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Actualidad

Una historia del 23 de Enero

por Alonso Moleiro

22/01/2019
A la memoria de Moisés Moleiro (1937-2002)

I

Una tumultuosa manifestación pidiendo libertades públicas y democracia, encabezada por Jóvito Villalba, tuvo lugar en la Plaza Bolívar de Caracas el 14 de febrero de 1936. Juan Vicente Gómez acababa de morir y una enorme expectativa se abría en aquella sociedad adormecida, recién despertando de un largo medioevo de tiranías.

Presenciando a distancia a la muchachada exaltada, el viejo Moisés Moleiro Sánchez, entonces con 32 años, no estaba especialmente eufórico. Lo único que había descubierto entonces era que toda su juventud se había disuelto dentro de una dictadura.

Había llegado a Caracas en 1928 procedente de Zaraza, su pueblo natal, para cursar estudios musicales; llegó a amenizar sesiones de cine mudo e incidentales de radio en vivo. En los años 30 comenzó a trabajar en sus primeras composiciones. Más adelante se ganaría la vida como profesor de piano.

Casi 20 años después, como funcionario administrativo del Ministerio de Relaciones Interiores, masticaba entre los dientes un odio sordo en contra del perezjimenismo. Ese nuevo capítulo de la larga hegemonía andina que toda la vida, desde que tuviera memoria, había condicionado su felicidad y aplastado la voluntad de la ciudadanía. La Venezuela del pánico.

Algunas tardes, de regreso del trabajo, seguro de que nadie lo estaba viendo, mientras se quitaba el saco y los zapatos, al viejo Moleiro se le iban las lágrimas. Nada bien estaban las cosas por su casa. La Seguridad Nacional la había allanado dos veces buscando a su hijo mayor. Como no lo encontraron, terminaron llevándose a su hermano Federico. Dos espías parados en la puerta, custodiando la entrada, enviaban un mensaje explícito a todos los vecinos y quedaban como evidencia de la traumática experiencia. Frente a su mujer y a sus hijos.

“¿A quién se le ocurre ponerse a hacer política en este país?”, se decía. “Los gobiernos no se tumban tirando papelitos: en Venezuela los dictadores se mueren en su cama. Se lo dije a Moisesito millones de veces: lo único que iba a lograr con esa ociosidad era traerle una desgracia a su familia.” Ahí estaban las consecuencias; ese era el precio de andar metiéndose a redentor. Todos la estaban pagando.

II

“Moisesito” era Moisés Rafael, su ingobernable hijo mayor. A diferencia de sus hermanos, no tenía ninguna aptitud para la música. No tenía ni nueve años cuando su padre había resuelto no darle más clases. Se concentraría en su hija, Carmencita, en quién descubrió un diamante en bruto en materia de talento. Especie de “oveja sorda” en una familia en la cual siempre ha gobernado el culto por la apreciación musical, era un sujeto zarpado y atrabiliario, deliberadamente plebeyo y mal educado, que se devoraba libros enteros y se formó en la calle por cuenta propia.

Ya había caído preso: dos años antes, en 1955, comenzando su militancia en la juventud de Acción Democrática, asistió con algunos de sus amigos al entierro de Andrés Eloy Blanco. Hely Colombani, el orador designado, había terminado su estremecedora proclama: “En Venezuela el hijo ilustre se muere afuera, y el hijo vil le vive aún dentro”. Los restos del poeta ya estaban en la fosa, mientras la concurrencia era secuestrada por el silencio, y a él se le ocurrió gritar unas consignas en contra de la dictadura.

La era de “El General” estaba entonces en su apogeo: había progreso económico, mucho miedo y sobre Venezuela no se movía una hoja sin su permiso. No tenía muy claro Moisés Rafael el tamaño de la barbaridad que acababa de cometer en aquella ceremonia deprimida y asustadiza. No dio mucho más allá de veinte pasos para salir cuando lo interceptaron los omnipresentes espías de la Seguridad Nacional. Estaba preso, y con él sus amigos, por andar gritando cosas en contra de el gobierno.

Fueron recibidos en la sede de la Seguridad Nacional por una línea de espías que reventaron sus costillas a patadas, y luego colocados provisoriamente en formación. Miguel Silvio Sanz, el jefe de la Brigada Política de la Seguridad Nacional, mano derecha de Pedro Estrada, pasaría revista a los más comprometidos para ser interrogados o trasladados a otros calabozos.

Varias horas después, sin derecho a ir al baño ni a comer, Sanz preguntó en voz alta “¿quién es Moleiro acá?”. Unos minutos más tarde, pensando que lo iban a matar, estaba éste sentado frente al escritorio del policía. “Le debo un favor a un tío suyo y por eso, por esta vez, lo voy a dejar irse. Ustedes son unos muchachos. Eso sí: tenga mucho cuidado con volver a pasar por aquí. Lo vamos a estar vigilando”. No sabía Moleiro que, tiempo atrás, un familiar que simpatizaba con el perezjimenismo le consiguió trabajo a Sanz cuando llegaba a Caracas procedente de Maracaibo. Este inusual gesto de largueza incluyó a José Luis Ruggeri y Rafael José Rodríguez, los dos amigos de San Bernardino enrolados en aquella tremendura.

El viejo Moleiro fue a buscar a su hijo, acompañado de los padres de los otros muchachos, esperando que aquel susto constituyera un expediente lo suficiente concluyente como para que todo el mundo quedara aleccionado. La conversación posterior incluyó algunas restricciones: todos a estudiar; está prohibido meterse en política y mucho menos andar juntándose con el indeseable Américo. “Ese muchacho vive todo el día con cuatro espías detrás”, no paraba de repetirle.

III

“Américo” era Américo Martín, ya por entonces unos de sus amigos más cercanos. Las tardías disposiciones del viejo Moleiro no tuvieron ningún efecto en su hijo. Hace rato que Américo había reclutado a Moisés Rafael en el Liceo Aplicación para integrar una de las células de la resistencia en Caracas. Este a su vez entró a Acción Democrática de la mano de Rómulo Henríquez.

Ellos, junto a Héctor Pérez Marcano, Simón Sáez Mérida y otros jóvenes comprometidos de AD y el Partido Comunista, integraron una compacta y exigente logia, endurecida por el cemento de una fortísima amistad personal. Pasaron muchas horas juntos, en la legalidad y luego en la clandestinidad, llevando adelante encomiendas cada vez más arriesgadas, organizando círculos de lectura y devorando clásicos en busca de inspiración. Muy especialmente “Sacha Yegulev” de Leonid Andreyev. La proclama era santo y seña: “cuando el alma de un pueblo sufre, solo los puros de corazón van al sacrificio”.

Algunos profesores amigos que conocían sus andanzas se animaban a aconsejarles en voz baja que abandonaran aquel despropósito inconducente y se dedicaran a vivir la vida. En política era mejor no meterse. La vida era para viajar, hacer dinero, buscar la paz interior y la felicidad. Irse de Venezuela. Ver mundo, disfrutar de los pequeños placeres. Lo más importante de todo era la calidad de vida. La gente estaba asustada, pero también estaba contenta: a Caracas le estaba cambiando el rostro, había seguridad y trabajo. No debían engañarse: este era un pueblo de mierda y habría dictadura para rato.

Aunque no decían nada, estos consejos, bien intencionados después de todo, eran habitualmente recibidos con mucho malestar. Una crepitante lava de ira, apenas contenida por los modales, subía al rostro de aquellos muchachos, y se desactivaba conforme la tertulia concluía. En Venezuela estaban torturando personas, arrodillando a familias enteras, poniendo a desfilar a los empleados públicos de forma obligada. Pero el único consejo disponible era que lo mejor era irse de Venezuela a vivir la vida.

Aquel disparatado y disciplinado grupo de carboneros, harto de escuchar consejitos sobre la importancia de la felicidad, tomó en 1957 dos draconianas decisiones: aquel que pidiera asilo político, se fuera de Venezuela o delatara a algún compañero en caso de caer preso, quedaba expulsado de la juventud de Acción Democrática.

A causa de sus actividades y sus posturas excesivas, en consecuencia, con “los flacos de Derecho”, en la UCV nadie quería juntarse.

IV

Capturado finalmente cuando regresaba a su casa por aquellos espías que decía el viejo Moleiro que siempre tenía atrás, Américo Martín fue enviado a prisión no mucho antes de la decisiva huelga estudiantil de 1957.

La conflictividad social estaba aumentando; el régimen comenzaba a sentirse acorralado y la represión se endurecía. Todos los días caían nuevos activistas. La bienvenida a Américo se la dieron “Torrecito”, “Suelaespuma”, Braulio Barreto, el indio Borges, Colmenares, entre otros temidos esbirros presididos por Sanz. Eran los integrantes del posteriormente célebre “Gang de la muerte”. Si lograban alguna delación, la información era reportada al exquisito Pedro Estrada, “Don Pedro”, el jefe de la Seguridad Nacional y el hombre más poderoso de la Venezuela de los años 50.

“Cuando Moleiro caiga va a dejar las bolas en este mecate”, le decía un iracundo Sanz al nuevo prisionero Martín. Sanz buscaba su rostro entre las decenas de capturados nuevos, viendo con quien saciar su furia, presionado por sus superiores, que tenían demasiada prisa por desactivar los complots en camino, sediento de venganza ante la deslealtad. Despreciando sus advertencias y su magnanimidad, Moleiro estaba a la fecha terriblemente comprometido y para Sanz el atrevimiento se pagaría caro. Lo estaba esperando con impaciencia.

Raciones de corriente en los dientes y las costillas, cigarrillos apagados en la piel, golpes en los testículos, cachiporras con fondo de hierro, raciones de hielo seco: Américo Martín tuvo que pasar, incluso, dos días parado, esposado y descalzo en el filo del ring de un automóvil. Nada de eso le impidió cumplir la encomienda: resistió como un valiente las torturas para no delatar a su amigo.

V

Al viejo Moleiro no le gustaba llorar en público. A esas alturas, sin embargo, el abatimiento ya era imposible de disimular. Con casi tres meses sin saber de él, estaba seguro de que a su hijo lo habían matado y que muy pronto se enterarían.

En los últimos días, cuando las “conchas” escaseaban, perseguidos por una desesperada policía política, los dirigentes estudiantiles se colaban debajo de los carros en las residencias privadas para poder dormir algunas horas en la madrugada. Temerosos de que los capturaran con la propaganda de agitación que portaban, se comían los papeles sobrantes.

Con el pronunciamiento de la aviación y la marcha de Pedro Estrada, el tumultuoso enero de 1958 insinuaba que los días en el poder del omnipotente general parecían contados. La mañana del 23, confirmada la huida del dictador por La Carlota, en la casa de la avenida Ávila de San Bernardino había alegría, pero también una profunda ansiedad. Ya comenzaba la tarde y Moisés Rafael no aparecía.

Quedó interrumpida la angustia de manera súbita cuando se apareció entonces, recibido como un héroe por sus vecinos, ahogado de la emoción y la euforia, entonando desafinadamente el Himno Nacional, con una bandera en la mano, mal bañado y sin afeitarse, díscolo y gargantúa como siempre fue.

Les traía a todos, especialmente a su padre, una gran noticia: se acabó el miedo. Se acabaron los chácharos, las charreteras, los esbirros, los espías, la censura, la obligación de adular, los desfiles, la humillación. Les traía a todos la noticia de la libertad. Él, con sus hermanos y su madre, se abrazaron y lloraron para celebrar el fin de la tiranía. El 23 de enero llegó, y con él, por primera vez en la historia, de forma irreversible, una nueva relación del ciudadano con el poder político. Resultó que con papeles sí se tumban gobiernos.

Unos cuantos meses después, junto a sus compañeros, aquellos con los cuales nadie quería juntarse, eran recibidos con ovaciones a donde quiera que iban. Vivieron un 1958 enloquecidamente feliz. Ninguno de ellos pasaba de los 23 años. La de ellos es la historia de la Generación del 58. La única que pudo participar en la caída una dictadura sin terminar en grilletes o en el exilio.

El viejo Moleiro era un llanero nacido en 1904, acostumbrado a escuchar y relatar con fascinación historias de alzamientos y generales, machetes y duelos personales. Aunque era obvio que jamás en su vida había siquiera empuñado un machete, se ofendía majestuosamente si se le insinuaba que provenía de una pacífica familia de intelectuales; “patiquines” que no sabían nada de guerras ni de revoluciones.

Pasó el resto de su vida muy orgulloso de su hijo, un insurrecto con un nulo talento para la música que le había dado una inconcebible lección de civismo y arrojo, y que, luego de haberlo obligado a votar por Rómulo Betancourt en 1959, se estaría reuniendo a conspirar en los años sesenta para discutir la necesidad de superar el orden democrático-burgués, entre otros términos extraños que él no comprendía bien.


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