Perspectivas

Parque Central

Fotografía de Carlos Acosta | Flickr

20/02/2021

Fotografía de Caracas a pir | Flickr

Algunas noches tengo un sueño recurrente: camino por Parque Central hasta la torre donde quedaba mi preescolar. Paso otra vez por ese puente transparente y embutido que, a gran altura, comunica las dos construcciones bañado por una cálida luz naranja, como la mano de mamá que me lleva hasta el penthouse del edificio El Tejar. En ese mismo sueño bajamos las escaleras –que parecen no tener fin– y llegamos al sótano. Casi nunca encontramos el carro. Caminamos por ese húmedo y oscuro laberinto, y despierto. Otras veces abordo un ascensor que sube hasta una altura que supera cualquiera de las torres del conjunto. Parece la cabina de cristal de Willy Wonka –que no solo se mueve hacia arriba, sino a los lados– al punto de alcanzar espacios como los del Metrocable de San Agustín. Así, cada cierto tiempo vuelvo en sueños a Parque Central; un lugar que es parte de mi vida; un sitio que me resulta, asimismo, un personaje colosal y monstruoso.

Cuando era niña, después de salir de la escuela, pasaba muchas horas en la oficina de mi madre. Recuerdo cuando comenzó a trabajar en la Torre Oeste; allí funcionaban las dependencias del Centro Simón Bolívar. Subíamos al ascensor y, después del vacío en el estómago, llegábamos al altísimo piso treinta y tres. Yo me asomaba por los ventanales para mirar el barrio La Charneca. Desde el escritorio de mamá veía la calle hacia la estación del Metro Bellas Artes. Durante un largo tiempo recorrimos un camino en construcción cubierto de tablones que desembocaba en un gran túnel, el cual utilizábamos para llegar a la estación. Era un juego entrar en la boca de aquella ballena de cemento, subirse al tren dentro de su estómago y salir a la superficie por otra abertura de ese animal gigantesco y subterráneo. Más adelante instalarían en aquel camino entre Parque Central y Bellas Artes varios puestos de libros usados que yo insistía en visitar cada tarde después de salir de la Librería Las Novedades, ubicada en la Torre Este. Nada me gustaba más entonces que pensar en esos paseos antes de volver a casa.

Pasé muchas veces por la avenida Bolívar para ir o volver de Parque Central. Me gustaban aquellos recorridos: salir de los túneles de las torres de El Silencio y sentir la luz que cruzaba las calles a diferentes horas. No olvido las colas de carros y el paisaje detenido antes de la vía soterrada. Siempre me sorprendían los diferentes lugares a donde podías salir dependiendo de la bifurcación que tomaras bajo tierra. La luz del atardecer sobre las torres de El Silencio semejaba algo así como un portal al futuro o a otra dimensión.

Mamá trabajó toda su vida en el Centro Simón Bolívar. La recuerdo yendo y volviendo de la oficina, siempre contando cosas que pasaban entre los empleados, a nivel gerencial, en el camino o en los alrededores del complejo arquitectónico. Nunca he visto a nadie tan apasionado como ella porque todo cuadrara, porque saliera a tiempo y porque se cumplieran los procedimientos correctos para llevar a cabo las obras. A veces no sabemos cuánto dependen ciertas cosas de los procesos administrativos, pues cuando la tarea se hace bien aquellas labores suelen quedar en la sombra. Eso sí, cada cinco años mi madre recibía su respectivo botón de reconocimiento por los servicios prestados. Para mí ella podía resolverlo todo, encontrar la forma de que los números cuadraran, como hacía en su trabajo.

Cuando ya tenía como diez años de edad dictaron un concurso de dibujo auspiciado por el Centro Simón Bolívar. Mamá me incentivó a participar, imagino que buscando sacarme del aburrimiento de las tardes en su oficina. Nos pedían esbozar algo característico del Centro Simón Bolívar. Veía que muchos dibujaban edificios, pero lo que yo recordé primero fueron las placas con los nombres de las esquinas en el centro de Caracas, que tenían en el borde inferior derecho el logo CSB. Dibujé un hombre sobre una escalera colocando uno de esos carteles; gané una mención honorífica y me obsequiaron una caja de veinticuatro creyones Prismacolor que me duró mucho tiempo. Ahora caigo en cuenta de que tenía una especie de sentido de pertenencia institucional al lugar donde mi madre entregó tantos años de su vida, una instancia sin duda importante para ella.

Me encantaba estar en Parque Central. Algunas veces daba una vuelta con mamá a la salida de su trabajo. Durante un tiempo asistí a la piscina de los hermanos Capriles, ubicada en uno de los edificios. Mi madre me dejaba allí hasta cuando salía de la oficina. A los doce años de edad iba con mis primos –los viernes por la tarde– al Museo de los Niños. Lo disfrutaba mucho: aquella entrada con una bola gigante de colores que imaginaba como una gran pecera a punto de estallar. Luego, el pasillo oscuro con sonidos, y después todo lo que podías hacer en aquel maravilloso espacio. Cuando comencé a visitar el museo ya era grande para entrar en «La Molécula», por lo que solo acompañaba a mi hermana pequeña a hacer ese recorrido alucinante.

Mientras iba creciendo ganaba más territorio. Cada vez podía alejarme un poco más de la oficina de mi madre y toda esa zona se convertiría en mi hábitat. Conocía muy bien cada uno de los pasillos entre los edificios de Parque Central –con su sempiterno olor a basura– y los niveles de ascensores que iban a la avenida Lecuna o a la avenida Bolívar. Me gustaba bajar y caminar desde la Torre Oeste hasta la Este, y salir de allí hasta el Museo de Arte Contemporáneo; sentarme cerca de la obra de Gego (que estaba en una de las entradas), ver las exposiciones, ir a la biblioteca del museo. También me encantaba salir de Parque Central y pasear por el Hotel Caracas Hilton, el Teatro Teresa Carreño y el Ateneo de Caracas. Desde pequeña había descubierto en todos estos edificios el logo del Centro Simón Bolívar; me daba orgullo que mamá trabajara allí, muchos de esos espacios forman parte de mi memoria emocional.

Cuando tenía trece años nos fuimos a vivir a una de las residencias que construyó el Centro Simón Bolívar en Montalbán, en el terreno donde se realizó la misa del Papa Juan Pablo II cuando vino a Venezuela en 1985. Esos edificios gigantescos –cuyo proyecto prometía convertirlos en una pequeña ciudad cerca de la Universidad Católica, con locales comerciales de primera pero donde solo se construyeron panaderías, farmacias, abastos y centros de copiado–, terminaron siendo una suerte de piezas en obra limpia que dan la sensación de edificaciones inconclusas, con jardines imposibles de visitar por las cosas que la gente tira desde los balcones, e historias de pesadillas de niños caídos desde ventanas mientras dormían. Una arquitectura desastrosa de apartamentos a los que nunca les llega luz solar; construcciones, en fin, de otra época del Centro Simón Bolívar; el comienzo, quizá, de un tiempo de oscuridad.

En el primer año de gobierno de Hugo Chávez todavía iba a visitar a mamá al trabajo. Ya no pasaba toda la tarde allí, sino que subía hasta su oficina cuando me daba una vuelta por Bellas Artes. Un día me dijo que una frase se repetía en su mente: “Debacle financiera”; no podía sacársela de la cabeza, como cuando había escuchado la voz de mi abuela la noche en que murió a muchos kilómetros de distancia. Tal vez intuía lo que se avecinaba.

En 2000 cumplió veintidós años de trabajo en el Centro Simón Bolívar. Había logrado alcanzar, después de mucho esfuerzo, un cargo “de confianza”. Le pidieron la renuncia sin ninguna justificación. En ese momento estorbaba alguien vigilante de los procesos administrativos. Solo le faltaban tres años para jubilarse. Así, con pena y sin gloria, terminó su vida de dedicado servicio público. Entregó casi un tercio de siglo a una institución que al final le hizo ver que era prescindible, que solo era una parte reemplazable por cualquier otra.

Seguí visitando Bellas Artes. Iba a los museos –al Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber (que se convertiría en Museo de Arte Contemporáneo Armando Reverón)–, al Ateneo hasta que dejó de ser el Ateneo, a la Galería de Arte Nacional (que dejó de ser la GAN) y vi cómo todo empezó a transformarse (desde los logos hasta los edificios), y cómo se quemaba la Torre Este de Parque Central. En algún momento se comenzó a sentir el inevitable derrumbe. Uno trataba de ir hasta donde podía con su memoria emocional, pero de pronto te encontrabas caminando entre cáscaras de lo que había sido antes —o entre ruinas. Allí estaban los espacios, pero muchas veces desalmados: la nada iba tomando lugar, como en La historia sin fin, la novela de Michel Ende; una nada que ahora copa casi toda aquella zona que alguna vez fue un sueño de esperanzas para la ciudad y para quienes por allí crecimos.

[Texto generado en el “Taller de literatura autobiográfica” coordinado por Ricardo Ramírez Requena.]


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