Telón de fondo

Nueva Catilinaria

por Elías Pino Iturrieta

12/11/2018

En 1835 escribe Francisco Javier Yanes las Epístolas Catilinarias, uno de los textos imprescindibles de la literatura política que se ha escrito en Venezuela. Ni siquiera ronda en este escribidor la fantasía de redactar algo semejante, debido a que no calza las botas del notable autor en atención a sus méritos de repúblico fundacional, a las excelencias de su pluma y a la penetración de su análisis. Sólo busca el auxilio de Yanes para relacionar los asuntos públicos de la actualidad con hechos del pasado a través de los cuales podamos considerar, con la debida pertinencia, el capítulo de historia que está en nuestras manos a la hora de ocuparnos de las urgencias de la república.

Se ha dicho que estamos como sociedad frente a encrucijadas fundamentales, pero eso se ha afirmado antes varias veces. Ahora la calificación no admite dudas, no sólo porque debemos escoger entre dos formas de vida y de entendimiento de la república absolutamente antípodas, sino también porque lo que vayamos a hacer se vincula con un hecho de los orígenes del estado nacional gracias a cuyo desarrollo se manifestó un fenómeno recurrente que ahora puede encontrar, por fin, despedida y entierro.

Como se sabe, y como hemos tratado ya en esta columna, en las elecciones de 1835 se anunciaba la candidatura de José María Vargas, un profesor universitario que destacaba por sus cualidades de médico eminente y por su trabajo en la Sociedad Económica de Amigos del País, desde cuya tribuna propuso remedios que, en lugar de buscar el oxígeno de una administración exhausta, encontraran sustento en la aplicación estricta de la ley, en el trabajo de los particulares y en la responsabilidad individual. El candidato manifestaba una conducta insólita, pues pretendía cambiar los antiguos hábitos parasitarios por el compromiso de cada quien con el bien común, y porque rechazaba la posibilidad de restablecer los privilegios provenientes de la Colonia y de la desmantelada Colombia.

La propuesta tuvo eco y ganó las elecciones contra la nominación de figuras notables del militarismo de entonces, como Santiago Mariño y Bartolomé Salom, un triunfo que se consideró sorpresivo debido a que se imponía frente a célebres y temidas charreteras, pero también por las ronchas que había levantado acusando a los votantes de vagos y lanzando la idea, chocante en la época, de una colectividad productiva. No fue flaca hazaña derrotar a próceres uniformados, especialmente porque el resultado de los sufragios remachaba el desafío de acabar del todo en los hechos con el fuero militar y con el fuero religioso eliminados por la Constitución de 1830. Tampoco fue fácil levantar banderas contra prejuicios inveterados. Lo que sucedió después también se sabe: ocurre el primer alzamiento militar de nuestra historia, con apoyo de los jerarcas de la Iglesia. Fracasa el alzamiento, pero en breve Vargas renuncia a la presidencia en espera de mejores tiempos para el proyecto que proponía.

En sus Epístolas Catilinarias, Yanes escribe lo siguiente sobre el alzamiento del cual es testigo:

Ningún país del mundo ha pagado con más profusión los servicios que se le han hecho, que el nuestro; pero la corrupción, la disipación, han dejado a muchos hombres en una situación de que ahora no encuentran modo de libertarse que haciendo revoluciones a costa del propietario honrado (…) Hombres de esa especie no son idólatras sino de sus sórdidos intereses: habiendo vivido siempre de los empleos y del desorden, aborrecen todo gobierno en cuya administración no pueden influir en beneficio propio (…) Estos hombres escogieron el medio de vivir de empleos y de lucrar a costa del hombre honrado y laborioso. ¿Cuál fue ese? Una revolución. Este es el modo de vivir más conocido en nuestro país, dijeron para sí: los pueblos se han familiarizado tanto con ellas, que ya no parecen crímenes.

La república da sus primeros pasos cuando circula el texto. Tal vez piensen los lectores de entonces que Yanes exagera debido a que parece temprano para hacer una afirmación tan funesta, pero no se equivoca. Anuncia la aparición de un fenómeno que se repite a través del tiempo pese a que las constituciones y las leyes de todas las épocas lo convierten en objeto de su condenación, o pese a que no escasean los hombres de armas y numerosos ciudadanos dispuestos a impedirlo, de acuerdo con las características temporales de cada reto.

Las letras de Yanes dan cuenta del estreno de una negación del republicanismo que no ha dejado de estar presente con disfraz diverso, revestida de excusas o sin embozo, con extremidades de derecha y de izquierda, con charreteras o sin ellas, antes del petróleo y después de su aparición. Sus protagonistas tratan de camuflarse, pero sus intenciones son semejantes a las de los sujetos alzados contra José María Vargas: corrupción y disipación, como afirma Yanes cuando observa el hecho que lo mueve a escribir; pero también incompetencia, carencia de ideas, arbitrariedad y redondo anacronismo, como diría quien deba escribir en la actualidad una nueva Catilinaria mientras relaciona los esfuerzos que deben llevarse a cabo en la actualidad con el pecado original de 1835.

Las sociedades cambian, pero no tanto como sugieren la miradas superficiales. La historia siempre es inédita, pero no es inusual que rasgos del pasado se restablezcan en una determinada posteridad y se maquillen para parecer negocios del futuro. De allí la vigencia de un documento como las Epístolas Catilinarias. Nos incorpora a una historicidad que hoy reclama presencias multitudinarias en busca de mudanzas sustanciales. Esas presencias multitudinarias pueden, en nuestros días, decretar la desaparición de lo que en términos republicanos debe desaparecer necesariamente.


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