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Primera Guerra Mundial: cuando las campanas se convirtieron en armas

por Kersten Knipp

24/09/2018

El 21 de septiembre repicarán las campanas en Europa para recordar el fin de la I Guerra Mundial.

El sacerdote Karl Munzinger terminó resignándose después de haber intentado, durante un tiempo, sortear la orden del gobierno para minimizar en lo posible sus consecuencias. Pero, a finales de julio de 1917, tuvo que reconocer que sus esfuerzos habían caído en saco roto. Pronto pasarían a recoger las campanas de su parroquia para llevárselas a la siderurgia, fundirlas y convertirlas en cañones.

En su sermón del 22 de julio de 1917, este sacerdote justificó la pérdida de las campanas explicando que “en el futuro, estas hablarán un lenguaje distinto al que han expresado hasta ahora”. Asimismo, se hizo eco de toda su parroquia cuando proclamó: “va en contra de todos nuestros sentimientos que las campanas, que predican la paz y curan los corazones doloridos como pocos remedios en el mundo, tengan que emplearse en asesinatos crueles que desgarran cuerpos y abren heridas.”

La recogida de campanas de marzo de 1917

Cuando empezaron a flaquear las existencias de metal, fundamentales para la industria de la guerra, la orden del gobierno del Reich alemán fue recoger campanas para fabricar armas. Evidentemente, esto entristeció a muchos ciudadanos, no solo a los cristianos católicos.

El 21 de septiembre de este año, van a repicar las campanas de toda Europa para conmemorar ese hecho. Pero también para rememorar la alegría y el alivio relacionado con el fin de la Primera Guerra Mundial, el 11 de noviembre de 1918. Al mismo tiempo, el repiqueteo está pensado para concientizar acerca del efecto devastador de la guerra en el orden establecido.

Los momentos más dolorosos

Descolgar las campanas, fundirlas y convertirlas en artillería, según el pastor evangélico de Colonia, Rüdiger Penczek, “trastocó” el sentido de este instrumento eclesiástico de paz para convertirlo en todo lo contrario, útiles de guerra.

Desde tiempos inmemoriales, las campanas han marcado el ritmo de la vida diaria. Cuando, por ejemplo, repican a muerto, se sabe que se va a enterrar a alguien. Las campanas vespertinas del sábado nos anuncian la llegada del domingo para aparcar el trabajo y descansar. Esta dimensión espiritual de las campanas es la que precisamente se perdió durante la Primera Guerra Mundial. La orden de marzo de 1917 desencadenó, como es comprensible, los sentimientos más dolorosos entre el clero y el pueblo.

“Que la paz sea su primer tañido”

No podía ser de otra manera. Aún hoy, cuando empieza el siglo XXI, las campanas son un componente del día a día europeo aunque hace un siglo lo fueron mucho más. De hecho, en 1799, Friedrich Schiller describía así el rol de las campanas en la vida pública: “Y todavía perdurará en días lejanos, por venir, llegando al oído de muchos hombres, afligiéndose con los afligidos y uniéndose al coro de los oficios divinos.” Su sonido une a las personas, convierte lo singular, en plural: “¡Tirad!, ¡tirad!, ¡Levantadla! Ya se mueve, ya flota. Que signifique alegría para esta ciudad, que la paz sea su primer tañido”, prosiguen los versos de Schiller.

Los conceptos de “coro” y “paz” quedaron brutalmente mancillados y pisoteados durante la 1a. Guerra Mundial. En el lugar del coro se amontonaban los cuerpos; la paz desembocó en batalla; la vida diaria se tornó en un estado de excepción permanente. Mientras tanto, las campanas callaban. La ruptura de la cotidianeidad también afectó a las costumbres litúrgicas y las campanas resuenan ahora menos que en el pasado, afirma el pastor Penczek. “Algo se está desmoronando”, según él.

El mundo se derrumba

Claro que, por aquel entonces, no todo el clérigo veía horrorizado que las campanas se convirtieran en armas, algunos celebraban la orden y criticaban la resistencia que surgió en numerosas parroquias. La responsable de este descontento fue, claramente, la prensa, que propagaba ideas falsas sobre la necesidad de fundir las campanas, algo de lo que tendría que haberse abstenido. Al no hacerlo, se desató una reacción social para que el clero prestara su apoyo a la causa con el sentido patriota que había caracterizado a los sacerdotes en el pasado.

En torno al 44% de las campanas de iglesias alemanas terminaron en la fundición durante la I Guerra Mundial. En Gran Bretaña, el repique de campanas del 21 de septiembre recuerda también a los 1.400 campaneros caídos en combate que fueron reclutados para acudir al frente. Ellos se perdieron el anuncio redentor del alto al fuego del 11 de noviembre de 1918.

La diversidad de la memoria

El recuerdo de la guerra se tiñe de un tono distinto en cada nación según la suerte que corrió en la batalla. Para Alemania, esa fecha supuso una página negra en su historia. En cambio, para Polonia, que 125 años había sido dividida y ocupada por los grandes imperios, la fecha encarna el renacimiento de la nación.

Las campanas del 11 de noviembre de 1918 transmitían alivio, alegría y luto en función del país. Una diversidad digna también de conmemoración, según el pastor Rüdiger Penczek.

Autor: Kersten Knipp (PJ/CP)


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