Telón de fondo

Tres grandes periódicos

por Elías Pino Iturrieta

08/01/2019

Hemos tenido periódicos influyentes desde principios del siglo XIX, hasta el punto de que se vuelva difícil una selección de los más importantes. Ahora se intentará una muestra sujeta a los reproches porque puede olvidar testimonios que el lector entienda como necesarios, pero se tratará de no caer en el capricho. En la larga lista de la prensa escrita abundan muestras de gran calidad por la densidad de sus colaboradores, por el desarrollo de una orientación capaz de crear corrientes de opinión pública y por los primores de su presentación, pero ahora solo se echará un vistazo de aquellas sobre las cuales resulta difícil una equivocación, o un juicio tendencioso. Trataremos de ver cúspides inobjetables, sin que la subjetividad tome el control.

La lista comienza con la Gaceta de Caracas, el primer periódico que circula entre nosotros. Llega tarde, en 1808, para abrir un camino jamás transitado. Lo promueve el Gobernador y Capitán General, pero no es un portavoz exclusivo de los intereses de la monarquía. Los blancos criollos comienzan a llenar sus folios, es decir, a intentar una interpretación de la realidad desde una perspectiva que jamás se había expresado en el contorno. Bajo la orientación del joven Andrés Bello, quien actúa como puente entre las necesidades del empleador y los anhelos de escritura de un conjunto de muchachos sin experiencia, se expresan un pensamiento y un estilo literario que nadie había tenido ocasión de contemplar y juzgar. La posibilidad de topar con una expresión cultural relativamente orgánica a la cual distingue una peculiaridad difícil de ignorar, se da por la aparición de estos primeros textos que salen de una pionera imprenta. También se debe a la Gaceta la difusión  de informaciones sobre las convulsiones europeas del momento, especialmente sobre los aprietos de España invadida por Napoleón y protagonista de una resistencia aleccionadora. Las nuevas que circulan entonces hablan de la endeblez del imperio hispánico, del movimiento de las tropas británicas y del pensamiento trasmitido por los ejércitos  de Bonaparte y por la fuerza que los mueve, la Revolución Francesa,   acicates para pensar sobre lo que antes se ignoraba y para buscar salidas desde la instancia venezolana. Solo tal hecho le concede trascendencia a nuestro primer portavoz. Si se agrega que, a partir de abril de 1810, se convierte en órgano de los criollos que deponen al Capitán General para iniciar un proyecto distinto de gobierno, una república autónoma, la trascendencia del periódico salta a la vista. No solo incluye los documentos oficiales del estado naciente,  sino también contados textos doctrinarios suscritos por los próceres y llamados a las luchas que se avecinan. Las arengas para levantarse contra los realistas son las primeras expresiones de propaganda política a través de las cuales se busca la promoción de un tipo determinado de conductas masivas en Venezuela, faena que toma ruta contraria en los plomos de la Gaceta cuando la suerte de la guerra obliga.

En orden cronológico continúa otro vocero de especial trascendencia, también de la época de la Independencia, el Correo del Orinoco. Fundado por Bolívar en Angostura, a la altura de 1818, tiene como cometido la difusión de las ideas republicanas más allá de las fronteras provinciales, y de servir de fundamento a los trabajos orientados a la creación de Colombia. De allí la reunión de un importante conjunto de letrados, coordinados al principio por el fundador, que se afanan en la presentación de textos doctrinarios sobre la trascendencia del republicanismo, y a divulgar las ventajas de modificar  el mapa del imperio a través de una jurisdicción que superara las viejas y arbitrarias divisiones administrativas. Ahora tienen ocasión de brillar con luz propia los intelectuales del patio, en especial Juan Germán Roscio, Manuel Palacio Fajardo, José Luis Ramos y José Rafael Revenga, quienes no solo escriben fragmentos inspirados por la modernidad sino también por la tradición del siglo de oro y por fragmentos de la escolástica, capaces de complacer a los lectores de procedencia diversa que el proyecto requería. Gracias a sus producciones se fomenta el culto a los héroes de la gesta, necesario para inspirar a las masas acostumbradas al panteón de la monarquía; y la leyenda negra de España, que machaca la idea de un pasado desastroso dirigido por conquistadores inhumanos capaz de influir en la posteridad. También el periódico  incorpora plumas neogranadinas, para que funcione una especie de equipo procedente de dos conglomerados que jamás se habían juntado en el pasado. La constante información sobre las guerras que suceden entonces  en el resto de Hispanoamérica, así como las noticias sobre sus próceres y sobre documentos emanados de los congresos criollos, hacen del Correo del Orinoco un vocero de pretensiones continentales como ninguno de la época en el continente.

Ya en el período nacional sale de la imprenta otra hoja de indiscutible  trascendencia, El Venezolano. Comienza a circular en agosto de 1840, como portavoz del Partido Liberal que se acaba de fundar para oponerse a la política en cuya cabeza aparece José Antonio Páez. Es un papel banderizo, por lo tanto, pero acapara la atención de la sociedad hasta el extremo  de convertirse en  lectura preferida de las multitudes. Sus redactores son Antonio Leocadio Guzmán, Tomás Lander y Felipe Larrazábal, entre otros pocos, quienes cambian las formas modosas y pretensiosas de escribir por fórmulas accesibles para los destinatarios menos ilustrados. Así mismo, ofrecen una sencilla pedagogía sobre asuntos como los principios del republicanismo de cuño liberal, sobre las pretensiones del militarismo o de la iglesia tradicional  y en torno a la necesidad de los partidos políticos, para fundar una especie de aula asentada en todos los rincones del mapa y colmada de discípulos entusiastas. La propaganda política, en cuyo núcleo destacan los ataques directos a la persona de Páez y a los individuos de su círculo, pero también referencias a personas modestas de la vida real que sufren el azote de la administración de los “godos”, logra el propósito de crear una agrupación que pretende el poder con el apoyo de millares de votantes, buena parte procedentes del ámbito de los pardos y de los campesinos que no han tenido acceso a los negocios públicos. Los analfabetas se juntan en las esquinas para escuchar la lectura de El Venezolano, mientras en las provincias se animan a publicar periódicos de pequeño formato y pasquines elementales y agresivos que pretenden imitar el estilo de don Antonio Leocadio, don Tomás y don Felipe. La sociedad del siglo XIX deja de ser lo que fue después de la aparición del popular impreso, la política se anima hasta situaciones jamás experimentadas y un nuevo tipo de dirigentes se prepara para tomar el poder, gracias a una flamante manera de mover ideas, prestigios y desprestigios  llamada a perdurar.

Estamos ante los ejes de la opinión pública en la historia de Venezuela. La Gaceta de Caracas y el Correo del Orinoco la fundan y El Venezolano la vuelve asunto próximo e ineludible, para que no se pueda vivir en adelante sin su guía, o sin la de otros órganos de la misma especie. Los primeros testimonian las excelencias, las pretensiones  y las limitaciones del proyecto fundacional y el otro remite a las peculiaridades que distinguen a sus portavoces en los inicios del período nacional, cuando perdemos la unanimidad para habituarnos a la polémica vivificante y a otras pugnas capaces de meternos en no pocos agujeros. Hay otros periódicos de gran valor político y cultural, en especial después de 1840, pero todos hijos y alumnos del trío sobre el cual se ha echado un vistazo.


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