Cesarismo democrático

Vallenilla Lanz: “Un jefe que manda y una multitud que obedece”

por Elías Pino Iturrieta

04/08/2019

En diciembre de 1919 –pronto hará un siglo– se publicó Cesarismo democrático. Estudios sobre las bases sociológicas de la constitución efectiva de Venezuela, controvertido texto de Laureano Vallenilla Lanz donde se expone la tesis del “gendarme necesario”, doctrina que sirvió para sustentar, intelectualmente, la dictadura de Juan Vicente Gómez. No obstante, el volumen continúa generando reflexiones pues varios de los asuntos que trata mantienen inusitada vigencia en el contexto venezolano actual. Como recordatorio de su centenaria publicación, Prodavinci presenta una serie de trabajos sobre esta obra que inaugura el historiador Elías Pino Iturrieta

La obra de Laureano Vallenilla Lanz merece estudio atento. Su Cesarismo democrático traspasó las barreras nacionales para convertirse en una interpretación de la sociedad venezolana que provocó reacciones de interés en el país y en el exterior. No solo importa por su ubicación en la cumbre de los pensadores positivistas que se ocuparon de legitimar el régimen de Juan Vicente Gómez, tiranía capaz de dejar profundas huellas en la sensibilidad colectiva, sino también porque su teoría sobre los venezolanos influyó en su época y en la posteridad. Es un autor que ha resistido el paso del tiempo y a quien no se puede despachar en un artículo breve. La intención de Prodavinci consiste en reunir varios ensayos sobre su obra, lo cual invita a una posibilidad de profundización, pero lo que se verá de seguidas se aproxima a unas páginas necesitadas de mayor análisis. 

Su contribución más importante es Cesarismo democrático, libro fundamental en la evolución del pensamiento venezolano, pero también dejó otros trabajos de trascendencia, como Disgregación e integración, Críticas de sinceridad y exactitud e Influencia del 19 de abril en la Independencia suramericana; a los cuales se agregan sus discursos en el congreso gomecista, que llegó a presidir, sus intervenciones en la Academia Nacional de la Historia y sus letras cotidianas de El Nuevo Diario, periódico oficioso que manejó como su propiedad. Si se agrega la huella dejada por la escuela positivista en Venezuela, que se inicia en la segunda mitad de siglo XIX para permanecer hasta el período llamado posgmecista, es evidente la obligación de estudiarlo sin prisas. Estamos ante un autor y frente a una orientación filosófica de explayada presencia, que ahora apenas se registrará para averiguar la idea que don Laureano tenía del pueblo destinado a depender de un César democrático

Discípulo de las ideas de Comte, busca en la raza el motivo del vínculo obligado que el pueblo establece con el personalismo. Mientras autores de la época, como José Gil Fortoul y Pedro Manuel Arcaya, encuentran la explicación del fenómeno en la mezcla étnica, Vallenilla hace hincapié en el peso de la sangre indígena. Asegura en Disgregación e integración

No es de ninguna manera aventurado afirmar que, absorbidas la raza blanca y la negra por la indígena, fuera esta la que prevaleciera en la psicología de nuestro pueblo, con sus instintos disgregativos y con su indomable valor, de que tantos ejemplos ha dado en nuestras luchas civiles.

Nadie sabe cómo pudo calcular el peso de una raza o de una cultura sobre las otras, un asunto digno de atención porque está hablando un positivista, es decir, un autor que pretende explicaciones «científicas» y «objetivas» de la sociedad, pero prefiere detenerse en la autoctonía para pescar en el mar de las relaciones del pueblo con sus líderes. Asegura que predomina una orientación hacia la vida dependiente de influjos tribales, es decir, negada a la organización propia de las colectividades «civilizadas», que se aferra a lo que le parece más familiar para evitar el imperio de las instituciones de cuño democrático y liberal. 

Pero también acude al criterio de autoridad de sus maestros, de esos prepotentes y célebres diagnosticadores de las naciones del siglo XIX que imponían un pontificado que para él era indiscutible. Leamos un fragmento de sus Críticas de sinceridad y exactitud.

Taine y Vandal observan que después del Terror, la Francia se hallaba dispuesta a exaltar a un dictador. Esa es exactamente la situación de Venezuela. Pero así como de la espantosa anarquía surgió Simón Bolívar, ha podido surgir Mariño, Piar… o cualquier otro que hubiera tenido poder para contener y disciplinar aquellos elementos dispersos y sofrenar la anarquía.

Era cuestión, agrega más abajo, de mirarse en el espejo de unos individuos «vigorosos, valientes y de atractiva personalidad», sin buscar otros elementos en una tarjeta de presentación que sería anacrónica. La interpretación soslaya las relaciones económicas y la dinámica de los conflictos políticos, para conceder prioridad a las influencias personales. De allí que no ahorre espacios para referirse al caso de Páez, muy trillado en Cesarismo Democrático. Por ejemplo:

El General José Antonio Páez, que apenas sabía leer en 1818 y hasta que los ingleses no llegaron a los llanos no conocía el uso del tenedor y del cuchillo, tan tosca y falta de cultura había sido su educación anterior, apenas comenzó a rozarse con lo oficiales de la Legión Británica imitó sus modales, costumbres y trajes, y en todo se conducía como ellos, … y ese rudo llanero, colocado a la cabeza del movimiento separatista de Venezuela, con los escasos elementos cultos que se habían salvado de la guerra y con los muy contados que volvían de la emigración, tuvo el talento, el patriotismo y la elevación de carácter suficiente, no para ¨someterse a la Constitución¨-como han dicho sus idólatras-, sino para proteger con su autoridad personal el establecimiento de un gobierno regular. 

El lancero de los llanos representó en un momento la barbarie y la disgregación, o fue parte de ellas, pero los factores de progreso con los cuales tuvo la fortuna de topar lo llevaron hacia una escala medianamente superior que permitió una administración alejada de los orígenes rudimentarios del promotor, de los lastres del sujeto ineducado que solo contaba con el soporte de la fe popular. 

Una capítulo transitorio, desde luego, una fase superable de la evolución colectiva que tanto importaba a la corriente positivista, porque el contacto con las luces extranjeras, con los elementos que la sociedad ubicada en un lapso inferior de su desarrollo no podía producir, llevaría poco a poco hacia etapas ordenadas y constructivas. Pero el advenimiento de tales etapas no solo dependía de un trabajo futuro con alicientes foráneos, sino de la obra llevada a cabo antes por los personalismos. El intelectual que busca a un César oriundo no puede descalificar a sus precursores, a los hombres de armas y de carisma que lo antecedieron en el control de la sociedad. 

El siguiente texto de Cesarismo democrático lo quiere explicar:

Si en todos los países y en todos los tiempos –aun en estos modernísimos en que tanto nos ufanamos de haber conquistado para la razón humana una vasta porción del terreno en que antes imperaban en absoluto los instintos- se ha comprobado que por encima de cuantos mecanismos institucionales se hallan hoy establecidos, existe siempre, como una necesidad fatal, el gendarme electivo o hereditario de ojo avizor, de mano dura, que por las vías de hecho inspira el temor y que por el temor mantiene la paz, es evidente que en casi todas estas naciones de Hispanoamérica, condenadas por causas complejas a una vida turbulenta, el caudillo ha constituido la única fuerza de conservación social, realizándose aun el fenómeno que los hombres de ciencia señalan en las primeras etapas de integración de las sociedades: los jefes no se eligen, sino se imponen

El caudillo libera a la colectividad de la anarquía, por lo tanto. Pero acude, por si no bastara con «la fatalidad» que se impone a los cuerpos sociales, a la muleta de otra celebridad de la cultura latinoamericana. De allí que agregue: «Como dice García Calderón, el caudillo es el director necesario en pueblos que evolucionan hacia la consolidación de su individualismo nacional». El caudillo no es una calamidad, ni una vergüenza, sino una imposición del medio que tiende puentes hacia formas posteriores de convivencia. ¿A qué se deben, entonces, los problemas que han padecido hasta principios del siglo XX Venezuela y la mayoría de las naciones de América Latina? Si leen lo que afirma después, sabrán que el origen de los males se encuentra en el divorcio de las instituciones con el medio que pretenden controlar, y en la injerencia de la religión y de las supersticiones en el juego político. Es el colofón de su dictamen. 

¿Hasta cuándo? He aquí la respuesta que ofrece en sus Críticas de sinceridad y exactitud

A medida que la cultura científica vaya generalizándose en nuestros países y fortaleciéndose por medio de la inmigración europea y el fomento de la riqueza, los órganos de la selección democrática, las bases fundamentales del Código Boliviano serán un día los del Derecho Constitucional de Hispanoamérica. 

Habrá una panacea procedente del extranjero, gracias a la cual reinará, después de una pugna con los instintos ancestrales, la iluminación del pensamiento del Libertador. Se llegará así a la «positividad racional». 

Las ideas de Vallenilla Lanz deben estudiarse con mayor pausa, como se dijo al principio. Seguramente el vistazo de ahora sea insuficiente, pero no exagera al buscar una afirmación del autor que funcione como sustento de sus teorías. La encuentra en el discurso que pronunció en el Congreso de la República, el 19 de abril de 1926, en el cual señaló ante la representación nacional la existencia de una realidad orientada hacia un derrotero único: «Un jefe que manda y una multitud que obedece». 


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