Crónica

Un lobo en Buenos Aires #MeToo

por María Laura Chang

06/02/2018

Temor, asco, incomodidad, hastío, incertidumbre #YoTambién

Soy nueva en la ciudad de Buenos Aires y para llegar a cualquier dirección uso Google Maps u otras aplicaciones de geo-localización. Casi siempre, a pesar de ellas, me pierdo. Era miércoles, 10 de la mañana. Hacía unos frescos 22 grados de temperatura –que para un verano tan caluroso es mágico– y aunque ya me habían indicado hacia dónde ir, insistí en ver la ruta en el teléfono. Se cerró la puerta y caminé “hacia allá” unos veinte pasos. Un hombre alto y negro, vestido como estrella de rap pobre, un lobo, se acercó a mí como si me conociera, me besó en la mejilla como si fuera mi amigo y en su español mal hablado dijo que quería platicar un rato conmigo.

Mi acto-reflejo –vengo de Caracas y el hampa me ha robado varias pertenencias– fue guardar el celular en la cartera y seguirle la corriente. Lo hice porque es lo que hubiese hecho en mi ciudad natal. Allá, si alguien se te acerca de esa forma, es demasiado probable que en realidad quiera robarte. Pero la idea de Pedro, Luis o Pablo –dijo su nombre pero no estoy segura de cuál de estos tres es– era pasar el rato conmigo. Eso, aunque mis planes eran otros. Eso, aunque era obvio que yo no quería.

Los primeros pasos los caminé extrañada. Estaba preparada para que actuara, que sacara una navaja, que dijera algo horrible, que me hiciera daño –físico–, que pasara algo… y sí, pasaba.  Me hablaba. Insistentemente me decía que quería tomar un café, desayunar, hablar, estar conmigo, conocerme. Yo solo le decía que no. Le insistía que no me interesaba, que estaba cansada, que tenía trabajo. Se lo decía, claro, con una careta puesta, escondiendo mi miedo y buscando con la vista algún policía u otro transeúnte que pudiera leer en mi mirada que algo no andaba bien.

Pero nada. No había, en ese momento y en ese lugar, nadie a quién recurrir. Él seguía a mi lado diciéndome cosas, me daba órdenes: “cruza hacia allá”, “vamos a ese local”, “vamos a tomar un café”, “dame tu teléfono”. No preguntaba si me gustaría, si me interesaría, eran más bien mandatos a los que yo simplemente respondía: no. No voy a caminar hacia allá, no voy a hablar contigo, no voy a darte mi número, no quiero conocerte, no me interesa decirte nada de mí. No, no y no.

Pero los “no” que yo expresaba, parecían decir otra cosa. Mis “no” parecían generar en él nuevas razones para entrar en un juego que no pretendía perder. El rechazo, pienso, había trastocado su ego y quizá estaba tan sentido que por eso recurrió a lo celestial para intentar ganar el duelo: “Dios me puso en tu camino. Por eso tenemos que conocernos”.

Pero no creo en Dios.

Según dijo, era brasilero, pero yo lo dudo. Tenía un acento irreconocible. Cuando, entre palabra y palabra, mencionó que su trabajo empezaba al mediodía me dio un escalofrío ¿Será que va a acosarme durante todo este tiempo? El miedo comenzó a invadir más a fondo mis pensamientos, me desesperé un poco –siempre disimulando–. A este punto ya no sabía si estaba caminando en la dirección correcta, no me atrevía a sacar el celular, no me atrevía a hacer nada raro. Disimulaba y repetía negativas.

En algún momento, tomó mi mano y la besó. Lo hizo de forma coqueta, como esperando que yo reaccionara. Pero no reaccioné. La confusión era muy grande y el miedo también. Era un tipo alto y detrás de esa ropa de mal gusto seguro escondía un cuerpo musculoso y fuerte. ¿Hasta cuándo va a perseguirme? ¿Se dará cuenta de que no sé dónde estoy? ¿Qué hará ahora? Eran las preguntas que se repetían en mi mente. Varias veces pensé que el próximo paso era acercarse más. Lo intentó –abrazarme, poner su brazo en mis hombros– pero con el rostro serio continué con el “no” y no sé por qué, eso sí lo obedeció. Ha sido suerte, lo sé.

Decía que me veía como su madre, que no pensara que él quería “eso”, pero cada vez que lo repetía, me ponía más alerta. Perdona que dude de un hombre que me besó dos veces en menos de cinco minutos sin mi consentimiento.

En Buenos Aires ya me habían silbado en la calle, ya me habían dicho “sos relinda” y me habían visto con ojos de deseo hombres desconocidos. Igual en otras ciudades pero, honestamente, esos actos no me perturban demasiado. No me alegran la vida, pero tampoco los veo como experiencias traumáticas. Hay algunos, incluso, dichos con tanto respeto que hasta me roban sonrisas. La cuestión es que yo, hasta ese día, no veía que un piropo/cumplido de ese estilo podía traducirse en un primer paso hacia una agresión mayor. Pero la mayoría de esas babosadas, innecesarias casi siempre, podían resultar el alimento de un monstruo; el nacimiento de un lobo.

He tenido todas las oportunidades para desarrollarme personal, intelectual, profesional y académicamente en un ambiente, si se quiere, libre. Amo mi trabajo y me siento muy satisfecha con mis logros. Jamás he visto que mi género haya sido un problema para lograr mis metas. Ha sido suerte, lo sé.

Esta crianza y fortuna logró que, para mí, esas sensaciones de opresión que se exponían en pantalla o papel por parte de víctimas mujeres fueran muy lejanas. Veía tan ajeno el machismo que mata, aún cuando en Venezuela también hay femicidios. Veía lejana la posibilidad de una violación, aunque las películas y la sociedad nos enseñan a vivir con miedo a que eso pase. A mí, pensaba, eso no iba a pasarme. Ni me iban a acosar, mucho menos a violar. Yo, pensaba, me sabía cuidar.

Pero esta percepción no es una excusa válida para desligarme del feminismo y ahora lo sé. Por eso escribo esto, porque cuando apareció el primer tuit del #MeToo yo no me preocupé en alzar mi voz en apoyo al movimiento con la intensidad que lo requiere; porque no me digo feminista; porque he criticado a muchas feministas. Ahora entiendo que, como en todos los casos, puede haber muchas malas mujeres feministas sin que eso reste valía a un movimiento tan necesario.

Confieso que desde los primeros momentos del #MeToo/#TimesUp leí muy interesada los relatos que aparecían, las declaraciones de los famosos y no tan famosos. Aunque algunos me conmovieron hasta sacarme lágrimas otros los consideré demasiado forzados o exagerados y es algo de lo que, ahora, me avergüenzo. Si lo hubiese hecho en público, pediría perdón a sus autoras, pero como este debate fue interno creo que no es necesario tanto sentimentalismo.

Cuando critiqué negativamente los relatos de algunas mujeres pensaba que sus quejas no eran válidas porque yo hubiese actuado de otra manera. Pensaba que, en líneas generales, querían ser parte del movimiento aún cuando sus traumas no fueran tan grandes, cuando pudieron haberse evitado el mal rato. Hacía, sin darme cuenta, lo que tanto repudio: culpaba a las víctimas. Estaba muy equivocada, primero, porque no soy quién para calificar o valorar una percepción de algo, una sensación de alguien y, segundo, porque es imposible predecir cómo actuar en una situación semejante.

Si lo que me pasó lo hubiese leído hace una semana firmado por cualquier otra persona seguramente hubiese dicho: “Ella debió regresar al sitio en el que estaba, debió entrar a una tienda y decirle a alguien lo que pasaba, debió hacer algo y no lo hizo…” Pero lo cierto es que estos hombres te envuelven de tal forma que tus funciones se limitan y tu capacidad para afrontarlos se vulnera. No se si es algo general, pero así lo percibí. En un momento así, cuando un acosador, un lobo, un hombre empoderado –que se cree y se siente más fuerte física y emocionalmente que tú– se te acerca, es probable que no sepas cómo reaccionar, sobre todo si es la primera vez que pasa algo así. En muchos de los casos son familiares, jefes o conocidos, lo que lo hace aún más repudiable y asqueroso.

Cuando algo así pasa –ahora lo entiendo– uno puede, tranquilamente, quedarse en blanco. Hay que evitarlo. Sé, luego de vivirlo, que el shock puede jugar en nuestra contra. Sé que este estado de sorpresa, puede incluso llevarnos a la boca del lobo y ayudarlo a que cometa la atrocidad que quiere.

Luego de caminar largas –larguísimas cuadras– Pablo, Pedro o Luis se retiró. Me dijo que herí su corazón, que se sentía mal, pero que estaba seguro de que Dios nos cruzaría nuevamente. Me alivió imaginarlo andar hacia la otra dirección. Entré en un local de verduras y pregunté dónde estaba la estación de subte más cercana. No lo hice porque lo necesitara, sino porque quería hablar con alguien. El cartelón amarillo del subte estaba ahí, frente a mí. Entonces, saqué el celular, con la respiración entrecortada y me asomé a ver si él ya se había ido. Aún con miedo, salí camino a casa. Ya él no estaba.

Quizá este relato sea uno más dentro de un océano sentido de historias monstruosas. Quizá mi experiencia sea nula en comparación a otras, pero considero que un movimiento como el que se está dando debe alimentarse desde cada rincón posible. Creo que el poder hacer un cambio está en la unión y masificación de un mensaje como este. ¡BASTA!

Exijo que se respete la integridad de una persona, por ser persona y que se acabe la brecha que separa a hombres y mujeres en temas salariales, profesionales y de oportunidades. Exijo que los hombres dejen de vulnerar mujeres por ser mujeres. Exijo que me respeten, todos. A mí y a todas. Mi voz puede no ser tan alta, pero es una más y suma.

No es utópico lograrlo. Ya veremos llegar el cambio…

Una de las cosas que más me movió a escribir este texto es que todavía hay personas que conozco y aprecio que no entienden lo que pasa. Todavía hay mujeres y hombres en mi muro de Facebook que reprochan este movimiento, que no le ven el sentido, que son machistas sin saberlo, o que aunque lo saben lo ven bien “natural”. Me da tristeza y quiero llegarles con este relato, ¿y si fuera su hija la protagonista? ¿No es válido luchar por un mundo con menos lobos y más hombres para nuestros hijos?

***

Este texto fue publicado originalmente en el blog Marilachang.


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