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Perspectivas

Ramón Pasquier

por Ángel Alayón

12/01/2020

Ramón Pasquier retratado por Roberto Mata

Estaba sin voz. Una gripe me tenía afónico. Ramón y yo nos sentamos en el restaurante Chez Wong en La Castellana. No sabía cuál era el objetivo de aquella invitación. Ese día me propuso que Prodavinci tuviera un segmento en el programa Agenda Éxitos, que conducía junto a Albani Lozada en Circuitos Éxitos.  Me dijo que le gustaba lo que hacíamos en Prodavinci y que nuestro contenido podía adaptarse a la radio. Yo asentía con la cabeza. Logré soltar algún sí gutural y con esfuerzo dije algunas frases que causaron dolor en mi garganta. Siempre me pareció una paradoja que el día en que Ramón me ofreció estar en la radio yo no pude hablar. 

La alianza se selló días más tarde en el restaurante de Edgar Leal, un amigo en común. Ya con voz, hablamos sobre la estrategia de contenido con Valentina Maninat, quien era la jefa de producción de Circuitos Éxitos. Al salir del restaurante, Ramón me dijo: “Esto es un experimento. Si a los del departamento de ventas no les gusta, en un par de semanas se acaba esta historia”.

Ramón estaba inquieto con el periodismo venezolano. Argumentaba que el oleaje y la espuma que genera lo noticioso impedía entender que las placas tectónicas debajo del mar se estaban desplazando. Y estas son las que lo cambian todo. Muchos contaban el relato de la espuma, pero allí no estaban las preguntas ni las respuestas que Ramón buscaba. El momento exigía, y exige, afinar el oído para distinguir entre el ruido y la señal. Él intentaba entender la decadencia o, más bien, entender el desmoronamiento. Y lo hacía con la esperanza (leve) de que si lo entendíamos, sería posible torcer un destino que se nos asomaba como inevitable.

Ramón quería voces nuevas porque buscaba ideas nuevas. Se cansó de escuchar siempre a los mismos en radio y televisión. Reconoció los peligros de la ligereza de opiniones que recorren las redes sociales, del amarillismo de las ideas, de los enciclopedistas. Se cansó de los que “saltan de programa en programa para decir lo mismo, para no decir nada”. Atribuía el problema a cierta comodidad operativa: “Es más fácil invitar al que sabemos que vendrá”. Intentaba agitar: era parte de su esfuerzo por entender. 

Almorzábamos con frecuencia luego del programa. Algunas veces con Willy McKey. Caminábamos hasta Pizza Zeina o a El Mundo del Pollo. La versión de lujo de esas comidas era en el Ávila Tei. Durante las caminatas, siempre hablaba de la ciudad. Identificaba el descuido de la estética urbana como una muestra de un deterioro más allá de lo visible. En lo público, lo feo y lo grotesco son síntomas de un problema mayor. Lo repugnante de la fachada era solo una prueba de fallas en la estructura. 

Yo le preguntaba sobre hacer radio. A él le interesaba un amplio rango de ideas del mundo de las Ciencias Sociales. Un día me interrogaba sobre el origen del concepto de cleptocracia, otro sobre la sostenibilidad del crecimiento económico chino; pero buena parte de nuestras conversaciones se orientaba hacia libros, películas y series. 

Conversamos mucho sobre Juego de Tronos. Hicimos un par de programas especiales sobre la serie. Identificó desde muy temprano a Daenerys Targaryen como una populista peligrosa, cuando todavía muchos creían que sería la redentora de Westeros. La llamaba Narda-Shakira. No daré explicaciones.

Su rechazo al populismo iba mucho más allá de las veleidades de la reina de los dragones. Era crítico de los políticos venezolanos. Le preocupaba la tendencia a elaborar un discurso sin sustancia, sin ideas y sin capacidad de conectar con las emociones. Le preocupaba la propensión de estos políticos a confundir los buenos deseos con un plan y las buenas intenciones con una propuesta. Una vez escuchamos parte de una conferencia de prensa de un político opositor y dijo: “Con ese manejo del lenguaje, solo puede entender la mitad del problema”.

El cáncer lo tomó por sorpresa. Su actitud fue estoica. Nos informó. Avisó de algunos cambios que haría en su vida y nos contó sobre su tratamiento. Nunca hizo pública la información. Iba a trabajar entre sesiones de quimio y radioterapia. Aquello nos inspiraba, pero también nos preocupaba. Su ética de trabajo y su privacidad fueron pivotes claves para entender esa etapa de su vida. Nuestros almuerzos disminuyeron. Aumentaron las notas de voz para hablar sobre las mismas series y el estado de su salud.

La última película que me regaló fue Leopardi, el joven fabuloso. Allí se cuenta la historia de Giacomo Leopardi, el poeta italiano del siglo XIX que, enfermo, hizo una carrera literaria que influiría a filósofos como Schopenhauer, quien llegó a llamarlo su “hermano existencial”. Leopardi escribió alguna vez: “Se me encoge el corazón al pensar cómo todo pasa sin apenas dejar huella”. No fue este el caso de Ramón. 

En el único artículo que escribió para Prodavinci, narra su encuentro cercano con la diva Catherine Deneuve. Allí dijo: “Las estrellas, los carismáticos, cambian la atmósfera apenas entran a un lugar”. ¿Quién pone en duda que también la cambian cuando se van? 

La llamada de Ana María Oxford entró a deshora el doce de enero de 2017. “Acaba de fallecer”.

Colgué y me quedé, otra vez, sin voz frente a Ramón. 


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