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Sesenta años de ‘Araya’

por José Pisano

06/07/2019

Fotografía de Casa de América | Flickr

El pasado 14 de mayo se cumplieron sesenta años del triunfo de Araya en el Festival de cine de Cannes, evento donde el filme obtuvo el Premio de la Comisión Superior Técnica del cine francés y, simultáneamente, el Premio de la Crítica Internacional (FIPRESCI), compartiendo con Hiroshima mon amour, de Alain Resnais, el reconocimiento que las acreditaba como las mejores películas de esa edición.

Ubicada en el estado Sucre, Araya es la capital del municipio Cruz Salmerón Acosta (nombre que rinde homenaje al poeta nacido y fallecido en Manicuare, un pueblo de la zona). Con un pasado histórico importante debido a sus salinas, desde su descubrimiento en 1500 Araya fue escenario de múltiples enfrentamientos entre tropas españolas y holandesas, lo cual obligó a la construcción de su célebre castillo como recurso físico contra aquellos ataques. Finalizado en 1630, el fortín fue destruido, sin embargo, en 1762, quedando sus ruinas como testigos mudos de un pasado tormentoso ahora integrados al paisaje donde piratas y soldados alguna vez se pelearon por la sal.

Hacia fines de 1958, con la idea de realizar un tríptico sobre diversas regiones del país –llanos, montañas y playas–, Margot Benacerraf se cruza con la portada de una revista que presenta la imagen de unas exóticas pirámides de sal, las cuales la intrigan al punto de hacerla interesarse en ellas, descubriendo así ésta olvidada región del oriente venezolano.

Atrás quedaban Reverón –su primer trabajo cinematográfico– y los casi tres meses transcurridos junto a Pablo Picasso y su familia en el sur de Francia, durante el verano de 1953, mientras registraba en celuloide la cotidianidad del pintor malagueño. Un material cuyo paradero se desconoce.

Tras un intento fallido por adaptar al cine Casas muertas, la novela de Miguel Otero Silva, Benacerraf se lanza a la aventura de explorar con su lente un exótico paraje abandonado por la modernidad, en una Venezuela que comenzaba a adentrarse en la democracia tras la caída de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez ocurrida en enero de 1958.

Acompañada únicamente por el camarógrafo Giuseppe Nisoli, la cineasta se enfrenta a la primitiva belleza de un paraíso perdido donde la sal seguía produciéndose de forma artesanal bajo el inclemente sol de la zona y con la misma rutina que día tras día ocupaba a sus habitantes en un ejercicio de supervivencia acaso milenario.

Eran los últimos meses de una práctica que pronto daría entrada a la maquinaria que cambiaría el proceso de elaboración manual hasta convertirse en una estructura de explotación industrializada.

El resuelto registro entre la creatividad de la realizadora, la pericia de su camarógrafo y la complicidad de la comunidad dio lugar a una obra cinematográfica registrada de forma casi documental, a partir de la contundencia de las imágenes y de la ficción añadida por la propia Benacerraf, mezclando con gran sensibilidad el sonido ambiente con la narración hasta producir lo que ella misma define como «un poema audiovisual».

Su carácter experimental, novedoso, en una época en la que comenzaba a gestarse la nouvelle vague o «nueva ola» del cine francés, queda de manifiesto en la libertad de expresión creativa que incluía los aspectos técnicos de la producción cinematográfica. Esa edición de Cannes del año 1959 marcó el triunfo con la Palma de Oro de la película Orfeo negro, de Marcel Camus, antes de lograr al año siguiente el premio Óscar como mejor producción extranjera.

Fue además el año cuando participaron Nazarín, de Luis Buñuel, y Los 400 golpes, de Francois Truffaut (premiada a la mejor dirección), título que junto con la antes mencionada Hiroshima mon amour sentenció de forma oficial el nacimiento de esa manera de hacer cine que con el nombre de “nueva ola” revolucionaría al séptimo arte.

Araya devendría, asimismo, una de las fuentes, junto a la del neorrealismo italiano y la nueva ola francesa, de las que bebió el cinema novo brasileño, con Glauber Rocha a la cabeza, cambiando la forma de hacer cine en aquel país influenciado hasta esa fecha por el cine norteamericano. Rocha había participado como periodista en la edición de Cannes de 1959.

Referencia fundamental en la cinematografía latinoamericana y universal, no sería sino hasta 1977 cuando Araya pudo ser vista en las salas de cine venezolanas, acompañada por una nueva narración en castellano con la inigualable voz de José Ignacio Cabrujas que cautivaría al público (en la pieza original estrenada en francés, la voz en off es la del actor Laurent Terzieff).

Para Margot Benacerraf la reposición de la película en Venezuela hacia finales de los setenta resultó mucho más arriesgada que su estreno: “Fue como lanzarse a una piscina sin agua», diría la cineasta. Habían pasado dieciocho años desde Cannes antes de ser exhibida con gran expectativa y éxito en su propio país.

Restaurada por la empresa norteamericana Milestone Film and Video en 2009, con motivo de los cincuenta años de su primera proyección, el filme fue exhibido en funciones especiales a lo largo del territorio norteamericano durante aquel año, acompañado de una edición en video que dio un nuevo impulso a la película.

Este 2019, el 15 de mayo, se celebró un encuentro en Trasnocho Cultural para recordar el debido aniversario. Ese día, las emocionadas palabras de su realizadora sobre su experiencia en Cannes se han fijado en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de escucharla, un verdadero gesto de humildad y talento que sigue alentándonos. Allí dijo Benacerraf: “Araya se proyectó el último día de la competencia. Para mi sorpresa, la crítica especializada no se detuvo en halagos y en pedir fuese considerada para obtener algún reconocimiento por parte del jurado del Festival. Si bien esto no se dio, la satisfacción de obtener el premio de la Crítica fue sin duda el mejor logro posible”.

Araya fue proyectada aquella tarde en formato digital DCP (primera vez que se hacía en el país), permitiendo apreciar en todo su esplendor la contundencia de una obra que aún sesenta años después permite aproximarnos a un pasado preservado en sus fotogramas y en donde las imágenes registradas por aquella insólita cámara siguen fascinando a la audiencia con el encanto de una experiencia única y atemporal.


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