Telón de fondo

¿Por qué fracasó Miranda?

por Elías Pino Iturrieta

Miranda en la Carraca,‎ por Arturo Michelena

29/01/2018

La independencia de Hispanoamérica fue un proceso ecléctico, en el cual intervinieron, grosso modo, tres elementos: los intereses lugareños, la mentalidad tradicional y el pensamiento de la Ilustración. En la antesala del suceso fue determinante el peso de los primeros, debido a su presencia inmediata y a su antiguo establecimiento en las colonias. Los caballeros que se presentaban como voceros de la insurgencia eran sus criaturas principales. En el caso de los factores provenientes de la modernidad, pese a la trascendencia que tuvieron, representaban un ascendiente foráneo que debía ponderarse con cuidado.

Los argumentos de la burguesía y las noticias sobre conmociones contra el antiguo régimen jugaron un rol evidente. Tanto los autores como los episodios más famosos de Europa fueron manejados hasta la saciedad en los cenáculos opuestos a la monarquía. Sin embargo, las proposiciones y conductas de la clase media también produjeron reticencias, o franca repulsión. Así, por ejemplo: los discursos contra la fe católica, las propuestas de igualdad entre los hombres, la beligerancia popular y la violencia de las guillotinas. La clase que pensaba divorciarse de España se ubicaba en el peldaño más alto de la sociedad oligárquica, y su proyecto estaba en correspondencia con esa posición de vieja data. En consecuencia, necesitaban la formulación de un plan  apacible que no pusiera en peligro sus inmunidades, sus ricas posesiones. Un programa como el que suscribían los extremistas de París, o las turbulencias de la sedición liberal, solo atraían a los jóvenes del criollaje. Los dirigentes maduros mostraron cautela frente a un terreno tan resbaladizo.

Dentro de esta situación, que condujo a portentos de equilibrista con el objeto de permitir el predominio de los linajes criollos, debemos ubicar la presencia de Francisco de Miranda en la historia continental. Ante los ojos de sus contemporáneos hispanoamericanos, líderes de la revolución, el Precursor no fue un par bienvenido. Al contrario, fue un personaje susceptible de provocar recelos. ¿No era el heraldo de un universo amenazador, de ese mundo que había engullido añejos privilegios y a cada rato sorprendía con mudanzas que nadie en sus cabales había imaginado? Para un aristócrata de la postrimerías coloniales –como el marqués del Valle de México, el señor de Selva Alegre, el caballero de Montúfar, el conde de Tovar o el marqués del Toro- la Ilustración no era solo otro tema para animar las tertulias, o una moda que se reflejaba en las pelucas. Era enfrentarse a una cartilla fulminante que negaba los preceptos en los cuales se formaron, y una intención de subvertir la paz. Como protagonista de numerosos episodios del Siglo de las Luces, Miranda no solo podía contar con las sospechas de los hombres principales de su tiempo, sino también con sus anatemas. Si se agrega la humildad de su origen social, las preocupaciones aumentan.

La esencial fuente de desconfianza fue provocada por los lugares en los cuales el grande hombre hizo la publicidad de la Independencia: los Estados Unidos, Francia e Inglaterra. La mentalidad tradicional los juzgaba como lugares impropios. Aunque la república del norte era un espejo en el que daba gusto mirarse –no en balde su nacimiento evitó pruebas sangrientas y fue respetuosa de los propietarios-, parecía una tosca iniciativa de mercaderes. Había mucho de tercería en esa nación de labriegos y tenderos, como para que los descendientes del tronco peninsular se entusiasmaran excesivamente. La relación del caraqueño con los estadounidenses, cuyos funcionarios trató en la más alta escala, debió hacer que los círculos cerrados lo sintieran como órgano de una lección pragmática y vulgar.

Los nexos con Francia multiplicaron las prevenciones. Allá no militó en el bando extremista, como se sabe, sino con los simpatizantes de la Gironda. Sufrió cárceles, pasó el trago del tribunal y estuvo a la orilla del cadalso en la época del Terror. Sin embargo, refulgía en sus credenciales el mérito de dirigir los ejércitos revolucionarios contra las coronas del Ancien Régime, su fallida candidatura como funcionario de la Convención en las posesiones del Caribe, el relumbrón de un paseo por las calles de París en hombros de la canalla y fama de contertulio en  salones  desvergonzados. Los petimetres de la América española cayeron rendidos frente a tantos laureles, pero las figuras rectoras de la preindependencia y de los primeros arranques republicanos advirtieron defectos en lo que los mozos veían como cualidades. Era difícil que el olfato de los criollos, especialmente de los más entrados en años, no sintiera a su paso un embarazoso olor a sans-culotte.

Otra emanación debió sacudirlos, como consecuencia de sus tratos en Inglaterra con ministros y parlamentarios. Desde la época de Felipe II, tanto en la península como en las colonias se consideró a Gran Bretaña como una comarca de herejes contra la cual debía levantarse un miro de rezos y pólvora. Era otro mundo regido por el demonio, quien no solo tenía como emisarios a los pastores de la iglesia cismática sino también a los asoladores piratas. Debido a su relación con los ingleses, ¿no era acaso Miranda un impío con piel de cordero, un agente de los filibusteros que ahora se presentaban como pulcros comerciantes? Cuando el obispo de Mérida de Maracaibo divulgó, en 1806, un documento pastoral que lo acusaba de pecador y ateo, solo corroboraba una lectura usual.

Pero, como resultado de la educación y de las vivencias, Miranda traía una rémora personal capaz de detenerlo en su itinerario, un lastre que no podía atribuirse a las renuencias del entorno en el cual fracasaría, sino a él mismo. Hizo el primer programa de política hispanoamericana sirviéndose de las claves de la Ilustración. Pensó a Colombeia mediante la utilización de las pistas de un pensamiento excesivamente generalizador, partiendo de un argumento demasiado confiado en el poder transformador de la razón; mirando desde una atalaya cuyos vigías apenas deseaban observar novedades, sin calibrar el peso de las permanencias ni la significación de los detalles; alternando con la burguesía de Europa y con personeros de la política y la cultura para quienes Hispanoamérica no existía siquiera como expectativa, o era un ingrediente de flaca estimación dentro de unos cálculos hechos desde y para Europa como centro indiscutible del universo. Apenas una media docena  de jóvenes “indianos”, contados comerciantes y algunos jesuitas expulsos pudieron ofrecerle experiencias directas sobre el eje de su plan, el cual forzosamente se fundó en evidencias de segunda mano, la mayoría procedentes del ambiente metropolitano que era opuesto a la independencia de las colonias o proclive a manipularla. Para colmos, le elucubración venía en el equipaje de un “blanco de orilla”.

Más que un choque de pensamientos, el reencuentro del Precursor con el medio del cual se había separado desde hacía tres décadas, representó una colisión de mentalidades. Los destinatarios de su designio apenas eran a medias unas criaturas de la modernidad. Respondían a las solicitudes del entorno gracias a la atención de pistas trilladas, es decir, al dictamen de una sensibilidad de la cual no se podían divorciar sin el temor de precipitase en un abismo. Un heraldo de las Luces, guiado por ellas en esencia, estaba condenado al fracaso. Atisbaba un solo panorama de mudanzas cuando existían varios, muchos de ellos adaptados a una rutina que requería, para ser otra cosa, fuerzas superiores a un discurso, más atractivas que el plomo de la imprenta, más imperiosas que la invitación de un forastero sin linaje.

Buscaba unos interlocutores como los que había dejado en el Viejo Mundo, pero no existían o apenas se estaban formando entre balbuceos. No podían congeniar entonces, tan temprano, tan de bruces,  los intereses lugareños, la sensibilidad tradicional y las ideas de la Ilustración. De allí que no solo  padeciera Miranda el erizamiento de quienes buscó como compañeros, o como iluminados seguidores, sino que, por desdicha pero también por motivos comprensibles,  terminara sus días en el predecible arsenal de La Carraca.


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