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Memorabilia

Reseña histórica de la literatura venezolana

por Julio Calcaño

29/11/2019

Este texto, escrito por solicitud de los organizadores de un libro sobre literatura hispanoamericana, causó polémica en su momento debido a los severos juicios del eminente crítico, poeta, narrador, filólogo y secretario perpetuo de la Academia Venezolana de la Lengua respecto de los materiales literarios que examina. Como quiera que sea, se trata de un documento histórico que, junto con otros, está en la base de los estudios literarios del país. Fue publicado en 1888.

Fotografía de freemanphoto | Flickr

Desde el 12 de octubre de 1492, cuando Colón pisó tierra americana dándole a España un mundo y al cetro de los reyes católicos imperio universal como el del sol, hasta los principios de la revolución de nuestra independencia política, la que pudiéramos llamar historia literaria de Venezuela, permanece envuelta en la profunda noche de la ignorancia, como resultado preciso del sistema de colonización practicado por nuestros mayores en todos sus dominios de América.

Fatígase el espíritu en las investigaciones de aquellos lejanos tiempos; más incurriríamos en vulgaridad indigna de escritores concienzudos y veraces si nos hiciésemos eco del cargo injusto de que sólo la expropiación y el exterminio guiaron las empresas conquistadoras de las huestes españolas que desembarcaron en América, como observa juiciosamente el insigne literario D. Nemesio Fernández Cuesta.

Contradice tan aventurado aserto el testimonio de la historia, los documentos oficiales que se conservan aún, el cruzamiento de la raza indígena con la española y la existencia de millares de indios y aun naciones de éstos, monumentos vivientes que son una verdadera protesta, si se considera que no es ese el resultado obtenido por la gran mayoría de los pueblos colonizadores, los cuales han hecho siempre desaparecer las razas conquistadas. Las leyes de la metrópoli estaban llenas de palabras humanas . Los misioneros empezaban por plantar la cruz, edificar templos y predicar el Evangelio, con el propósito de obtener la conversión de los naturales y atraerlos a la vida civilizada.

Cuando el obispo de Cartagena, Fray Jerónimo de Loaísa, pidió licencia al Rey para fundar en el nuevo reino de Granada un colegio a cargo de los religiosos de la Orden de Santo Domingo, otorgósela con recomendación de que se diese en él educación gratuita a los hijos de indios principales .

Más tarde, por Real Cédula de 27 de abril de 1554, ordenó el Rey la fundación de un colegio de indios; y al año siguiente otro para huérfanos españoles y mestizos. Luego, en 1607, se mandó que los hijos de Caciques se educasen en un seminario a cargo de los padres jesuitas; porque, eran estos padres, y los religiosos dominicos y franciscanos, los que derramaban las luces de la instrucción en América.

Pero es innegable que la ambición desatentada de la mayor parte de los caudillos; la pésima organización de la propiedad, concentrada y sujeta al mayorazgo; la institución del servicio corporal; los deplorables sistemas llamados de mitad y repartimiento; el monopolio; el odio a las castas, y la limitación de la instrucción, que producía aquella ignorancia en que, como resorte de gobierno, se creía necesario mantener a los pueblos, fueron parte poderosa a que estuviésemos alejados del progreso intelectual del mundo, a que pueblos hermanos por la sangre y las costumbres se despedazasen en lucha pavorosa, y por último, a que España perdiese la joya más valiosa de su corona.

Los mismos escritores y poetas de la Península han hecho justicia a los pueblos de América. Quintana, el Tirteo español, el poeta coronado a los pies del trono, exclamó en un rapto de lírica indignación:

Virgen del mundo, ¡América inocente!
tú, que el preciado seno
al cielo ostentas de abundancia lleno,
y de apacible juventud la frente;
tú, que a fuer de más tierna y más hermosa
entre las zonas de la madre,
debiste ser del hado,
ya contra ti tan inclemente y fiero,
delicia dulce y el amor primero;
óyeme: si hubo vez en que mis ojos,
los fastos de tu historia recorriendo,
no se hinchasen de lágrimas: si pudo
mi corazón, sin compasión, sin ira
tus lástimas oír ¡ah! que negado
eternamente a la virtud me vea,
y bárbaro y malvado
cual los que así te destrozaron sea.

Y más adelante:

Su atroz codicia, su inclemente saña,
crimen fueron del tiempo y no de España.

¿No tenía razón el poeta? Durante los tres siglos de la dominación española en América, imperaba en la Península el régimen del absolutismo y este régimen influía poderosamente así en la opresión, que se ejercía aquende y allende, como en el precario estado de la instrucción pública en todos los dominios de España, cuanto más en los de estas distantes colonias en que se temía darle vuelo a la inteligencia del hombre.

La literatura española, pobre, áspera y generalmente rudimentaria en la época de la formación del idioma, brilló con la restauración clásica, que depuró la lengua, desarrolló el buen gusto y abrió una era de esplendor y de gloria para todos los géneros del arte. Pero como era natural que sucediese en una literatura esencialmente imitadora, cayó en la exageración, y al cabo el purismo dio muerte al buen gusto, y las musas, enfermo ya el espíritu, perdieron la gracia, la belleza y la soltura innatas que las hacen amables.

Ya entrado el siglo XVIII, esta literatura, que había asombrado al mundo con obras maestras y sabios y poetas esclarecidos, estaba en completa decadencia. Aun la filosofía, la física, la medicina, el derecho y las ciencias naturales, ramos tan importantes del saber humano y que tienen estrecho enlace con las letras, hallábanse en tan lamentable atraso, que, excitadas las más célebres universidades peninsulares, la de Alcalá y la de Salamanca, a reformar el plan de sus estudios, como puede verse en el Teatro crítico de Feijóo en las Cartas latinas de Mayans, contestaron que no podían apartarse del sistema del peripato, de esa metafísica de Aristóteles que es una negación de la libertad del hombre, que ahoga la responsabilidad humana y hace al destino sordo y a Dios impotente, como con tanto juicio afirma uno de los más doctos escritores de la Francia moderna.

Restos sólo de tan defectuoso sistema de instrucción pública fue lo que plugó a los gobernantes españoles dar a sus vasallos de esta parte de América, cuando en 1721, Felipe V, el protector de la Real Academia Española, ordenó la erección de la Universidad de Venezuela.

Con tal sistema y la prohibición de introducir libros nada podíamos saber los americanos de Newton y de Galileo, de Bacon y de Descartes, de Maquiavelo y de Montesquieu, de Locke y de Leibnitz, sobre todo cuando en España misma se cerraban las puertas a tan ilustres pensadores.

Fue a fines del siglo último cuando la revolución de los Estados Unidos del Norte, la revolución de Francia y el consiguiente estado anormal de la Península, abrieron nueva senda a las ideas de los suramericanos, hicieron posible la introducción clandestina de libros prohibidos, y contribuyeron en gran manera a la lucha de independencia que cambió por completo la mísera condición de las colonias, las cuales acaso hubiera conservado España, con la práctica de un sistema de colonización y gobierno más liberal, y con la difusión de las luces que preparan el corazón y el espíritu para figurar en la escena de la civilización.

De tales restricciones, de tal presión, de tal vida forzada que de la libertad privaba al hombre de todos los goces intelectuales; de tales grillos con que gobernantes poco entendidos aprisionaban el pensamiento americano, proviene que Venezuela no haya tenido literatura en aquellos tiempos calamitosos, a pesar de que no siempre rigieron la Capitanía General de Caracas hombres escasos de ilustración, talento y cultura.

Túvolos el Gobierno civil de no limitados conocimientos e inteligencia, y túvolos asimismo cultos y humanos. Gran letrado era Don Juan Pérez de Tolosa; e ilustraron también aquel eminente sitial el Marqués de la Regalía, Don Antonio Álvarez de Abreu, cuyo deudo, Don José, había de ocupar más tarde en la Real Academia Española el mismo sillón en que tomó asiento el célebre Marqués de Villena, fundador y primer Director de la Corporación; Don Martín de Lardizábal, Fray Julián de Arriaga y Ribera Bailío y Don Manuel de Guevara y Vasconcelos. Varones de virtud y ciencia honraron igualmente el Gobierno de la Iglesia, desde el primer Obispo y Capitán General Don Rodrigo de las Bastidas; Fray Juan de Manzanillo, que trasladó la silla a Caracas; Don Juan López Aburto de la Mata, que trasladó a su vez la Catedral; y Fray Antonio González de Acuña y el Dr. Don Diego de Baños y Sotomayor, fundadores estos últimos del Colegio Seminario de Santa Rosa, hasta nuestro primer Arzobispo Don Francisco de Ibarra, y Don Narciso Coll y Prat en cuya época se efectuó la revolución de independencia.

Pero estos hombres veíanse impotentes por la ley para dar otra dirección a la instrucción pública en Venezuela; y tanto por tal motivo cuanto por hallarse la educación literaria y científica a cargo de dominicos, jesuitas y franciscanos, los conocimientos literarios se fincaban, puede decirse así, en el estudio de la gramática latina, aun con notable perjuicio de la castellana, en grado sumo descuidada.

De ahí que sólo contemos como caudal propio en aquella época algunos vejámenes y otras poesías de diverso género, pálidas todas y generalmente mal rimadas; la primera parte de la Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela, por Don José de Oviedo y Baños, obra importante por la autenticidad de sus noticias, y cuya segunda parte, aún manuscrita a la sazón, fue sustraída al señor Coronel Don Feliciano Montenegro Colón, y, según se dice, consumida por el fuego; y entre otras, de las cuales algunas por imperdonable incuria no han visto todavía la luz pública, el Teatro de Venezuela y Caracas por Don Blas José Terrero, fraile franciscano de grande erudición y talento. Contiene esta obra apuntaciones biográficas de todos los Gobernadores y Capitanes Generales desde Ambrosio de Alfínger hasta el Brigadier Emparan, y las biografías de todos los Obispos desde Don Rodrigo de las Bastidas hasta el señor Arzobispo Ibarra. De incontestable importancia histórica, lleva esta obra al margen la lista de los documentos auténticos de que pudo servirse el autor.

Más favorecidas que Caracas fueron en este punto las ciudades de México, Lima y Bogotá, donde florecieron historiadores, cronistas y poetas notables; empero puede asegurarse que de estos últimos lo que mayor nombradía alcanzaron fueron españoles, o americanos que hicieron sus estudios en la Península, o se ilustraron en viajes por Europa, como Don Alonso de Ercilla y Zúñiga, poeta épico, atrevido y enérgico, que descolló en Chile, y embelesa con episodios heroicos y llenos de animación; Alarcón, filósofo y moralista, autor inmortal de La verdad sospechosa: Gutiérrez de Cetina, llamado el Anacreonte español; Antonio de Solís, poeta correcto y armonioso, y modelo de prosadores castellanos; Sor Juana Inés de la Cruz, apellidada la décima musa; y entre otros más, Juan de Castellanos, gran poeta, aunque descuidado e incorrecto; y Carlos de Sigüenza y Góngora, cuyas poesías fueron superadas por sus disertaciones críticas e históricas.

Verdad es que a creer a Castellanos no faltaron buenos poetas en otros puntos de la América hispana, como Juan y Diego de Guzmán, Liendo, Arce de Quirós, Laso, Villasirga y Vejarano, en la Isla Española; Lorenzo Martín en Santa Marta; Jorge de Herrera, Fernando de Virúes; Fermín Mateos y Diego de Miranda en nuestra isla de Margarita; pero ningún monumento nos queda de estos poetas y si hemos de juzgar por los sonetos de Francisco Soler; Diego de Buitriago y Cristóbal de León, naturales de la Nueva Granada, y por los cuartetos que nos quedan del Licenciado Don Alonso Escobar, Canónigo de la Catedral de Caracas, ni las poesías de aquellos ni las de nuestro Deán Don Juan de Robledo, gran amigo de Castellanos y por él mencionado, serían cosa de estima. El mismo Castellanos, maestro acaso de nuestros literatos de aquellos tiempos, educado en España y poeta señaladísimo, peca, como hemos dicho ya, por la suma incorrección, y su pobreza resalta en el verso blanco, viéndose a las claras que, aunque empapado en la lectura de los clásicos latinos, poco tiene de literato en la genuina acepción de la palabra, puesto que desconoce las reglas más triviales de la versificación castellana, abunda en expresiones vulgares y de mal gusto, y aun viola sin misericordia la sintaxis del idioma.

En vano buscaríamos en los desmañados poetas y literatos de la colonia venezolana el sello glorioso de la rica y majestuosa poesía española, ni la corrección y belleza de su prosa; en vano la elocuencia de los Luises de León y de Granada, la pureza de Jovellanos y la gracia de Meléndez Valdés; ni el galano ingenio de Calderón y de Cervantes; ni la dulzura de Figueroa; ni el nervio de Cienfuegos; ni el corte clásico de entrambos Moratines.

Nuestra literatura alborea con el sol de la revolución de independencia. Fue entonces cuando comenzamos a experimentar la necesidad de estudiar y conocer al hombre en el hombre mismo; necesidad que es la verdadera base de las letras humanas. Ciegos en medio de aquella profunda noche de tres siglos, abriéndose repentinamente nuestros ojos a la luz soberana del derecho y de la libertad, y aprendimos a pensar, a estudiar y a sentir. La literatura no es un ramo determinado de los conocimientos humanos: abrázalos todos, como que es ella la que revela al médico los aforismos de la ciencia; al magistrado las luces del derecho y de la elocuencia; al político las causas y las consecuencias de las humanas vicisitudes; al economista las leyes de la riqueza de las naciones; al filósofo, al poeta, al agricultor, los principios morales, las reglas del arte, las observaciones de los hombres experimentados; y siendo esto así, indiscutible es que no podía haber progreso donde no había luces, y que la literatura tenía que permanecer como un embrión bajo el régimen establecido por los gobernadores de la colonia.

La revolución de independencia trae un movimiento de vida inusitado que presagia una nueva era para la patria. Asoma el anhelo de saberlo y comprenderlo todo; y al lado de las juntas revolucionarias se efectúan otras esencialmente literarias en la casa de Don Luis y Don Francisco Javier de Ustáriz, donde promueven las artes de la paz dos hombres de letras tan sabios como piadosos, Don Miguel José Sanz y Don José Antonio Montenegro. De aquellos jóvenes patriotas, unos vivirán para ser orgullo de la grandeza de Colombia; morirán otros en los campos de batalla, luchando por tan noble causa, como García de Sena y Antonio Muñoz Tébar, malogrados en flor por el soplo de la tempestad revolucionaria; otros quedarán para la inmortalidad, como Andrés Bello, que apareció a la sazón para perfeccionarse, y para brillar con las generaciones posteriores, porque aquella no era la época de los poetas, sino la época de la lucha titánica de la soberanía popular contra la soberanía de los reyes, y aun la voz del joven Bello hubiera tenido que ser apagada por el ruido de los combates, por los ayes de los vencidos y los gritos de victoria de los vencedores, sobre que nadie poseía alma ni aliento sino para herir o defenderse. Aquella literatura no podía ser más pobre. Vicente Salinas, autor de La medicomaquia, aunque ingenioso y fácil, es prosaico y gusta de emplear expresiones vulgares. Vicente Tejera es tan frío y amanerado como Domingo Navas Spínola. Pelgrón escribe coplas donosas, pero que acusan su escasa instrucción. José Domingo Díaz, el portaestandarte de Boves en la prensa, moja la pluma en sangre; y escribe un drama, Inés, y da a la luz otros trabajos literarios de condiciones nada viables, como que murieron al nacer. Tampoco logra vivir el drama Aníbal del poeta González. Nadie hace memoria de los versos de Arroyal y de Eguiarreta; y Don José Luis Ramos, helenista, humanista y gramático de mérito, no lega a la posteridad obra maestra alguna que sirva de regocijo a las musas. Lo repetimos, aquella época de transición violenta no es la época de los poetas; pero el ardor de las pasiones, las ideas sublimes de patria, independencia y libertad, exaltaban el espíritu y el corazón; y Venezuela contaba, en cambio, con brazos de acero y con tribunos dignos del foro de la antigua Roma.

La frase de Bolívar, limpia, vigorosa, inspirada, arrebatada de entusiasmo. Antonio Nicolás Briceño era un tribuno valeroso, aunque sombrío, que buscaba su filiación en los republicanos exaltados de la revolución francesa. Coto Paúl era como un trueno, présago de la cólera popular. Antonio Muñoz Tébar hablaba como Demóstenes. La voz de Sanz hubiera arrancado aplausos en la plaza de Atenas; Felipe Fermín de Paúl, Espejo, Peña, Roscio, Yanes, Peñalver, Quintana, Sata y Bussy, y tantos otros, brillaban en los congresos y en la prensa como astros de aquel cielo de héroes.

Necesario sería transportarnos en idea a los mejores tiempos de Grecia y de Roma, para encontrar hombres que se asemejen a éstos de la gloriosa generación de la independencia; y en quienes como en ellos irradie la virtud cual un sol de primavera. Faltábale en verdad a la raza hispana americana el numen de la libertad para ser admiración del mundo como sus ilustres progenitores de Numancia y Zaragoza; y supo encontrarlo tan generoso en el altar de nuestras selvas y llanuras, como los antiguos bardos en sus poéticas montañas.

Después de aquella lucha de titanes entre legiones tan heroicas, como que en todas hervía la misma sangre y alentaba el mismo varonil espíritu, determinose en la República un evidente progreso intelectual, merced a las libertades públicas, a la reforma de los estudios decretada por Bolívar, y al comercio sin trabas que permitió la introducción de toda clase de libros; pero como la situación de la República era excepcional, y la independencia hubo de engendrar en fuerza de lógica una lucha de principios encaminada a destruir preocupaciones coloniales y a poner al pueblo en posesión del patrimonio de sus derechos, la época que se siguió fue más bien política que literaria. Parte ella de la disolución de Colombia y fundación de la República de Venezuela.

Ese período presenta hombres de talento y saber consagrados, tanto cuanto el estado del país lo permitía, al fomento de las bellas letras. Tenemos ya verdaderos poetas, pero, exceptuando a Bello, Baralt y García de Quevedo, literatos y poetas de reputación universal que abandonaron la patria y se formaron o perfeccionaron en extranjeras playas, el parnaso nacional no es abundante de riquezas. Los versos de estos hombres ilustres, y no la espontaneidad y vuelo de la genuina inspiración. Rafael Arvelo, gran talento y agudo ingenio, entrega su musa a la improvisación política. José Hermenegildo García, Luis Alejandro y Jerónimo E. Blanco, Cristóbal Mendoza, José Silverio González, José María Salazar y algún otro no alcanzan a producir las grandes creaciones del verdadero genio: sólo Maitín, poeta correcto y puro, y Lozano, que aparece por el año de 46 y era a la sazón un niño, se distinguen y alcanzan popularidad en aquella época; empero sus cantos, verdaderas endechas de corazones heridos por el desengaño, dan testimonio de la escasa atención con que por entonces se miraba el habla de los dioses. Contaminábales además el estro romántico de los poetas franceses, españoles e ingleses del siglo, y ahogaron por largo espacio de tiempo en la imitación su natural ingenio y clarísimo talento, si bien andando los tiempos rompieron ambos aquellos grillos. Maitín con sus preciosas quintillas y redondillas, y Lozano con sus admirables versos a Barquisimeto, la rábida leona, con los cuales parece que quiso imitar las varoniles estrofas de Manzoni. Otros más formaron séquito en aquella época a Maitín y Lozano, pero exageraron el romanticismo en aquel estilo ampuloso, pintorreado y rimbombante que, engendrado en Francia por el socialismo, invadió la Europa y la América en el primer tercio del siglo [XIX]. Tal forcejea por invadirlas hoy la nueva escuela naturalista, nacida al calor de las disociadoras doctrinas comunistas.

Mas este camino de la poesía en nuestra patria, si bien hecho más escabroso por las circunstancias apuntadas, era, por otra parte, el que tenía que seguirse, como consecuencia del ya recorrido por el arte de los dioses en la Europa civilizada. Pobre, áspero y rudo éste en sus principios, como las lenguas que se descomponían para amalgamarse luego con restos de otras lenguas y de bárbaros dialectos, que al fin tomaron los idiomas neolatinos, permaneció en tan larga gestación hasta la época del renacimiento o restauración del clasicismo, que desarrolló ampliamente y depuró los idiomas, imprimió limpidez y tersura a la frase y pulimentó el plectro. Diole más tarde muerte el preceptismo determinado naturalmente por la exagerada imitación del clasicismo, y las musas abandonaron con tristeza su templo a intrusos ídolos, desconocidos de las Gracias y privado del quid divinum, que es atributo que las deidades inmortales trasmiten a sus escogidos.

A fines del siglo XVIII la revolución filosófica y política conmoviendo las sociedades hasta en sus más sólidos cimientos, penetra con espíritu de desenvuelta libertad en el campo de las letras y da vida al romanticismo, que no es más que una manifestación revolucionaria, y como tal transitoria, de sublimes arranques aunque lamentables aberraciones, como las de la terrible conmoción que lo había producido y arrastró luego las sociedades y las letras a la sima del socialismo.

En el inmenso vacío que esta doble revolución ha dejado en las almas, la poesía, fluctuando entre la duda y la esperanza, bate hoy las alas como en busca de nuevos ideales, y, guiada por sus sacerdotes, se remonta a las cumbres sagradas parece y entrever un nuevo sol de fecundidad y de gloria.

De ahí que ayer no tuviéramos verdaderos poetas, y hoy los tengamos, si no tan grandes como los que inmortalizaron la lira de Grecia y la de Roma, no indignos de admiración y prez.

Bello nos deleita con sus magníficos versos «A la agricultura de la zona tórrida»; sedúcenos Baralt con su brillante oda «A Colón»; Toro nos enseña a admirar las proezas de los indios y a llorar sus infortunios; García de Quevedo nos traslada a aquellos tiempos en que los poetas llevaban en una mano el laúd y en la otra la espada; y Arvelo nos acuerda de Marcial con sus chistes picarescos y acerados.

En la prosa contábamos con no escaso tesoro. Bello y Baralt carecían de rivales. Toro, incomparable orador, era un literato que hubiera esparcido luz en cualquiera Academia: «La viuda de Corinto» es una joya engastada en el riquísimo metal de los escritores de la antigua Grecia. Juan Vicente González no le iba en zaga cuanto a la erudición y el gusto, y se le adelantaba en la brillantez y la vehemencia del estilo. Felipe Larrazábal era como cincelador de la palabra; y fuera de éstos, Guzmán, Rendón, Lander, Espinal Echeandía, Calcaño, Bruzual, Rojas y otros más, hacen resplandecer la prensa y el parlamento.

Las letras estaban a la altura de aquella época en que teníamos sabios como Vargas; facultativos como Arvelo, Acosta y Rodríguez; botánicos como Benítez; políticos como Don Diego Bautista Urbaneja; economistas como Don Santos Michelena; hacendistas como Aranda y Olavarría; matemáticos como Cagigal; oradores como Ávila, Talavera y Espinosa.

Aquellos varones insignes tendían con sus ilustración y calidez a fundar una verdadera República en que se sostuviese con honra el cetro del saber y la virtud; y ello con una constancia y abnegación de que presenta pocos ejemplos la historia de las antiguas democracias.

Pero siguiose a éste un período de sangrientas guerras civiles que anonadaban el espíritu. Las letras necesitan que el templo de Jano se cierre y que la paz abra con sus dedos de rosa el santuario amado de las musas, o las lleve a los bosques y a las selvas pobladas de perfumadas flores, de dríadas y rumores misteriosos; y es así que de aquella gallarda juventud que principiaba, y en la cual descollaban al lado de Lozano, de Maitín, de Escobar y de Don Juan Vicente Camacho (de los cuales nos entusiasma el primero con su canto a Barquisimeto y nos conmueven los últimos con sus tristes elegías), un José Antonio Calcaño, que deleita con su vigorosa inspiración; un Yepes, que encanta con la delicadeza y gallardía de su musa; un Pardo, que parecía nacido para cantar batallas; un Arístides Calcaño, de flexible numen y pasmosa fecundidad; un Guardia, que se lanza al espacio como las águilas; es así, decimos, que de aquella instruida y culta juventud, los que no murieron en la flor de su edad llegaron a dedicarse por entero a las letras y alcanzar la madurez de su talento en la época de la guerra federal, para brillar al par con la generación que hoy promete días de gloria a Venezuela, y que cuenta en su seno poetas y literatos ilustres que se distinguen en todos los ramos del saber y espigan en todos los géneros.

Como poetas señálanse hoy, entre otros cuyos nombres constan en diversos lugares de este escrito, Don Vicente Coronado, Don Domingo Ramón Hernández, Don Miguel Sánchez Pesquera, Don Fernando Morales, Don Jacinto Gutiérrez Coll, Don Diego Jugo Ramírez, Don Santiago González Guinán, Don Juan Antonio Pérez Bonalde, Don Ildefonso Vásquez, Don J. M. Ortega Martínez, Don Jesús María Monasterio Velásquez, Don Pablo Arocha, Don Carlos Calcaño, Don Calixto Pompa, y algunos más, de los cuales los que mayor nombradía obtienen, como los Estelleres, Don Francisco Pimentel, Don Octavio Hernández, Don Simón Soublette, Iturbe, Méndez Mendoza, López Méndez, Díaz Lecuna, Aguerrevere, Moncada, Herrera Toro, pertenecen a la nueva generación, la que tiene también aventajados prosadores como Don José Gil Fortoul, Don Cristóbal Mendoza, Don Teodardo González, Don Lisandro Alvarado, Don Julio Toro, Calcaño Mathieu, Silva Gandolphi, Mármol, Bruzual Serra.

En los demás ramos de las letras, nótase el adelantamiento de la República. Si en la dramática no podíamos presentar otra obra de mérito que la introducción de la Ifigenia en Áulide, de Racine, debida a Don Domingo Navas Spínola, hoy podemos vanagloriarnos de poseer algunas dignas de atención entre un centenar publicadas o inéditas.

Además de los dramas de García de Quevedo, merecedores de elogio por arte y la versificación, ya que no por el sentimiento, en que no era pródigo aquel eminente literato, indicaremos los de Don Heraclio Martín de la Guardia, si bien entre los de éste sólo encontramos que pidan parar la consideración el intitulado Güelfos y Gibelinos, argumento ya tratado en el teatro de Italia, y no mal desempeño por nuestro autor, quien presenta entre otros aciertos una escena capaz por sí sola de granjearle merecida reputación; y el que lleva por título Parisina, de mayor arte y movimiento que todos los demás de este laborioso dramático.

Nicolás Rienzi, drama de Don Eloy Escobar, alcanzaría a ser citado como obra de mérito excepcional, si el autor se hubiese ajustado más a las imposiciones del arte y no se hubiese dejado arrastrar por el lirismo, el cual ha debilitado el efecto dramático en una pieza que por la naturaleza del argumento y las exigencias del género, pedía menos prodigalidad de adornos y mayor naturalidad y precisión en la frase.

El gran actor español Vico reconoció en Madrid las dotes literarias del drama La cruz de la honra de Don Francisco de P. Calcaño y Paniza, si bien para los efectos de un triunfo escénico lamentaba que el desenlace no se ajustase a los principios de la moderna escuela realista, que Echegaray y sus discípulos han entronizado en el teatro de España.

A las antiguas escuelas, inmortalizadas por tantos ingenios próceres que tenían en mejor concepto la belleza dramática, pertenecen Cristina, de Don José Antonio Calcaño; Por el camino del mal, de Don Félix Soublette; Los bastardos reales, de Don Vicente Micolao y Sierra; Luchas del hogar, de Don Nicanor Bolet Peraza; Luchar para vencer, de Don Felipe Esteves; La honra de la mujer, de Don Aníbal Dominici; El toque de Ave María, de Don Julio Guadalajara, y otras piezas que, por no hacer pesadas y largas estas apreciaciones nos vemos en la precisión de omitir; mas no podemos menos de agregar que Don Luis Calcaño y Paniza y Don Marco Antonio Saluzzo han enriquecido nuestro modesto repertorio con dos traducciones magistrales, el primero con la de Francesca de Rímini, de Silvio Pellico, en robustos y apasionados versos; y con la de Severo Torelli, de Francisco Coppée, el segundo, en suelta y galana prosa.

La épica tiene también sus representantes. De estos el más sobresaliente es el señor D. Felipe Tejera, cuyo poema «La Boliviada» supera a los demás que ha dado a luz este incansable literato.

El asunto elegido por el poeta, destinado a cantar los hechos maravillosos de la independencia de América, aquel combate mitológico, por decirlo así, entre la libertad y el despotismo, es mayor desde el punto de vista de su alteza, que el de la caída de la ciudad frigia y el de la fundación de la de Eneas; mayor que el de la lucha entre la ambición y la libertad cantada por Lucano; y mayor que el de la pelea entre dos bandos religiosos, base o argumento de la Henríada; y tanto por tal grandeza cuanto por las condiciones de una época literaria de transición como la que actualmente alcanzamos, el esfuerzo del poeta revela el atrevimiento de su musa; y antes merece aplauso que censura, porque tan excelso asunto requería tiempos más apropiados y la trompa poderosa de un Homero; y el poeta se ha desempeñado con bastante acierto y en versos majestuosos y sonoros, dignos de la epopeya.

Al hablar de este género de poesía imposible sería pasar en silencio el nombre de Don José María Núñez de Cáceres, autor de varios poemas épico-burlescos. El espíritu de Don Vicente Salias, que acaso quiso tomar por modelo a Villaviciosa y Lope de Vega, ha revivido en Núñez de Cáceres, admirador de Hipponax y de Boileau, de Pulci y de Bracciolini. De lamentar es que este ingenioso poeta vea con indiferencia tanta la hermosura del verso y la pureza de la dicción.

La novela, que por su forma y su fondo participa de la épica y de la dramática, tiene entre nosotros sacerdotes esforzados, señalándose entre éstos Don Juan Alfonzo, Don Eduardo Blanco, Don José María Manrique, Don Tomás Michelena, Don R. I. Montes y Don Francisco Áñez Gabaldón; pero justo es decir, que, la novela venezolana, como imitadora que es de la francesa, no manifiesta estudio de nuestra sociedad y más se atiene al interés del argumento que al conocimiento perfecto del corazón humano, defecto común a la mayor parte de los noveladores de todos los países, y razón y motivo de la efímera vida de tantas obras en género tan esencialmente humano.

No diremos igual cosa de la historia. Ésta ha tenido en Baralt y en Don Juan Vicente González calificados y gloriosos apóstoles, y meritorios colaboradores en Yanes, Don Manuel Palacio, Larrazábal, Austria, Arístides Rojas, Azpurua, los Tejeras, Pachano, Andrés A. Level, González Guinán, Eduardo Blanco y Lossada Piñeres.

La crítica, si no salió con Don Sabá Rodríguez Maya y Don Alejandro Peoli de los estrechos límites que le señalaron un Hermosilla y un Villegas, descoge ya las alas y penetra en los espacios de la ciencia y del arte con un Gonzalo Picón Febres, un Ramón de la Plaza, un Leopoldo Terrero, y otros talentos penetrados de la importancia de tan alto sacerdocio, que más que ningún otro requiere vastísimo saber y generosas elaciones.

Morales Marcano, eximio traductor de Horacio, Don Cecilio Acosta, profundo en todos los géneros, Fombona Palacio, Zerpa, Don Ermelindo Rivodó, Don P. J. Coronado, Don Idelfonso Riera, Don Amenorodo Urdaneta, Portillo, Dagnino, Seijas, Don Pedro Arismendi, Don León Lameda, Carías, resaltan por erudición; y si es cierto que entre nuestros escritores de costumbres no podemos presentar ningún Larra, injusticia sería no mencionar los nombres de Don Daniel Mendoza, Don Simón Camacho, Don José María Rojas, Don Francisco de Sales Pérez, Don Pedro J. Hernández y Don Andrés Silva, que en sus ensayos han mostrado más o menos acierto y constancia.

La fábula ha tenido un no indigno discípulo de Esopo, lleno de originalidad y gracia, en Don Jesús María Sistiaga; y la epigramática en Don M. M. Fernández, Don J. A. Arvelo, Don M. M. Bermúdez, Don Simón Calcaño y Don J. J. Breca; pero si en algunos géneros como en éstos es tan escaso el número de los que a ellos se han aplicado, en la oratoria y en el periodismo, como sucede en todos los países democráticos sometidos al régimen parlamentario, son incontables los que han logrado justa y honrosa popularidad. La oratoria profana atesora un Guzmán Blanco, un Eduardo Calcaño, un Saluzzo, un Villanueva, un Andueza Palacio, un Terrero Atienza; la sagrada, un Andrés Riera Aguinagalde, un Castro, un Amitesarove, un Rodríguez, un Vizcaya. Ni cabría en estos estrechos límites la nómina de los periodistas de nota en que abunda la República; y por demás estaría que tratásemos de los trabajos lingüísticos y filológicos publicados recientemente, y entre los cuales son los más señalados los de los señores Don Rafael M. Baralt, Don Ricardo Ovidio Limardo, Don Carlos de la Guerra, Don J. B. Calcaño y Paniza, Don R. I. Montes, Don Luis María Díaz y Don Baldomero Rivodó.

Imposible sería estudiar todas las fases del arte y mencionar a todos sus adeptos en un escrito de este linaje, destinado a bosquejar el adelantamiento literario del país y a presentar de resalte cuanto perjudican al genio del hombre la opresión y las guerras civiles, y como, a favor de la libertad y de la justicia, se desarrollan las ciencias y las artes, adquiere vuelo el ingenio, y la gloria encumbra en sus alas las producciones de la inteligencia y el saber.

Tanto es esto así, que aun la poesía popular, que en todos los pueblos precede a la erudita, no alcanzó a nacer y desarrollarse entre nosotros sino cuando los pueblos se vieron ya en el pleno goce de su independencia y libertad, como si aquellos esclavos africanos y aquellos indígenas bárbaros, embrutecidos y azotados, que componían la mayor parte de nuestro pueblo, no encontrasen voz con que lamentar su profundo infortunio.

En la época de la colonia sólo se oían algunas coplas españolas, cantadas tristemente al son del guitarrillo, como aquella tan común en nuestras comarcas, que dice así:

Ayer pasé por tu casa
y me tiraste un limón;
el zumo me dio en los ojos,
y el golpe en el corazón.

La guerra de independencia despertó las dormidas potencias del pueblo venezolano, el cual al par que combatía heroicamente, bajo el pabellón de la República o bajo las banderas del Rey, cantaba sus proezas o lloraba sus penas y sus amores en improvisaciones que manifiestan su despejada inteligencia y la generosidad de sus sentimientos.

En esta poesía, más que en la erudita, dada generalmente a la imitación, resalta la pompa, el desorden y la exuberancia y nerviosidad propias de nuestra naturaleza y método de vida. La desesperación del esclavo ruso; la voz sepulcral del polaco errante; la tristeza inquieta o resignada, o la impiedad revolucionaria del inglés; la amargura y la sombría incredulidad del alemán, que casi no tiene eco en nuestra poesía erudita, menos lo tienen en la popular. Una y otra mezclan al idealismo, delicadeza y vigor de la poesía castellana y de la italiana, la espontaneidad y pompa de la fecunda naturaleza tropical.

Llamados cantadores y sólo por cantadores conocidos, estos poetas, improvisadores todos, rara vez salvan su nombre del olvido, y viven en las montañas o en las extensas llanuras, desde donde sueltan esas perlas que van rodando de pueblo en pueblo.

De un cantador de nuestros llanos en el Pao de Cojedes, es el ingenioso galerón o romance que inserta el eminente literato Don José María Vergara y Vergara en su importante Historia de la literatura en Nueva Granada:

Yo no soy de por aquí,
yo soy de Barquisimeto:
nadie se meta conmigo,
que yo con nadie me meto.
Yo soy nacido en Aroa
y bautizado en el Pao,
no hay zambo que me la haya hecho
que no me la haya pagao.

En estos versos campean el espíritu resuelto y la vanidad de los habitantes de nuestras pampas; vanidad que fundan ellos no sólo en su incomparable valor sino también en sus calidades de repentistas, especial los del Pao y de Parapara.

Conmigo y la rana, es gana
que se metan a cantar
que no me gana a moler
ni la piedra de amolar,
porque tengo más quintillas
que letras tiene un misal.

A veces estalla el sentimiento, como se verá en las siguientes estrofas que trascribo como las cantan en el llano:

Sáqueme ese toro bravo,
hijo de la vaca mora,
para sacarle una suerte
delante de esta señora;
si el torito me matare,
no me entierren en sagrao,
entiérrenme en una loma,
donde no pise el ganao:
un brazo déjenme fuera,
y un letrero colorao,
donde lean las muchachas:
“aquí yace un desdichao”.

Gracia tiene cuando dice:

Mi mamá me dio un consejo:
que no fuera enamorao,
y cuando veo una bonita
me le voy de medio lao:
como el gallo a la gallina,
como la garza al pescao,
como la tórtola al trigo,
como la vieja al cacao.

Del Pao era el célebre cantador llanero Juan Falcón, quien, después de la batalla de Apure, detuvo el caballo de Guzmán Blanco e improvisó por tal modo sobre tan reñida pelea, que aquel General, conmovido y lleno de admiración, se desprendió de su reloj y lo entregó al cantador. Cuando Juan Falcón y Pedro Lamas justaban a quién improvisase mejor, el corro o rueda constituía un tumulto por el entusiasmo y los aplausos.

Estas justas de los llaneros tienen generalmente por objeto la ingeniosa vuelta o traslación de la idea, como en los amebeos del Lacio, de modo que si el uno canta, como tuve ocasión de oír:

Ayer pasé por tu casa,
alcé los ojos y vi
un letrero que decía:
“yo no nací para ti”.

El otro replica:

Yo como supe leer
borré aquel y puse otro,
donde la dejé entendiendo:
“ni yo para ti tampoco”.

La filosofía del llanero brota espontánea en algunos cantares:

El que bebe agua en tapara
y se casa en tierra ajena,
no sabe si el agua es clara
ni si la mujer es buena.
Todo el que tiene dinero
tiene la sangre liviana,
aunque su padre sea un tigre
y su madre una caimana.

No pocas veces la inspiración del cantador es delicada:

Las piedras que vas pisando
cuando sales a la calle,
las pongo yo del revés
porque no las pise nadie.

Pero a menudo sus cantares, literariamente censurables por lo falso y rebuscado de la idea, sólo arrancan aplausos por cierto colorido poético:

Me monté en un verde pino
por ver si la divisaba,
y el pino, como era tierno,
de verme llorar lloraba.

Toscos y rudimentarios, estos cantares, espontáneos y sencillos, bastan para dar a conocer el carácter del pueblo venezolano, su clara inteligencia, su ingenio vivo y pronto, y aun sus calidades y defectos morales. Por tales motivos hemos juzgado conveniente intercalar los que dejamos apuntados.

Cuanto a la literatura musical, manifiéstase en todas sus divisiones el gusto artístico del pueblo y el estudio y talento de nuestros maestros, como observa Don Ramón de la Plaza en su importante obra El arte musical en Venezuela, y el adelantamiento no puede ser contestado. Salvo aquel Lamas y aquellos Monteros que brillaron en la Gran Colombia, carecíamos de compositores de mérito, y hoy los tenemos que presagian lisonjero porvenir a tan importante elemento de civilización.

Tan cierto es que la política de los pueblos influye de modo eficaz en el progreso de las ciencias, las letras y las artes, que este mismo fenómeno que hemos observado en el seno de la patria, nos lo manifiesta la historia de todas las naciones, y especialmente la de Grecia y la de Roma. Es en el siglo de Pericles y de Augusto cuando mayor esplendor alcanzan las letras griegas y romanas, porque las seguridades y beneficios que garantiza un gobierno protector y progresista alientan y avigoran la inteligencia y el corazón.

El influjo de las libertades adquiridas por el esfuerzo popular, la difusión de la enseñanza pública, la reforma del sistema de educación planteada en nuestras universidades y colegios, y el amparo de la propiedad intelectual, son parte poderosa para que la República haya alcanzado la altura intelectual en que hoy se encuentra, y la cual ha contribuido a que un senado de varones ilustres como los que actualmente dan honra y gloria a España en la Real Academia, haya fundado un cuerpo Correspondiente en Venezuela que coopere a la ímproba labor de conservar la pureza y esplendor de nuestro común, enérgico y varonil idioma.

Grande y solemne es la responsabilidad aceptada por el cuerpo literario de Venezuela; y para mejor llegar a los fines propuestos, útil sería propender también a la vulgarización de las literaturas clásicas, griega y latina, no sólo porque en estos idiomas se contiene la fuente principal del nuestro, sino porque esas literaturas son el único correctivo posible al desbordamiento de la prensa en las democracias hispanoamericanas. El sabio Newman ha demostrado matemáticamente que el juicio y madurez característicos del pueblo inglés provienen en primer término de la importancia que en sus universidades y colegios se ha dado siempre a los estudios clásicos, porque ellos hacen pensador, sobrio, y lleno de moderación, y enemigo de la presunción y vanidad, al espíritu del hombre. No dice menos Tocqueville; júzganlo con igual criterio Muller y Pierrón, y la pensadora Alemania lo sabe y lo practica, al extremo de que a tales estudios se deba, en no pequeña parte, el sólido criterio de sus escritores.

De los datos y afirmaciones contenidos en esta disertación, dedúcese claramente que si no podemos vanagloriarnos de poseer una literatura propiamente dicha, atesoramos, no obstante, elementos valiosos que contribuirán a su completa formación y desarrollo.

Acaso haya quienes adviertan en este trabajo la omisión de tal o cual nombre, de esta o de aquella obra, pero así como no hemos intentado aplaudir con exageración ni censurar con acritud, tampoco hemos querido situarnos sino en el justo medio de la verdad, respecto a la nómina de obras y de autores, de modo que sólo hemos mencionado a los literatos de primer orden y a algunos de segundo y de tercero, ya que otra cosa sería imposible.

Obligados a dar cima a este breve estudio, hemos cumplido tal deber a medida de nuestros alcances y con la imparcialidad que nos caracteriza. Si en algo erramos, cúlpese a los que nos han impuesto tan ímproba como delicada tarea.

Enero, 1888.

***

César Cantú, Historia universal, Tomo IV.

[ii] Vergara y Vergara, Historia de la literatura en Nueva Granada.

[iii] Baralt y Díaz, Historia de Venezuela.

[iv] Se refiere al siglo XIX. (Nota de Prodavinci).


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