Telón de fondo

Negro Primero fue codicioso

por Elías Pino Iturrieta

10/06/2019

La Independencia no fue un enfrentamiento entre dos bloques compactos que se hicieron guerra sin cuartel hasta cuando uno de los dos ganó. Hubo comunicación entre ambos elementos, como en la mayoría de los conflictos en los cuales se juega la vida, y cambios de conducta y de pensamiento sobre lo que estaba sucediendo. Esas batallas feroces entre dos partes de la sociedad mantenidas en sus trece hasta el fin de la escabechina, no son sino estereotipos fraguados por los primeros manuales de historia patria. Pero solo eso, o patrañas, si se prefiere una palabra más certera. Aquello fue más humano, es decir, susceptible de proponer peripecias a través de las cuales se observa una pugna que produjo reacciones comprensibles en su momento pero difíciles de tragar en la posteridad.

No solo cambian entonces de parecer los hombres ante los desafíos de la guerra, sino que la mudanza no es vista en la época como asunto terrible, como traición imperdonable. Los venezolanos de entonces son parte de una escena sangrienta en cuyo desarrollo suele ocurrir que los soldados y los hombres pacíficos cambien de pellejo para que no los desuellen. Lo hacen ante el prójimo que seguramente quiere hacer lo mismo sin atreverse. Se puede argumentar que es un negocio de ideas, es decir, que se cambia de bando porque antes se cambió de pensamiento, pero quizá sea pedir demasiado al gentío que estaba comprometido en el embrollo sin conocer de veras el motivo que lo puso en su caldero. El caso proverbial del célebre Negro Primero nos ayuda en la explicación.

Según cuenta Páez en su Autobiografía, el Negro Primero confesó a Bolívar que participaba en las batallas por codicia. Don Simón pidió una explicación, que el negro Pedro Camejo desembuchó con la mayor naturalidad.

Yo había notado que todo el mundo iba a la guerra sin camisa y sin una peseta y volvía después vestido con uniforme muy bonito y con dinero en el bolsillo. Entonces yo quise ir también a buscar fortuna y más que nada conseguir aperos de plata, uno para el negro Mindola, otro para Juan Rafael y otro para mí.

Tras ese cometido se metió en la primera tropa que le pasó por delante, que fue una de las más terribles en la aniquilación de las fuerzas republicanas. El azar lo puso bajo las órdenes del sanguinario Yánez, el idolatrado Ñaña de las primeras huestes llaneras a quien se hizo responsables de crímenes y atrocidades innumerables. Para moverle la lengua, el Libertador le dijo que sabía que había sacrificado ganado para su personal beneficio, lo cual no congeniaba con una idea plausible del conflicto que entonces sucedía. Pero Negro Primero no sintió una objeción digna de respuesta elaborada. Se contentó con decir, de acuerdo con el relato de su jefe:

Por supuesto. Y si no, ¿qué comía? En fin, vino el Mayordomo y nos enseñó lo que era la patria y que la diablocracia no era ninguna cosa mala, y desde entonces yo estoy sirviendo a los patriotas.

Negro Primero le decía Mayordomo a Páez. Él fue, de acuerdo con lo que afirmó, la figura que lo pasó al bando en cuyo apoyo llegó al estrellato, quien lo puso en la vanguardia popular del desfile de próceres construido en el futuro. De lo contrario, no hubiera sostenido una afable conversación con Bolívar que se debía recoger en las memorias de un héroe, ni estuviéramos aquí usándolo para explicaciones. Diablocracia era la causa patriótica, según comenzaron a decir los capitanes analfabetas que se aventuraron a apoyarla con sus lanzas, y las reses menú accesible en un ambiente sin ley. ¿Quién iba hablar, en aquellas sangrías desbordadas, del respeto que se debía tener por el ganado ajeno?

Algunos historiadores sacan del fragmento la idea de que el cambio de Negro Primero se debió a la pedagogía de Páez, a las palabras del Mayordomo convertido en tutor de la soldadesca. Pero buscan lustre donde no lo hay. Es bien probable que, cuando forma sus primeras tropas en el llano, ese jefe de mesnadas no tuviera claridad sobre los valores que lo convirtieron después en héroe republicano. Sabía leer, escribir y contar, pero seguramente carecía de instrumentos para formar un ejército partiendo de doctrinas revolucionarias y de planteamientos ilustrados, de ideas que se convirtieran en un imán distinto del que despertaba la codicia de los desarrapados. Páez también fue pendular en el comienzo de su biografía, pues se estrenó como soldado realista, y quizá también, como a su subalterno, lo encandilaron unas pesetas y unos aperos de plata.


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