Perspectivas

Osmel, ensayo de historia patria

Fotografía de Juan Barreto | AFP

19/01/2019

Pocos hombres son capaces de resumir su tiempo y su sociedad. En especial, de lograr la representación de sus aspiraciones más hondas, de crearles símbolos, de hacerlas soñar. No suele tratarse de personas que ocupan grandes cargos políticos o de artistas que reciben la admiración de la academia. Ellos, nadie lo discute, son muy importantes e influyentes. Pero hablamos de hombres y mujeres que son capaces de componer una melodía en la que casi todos, por al menos unas semanas, se sienten identificados; que inventan un atuendo que medio mundo quiere ponerse encima, aunque años después se avergüence de las fotografías en las que sale con ellos; de un libretista de radio o de telenovelas que llega al meollo de las ilusiones y los temores de sus coetáneos. Las ciencias sociales y la historiografía, de un tiempo para acá, se han fijado cada vez más en ellos. Ya está claro que en sus biografías, en sus éxitos efímeros en comparación con los clásicos, en el pragmatismo mercantil que muchos (que no todos) de ellos tienen, se dicen más cosas de una sociedad de lo que pudiera pensarse en primer momento.

Por eso el largo reportaje que Diego Arroyo Gil acaba de publicar sobre Osmel Sousa (Osmel, un hombre desconocido, Caracas, Planeta, 2018) resulta una fuente muy valiosa para comprender lo que los venezolanos hemos sido en los últimos cincuenta o sesenta años. Para quien, como Arroyo Gil, venía de cosechar el éxito con un reportaje similar sobre Sofía Ímber, y con biografías sobre personajes esenciales de la “alta cultura”, por llamarla de algún modo, del mismo período (Luisa Palacios, Simón Alberto Consalvi), trabajar a Osmel Sousa implicó un poco ir al otro extremo de la producción cultural de la sociedad venezolana durante la segunda mitad del siglo pasado. En sus confesiones, aunque Osmel Sousa se revela muy sensible por el arte, vocación que lo atrajo de niño y que con otras oportunidades sin duda hubiera seguido, es un hombre que se declara inculto, sin ufanarse de ello, pero sin avergonzarse. Confiesa incapacidad, más que desinterés, por la lectura y no nombra, a pesar de haberse abierto camino como dibujante y actor de teatro, a ningún gran artista plástico o dramaturgo. Su universo es el de las crónicas rosas, los cotilleos de la farándula, la moda, la lentejuela (que parece amar), el canutillo, el frou-frou. No es el caso, bastante común en los medios de masas, de una formación humanística puesta al servicio de la cultura popular, como en un José Ignacio Cabrujas. Es un hombre que simplemente se dejó llevar por sus pulsaciones, sus instintos, su agudeza práctica, su inteligencia (que la tiene, y mucha) y su vivencia particular de lo estético (que resume en su proclamado odio por “lo feo”). Con eso creó íconos culturales con los que Venezuela se ve a sí misma y es vista en el mundo. También dirigió una de las empresas más exitosas de cuantas ha tenido el país, capaz de competir con éxito a nivel global. El consejo que le dio Sofía Ímber a Diego Arroyo y que lo terminó de resolver a escribir el libro (“no hay personajes menores, hay periodistas menores”) queda así demostrado. Los historiadores llevamos ya algunas décadas sabiéndolo, y hasta hay corrientes historiográficas enteras dedicadas a estudiarlos. Por eso se puede leer el libro como una fuente histórica, capaz de detonar ideas para un ensayo de historia contemporánea de Venezuela. Veamos brevemente cómo podría ser. Ello nos puede explicar por qué Osmel Sousa (Osmel, a secas para la mayor parte de los venezolanos) logró representar tan bien al país.

Antes que nada, naturalmente, hace falta una consideración sobre el texto en cuanto fuente. Arroyo Gil deja que la voz de Osmel Sousa suene sola. Lo grabó durante horas, transcribió y organizó sus recuerdos. El resultado es un relato en primera persona, una confesión tan dramática e intensa como la de San Agustín, incluso con una gran carga de religiosidad, pero, claro, sin las derivaciones filosóficas del Padre de la Iglesia. Por eso Arroyo advierte que “se echan en falta datos o referencias que no están (como lo estarían en un reportaje más amplio y coral)” (p. 173). Quien lo lea debe saber que es un testimonio y, en cuanto tal, tan interesado, inexacto y parcial, deliberada o inconscientemente, como puede serlo cualquiera. O incluso más, ya que es el testimonio de un hombre público, que conoce muy bien los resortes de los medios y lo que él mismo representa como símbolo, incluso como marca. Hay que leer con cautela cada cosa que dice. Dicho esto, tomemos dos posibles aspectos, de los muchos que aparecen en el libro, para entender por qué Venezuela es tan Osmel (u Osmel es tan Venezuela).

El primero, su biografía en sí misma como metáfora de toda una sociedad. Su infancia en Cuba es todo un cuadro de lo que representaba ser un niño afeminado y con problemas de aprendizaje en un pueblo latinoamericano de mediados del siglo XX. Golpizas, experimentos médicos, agresiones sexuales y finalmente la vergüenza y abjuración de su familia, que lo manda a Venezuela para alejar el motivo de bochorno, delinean una situación que pocas veces han sido narradas con tal libertad, pero que seguramente padecieron muchos más. Desde su llegada a Venezuela, su currículo es el de tantos venezolanos de su generación, que no en vano fue capaz de reproducir algunas de sus aspiraciones más hondas. Pensemos en esta cadena de episodios: Maracaibo, un club de teatro patrocinado por la Creole, las fiestas por la inauguración del puente, que le permiten mostrarse en público, un grupo de jóvenes artistas más o menos aficionados donde figuran Lupita Ferrer, Gilberto Correa y Osmel Sousa. La tienda por departamentos Fin de Siglo, donde hace falta alguien que dibuje figurines para la publicidad y Osmel consigue un trabajo y su destino. Casi que todos los elementos de la modernidad que despunta a mediados del siglo pasado se concentra allí. Que aparezca la industria petrolera como un aspecto clave de su destino; que haya participado en una de las obras cumbres de la democracia, como lo es el Puente sobre el Lago; que siguiera después la ruta de los millares de jóvenes provincianos que se avecindaron en Caracas; todo ello, de un modo u otro, es común a su generación. Póngase otro nombre u oficio; sea que se trató de un obrero de la Creole Petroleum Corporation o de un estudiante que obtuvo una beca de ella; sea que migró a Caracas para ir a la universidad, para buscar un mejor empleo o para ampliar los horizontes, la mayor parte de los venezolanos de la edad de Osmel compartieron las coordenadas esenciales de su existencia.

Al igual que Lupita y Gilberto se vienen a la capital; al igual, entonces, que miles de venezolanos más, Osmel llega con sus bártulos a una Caracas que, como dice, ya “murió”, pero en la que entonces se “sentía la civilización”. Así lo tenemos en un segundo momento, triunfante, en la ciudad próspera de finales de los sesentas y sobre todo los setentas, que gasta millones en ropa de moda en el Centro Comercial Chacaíto (donde monta una tienda), en la que los ricos viven con el boato de quien va a París con su avión privado, llevándose a los amigos (por ejemplo a Osmel); en la que vienen celebridades como Natalie Wood a festejar, acaso porque tienen novios venezolanos con capacidad para pagarles sus mimos; en la que las agencias de publicidad pueden hacer inversiones como el Miss Venezuela; en la que la televisión se abre camino; en la que la crónica social no se da basto para todas las fiestas, todos los vestidos, todos los peinados que hay. Es la Gran Venezuela. Aquello parece tanta felicidad que no podía ser verdad. Y no, no lo fue, como se demostró después.

Osmel ve todo aquello con fascinación, lo traga a bocanadas, lo disfruta con la despreocupación del resto de los venezolanos. Pero también lo representa. Literalmente. Lo dibuja como publicista y como cronista de las páginas de sociales. No las acompaña con fotografías, sino con sus dibujos. Si le parece que alguna dama no fue lo suficientemente bien vestida, en sus trazos la mejora (y las damas lo agradecen). Ya es juez de belleza en la sociedad y creador de figurines, atendido por todos. También trabaja —porque, eso sí, siempre fue hombre de trabajo— en la agencia de publicidad Oppa que organiza el Miss Venezuela, involucrándose cada vez más en el concurso. Y cuando éste termina de volverse un evento nacional, en el que todos reparan y sobre el que se habla en la calle desde semanas antes, él ya es uno de sus artífices. Ya es alguien atento a los anhelos de la sociedad y a cómo seducirlos. A mediados de los setentas, Venevisión le compró el concurso a Oppa y lo otro es historia, en toda la latitud de la palabra: el crecimiento en la década de 1980, con los éxitos mundiales (casi nunca bajaban las venezolanas del cuadro de finalistas), para después pasar al declive, la falta de fondos, los apuros en el siglo XXI es, una vez más, una metáfora de todo el país.

Del Miss Venezuela y cómo representa al país es mucho de lo que se ha hablado y se puede seguir hablando. De hecho, se trata de las pocas cosas en las que Osmel reflexiona un poco. Como no queda demasiado más espacio para esta nota, de todo aquello tomaremos una sola cosa, que es el segundo aspecto sociohistórico que acá resaltaremos. Resulta que Osmel es un católico devoto, profundamente mariano. Seguramente a su modo, con una versión bastante personal de la fe, pero católico al fin. Desde niño, acaso como asidero en medio de tanta agresión, se apegó a la Virgen del Carmen. Cuando dibujaba muñequitas para vestir y desvestir, generando la ira de sus padres, también dibujaba a la Madre del Redentor. De hecho, se ganó un premio por un dibujo que hizo de la Virgen del Carmen, patrona de su pueblo natal en Cuba. Pues bien, para él la Virgen es la “Miss perfecta”: “la Virgen tiene un cuerpo hermoso que no envejece, lleva siempre una corona fabulosa y, además, nos quiere” (p. 117). Esto da para muchas interpretaciones, y seguramente hará las delicias de los antropólogos y los psicoanalistas, pero quedémonos en lo estético. Resulta que lo que Osmel tiene en la cabeza es a las Vírgenes que sacan en las procesiones. Ellas, en efecto, son bellas, jóvenes, están coronadas, rodeadas de luces y visten túnicas brillantes. Son también altas porque las llevan en hombros. Él señala que las misses venezolanas deben ser especialmente despampanantes porque Venezuela, por su lugar en el alfabeto, siempre aparece entre las últimas; en consecuencia, deben impactar, despabilar, despertar al público. Como, pensamos nosotros, la Dolorosa. Eso significa que al fondo de la estética de Osmel Sousa están algunas cosas de lo más hondo, de lo más histórico de nosotros. Encarnación plena de su tiempo, con este giro barroco, de ese barroco destellante, despampanante, lleno de dorados y volutas, churrigueresco, que somos, termina de insertarse en la historia que hemos sido. Una modernidad de alma barroca, la Creole, el Puente Rafael Urdaneta, el Centro Comercial Chacaíto de los años setentas, pero alineados con la imagen esplendente de una Virgen rodeada de veladoras, que flota sobre todos y deslumbra. La sociedad barroca colonial, los tallistas del siglo XVII, su patetismo, pompa y teatralidad.

En fin, lo que no dejamos de ser, lo que siguió vibrando a pesar de los oropeles de la Gran Venezuela y de lo que también tuvo de modernización sustancial. Porque el asunto no es que él sea en el fondo un hombre del barroco. El asunto es que lo que hace nos gusta y lo consideramos nuestra representación. Nuestras misses son Vírgenes barrocas, ¿se puede decir más de Osmel Sousa como signo de la larga historia nacional? Es por esas cosas que nos ha sabido interpretar y representar tan bien. Por lo que, como ya se dijo, Osmel es tan Venezuela y Venezuela es tan Osmel.


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