recurrente, así como un reiterado drama. Apenas el murmullo de sus miriñaques anuncia la proximidad de la reconocida música, los caraqueños cierran puertas y ventanas. Nadie compra entradas para verla bordar énfasis o sutilezas con la batuta. Las butacas vacías desairaron a la ejecutante consagrada, a quien Franz Liszt ha dicho, a modo de piropo (machista): “Eres uno de los nuestros”.

En su ciudad amada, la artista, que suma cuatro matrimonios y cinco hijos, recibirá lamentables respingos de parte de sus compatriotas, mujeres sorprendidas por el imán que resultaba para los caballeros su conversación cultivada y su autosuficiencia. Creyéndose amenazadas, boicotearán sus presentaciones. Teresa Carreño no sólo llega colgada del brazo de su segundo marido o tal vez él del de ella: le niegan toda cortesía porque, encima, esa mujer de buen ver no solo trabaja sino que ¡cobra!

Venía de tocar en medio mundo, con éxito arrollador, la artista que no parece ser profeta en su tierra. Su carrera es una hazaña que arranca a los cuatro y, ya a los 10, su currículum incluye haber sido solista con la Orquesta Sinfónica de Boston, concertista en el Irving Hall en la ciudad de Nueva York, y en la Casa Blanca, aplaudida por Abraham Lincoln. Llegar a Caracas invitada por su pariente, el presidente Antonio Guzmán Blanco, el de los tiquismiquis por Francia, a cuyas estatuas faltaba poco para que las descabezaran —Colón lo viviría hace poco en yeso propio— fue la guinda.

Y venía a dirigir una temporada de ópera a la que no asistieron ni los músicos. Desaparecieron en desbandada. Hombre de poca fe, Guzmán Blanco había aprobado el divorcio, desoyendo las voces trémulas de la jerarquía eclesiástica, con audacia pionera en el patio. Felipe Larrazábal, también pianista y compositor, ha tenido que salir del país perseguido por el gobierno. El también cofundador del partido liberal y biógrafo del Libertador, tras escribir críticos artículos contra el régimen, corre peligro. Cuánto desconcierto. Religión, cotarro, política, a Teresa Carreño no le da una síncopa, pero desiste de sus intenciones de quedarse a vivir en el país.

¿Debió abjurar a viva voz del mandatario venido a menos? ¿Debió Carlos Raúl Villanueva abstenerse de hacer en tiempos del perezjimenismo la Ciudad Universitaria que acaba de cumplir 30 años de su declaratoria como patrimonio de la humanidad? ¿Tuvo razón Jesús Soto al declinar la propuesta de formar parte de esa síntesis de las artes?

(Los sonidos del silencio) ¿Cabe la comparación? Teresa Carreño siempre consiguió que sólo con su presencia se colgaran las quijadas. José Antonio Abreu, para muchos un personaje que levanta sospechas, para otros el asombro, sería un genio. “Recuerdo una tarde verlo interpretar con la izquierda en el clavicordio, sin un solo error, los graves de una pieza, mientras con la derecha sostiene una carta que lee, tal vez la respuesta a una solicitud. Siempre estaba creando y siempre con una solicitud entre manos; luego la firma y sigue con la clase. Tenía bien amoblados ambos hemisferios cerebrales”, dice pasmado un alumno.

Además de su desempeño contumaz como gerente cultural o su obsesión como creador por defender costase lo que costase el proyecto concebido por él, no todos verán con ojos gentiles al solitario que, en efecto, asume como causa, como apostolado, el ya casi cincuentón programa social del Sistema de Orquestas Nacionales Juveniles Simón Bolívar. El músico hermético y de empaque misterioso no querrá que le falten recursos que sostengan su idea cada vez más masificada, incluso de exportación. Retratado junto a los mandamases del régimen, quién sabe si tragando grueso, quién sabe si hondamente complacido, será indiciado por no chistar. Por no desvincularse del caos. Por preferir mantenerse a flote antes que tener, se supone, la dignidad de las universidades, que han muerto de pie. Bueno, acaso ahí está la clave.

“Cuando la patria le reclamó su solidaridad a uno de sus ilustres hijos este no le respondió, le dio la espalda”, le espetarían hace poco en las redes al ya fallecido exministro de Cultura. El filósofo Wolfgang Gil mirará a lo hondo: “Las personas son libres para hacer y pensar, es una premisa, y esa libertad no es condicional, luego está la ética, que es personal”. E invitará a los críticos a no condenar, no sin un juicio justo previo. “La guillotina sin estudiar todos los aspectos involucrados, trasfondos y razones, aun las que parecen a la vista contradictorias, es cuando menos una decisión precipitada”, y recomendará ponernos en los zapatos del otro. Sí, difícil en las botas.

“Las posiciones más radicales son coherentes, pero la línea es borrosa cuando intentamos sancionar al acomodaticio —si lo es—: el artista tiene como obligación su trabajo creativo, es decir, el compromiso primero es consigo mismo, con desarrollar su talento”. Y añade: “¿En qué medida soy más útil? Es la pregunta”. ¿Criticando o haciendo? ¿Poniendo gasolina de Irán o quedándome varado sin combustible y sin poder llevar la medicina a mi madre? Difícil. María Elena Ramos, exdirectora del Museo de Bellas Artes, comunicadora y filósofa añadirá: “Él defendía un propósito suyo, que amaba, pero que no era privado, es decir, dependía de fondos públicos”. ¿Debía privatizar al Sistema? “Cuando había libertad de trabajo te podías expresar sin cortapisas, pero de un tiempo a esta parte, si no estás conmigo, estás contra mí…”

(Solo de armonía) La medianoche del 27 de mayo de 2007, cuando el oficialismo le corta la señal a Radio Caracas Televisión, tampoco dice esta boca es mía quien se suponía sería el sucesor de Abreu, Gustavo Dudamel. TVES, el nuevo canal que reinicia, montado sobre las frescas ruinas del anterior, saluda a la audiencia —que hará mutis para siempre— con un recital de la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar dirigido por el batuta venezolano. La avalancha de voces podó de afectos al melenudo Dudamel y lo dejó en duda. José Antonio Abreu, mentor del violinista larense también llevaría lo suyo. Un bis que se oye: que por su obra habría entregado el alma al diablo, cual Mephisto.

¿Qué tan dramático o no sería ese silencio? ¿Como el que querían imponerle a Maxim Shostakóvich por componer “música burguesa y elitesca?”. El músico ruso tuvo que escoger entre su obra y ser asesinado por Stalin, descompuesto con aquellas melodías ideológicamente incompatibles. ¿Abreu prefirió otra muerte? En cualquier caso, Dudamel, sí alzaría su voz en 2017, cuando las ciudades se convirtieron en polígonos de tiro. Cuando a causa de un disparo en la cabeza que tiene la firma de la guardia bolivariana muere el viola de la Orquesta Sinfónica Juvenil, Armando Cañizalez, de 18. “Estoy destrozado”, se lamenta. Y dedica un concierto en Los Ángeles al músico asesinado.

(Contrapunteo) “Nuestro país necesita urgentemente sentar las bases de un orden democrático que garantice la paz social”, añadirá. Si había sido cauteloso o, en opinión de algunos, apático, cómodo, o ambiguo, para los de Fuerte Tiuna fue un traidor. La respuesta de Maduro no es una condolencia, no para Cañizalez: suspende de inmediato la inminente gira de la Simón, y tanto los músicos como la platea, interpretarán la decisión como una factura. “¡Valía la pena sufragarles cada viaje sólo mientras lavaran el rostro ceniciento del régimen!”, se las cantaría la pianista venezolana Gabriela Montero, conquistando eco inmediato. “¡Bienvenido a la política, Gustavo Dudamel!”.

Músicos del mundo se las cantaron también en coro a Maduro. Madonna publicó en su Instagram una nota en la que decía que el presidente venezolano no «está familiarizado con los derechos humanos» y se solidarizó con los venezolanos. Maná, los mismos que rechazaron una oferta de un millón de dólares para tocar en una fiesta privada de Hugo Chávez, mostraron una y otra vez la bandera venezolana en cada una de sus presentaciones. Miguel Bosé dedicaría el premio Tu Música a Venezuela, “ese pueblo maravilloso y valiente”. Y preguntará en la gala televisada: “¿Dónde están las otras democracias para defender al país al cual le han arrebatado la suya?”.

Más voces se oirán a todo volumen. Rubén Blades dedicará al pueblo de Venezuela su tema Prohibido olvidar, compuesto en 1991. “Por ahí anda rondándome el tiburón imperialista y tú ahora como que vienes a alentarlo para que se trague a Venezuela”, acusará recibo Maduro. Y Alejandro Sanz, vetado desde 2007 por sus críticas a Chávez, le dedicará el 25 de abril un tuit al que bailaba durante las marchas: “La sangre de Carlos José Moreno (17 años) está en tus manos”. Siguen David Bisbal, Carlos Baute, Chayenne, Ricky Martin, y más en la línea de fuego. La música siempre dice, cante Serrat o Luis Aguilé. Es bastión. Que lo digan Víctor Jara o Beethoven, que le dedicó la Heroica a Bonaparte, pero luego tachó el nombre del que se proclamó emperador.

(Un compás solo con paz) Ese 2017, desde febrero, mes históricamente rojo, la tristeza que estremece a Dudamel inhabilita a Diana Arismendi. Se disponía a componer una pieza a la ciudad que ese año arribaba a sus 450 años. Enamorada de Caracas —la ciudad a la que Aaron Copland, el autor tan nacionalista nacido en Brooklyn, le compuso un Estribillo—, debía resultarle emocionante el desafío. Pero no pudo; no entonces. La democracia sangrando, no hay manera de concentrarse en nada más. La autora de una pieza estremecedora dedicada al pueblo judío —que se estrenó en el Teatro Altamira en el 75 aniversario del Holocausto—, no pretende hacer una obra de fuegos artificiales pero sí que contuviera en sus sonidos la esperanza. Igual, de haberla tenido a tiempo, tampoco hubiera podido ser estrenada.

El 25 de julio de ese año que vivimos en peligro unos, los que sobrevivimos, Maduro (golpea y golpea nos golpea) cambió el programa celebratorio por eventos propagandísticos en el Teresa Carreño; y Teresa Carreño, en el año centenario de su inmortalidad —falleció el 12 de junio de 1917—, como Caracas, dejan de ser el foco. Los bolivarianos no recordarían que la artista también era pariente de Simón Bolívar.

(Acordes, no tambores de guerra) Hay una sinfonía heroica en la resistencia, pero lo que suena es un despechado bolero. Persuadidos de que somos polos (feraces, nada que ver con el margariteño) se dará por cierto que toda flauta tiene detrás un maluco Hamelín y se desconfiará del moderato. Toca vindicar el proyecto musical West Eastern Divan, ocurrencia de Daniel Barenboim y Edward Said que consiguió convocar en una misma orquesta a instrumentistas palestinos e israelíes. “Se trata de una experiencia de entendimiento y convivencia que deja atrás los odios para intentar el camino de la paz y la tolerancia; una orquesta es el espejo de una sociedad y allí, sus integrantes dialogan”.

Paradójico: país de tradición coral y tierra de la archipremiada en medio mundo Scholla Cantorum, también del Orfeón de la UCV y pare de contar. Los acuerdos —que nunca serán muy acordes para quien los interpreta— nos resultan cuesta arriba. No alcanzamos a lograr que las distintas voces tengan preciso protagonismo en pro de un resultado final armonioso; todas a la vez, o de manera individual, luego de un consensuado acoplamiento. Democrático per se, un coro se parece a un país: los diferentes y sus voces, se complementan, no se silencian.

El francés de origen argelino Jacques Attali, mentor del presidente Macron, economista, cronista del semanario L’Express y apasionado de la música, en su libro Ruidos: ensayo sobre la economía política de la música, sugiere que la política, “como forma de poder institucionalizado”, es en realidad un “escenario musical”, donde distintas fuerzas juegan dentro de sistemas que unas veces se asemejan a procesos armónicos, y otras, a procesos de ruido. Y que “el poder, como la música, es una representación no solo de la realidad personal sino social, de ahí la variedad de tendencias y estilos”.

(Golpe tuyero) En lo que a él respecta, Dudamel sostendrá el tono. “Como director de orquesta, he aprendido que nuestra sociedad, al igual que una orquesta sinfónica, está formada por un gran número de personas, todas ellas diferentes, singulares e irreductibles; todas ellas con sus propias ideas, convicciones y visiones del mundo”. Y añadirá: “Esta maravillosa diversidad conlleva a que en la política, al igual que en la música, no existan las verdades absolutas y que para prosperar como sociedades —al igual que para alcanzar la excelencia musical— debamos crear un marco de referencia común en el que todas las individualidades se sientan incluidas más allá de sus diferencias, un marco de referencia que contribuya a evitar el ruido y la cacofonía del desencuentro”.

(Coda que no réquiem) No escuchar, pues, no todavía, por favor, el Alma Llanera. No porque esté prohibido el joropo, como le ocurrió al género musical en 1749 cuando las autoridades verían con malos ojos el xoropo escobillao, por “sus desplantes, taconeos, extremosos movimientos y otras suciedades”. No. Sino porque la fiesta no ha acabado. ¿Es posible un buen arreglo como propone Baltazar Cardenal Porras en son de paz?

“Un artista si es honesto, apasionado y altruista, será siempre una protesta viviente”, diría Pier Paolo Pasolini. Que la cantata criolla y sus estrofas políticas conviden a recuperar el tono de la fuerza es la unión. Que oigamos entre las blancas y negras a los medios tonos. Que vindiquemos, sin bemoles, a la artista en cuya memoria hay una estatua en New York.


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