Perspectivas

Ray Bradbury, crónica de un marciano

Retrato de Ray Bradbury y familia, publicado en Los Ángeles Times.

16/10/2021

 

Los libros que nos marcan la vida no son tantos. Dejan huella no solo por sus historias, personajes, estilos y contenidos sino porque guardamos una memoria de nosotros mismos mientras los leíamos. Dónde estábamos, con quién, cómo era la luz que iluminaba las páginas, en qué posición sosteníamos el libro. Somos capaces de recrear miméticamente cómo llegaron a nuestras manos; qué y cómo nos sentíamos en ese instante. En fin, los libros que nos dejan vestigios son instrumentos poderosos para registrar una película donde nos filmamos a nosotros mismos desde fuera, al tiempo que entramos de nuevo en la piel y adoptamos la mirada subjetiva del protagonista que fuimos en esa escena.

Así que voy a contarles cómo llegué a Crónicas marcianas para luego hacer mi crónica sobre su autor, Ray Bradbury.

Tendría unos dieciséis años (me refiero a mí, de Bradbury todavía no hemos comenzado a hablar), estaba en esa edad en la que estar malhumorado y aparentar atormentada inteligencia me parecía elegantísimo. Esos asuntos que, afortunadamente, se superan –en algunos casos– con la edad. Me hallaba sentado en un banquito en los jardines de la Universidad Católica Andrés Bello, habíamos ido a encontrarnos con mis hermanas que estudiaban allí. Y como habíamos llegado temprano papá se metió en la librería que en aquellos días quedaba a la entrada del Módulo 5. Meterse en una librería con mi padre era similar a atravesar un vórtice donde al otro lado no existía el tiempo ni el espacio, solamente un universo habitado por libros donde papá tenía que ojearlos todos, sopesarlos todos, calcular cuánto costaba comprarse algunos (o quizá todos), establecer largos intercambios con el librero (si era bueno peor, porque entonces se sumaban a la eternidad un par de horas extras). Luego sacar cuentas frente a la caja registradora, pedir descuento (qué vergüenza), seleccionar sobre el mostrador si éste sí o mejor no, o espérate un momentito que mejor lo cambio por otro que está en el último pasillo en el anaquel del fondo. “¿Este señor?”. “Sí… pero mira, ¿sabes qué?, mejor me llevo el otro también”. En fin, me harté de esperar a papá y me fui a sentar en el banquito que más adelante –todavía no lo sabía ni sospechaba– se convertiría en mi banquito personal. Porque a la vuelta de unos años yo me pasaría más de un lustro en esa universidad, primero estudiando dos semestres de ingeniería (donde fui uno de los peores alumnos en la historia de la especialidad) y luego cinco años en comunicación social (donde me gradué con honores a pesar de mi voluntaria e irremediable tendencia al jodatropismo en el transcurso de la carrera). El punto es que estoy sentado, muy fastidiado (o con pose de estar muy hastiado) en mi banquito y de pronto, por fin, veo salir a papá cargado de libros de la librería del Módulo 5. El tipo se me acerca, saca un libro de la bolsa y me lo extiende: “Ojalá te guste tanto como me gustó a mí”. Era un libro azul, editado por Minotauro, se llamaba Crónicas marcianas, de un tal Ray Bradbury. El prólogo de Jorge Luis Borges.

Y mi viejo creo que no sabe –o lo sabrá ahora en el buen lugar donde seguramente esté– el efecto demoledor que tuvo ese libro sobre su cachorro menor, porque aquello no solo era ciencia ficción, era arte; era, sobre todo, magia. Magia hecha relatos que se engranaban en una maquinaria única y extraterrestre. «Como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término» (como decía Borges de los clásicos).

Así que me hice más lector y comencé a tomar muy en serio las recomendaciones literarias de papá gracias a ese artefacto prodigioso que me entregó en el jardín de la UCAB precedido de la frase: “Ojalá te guste tanto como me gustó a mí”. Fue un regalo de vida. Me gustó, creo que incluso más que a él. Y cuando crecí y leí más de ese mismo autor y además conocí sobre su biografía me di cuenta de que Ray Bradbury era un hombre enamorado de la vida y que no hacía otra cosa que escribir sobre el regalo que significaba para él vivirla.

El pequeño Ray nació en Waukegan, una pequeña ciudad al norte de Chicago, el 22 de agosto de 1920. Era hijo de un empleado de la compañía eléctrica encargado de tender el cableado. A los tres años, de forma autodidacta, aprendió a leer. Creció en medio de la Gran Depresión y los Bradbury, como tantas otras familias, la pasaron fatal. Decidieron mudarse a Tucson, Arizona, en busca de más oportunidades porque en su originaria Illinois no había cómo ganarse la vida. Ray perdió a su abuelo a los cinco años, quien había sido su gran aliado y maestro. Dos años más tarde murió también su hermana. Dicen que por eso los asuntos de la muerte y la pérdida son una constante en su obra. A los diez años Ray se quedó una noche mirando la bóveda celeste, divisó un planeta rabiosamente rojo, su abuelo le había enseñado que ese era Marte. Entonces le dijo al astro en voz alta: “Llévame, llévame contigo”. Y jura que fue entonces cuando se hizo marciano para nunca regresar a este mundo. Al menos no del todo. 

Crónicas marcianas por Frederik Peeters.

A los doce años a Ray le pasó algo muy curioso, un hecho que se convertiría en su respuesta a la pregunta de por qué se había hecho escritor. Era un grandísimo contador de historias y un tipo con una imaginación prodigiosa, así que debe ser un invento, pero es una mentira fabulosa. Resulta que una feria itinerante puso sus carpas junto al lago, muy cerca de donde vivían los Bradbury en Tucson. Ray se fue con sus amigos una noche a la feria y en medio del espectáculo que ofrecía el hombre que escupía fuego y tragaba espadas, el tipo ha apuntado su puntiaguda espada a la nariz del joven Bradbury y le gritó: “¡Vive por siempre! ¡Vive por siempre!”. Ray salió de ahí muy avergonzado (su timidez fue un asunto crónico desde la infancia) y además muy preocupado: “¿Pero cómo le hago caso a este hombre para vivir por siempre?”. Al día siguiente, antes de que abrieran la feria, buscó al hombre escupefuegos y tragaespadas para preguntarle cómo hacía para vivir para siempre. El hombre no le respondió, simplemente lo invitó a dar un recorrido por las carpas de los freaks, esos personajes que viven y dan vidas a ese tipo de ferias. Uno de ellos era «el hombre ilustrado». Sí, un hombre calvo, de espaldas, sentado sobre un taburete, íntegramente tatuado. Ray no supo entender que allí estaba la clave para la eternidad, pero sí intuyó que aquel hombre lleno de tatuajes extraordinarios era un regalo, algo que lo acompañaría el resto de sus días. Publicó El hombre ilustrado (1951) unos veinte años más tarde y así fue como el marciano Bradbury unió los puntos entre su infancia, el presente y el futuro para dar finalmente con la solución para cumplir con el extraño mandato de vivir por siempre.

Fue esa misma noche, después de conocer al hombre ilustrado, que Ray sacó una máquina de escribir que le habían regalado sus padres y que tenía guardada en el armario. Comenzó a teclear su primera historia y desde ese instante no paró de escribir ni un solo día en setenta y cinco años. Tenía por norma escribir diariamente por lo menos mil palabras.

Pero la combinación de ser pobre y soñar con hacerse escritor no es la más afortunada si uno pretende ganarse la vida (al menos una holgada). A los quince años Ray era el vendedor de periódicos en una esquina de Los Ángeles. Ganaba diez dólares a la semana. Por las tardes se metía en la biblioteca de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y ahí leía y escribía. Su educación, al no tener dinero para pagar la colegiatura, fue allí en la biblioteca de la manera más autónoma y libre que pudo. Más tarde agradeció a Dios por haber vivido esa vida y no la que otros le decían que debía vivir: con una educación formal y haciendo las cosas por los caminos convencionales, como la gente.

En esa biblioteca Bradbury se enteró de cómo Hitler ordenaba una quema masiva de libros en Berlín. Y algunos años más tarde también supo cómo los líderes soviéticos estaban acabando no solo con ciertos libros sino con los propios autores. Una gente que hace eso –pensó Bradbury– no puede ser parte de la civilización, está incapacitada para la democracia. Y entonces decidió que tenía que escribir algún día algo relacionado con eso, una obra sobre todo lo que implicaba quemar libros y erradicar ciertas obras y ciertos autores.

Los actores Oskar Werner y Cyril Cusack durante la filmación de Fahrenheit 451 en 1966, dirigida por François Truffaut. Fotografía de Universal Pictures Co.

Cierto día, caminando por los alrededores de la biblioteca de UCLA, escuchó el tecleo furibundo de unas máquinas de escribir. Se tendió de bruces, se asomó a ras del suelo y divisó por la estrecha ventana un salón cerrado, metido en un sótano, provisto con una docena de máquinas donde algunos de los estudiantes escribían sus trabajos. Bradbury, aunque soñador de viajes al espacio y la vida bajo el imponente cielo marciano, padecía de una extraña condición llamada claustrofilia: una tendencia a encerrarse en espacios pequeños y poco ventilados; así que el descubrimiento de ese sótano poblado de máquinas de escribir era para él una antesala del paraíso. Se habrá dicho: finalmente he encontrado mi lugar en el mundo. Bajó hasta el sótano y se enteró de que cobraban el alquiler de las máquinas de escribir a diez céntimos la media hora. Su novela Fahrenheit 451 le tomó hacerla nueve dólares con ochenta centavos. Bradbury aseguraba –así como Sócrates afirmaba que el artista entraba en contacto con un daimon que le indicaba lo que debía hacer o expresar– que nunca escribió a sus personajes, sino que sus personajes se le aparecían y le contaban quiénes eran y Ray simplemente escuchaba sus voces y las aterrizaba en blanco y negro.

Por cierto, esa novela originalmente la tituló The Fireman (El bombero), pero el editor le dijo que no era un buen nombre para una obra futurista sobre bomberos que en vez de salvar del fuego se dedicaban a provocarlo para quemar libros; los pocos libros que sobrevivían era porque los lectores los ocultaban como tesoros prohibidos cuyo descubrimiento les podía costar la vida, o se los aprendían de memoria para poder recitarlos como si fueran juglares del futuro. A Bradbury se le ocurrió llamar al cuerpo de bomberos de Los Ángeles y pedir que le comunicaran con el jefe de los matafuegos. “Jefe, soy escritor y necesito un dato… ¿usted sabe a qué temperatura arde el papel?”. “Espere un minuto en la línea que lo averiguo”. “Sí, lo espero”… “451 grados Fahrenheit, esa es la respuesta a su pregunta”. “Gracias, jefe, ese será el título entonces de mi novela: Fahrenheit 451”.

A pesar de que Bradbury sentía grandísima fascinación por el futuro, aseguraba que en su obra él no pretendía describir el futuro sino prevenirlo. Le tenía profundo escepticismo a las computadoras, no podía imaginar un mundo donde ellas albergaran todo eso que se hallaba en librerías y bibliotecas. No fue sino hasta 2008 (a sus ochenta y ocho años) cuando lograron convencerlo de editar en formato electrónico las Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, algo a lo que se había negado en redondo desde que le asomaron la posibilidad. No le gustaba tampoco Internet, prefería el teléfono, acudir directamente a la fuente confiable de información, como él había hecho con el jefe de bomberos, mucho mejor que creerle a alguien que realmente no sabía pero lo había publicado en la Red. En ese sentido se ponía en sintonía con otro grande de la ciencia ficción, James G. Ballard, quien desconfiaba de las tecnologías electrónicas pues a su entender «ofrecían poderes casi ilimitados al hombre para jugar con su propia psicopatología». Y con preocupante frecuencia uno se asoma en las redes sociales y vaya que Ballard y Bradbury tenían razón.

Otro aparato que detestaba era el auto. En su vida se sacó el carnet de conducir. Aseguraba que se trataba de una máquina endemoniada sumamente peligrosa, otro invento delirante de la humanidad tan grave como la guerra y que mataba más o menos al mismo número de gente al año. Es probable que un accidente de tránsito que sufrió a los dieciséis y que lo obligó a arrastrarse por kilómetros hasta llegar a casa para luego pasarse seis meses en recuperación, haya influido en este desprecio por los carros.

De conducir se encargaría su esposa, Margaret (igual como lo hizo mi señora madre, llamada también Margarita, toda la vida con mi padre). Antes de que Bradbury se convirtiera en un autor famoso y laureado era bastante impopular entre los vecinos. Un hombre que no trabajaba ni manejaba, qué cosa tan rara, que dejaba que su mujer se encargara del volante y de proveer los insumos para el hogar gracias a un trabajo estable con el que mantenía al vago del marido y a sus cuatro hijas; qué va, algo ahí no andaba nada bien. Pero recordemos que Ray tenía una condición que lo impulsaba a enclaustrarse en lugares aislados y poco ventilados, recordemos que le tenía fobia a los autos, a los espacios abiertos, además de una timidez crónica que solamente pudo vencer cuando su obra se dio a conocer al mundo. No la tenía fácil. Era un ermitaño por vocación y por condición. Tuvo una oportunidad en la vida y decidió jugársela, tuvo la suerte de que le salió bien. A los veinticinco años comenzó a frecuentar una librería donde trabajaba la joven Maggie, la criatura más hermosa que había visto en su vida. A Maggie ese sujeto con un abrigo largo que se pasaba horas mirando los estantes sin comprar nunca nada (sobre todo porque no tenía dinero) le parecía un poco sospechoso, incluso llegó a pensar que se estaba robando los libros y los ocultaba debajo de la gabardina. Hasta que un día Ray se armó de valor y la invitó a un café, que luego se convirtió en unos tragos. Un año más tarde en un matrimonio («hizo sus votos de pobreza conmigo, porque yo no tenía nada de nada», recordaba Bradbury) y luego en cuatro hijas y, finalmente, en cincuenta y seis años de matrimonio hasta que la muerte los separó en 2003.

Retrato de Ray Bradbury.

Cuando a los treinta años publicó Crónicas marcianas recibió una sorpresiva llamada de un héroe personal, Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz. Huxley había leído las Crónicas marcianas y estaba fascinado. Cuando se conocieron para tomar un té, Huxley dijo: «¿Bradbury, usted sabe lo que es?». «No, no lo sé». «Usted es un poeta». Bradbury, ante semejante halago del maestro, no pudo contener las lágrimas. Se soltó a llorar y fue un momento un poco raro. En una entrevista que le hicieron poco antes de morir, Bradbury dijo:

Mis editores dicen que soy un novelista. Huxley me dijo que soy un poeta. La crítica me señala como un escritor de ciencia ficción. Yo lo que soy es un hombre obsesionado por tratar de atrapar el regalo que es la vida, ese es el centro de todas mis historias. Quiero que cuando la gente toque mis libros y los lea se den cuenta de que están vivos.

Bradbury murió a los noventa y dos años. Hacía algún tiempo había sufrido un infarto del que logró sobrevivir, pero que lo dejó incapacitado para escribir. Quería que su epitafio fuera «Aquí yace Ray Bradbury, quien amó la vida completamente». También soñó con que sus cenizas fueran transportadas en una lata de sopas Campbell hasta Marte y las enterraran bajo las arenas marcianas. Sin embargo –vaya a saber quién lo decidió– su lápida en el Cementerio de Westwood Village Memorial Park simplemente reza: «Autor de Fahrenheit 451». Pero valga la mención a un detalle: el lugar donde amartizó el 6 de agosto de 2012 el explorador Curiosity Rover de la NASA sobre la superficie marciana, exactamente dos meses después del fallecimiento del autor, fue llamado «Bradbury Landing».

En la que probablemente fuera su última entrevista le pidieron un consejo para finalizar: «Párate al borde de un precipicio y salta. Construye tus alas en la caída», respondió. Ojalá, en el universo donde se halle ahora, sepa Ray que a Marte sí llegó. Y que lo de vivir para siempre también lo logró.


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