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Memorabilia

Relaciones literarias entre España y América

por Rufino Blanco Fombona

14/11/2019

En este texto el polémico Rufino Blanco Fombona cuestiona el desconocimiento –o palmaria apatía– que los escritores españoles de las dos primeras décadas del siglo XX evidenciaban hacia la literatura latinoamericana (o hispanoamericana, como se la denominada en aquellos tiempos). Una tensión que quizá aún mantenga cierta vigencia. Publicado originalmente en la prensa, se recogió en el volumen del autor La espada del Samuray (1924)

Rufino Blanco Fombona

Discuten en El Sol [1] nuestro querido e ilustre camarada en la prensa Gómez de Baquero y un señor que firma E. S. y se dice americano, de la Argentina. Puede que lo sea; pero también pudiera ser este E. S. un colombiano, o, mejor, cierto distinguido israelita que nació en Colombia y está ahora en Madrid al servicio de conocido diario bonaerense. Sea quien fuere, este señor E. S. sabe lo que dice y lo dice bien. [2]

Es necesario confesar que Gómez de Baquero, en este duelo, tiene en su contra el terreno, el sol y la equidad. Aduce razones que, en su opinión, justifican el que los libros españoles sean pan de cada día en América y los periodistas españoles constantes colaboradores en los primeros diarios ultramarinos (no sólo de Buenos Aires, sino de México, La Habana, etc.), y razones para disimular el que la situación recíproca no exista, o exista apenas. Sus razones, en uno y otro caso, son deleznables, y al primer empellón de su contrincante han rodado por tierra las unas, y han volado en alas del viento, convertidas en polvo, las otras.

Así la batalla, sería ajeno a todo sentimiento hidalgo atacar al caído. No se trata ahora, pues, de entrar en liza, sino de esclarecer la arena.

*

Lo primero, levantemos el asunto lo más alto que se pueda. Parecen comadreos, cominerías, esas disputas sobre reciprocidad literaria: “Yo te leo y tú no me lees”: “Tú vienes a mi casa, invitado a colaborar en mis diarios, y no quieres que vaya uno a la tuya…”. Planteada así las cosas, parecen despreciables: en el fondo no lo son.

En el alma española, de cierto tiempo a esta parte, está produciéndose un cambio radical de sentimientos en sus relaciones con América. Los mejores españoles impulsan ese cambio, que, sin embargo, es espontáneo, popular, nacional; de psicología colectiva e indeliberada.

Los políticos creen sacar con ello provecho político; hay quien sueña hasta con retrotraer a América al estado de feto, enclaustrándola de nuevo en el vientre de España. Los armadores, comerciantes, industriales, economistas esperan provecho pecuniario; los literatos, editores, empresarios de teatro, esperan más lectores, espectadores, admiradores, compradores: clientes; los emigrantes, mejor acogida y más fácil fortuna: no sólo de ideas vive el hombre. En fin, cada quien aguarda algún beneficio.

¿Sabéis por qué? Porque obra en este acercamiento, por fortuna, el obscuro y certero instinto colectivo. Cada quien sueña con un bien para sí, para su grupo: los hombres no miran claro y cerca sino su conveniencia. Pero en la conciencia de todos se agita, un poco tenebrosa todavía, la convicción de que mientras más se estrechen lazos de toda suerte con la América de origen español, más risueño lucirá el porvenir de España.

Del otro lado del mar ocurre algo semejante: por la primera vez, desde hace poco más de un siglo, laten unánimes, con los ojos y el espíritu puestos en el Pueblo Fundador, los corazones de dieciocho repúblicas.

Aquellos que nos lisonjeamos con haber contribuido, más o menos, activamente, a estos resultados, somos víctimas de una ilusión; la corriente nos ha ido arrastrando también a nosotros, primero que a los demás tal vez, porque estábamos adelante. Pero, sin nosotros, este desbordamiento, más benéfico que los del Nilo, hubiera ocurrido igual.

Estamos, pues, en presencia de un fenómeno social: las razas afines tienden al acercamiento.

*

¿Está de más puntualizar diferencias y señalar asperezas para que unas y otras desaparezcan en siendo posible? No. Por eso me parece de perlas la polémica suscitada, sin proponérselo, por Gómez de Baquero. No son comadreos ni cominerías estas dilucidaciones. Son temas útiles.

Sí: América puede y debe quejarse de España por la falta de reciprocidad en la estimación de su pensamiento. Concretémonos a la literatura: mientras de allá, de aquí, lo sabemos todo; aquí, de allá, no se sabe nada. ¿Existe hoy en España con respecto a nosotros una superioridad tan excelsa que justifique el desvío? ¿No tienen los escritores de España nada que estudiar en nosotros? Una raza como la ibérica –quiere decirse española de toda la Península, incluso Portugal–, trasplantada a los montes, los ríos, los llanos más conspicuos del planeta, y cruzada con aborígenes y con multitudes de otros continentes, ¿no se ha producido en América ningún destello de espíritu, ninguna modalidad, ningún matiz que despierte la curiosidad o que merezca el estudio de nuestros hermanos de la Península? ¿No valen nada los nombres que timbran nuestro orgullo: Hostos, Varona, Alberdi, José Martí? ¿Nada los críticos de literatura: Elysio de Carvalho, Vincenzi, Noé, Donoso, Semprum? ¿Nada noveladores como Javier de Viana, Manuel Gálvez, Coelho Netto, Jesús Castellanos, Pedro Prado, José Rafael Pocaterra? ¿Nada cuentistas y relatores como Horacio Quiroga, Julio Aramburu, García Monge, Masferrer? ¿Nada los pensadores y ensayistas: un Carlos Arturo Torres, un Vaz Ferreira, un Ricardo Rojas, un Oliveira Lima, un José Vasconcelos, un Antonio Caso, un José Ingenieros, un Francisco García Calderón? ¿Nada los poetas: un Guillermo Valencia, un Lugones, un Díaz Mirón? ¿Nada comediógrafos del temple de Florencio Sánchez, estilistas del mérito de Díaz Rodríguez, historiadores del calibre de Carlos Pereyra, comentadores de la actualidad política con la enjundia de Jacinto López, críticos de arte con la médula de Bernardo Barrios? ¡Pero si aquello es otro universo! ¡Si es en verdad el Nuevo Mundo! El Mundo Nuevo por descubrir.

En vez de amodorrarse en la exclusiva lectura de los clásicos hispanos del siglo XVII, y sin más ventana al mundo sino la que se abre sobre un balcón de rocas por donde la hubieron mala los paladines de Carlo Magno, ¿no sería de provecho, por lo menos para algún curioso con don de pluma y de lengua, observar la diferencia entre el espíritu español y el espíritu americano, entre las formas preferidas de una y otra literaturas, los distintos matices de sentimiento y de pensamiento que al través de la común lengua se descubren?

*

Me parece que me descarrío. Me parece que estoy dando consejos en forma de preguntas; es decir, obrando a la manera de ciertos pedagogos españoles sin doctrina y con pedancia respecto a nosotros; maestrescolías extemporáneas y borreguiles que tan bien puntualiza y derriba, con su hábil lazo gaucho, el Sr. E. S. en El Sol del domingo.

Gómez de Baquero, mentalidad tan abierta, escritor que cuenta tanto amigos y admiradores entre los americanos; que tantos libros americanos ha leído y tantos ha juzgado con su prestigiosa autoridad crítica, cree que América no produce, que valga la pena, sino metrificadores. Lo insinúa en estos términos: «La lírica… es lo más maduro y lo más conocido y apreciado en Europa (léase España) de las jóvenes literaturas de América».

Algo existe de cierto cuanto al conocimiento en España de poetas americanos, porque aquí vivieron Darío, Chocano, Nervo. Pero, aun así, yo pondría en un aprieto a Gómez de Baquero si le preguntase a boca de jarro algo sobre González Martínez, compatriota de Nervo y superior quizás a Nervo; algo sobre Eguren, compatriota de Chocano y más sutil poeta que éste; algo sobre Salomón de la Selva, compatriota de Darío y poeta de expresión inglesa y no castellana; algo sobre Federico Morador, sobre Alberto Arrieta, sobre Alberto Hidalgo, sobre Agustín Acosta, sobre Arvelo Larriva, sobre Luis Carlos López, sobre Arturo Capdevila, sobre algunos poetas americanos de expresión francesa, como Godoy, el cubano, y Gangotena, del Ecuador.

Los intelectuales de España, en vez de cerrar el paso, en apretada falange, a los hijos del Mundo Nuevo, creyendo que les vamos a arrebatar el bocado de la boca y la peseta del bolsillo, debían pensar en que no nos excluimos, sino que nos completamos.

Nosotros producimos, incuestionablemente, mejores y más numerosos ensayistas; mejores y más numerosos poetas. España, más y mejores novelistas, más y mejores comediógrafos.

Y esto lo digo para indicar rumbos ideológicos y estéticos, no para entrar en mediciones ni comparaciones ridículas.

«Por lo que respecta a la actual literatura hispanoamericana, confieso que mis preferencias van encaminadas a las producciones de crítica, de filosofía social, de Historia y de ciencia», ha escrito hace poco el profesor y crítico madrileño Sr. Bonilla y San Martín.

En cuanto al nivel medio de los conocimientos españoles sobre literatura americana, lo expone con franqueza otro profesor y crítico madrileño, D. Quintiliano Saldaña, en una revista de Buenos Aires: «Hasta que Blanco-Fombona sacó a luz su Biblioteca Andrés Bello y las otras de escritores americanos que lanza con frecuente acierto su Editorial América, aquí… no nos habíamos enterado ni de los nombres. Y es algo cómico que los americanos cultos recién venidos nos hablen a menudo de celebridades científicas o literarias de por allá, que al sabio y al literato de por acá no le suenan» (Nosotros, diciembre de 1918).

Ahora, porque una farándula de la Argentina y otra farándula de México hayan pasado por España, se va probablemente a decir, se ha dicho, con exceso bondadoso de elogio –otra forma de indiferencia–, que tenemos teatro. No. La verdad es la médula de leones con que se alimentan o deben alimentarse hombres y pueblos sinceros. A nosotros, el teatro parece estarnos vedado por ahora. Hablo de teatro bueno. Por lo demás, en cada república existen, a veces en número alarmante, autores de dramas y comedias, y se alardea de poseer un teatro nacional.

En México se llega a las mayores ambiciones, acalorando las ideas de un teatro mexicano autóctono. Allí se quiere no sólo distinta literatura de teatro, sino hasta teatralería nueva. Allí no se piensa sólo en comedias de conflictos morales. Se aspira a crear una nueva forma de teatro, nuevo como arquitectura y nuevo como espectáculo. Y las aspiraciones echan a andar: los teóricos teorizan y los ejecutivos ejecutan. El vicio fundamental del teatro moderno –opina José Vasconcelos– «consiste en que ha dividido a los hombres en tres zonas convencionales: el actor, el autor y el que escucha. Y esto es feo… Los teatros cerrados, con su producción de dramas psicológicos, dramas de salón o de problema interior, proceden de la manía que se hizo universal durante todo el siglo XIX, de copiar lo nórdico. Es natural que ahora que las corrientes son contrarias se piense en un nuevo teatro, y que ese nuevo teatro produzca un nuevo género artístico».

En México se aspira a crear un teatro nacional, un arte colectivo, en que el espectador forma parte del espectáculo. Y ya se está construyendo, bajo la inspiración y los auspicios del Ministerio o Secretaría, como allí se llama, de Educación Pública y Bellas Artes –es decir, por obra de José Vasconcelos, el reformador radical de la Revolución mexicana–, un estadio, que podrá contener de veinticinco a treinta mil personas. Allí son optimistas. Allí se espera «que nuestros bailes y cantos alcancen el desarrollo que ha de darles el progreso y el triunfo de nuestra raza». (Boletín de la Universidad Nacional de México, abril de 1922).

A pesar de todo, el teatro es, en América, nuestro talón de Aquiles. Salvo pocas y beneméritas excepciones, dramaturgos y comediógrafos son malos sobre toda ponderación. Generalmente, los actores son mejores que los autores. A menudo, el actor es asimismo autor. ¡Ya habéis visto esas farándulas de muestra: aquellos lugares comunes, a veces hasta mal dialogados; aquellos trascendentalismos cursis, aquellos gauchos, aquellas vidalitas, aquellos pericones! Novedades excelentes para music-halls. ¡Y cuántos dientes de perro nos presentan como colmillos de elefante!

Con la única excepción de Florencio Sánchez, no podemos oponer nada que pueda parecerse, ni de muy lejos, a Benavente, esa amable luna –o Madame la Lune– de soles extranjeros. En cuanto a la novela, a un creador como Galdós, a quien puede equipararse en cierto modo con Dickens o Balzac, sería en vano buscarlo en toda la extensión del Nuevo Mundo, sin excluir a los Estados Unidos. No conocemos todavía a esos divinos monstruos. Nuestras jóvenes garras no tienen esos filos. Pero esperamos el porvenir con la sonrisa de la confianza. No correrá mucho tiempo sin que monstruos semejantes, y otros aún mayores, nos sean familiares. Está en el orden natural de las cosas. Lo que han hecho los padres, lo repetirán los hijos.

Por ahora no se trata de equipararnos. Se trata de conocernos. Se trata de algo muy grave y trascendental.

El acercamiento de las dos grandes ramas de nuestra familia de naciones es un fenómeno de orden psicológico. ¿No es cierto, Azorín? Detrás de eso vendrán la política y el comercio, como consecuencias naturales: no se alarmen los hombres prácticos.

Y si todo bien va a producirse por obra de este fenómeno espiritual, ¿no convendrá conocer recíprocamente nuestro espíritu?

***

[1] Periódico de Madrid que circuló entre 1917 y 1939. (Nota de Prodavinci).

[2] Después supe quién era E. S. Se trata de Eduardo Schiaffino, valiente y conocido escritor del Plata. (Nota de Rufino Blanco Fombona).


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