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Perspectivas

Sobre populismos, socialismos y democracias liberales

por Roberto Casanova

13/12/2018

Fotograma de El pueblo soy yo: Venezuela en populismo

El documental El pueblo soy yo: Venezuela en populismo, dirigido por Carlos Oteyza y producido por Enrique Krauze, sintetiza vívidamente la pesadilla que muchos venezolanos hemos sufrido durante casi dos décadas. Presenciar, durante una hora y media, una cuidada selección de escenas de esta terrible historia, que aún no termina, resulta devastador. Nos hace rememorar años de luchas y fracasos, de esperanzas y decepciones, de destrucción y muerte. Pero, por duro que sea, este excelente documental viene a cumplir tres tareas esenciales: nos permite recordar, de manera sistemática, la experiencia vivida; nos sirve para dar a conocer una historia que, para muchos, resulta aún inconcebible y, finalmente, nos ayuda a reflexionar y a aprender políticamente. Con respecto a esto último quisiera compartir varias ideas.

1. El chavismo era una posibilidad que ya existía antes de Chávez

El surgimiento del populismo era una posibilidad que germinó y creció lentamente en Venezuela. Se derivaba, fundamentalmente, de cuatro circunstancias.

Primero, del hecho de que una parte cada vez mayor de la población estaba siendo excluida del proceso de ascenso social que había sido realidad, para muchos, durante varias décadas del siglo pasado. Segundo, de la existencia de una creencia colectiva, profundamente arraigada: la de ser un rico país petrolero; con base en ella la exclusión y la desigualdad eran explicadas como resultados de un sistema de privilegios cuyos beneficiarios eran ricos empresarios y políticos corruptos. Tercero, de la incapacidad de renovación de los partidos y de la élite política. Cuarto, de la debilidad institucional que, en conexión con nuestras viejas prácticas caudillistas, concentraba un excesivo poder discrecional en el presidente.

En ese contexto ocurrió que muchos venezolanos asociaron el anhelado cambio a la aparición de un nuevo líder, quien habría de redimir a los excluidos y castigar a los privilegiados, distribuyendo de manera justa la riqueza nacional. Chávez, con su personal mitología bolivariana y su imagen de hombre fuerte y responsable, fue el elegido. Una parte significativa de los venezolanos colocó en sus manos todo el poder del Estado y, con él, el destino de la nación.

2. Un «momento» populista no es igual a un «régimen» populista

La noción de populismo cambió desde hace algún tiempo. Para ciertas corrientes intelectuales, el populismo es concebido hoy como el proceso del cual emergería el «pueblo» como sujeto político, catalizado por un liderazgo carismático. Ese proceso supondría siempre establecer una dicotomía entre el «pueblo» y «los otros», el no-pueblo. La aplicación de tales categorías variaría en función del líder, de su ideología y, en general, de las circunstancias de cada sociedad.

El populismo «de izquierda» distinguiría entre un «pueblo» integrado por los inconformes, por diferentes razones, con un estado de cosas, por una parte, y la «oligarquía» capitalista nacional y transnacional, por la otra. De modo semejante, el populismo «de derecha» dividiría a la sociedad entre el «pueblo» formado por los auténticos nacionalistas y los otros: inmigrantes, extranjerizantes, globalizadores. La tarea fundamental del liderazgo carismático consistiría en cautivar y aglutinar a sectores diversos, creando una «cadena de equivalencias» entre sus diferentes demandas y proporcionándoles una identidad común «transversal». El «pueblo» sería pues un «significante vacío», un vocablo que adoptaría diversos contenidos, y el populismo, básicamente, una estrategia discursiva (Mouffe, 2018).

Pero, como sabemos, el populismo es algo más. Es también una forma de gobernar caracterizada por algunos de estos rasgos:  personalismo desinstitucionalizador, exclusión social, voluntarismo económico, conflicto político, movilización social.

En tal sentido cabría distinguir, entonces, entre un «momento populista» y un «régimen populista». El «momento populista» consistiría, básicamente, en el choque entre sectores conservadores de un sistema de privilegios y una mayoría, plural y descontenta, que demanda reconocimiento y oportunidades para progresar. Pero otra cosa sería que, luego de la sustitución de los grupos en el poder, el populismo se perpetuase como la forma de gobernar de una nueva élite. En ese caso, el «momento populista» habría dado paso a un «régimen populista».

¿Cuál es la relación esperable entre un «momento populista» y un «régimen populista»? ¿Conduce el primero, necesariamente, al segundo? Eso sería lo sucedido en Venezuela con Chávez y en otros diversos países. Pero ¿es realmente inconcebible que un «momento populista» conlleve a la implantación de un régimen no populista? ¿No vivió acaso el liberalismo un «momento populista», durante sus luchas antimonárquicas, hacia fines del siglo XVIII? ¿No está en la génesis histórica de nuestras democracias liberales el aparecimiento de «momentos populistas»?

La noción de populismo es, sin duda, problemática. No existe acuerdo con respecto a su significado, alcance y utilidad, por lo que debería ser objeto de un debate amplio y sereno. Algo ciertamente difícil si se considera la enorme carga negativa de la que el vocablo es portador.

3. Es insuficiente definir al chavismo como populismo

La caracterización del régimen chavista ha sido largamente discutida. Se le ha definido como: populismo, autoritarismo competitivo, dictadura militar, tiranía personalista, narcodictadura, neocomunismo o fascismo, entre otras denominaciones. Podría pensarse que este ha sido y es un ejercicio intelectual inútil. No lo es. Una inadecuada interpretación de quién es el adversario en política puede resultar algo peligroso. De hecho, una de las dificultades de los sectores democráticos venezolanos y de la comunidad internacional para enfrentar al régimen chavista ha sido la ausencia de una interpretación común y válida sobre la naturaleza de dicho régimen.

En este debate es importante hacer un análisis comprensivo de dicho régimen, entendiéndolo en los términos en los que sus propios líderes lo han concebido. Esto supone tomarse en serio al socialismo del siglo XXI que ellos anunciaron, allá por el año 2005, como su proyecto de transformación radical de la sociedad.

Dicho análisis permite sostener que ese proyecto nunca representó a una izquierda democrática y moderna, y que era, por el contrario, expresión de una izquierda autoritaria y anacrónica, que usaba arteramente a la democracia para implantar su modelo de dominio. Era una nueva forma de comunismo. Es neocomunismo (Casanova, 2011).

En efecto, ¿cómo llamar a un régimen que asume la lucha de clases como base de la política, que incentiva el odio social, que sostiene que sólo el trabajo crea valor y es la única fuente legítima de propiedad, que expropia arbitrariamente activos y empresas privadas, que crea empresas estatales y socialistas, que reniega del mercado y de la función empresarial, que aspira a controlar y planificar centralmente el proceso económico, que crea un sistema de racionamiento y de sometimiento social, que pretende acabar con la separación de poderes e instaurar un Estado unitario y comunal, que rechaza el pluralismo y la alternancia en el poder, que propende a un sistema de partido único, que crea milicias y arma a colectivos sociales, que ideologiza a la Fuerza Armada y la subordina a su proyecto político, que organiza comunas y consejos locales para el control social, que busca la hegemonía cultural, que aspira a crear al «hombre nuevo», que amenaza, reprime y encarcela a quienes se le opongan, que dice enfrentarse al imperialismo y al capitalismo mundial? Más aún, ¿cómo denominar a un régimen tutelado y apoyado directamente por la dictadura comunista cubana?

Otro asunto es que, como en toda experiencia socialista real, dentro y alrededor del Estado, haya surgido una poderosa y corrupta clase social integrada por civiles y militares. La nomenklatura la llamaron los soviéticos. Los «enchufados», decimos los venezolanos, para referirnos a las auténticas bandas delincuenciales que hoy gobiernan en el país.

Cabe preguntarse entonces: ¿fue Chávez un líder populista que entendió que los Castro le ofrecían la «franquicia» de un sistema de dominio que le permitiría mantenerse indefinidamente en el poder? ¿O estamos ante un proyecto neocomunista que, en una primera fase fue populista, dada la figura de Chávez y la abundancia de recursos con los que contó, y que luego, en una segunda fase, sin carisma ni dinero, se ha hecho represivo? ¿Hablamos, en al caso de Chávez, de populismo de izquierda o de socialismo populista? ¿Y qué pasa en el caso de Maduro? ¿No es evidente que el proyecto neocomunista continúa con él, aunque sostenido sólo por la fuerza y el miedo?

Es esencial, sostengo, no subestimar al socialismo del siglo XXI si se quiere entender lo que ha sucedido y sucede en Venezuela.

4. ¿Requiere la democracia liberal un «momento» populista (o popular) para ser renovada?

La democracia liberal se halla en peligro. La desigualdad, el desempleo, la captura del Estado por grupos de intereses, la discriminación, la exclusión social, entre otros asuntos, mantienen agraviados a amplios y diversos sectores, en diferentes países. Varios actores políticos, siguiendo la lógica populista, intentan hoy dar forma, desde la izquierda o desde la derecha, al «pueblo» como sujeto político. El centro es descalificado desde ambos extremos pues se le considera el lugar donde nada ocurre, a excepción de la conservación del presente estado de cosas.

¿Pero es esto efectivamente así? ¿No representa ese centro el acuerdo social fundamental de la democracia liberal? ¿No es acaso importante preservarlo, deslastrándolo de vicios acumulados? ¿No consiste el reto actual de la democracia liberal en desmontar sistemas de privilegios y hacer real el valor de la igualdad?

Por otra parte, ¿no tiene algo que enseñarnos el populismo? Un liderazgo renovado que, en Venezuela, por ejemplo, lograse establecer una «cadena de equivalencias» entre las incontables protestas sociales, definiendo a la oligarquía socialista y a los «enchufados» como los principales responsables de la tragedia que sufre el país, ¿no estaría acaso generando una identidad popular? ¿No estaría creando un «momento populista» para rescatar, precisamente, a la democracia y a la libertad?

En definitiva, ¿no es necesario impulsar, en muchas de nuestras sociedades, un «momento populista» (o, popular, para evitar equívocos), pero de centro, para hacer renacer a la democracia liberal?

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Referencias bibliográficas

Casanova, Roberto (2011). Bifurcación: Neocomunismo o Libertad. Caracas, Venezuela: La Hoja del Norte. Disponible en:

http://historico.prodavinci.com/blogs/bifurcacion-neocomunismo-o-libertad-un-libro-de-roberto-casanova/

Mouffe, Chantal (2018). For a Left Populism. London, UK: Verso.


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