Perspectivas

Venezuela en cuatro lustros de trampas ilusorias e inimaginables laberintos

por Arturo Gutiérrez Plaza

"Predestination" (1951), por M.C. Escher

26/03/2018

A las puertas del laberinto

De poder ilustrar en una imagen la pesadilla que actualmente vive Venezuela, valdría la pena aprovechar para su elaboración algunos de los dibujos del artista gráfico holandés M. C. Escher. Sobre todo aquellos en que un lúcido e ingenioso manejo de las perspectivas nos muestra las trampas ilusorias en las que caemos al percibir lo que suponemos la realidad. Esa realidad cotidiana en la que a diario nos movemos. Escaleras que no sabemos si suben o bajan, bóvedas que pudieran ser techos o fosas, volúmenes a un mismo tiempo cóncavos y convexos, seres humanos, animales e insectos que mientras se desplazan sufren, de modo imprevisible, continua, paulatinamente y a veces en forma cíclica, profundas metamorfosis. Venezuela es hoy en día un país lleno de incertidumbre y miedo, donde se respira una pesada atmósfera cargada por la conflictividad social, odios, resentimientos e incomprensión.

El párrafo anterior no fue escrito en estos días, en las vísperas de una elección presidencial anunciada para el 20 de mayo de 2018, en las que el madurismo en el poder pareciera querer perpetuar su dominio en un país sitiado por la miseria, el hambre y la desesperanza, que obliga a la diáspora a un número cada vez mayor de sus habitantes. Tuvo por motivación episodios muy anteriores de esta larga penuria que a partir de la irrupción del chavismo padece un país que antes se llamaba, simplemente, Venezuela.

Pocos días después de los sucesos de abril del 2002, cuando todavía los venezolanos no salíamos de nuestro estupor por los recientes hechos acontecidos y la confusión generada por las distintas versiones que explicaban lo sucedido, recibí una llamada telefónica de un periódico neoyorquino, el Newsday. Me solicitaban que escribiera un artículo que le brindara a un lector norteamericano una visión más comprensiva de la realidad social y política venezolana, a la luz de las traumáticas vicisitudes que acababan de tener lugar. Confieso que nunca supe por qué dieron conmigo para pedirme ese escrito, pues no soy ni periodista, ni político, ni politólogo, hasta donde alcanzo a saber. Tampoco se los pregunté. Me resultó atractiva la invitación, pues la sentí propicia para apuntar algunas reflexiones sobre la compleja coyuntura que para entonces estábamos viviendo. Otro de los párrafos del artículo en su versión original, en español, decía así:

“Los recientes acontecimientos ocurridos a partir del 11 de abril, donde la violencia se apoderó de las cercanías del Palacio de Gobierno y donde tras un golpe de Estado hubo un efímero relevo del presidente Chávez del poder, al cual retornó dos días después, han mostrado de soslayo el inimaginable laberinto en que se ha convertido el país. Pues si bien el grueso de la población está polarizada, también está perdida. No sabe, a ciencia cierta, qué creer o qué hacer. Se duda de todo. Diversos factores manipulan la información y se recogen versiones absolutamente contrapuestas. La oposición atribuye al gobierno la responsabilidad de la matanza del 11 de abril, mientras éste arguye lo contrario. La televisión y la prensa juegan un papel desconcertante durante los sucesos, cada canal transmite la visión de un país distinto. Unos están fuera del aire, otros nos recrean con comiquitas y otros dan noticias imprecisas. Se pasa de una versión a otra, sin certidumbre alguna. Renunció el presidente. Hay un nuevo presidente. No renunció el presidente. Volvió el presidente. Hay saqueos, muertos y la ciudad se quema por todos los costados mientras habla el presidente de otra cosa”.

Me he extendido hasta aquí, rememorando esos hechos y aquel escrito, con el propósito fundamental de intentar un rescate de los símbolos implicados en las ideas de “las trampas ilusorias” y del “inimaginable laberinto”, anteriormente aludidas, como elementos emblemáticos y caracterizadores, no sólo de aquellos hechos sino de un buen número de los episodios que hasta hoy conforman la etapa histórica que se inició con la irrupción del chavismo al poder en nuestro país. De ese hipotético conjunto me detendré sólo en dos de ellos, con el fin de poner en evidencia la pertinencia de la mencionada simbología como dispositivo cognitivo, en aras de una comprensión alternativa del proceso que nos ha llevado, a lo largo de lo que va del siglo XXI, hasta la actual encrucijada.

Los dos bolívares

A mediados del año 2014, asistí a una sala de cine en Caracas para ver la muy publicitada película Libertador del notable director Alberto Arvelo, con la actuación protagónica de Edgar Ramírez en el papel de Simón Bolívar. Una desazón inesperada y progresiva se fue produciendo en mi ánimo en la medida que avanzaba el film, más que por el conjunto de imprecisiones históricas que ininterrumpidamente saltaban a la vista (las cuales se podrían hasta obviar al hacer un ejercicio de valoración de la película, si se quisieran extremar las licencias cinematográficas, dado el estatuto autónomo y ficcional del llamado séptimo arte) por el hecho de sentirme víctima, como espectador, de una astuta manipulación en la que mediante una magnífica producción hollywoodense de alta calidad e impacto visual, un Bolívar muy humano, enamorado e irremediablemente nostálgico por la pérdida de su amada esposa, emprende la gesta de la emancipación de un continente, siguiendo punto a punto el guion del discurso histórico dictado por Chávez sobre la vida y las ideas de Bolívar, así como sobre la perversidad de sus victimarios, decididos a acabar con el ímpetu amenazador de un supuesto revolucionario socialista, adelantado a su tiempo, que aspiraba a una sociedad igualitaria. La escena final de la muerte, en la que se insinúa su asesinato como consecuencia de una emboscada en la que participa uno de sus más íntimos colaboradores, su sobrino Fernando, no pude entenderla sino como una clarísima evidencia de los propósitos, al final no tan escondidos, que incidieron en la hechura del entredicho guion, atribuido a la autoría de Timothy J. Sexton.

La perplejidad que me produjo la película me llevó a verla una segunda vez, lo cual no disipó la impresión original. Ya sabía de la existencia de “la otra versión”, la abiertamente financiada y promovida por el régimen de Maduro, Bolívar, el hombre de las dificultades, del también excelente director Luis Alberto Lamata, sin embargo no la había visto aún. Pensé en ese momento en escribir sobre el curioso caso de este “Bolívar” ofrecido y empaquetado como un caramelo para disfrutar del regusto de sabernos herederos del legado de ese héroe romántico, que desde la infancia todos los venezolanos llevamos dentro, ignorantes del cianuro que guardaba en su interior. Al conocer la polémica que la película estaba suscitando, me abstuve de hacerlo.

Otros, más calificados, ya habían tomado la palabra y habían dicho, en buena parte, lo que por entonces había pensado decir. Leí, entre otras, las páginas escritas por Tomás Straka, las cuales me convencieron de la necesidad de ver la película de Lamata. Coincidí plenamente con sus apreciaciones. Vaya situación en la que nos colocaba la confrontación de estos dos discursos fílmicos, la de enfrentarnos a una inusitada paradoja que podríamos llamar “la de los bolívares” (que no la de los “los tres centavos”, aludiendo a la obra de Bertolt Brecht, indubitablemente marxista). Al contrario de Libertador, la película promovida por Maduro en la que Bolívar es protagonizado por Roque Valero no luce servil al burdo bolivarianismo chavista, a pesar de haber sido hecha, hipotéticamente, para el consumo doméstico, para los acólitos de la revolución bonita. La superproducción, con música de Dudamel, pareciera ser la verdadera elegida para hacer las veces del Caballo de Troya, presentada con bombos y platillos en el centro de la escena cinematográfica del imperio del norte. No puedo dejar de emparentar esta sensación con la descrita anteriormente, al referirnos a los sucesos de abril del 2002. Pues, en definitiva, una serie de conjeturas, de especulaciones sin respuesta, de aparentes contradicciones condicionan todo intento de comprensión, de “lectura”, de las motivaciones e intenciones que operaron detrás de ambas versiones fílmicas dedicadas al rescate de la memoria bolivariana. Por un lado, sorprende que la mayor parte del público espectador, siendo en una importante proporción opositores al chavismo atraídos por la promoción de esta magnífica producción y por una figura como la de Edgar Ramírez, ya instalado en Hollywood como emblema del talento venezolano, salieran jubilosos y reconfortados por el impecable espectáculo visual y la nobleza de un héroe humano demasiado humano, orgullosos y convencidos de la fuerza de nuestra nacionalidad, inexorablemente encarnada en el Padre de la Patria.

Para la mayoría, las trazas del relato chavista fueron inadvertidas, tal vez, porque de antemano sabían que no era allí donde podían estar, sino, con toda seguridad, en la otra, la de Lamata, la previsiblemente confeccionada a la medida de las necesidades del régimen. Pero sorprenden y confunden más aún los comentarios que el mismo Ramírez ha hecho sobre Libertador, tomando en consideración su posición política, cada vez más abiertamente contraria al régimen actual. Ya en su momento polemizó con Valero por redes sociales. Éste le endilgaba, de uno u otro modo, el inútil intento de querer rebajar el genio de Bolívar al de la configuración de un personaje sujeto a las condiciones impuestas por el mercado hollywoodense. Para Roque era claro quién personificaba al verdadero Bolívar. La diatriba entre ambos actores no podía dejar de recordarnos la de los personajes representados por ellos mismos en otra muy meritoria película, exhibida 10 años antes: Punto y raya, de Elia Schneider. Así, a la oposición de los personajes fílmicos de aquellos tiempos se superpondría la de los actores reales, cada uno en defensa de posiciones contrarias, a cada lado del espectro político venezolano. Ramírez, no obstante, nunca manifestó objeción alguna sobre el guion ni el tratamiento de su Bolívar, sino que más bien pareciera sentirse plenamente satisfecho por la coherencia entre éste y la caracterización lograda. Ante tales testimonios, de nuevo, nos enfrentamos a un conjunto de preguntas sin respuesta que ponen en duda nuestra capacidad para vislumbrar la disposición de los entretelones de esta producción cinematográfica. Como saldo, quedan muchas preguntas, entre ellas: ¿Ramírez ingenuamente cayó en una trampa?, ¿sin alternativa, optó por una suerte de negociación con el fin de rescatar a ese Bolívar humano, romántico y heroico, que de algún modo considera esencial a la venezolanidad y muy necesario en la hora presente, más allá de cualquier otro reparo que pudiera hacérsele al relato chavista inscrito en la película? ¿Esos reparos son realmente pertinentes, existen, o son sólo prejuiciosos caprichos de un espectador demasiado susceptible y propenso a tomar partido por uno de los discursos que marcan la polarización política del país?

Sancho, útil y no tan tonto o figura de transición

Hoy en día, a sólo dos meses de las anunciadas elecciones presidenciales del próximo 20 de mayo, los venezolanos no dejamos de vivir, como lo hemos hecho durante los últimos cuatro lustros, signados por la misma sensación de estar cercados por lo ilusorio, lo laberíntico, el engaño, las sospechas y la incertidumbre. Mucha gente se debate entre no acudir a unas elecciones que considera fraudulentas y tilda de simulacro, convocadas intempestivamente por requerimiento de una Asamblea Nacional Constituyente que califica de espuria, o votar por un candidato distinto a Maduro, cuyo eventual triunfo podría abrir las compuertas para que tuviera lugar un escenario distinto que comenzara a mitigar la pesadilla que para la mayoría de la población se ha convertido en su diaria sobrevivencia, en la que alguna vez Colón llamó “Tierra de Gracia”. El Ramírez de esta película (me refiero a Edgard, no a Rafael), obviamente, sería Henri Falcón.

En este caso, lamentablemente, una vez más, el intento de “leer” signos que nos den noticias de dónde estamos y de lo que vendrá no pasa de ser un inventario de especulaciones y apuestas por premisas veleidosas. Es decir, pareciéramos condenados a seguir “viendo como vaya viniendo” o “dando palos de ciego”, como predica la sabiduría popular. Tres lecturas, entre otras plausibles, me gustaría proponer para abordar el caso Falcón, consciente de no ser más, me refiero al que esto escribe, que otro de los tantos perdidos en este pérfido juego de trampas que desde hace tanto tiempo condiciona nuestro entendimiento. La primera, la denominaría la de la ilusión sanchezca. Según esta perspectiva de análisis, Falcón se lanza a la contienda electoral con la misma ilusión que Sancho Panza tuvo cuando vio cercana la posibilidad de materializar su sueño añorado: convertirse en gobernador de la ínsula Barataria. Por eso sería capaz de abandonar, tal vez provisionalmente, la aparentemente quijotesca e infortunada MUD. Desde esta posición se vería a sí mismo como un hombre capaz de luchar sólo contra el mundo, con propósitos nobles, convencido de su capacidad de derrotar a Maduro y de que su triunfo fuera reconocido, a pesar del evidente control institucional ejercido por el régimen.

En definitiva, independientemente del resultado de las elecciones, el gobierno nunca entregaría el poder y, al extinguirse la ilusión sanchezca, Falcón volvería desengañado a reencontrarse con sus antiguos compañeros de la causa opositora, o montaría tienda aparte hasta desaparecer de la escena política. Una segunda opción sería la de concebir a Falcón como el útil y no tan tonto, necesario para preservar el régimen y su farsa electoral. Desde este punto de vista, su verdadero rol en la contienda sería el del contrincante dispuesto a darle aires de legitimidad al tinglado montado por el gobierno, cuya participación en la faena electorera estaría condicionada por un pacto, previamente acordado o por concretar, que le garantizaría importantes beneficios tras aceptar su derrota. De este modo, Falcón, signado además por su pasado chavista, sería visto como un remedo de Arias Cárdenas. El régimen habría hecho de Falcón la opción útil para instaurar su propia oposición y perseverar en la farsa democrática.

La tercera, sería la de la figura de transición. En este escenario, su pasado ligado al chavismo y también a la oposición (no olvidemos que fue el jefe de campaña de la elección que Capriles Radonski perdió con Maduro o que le robaron, tampoco lo sabremos) le otorgaría un perfil ideal para servir de puente entre ambas opciones en pugna y dar inicio a un nueva etapa política en el país. Su figura, en este escenario, sería equivalente a la jugada por el rey Juan Carlos de Borbón y Adolfo Suárez, en España, tras la muerte de Franco, en 1975, o de Patricio Aylwin y Eduardo Frei, en Chile, tras la derrota electoral de Pinochet, en el plebiscito de 1988. En ambos casos, se trató de figuras ideológicamente más cercanas que otras de la oposición al régimen saliente, que convinieron acuerdos en los que buena parte del aparato institucional del estado se mantuvo vigente, optándose por su adecuación progresiva en un moderado periodo, hasta iniciar los ajustes exigidos por las nuevas demandas políticas del país. Si fuera este el rol de Falcón, una primera alternativa sería aceptar la posibilidad de que Maduro, cercado por la falta de salidas, dimitiera en favor del candidato ganador y se daría inicio a una nueva etapa política en el país, no exenta de múltiples dificultades, pero dentro de los cauces hasta el momento considerados por algunos.

Lo difícil de aceptar en esta eventualidad es que quizás esa figura transitoria, encarnada por Falcón, terminaría siendo también la mejor salida, en términos de costo beneficio, para la cúpula del régimen, cada día más cercada y asfixiada por una intensa presión internacional y nacional que tornará imposible la supervivencia de Maduro, en términos políticos, y de su régimen por mucho tiempo más. En este sentido, paradójicamente, Falcón sería no sólo el candidato de un importante sector de la oposición, sino también la carta oculta del propio madurismo, in extremis, para garantizar su sobrevivencia política y minimizar el impacto de la pérdida del poder absoluto. Dicho en otros términos, Falcón sería el candidato de ambos lados: de buena parte de la oposición y de modo secreto del mismo gobierno, lo cual incluso habilitaría la posibilidad de que el régimen estuviera interesado en su triunfo electoral, aun cuando el número de votos obtenidos no alcanzara, dado el abstencionismo del bando opositor negado a participar en el denunciado simulacro electoral. Es decir, hasta podría suceder lo inimaginable, que el gobierno hiciera fraude, en el entendido de que ejerce un completo control sobre el CNE, para garantizar el triunfo de Falcón, en el caso de que para ese momento la presión sostenida sobre el régimen lo obligara a considerar vías de escape como esta, en principio impensables y hasta ahora absurdas, como las de los dibujos de Escher.

Maduro se presentaría ante el mundo, amparado en la prédica de ser un convencido demócrata, entregándole la presidencia a Falcón y colocando tanto a los factores de la oposición que decidieron no participar en las elecciones como a la comunidad internacional que ha anunciado no reconocer los resultados de ese proceso, en una situación sumamente complicada, de difícil pronóstico. Ese escenario no implicaría, en ningún caso, que el camino que Falcón tendría que recorrer como presidente, una vez que haya aceptado y se haya juramentado ante la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, no sería sumamente tortuoso, pues su virtual éxito como figura de transición dependería en definitiva de que tuviera una capacidad de negociación lo suficientemente fuerte, derivada de la imposibilidad del régimen de soportar las intensas presiones sobre él ejercidas desde los más diversos ámbitos nacionales e internacionales. Desde estos supuestos, la vía electoral se convertiría en el marco de desarrollo de una transición controlada, sujeta a constantes y poco claras negociaciones, con desembocaduras impredecibles.

No se puede obviar que el prometido evento electoral, si se da, será hasta ahora sobre la base de la vigencia de todo el entramado institucional coaptado por el régimen, de modo que Falcón, en cualquiera de los eventuales escenarios en que ganara, no asumiría formalmente la presidencia sino hasta diciembre de 2018 o enero de 2019, y su gobierno tendría que coexistir con una mayoría abrumadora de gobernadores y alcaldes del chavismo-madurismo, y con la conformación de los actuales poderes impuestos, atado al guion escrito por ellos, le guste o no, tal vez como pudiera haberle sucedido a Ramírez, me refiero al de Libertador. La sustitución de Maduro por Falcón, además, constituiría la única opción para explorar la apertura de un nuevo escenario que le permitiera a ese gobierno de aparente transición lograr un relajamiento de las sanciones económicas, el acceso al urgente auxilio financiero internacional y la entrada de ingentes inversiones extranjeras, asuntos que lucen imposibles en un gobierno presidido por el actual mandatario. Tal vez, después de todo esto, quien fuera el elegido de Chávez, ahora resguardado en las tramoyas de este imprevisto escenario político, decida averiguar si es cierto lo que le mandó a decir Rex Tillerson, hasta hace poco Secretario de Estado del gobierno de Trump, quien en su oportunidad afirmó: “I am sure that he’s got some friends over in Cuba that could give him a nice hacienda on the beach”.

Todos estos escenarios ponen en evidencia las dificultades que seguimos afrontando para transitar por el pantanal lleno de trampas en que se nos ha convertido el país. A lo largo de los días que restan para las elecciones anunciadas, las cuales a ciencia cierta tampoco sabemos si se darán, ni si los candidatos actuales perseverarán, tomando en consideración la cantidad de imponderables que avasallan la vida política venezolana, resulta previsible que un sinfín de “relecturas” seguirán intentando tomarle el pulso al día a día y a los eventuales reacomodos que han de ir afectando la escenografía electoral, la cual, al fin de cuentas, constituye sólo uno de los planos en los que se están formulando y desarrollando alternativas que propicien cambios en la realidad política, social y económica del país. Ante todos ellos siguen siendo más las preguntas que las certezas.

Con el párrafo que sigue a éste culminaba el artículo que referí al comienzo de este escrito (“And the Living in Chaos”. Newsday (New York), 15/6/2002). Me aprovecharé ahora de él, nuevamente, para también concluir estas líneas, pues en lo esencial me parece que registran la misma realidad:

“El ciudadano que recorre los pasillos de ese laberinto sospecha incluso que el supuesto pasillo quizás no sea tal, sino un juego de espejos donde lo ilusorio se confunde con lo real. Lo peor es que a veces ni siquiera sabe si es verdad que está en un laberinto y mucho menos si existe alguna salida”.


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