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Perspectivas

Quito, justo ahora

por Roger Vilain

Fotografía de YamezA | Flickr

09/10/2019

Vivo en Quito desde hace tres años. Llegar a una ciudad supone un movimiento en varios flancos: desde la alegría, la obligación, el dolor o la esperanza.

Es verdad que la nostalgia se arraiga incluso antes de que el viaje cobre carnadura. Somos animales nostálgicos porque el centro de nuestra condición pasa, en gran medida, por la necesidad de evocación, materia que labra identidad para mantener los afectos y darle un manotazo a esa señora llamada desmemoria.

Llegué a la mitad del mundo un veintinueve de septiembre de dos mil dieciséis. Camila y Daniel andaban de mi mano. Ana Luisa, mi esposa, arribaría un mes después. Veinticinco días atrás la Pontificia Universidad Católica del Ecuador me daba luz verde para recoger mis bártulos: había obtenido una plaza como profesor luego de presentarme a concurso gracias al mundo virtual y aquí estaba, plantado en tierra extraña un día antes de mi cita con las autoridades de la Facultad. Eran las ocho de la noche.

La incertidumbre siempre hace de las suyas, por lo que fue casi imposible descansar. Al amanecer me acerqué a la ventana y un océano de edificios, entre neblina y llovizna, se extendía como si nada. Ya en la calle el viento helado, unas montañas elegantes, el ir y venir de la gente me hicieron sentir bien. Poco a poco comprobaba la nueva realidad. Era un extranjero, debía arreglar papeles, decodificar el entramado en el que estaba y, en fin, acomodarme lo mejor posible al nuevo espacio.

Una ciudad –esa que puedas llamar tuya o cuando menos la idea que de ella me he forjado– pasa por asemejarse al lugar en el que puedes concretar tus expectativas. Si éstas se ven mínimamente satisfechas, respiras tranquilo, vislumbras futuros amables, descubres guiños que calan en tu espíritu. La ciudad de Quito –horas antes, una geografía desconocida– implicó amor a primera vista. Poner pie en ella y comenzar a recorrerla supuso una aceptación inmediata. Estuve seguro, no sé por qué, de que las cosas estaban en su sitio.

Siempre deseé regresar a la Mérida de mis tiempos universitarios. Ahí fui feliz, quise quedarme, hallé a una mujer, aprendí a conocerme, dejé amigos que hasta hoy han dicho “hola, buenas, pasa adelante” cuando he tocado a sus puertas. La literatura, el cine, la farra, el baile; las decepciones y los anhelos alimentaron mi carácter. Alirio Pérez Lo Presti, Mariano Nava, José Rodríguez, Lis Torres, Lubio Cardozo, María Fuentes, Jesús Alberto López, Juan Sebastián Rodríguez, gente que supo trocar pedazos del minutero en amistad aún forman parte de mis posesiones más profundas.

Así, en Quito, los pasos iniciales se convirtieron en regreso a los orígenes, ámbito en el que aprendí a ver en la ciudad una extensión de la casa, del nicho infantil o adolescente cargado de fútbol, novias furtivas y sueños tramados para cuando asomara la adultez. Quito trajo de inmediato remembranzas que llevaban rato hundidas en el pozo de lo confinado al pasado, un hecho que en buena hora apareció con la amenaza de concreción inesperada, sorpresiva, fabulosa. Justo cuando el desarraigo toca el portón sin solicitar permiso, dos ciudades se abrazan en idéntico horizonte.

Durante tres años la experiencia no ha variado. Semejante diálogo, tan sencillo y mágico como evocar o soñar, continúa vivo. Una ciudad y otra juegan a buscarse hallándose en sitios extraños para desencontrándose y, otra vez, reencontrarse. La nostalgia envuelve con su hálito traducido en país y en época ya ida –de aulas universitarias, habitaciones baratas, mochilas y cuadernos–, y deja a su vez una estela de sosiego tan necesario en momentos cuando nos hallamos lejos del lugar amado.

Entonces aquí, justo ahora, Venezuela cabe en una acera, en un café o en el libro que llevo bajo el brazo. Más de una vez, sentado en cualquier terraza, los atardeceres imitan o recuerdan alguno de Margarita, Upata o Puerto Ordaz. El dolor y los crímenes que ha soportado mi país tienen la particularidad de inmiscuirse hasta en lo más refractario a ellos: cuando Heinrich Böll o Thomas Mann se desmigajan entre los dedos a las cinco en punto de la tarde rememoro una Venezuela que, ultrajada durante veinte años, insiste en continuar de pie pese a las heridas abiertas.

Como decía arriba: desde el primero de mis días en Quito la complicidad surgió cual fantasma en las esquinas, en los buses, en las aulas, en el frío de una ciudad donde he hallado amigos, trabajo, refugio, motivos para hacer de los recuerdos el amasijo de afectos que son también terapia, puesta al día de lo que he sido y soy. Nunca como en estas horas me doy cuenta de que es bueno andar tantos kilómetros para corroborar que estés donde estés y pase lo que pase, la maleta que llevas termina por increparte cuando te miras al espejo: perteneces a un lugar, cargas tus memorias y tus muertos y el mundo te alberga sin que dejes de pertenecer a aquel espacio donde todo empezó.


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