Telón de fondo

Morillo y Bolívar se abrazan

por Elías Pino Iturrieta

08/07/2019

Monumento del abrazo entre Bolívar y Morillo en Santa Ana, Trujillo. Fotografía de Ditamo | Wikimedia Commons

Corre noviembre de 1820 y estamos en la población trujillana de Santa Ana. Después de diez años de guerra, los jefes de los ejércitos que han bañado en sangre la comarca se reúnen para hacer la paz. Lo que parece imposible en la víspera se comienza a concretar después de numerosos pasos, sobre los cuales se esbozará lo fundamental en la presente crónica.

Por órdenes del rey, el general Pablo Morillo se ve obligado a buscar un avenimiento con sus enemigos. Un alzamiento liberal sucedido en España, que restituye la vigencia de la Constitución de Cádiz y limita los poderes de Fernando VII, obliga a mirar de manera diversa el enfrentamiento con las colonias para buscar un desenlace que detenga la violencia. Presionado por las tropas que se han levantado contra el absolutismo, pero también por la pobreza del erario, el monarca quiere llegar a la concordia con sus antiguos súbditos. De allí los movimientos que debe hacer el jefe realista de Venezuela, quien no ve con buenos ojos el cambio de política pero que obedece a regañadientes. No se puede soliviantar contra la real persona.

Morillo envía delegados a Angostura para que planteen a Bolívar la posibilidad de un armisticio. Son ellos el alcalde Caracas, Juan Rodríguez del Toro, y Francisco González de Linares, quienes son recibidos con cordialidad por el destinatario de la misión. Proponen la posibilidad de que los republicanos se acojan a la protección de la Constitución de Cádiz y a la benevolencia del monarca reformado, al cobijo de una Corona que ya no es absoluta y desde cuyo Consejo se buscarían fórmulas iguales o parecidas a las que pretendían los revolucionarios para su sociedad desde el comienzo de la guerra. Bolívar los escucha para proponer después una condición ineludible. Está de acuerdo con la culminación de las hostilidades, o con su moderación, y saluda el interés de Morillo por terminarlas, siempre que se reconozca de antemano la existencia de la República de Colombia.

El reconocimiento de Colombia ya se viene dando en los hechos, debido a que, por ejemplo, desde el mes anterior el General español La Torre ha planteado un cese de movimientos militares en la región de Cúcuta. Envía una carta al «presidente don Simón Bolívar». Antes, en los documentos realistas, se le llamaba faccioso y bandolero. Pero otros acontecimientos obligan al jefe «pacificador» a no considerar la petición como una locura: la desesperada situación de las tropas españolas en Tunja, la inminente caída de Cartagena sitiada por los republicanos y la pérdida de la plaza de Santa Marta. Son eventos que dan consistencia al requisito planteado por el Libertador. De allí que comience un intercambio de notas, entre las cuales destaca un memorándum enviado desde Angostura por los patriotas en el cual se propone un armisticio que puede llegar a seis meses y el respeto del control de los territorios que los ejércitos dominen cuando se firme el tratado. Morillo rechaza la idea al principio, pero cambia de opinión debido al aumento de las deserciones en sus contingentes. 

Designa a sus hombres de confianza —Rodríguez del Toro, González de Linares y el brigadier Ramón Correa— para que lo representen ante una comisión enviada por su rival, que integran los generales Antonio José de Sucre y Pedro Briceño Méndez junto con el coronel José Gabriel Pérez. Después de arduas sesiones, coinciden en un documento de cese semestral del fuego y en un tratado de regularización de la guerra, que suscribirán los jefes de los dos ejércitos en entrevista formal. Se trata de documentos fundamentales, en especial el segundo, que pretende la disminución de los horrores bélicos. Merece análisis atento en otro lugar, en un texto que no sea una simple crónica. 

El 25 de noviembre de 1820, Pablo Morillo y Simón Bolívar se reúnen en Santa Ana. Después de juntarse en elocuente abrazo saludan a los séquitos respectivos, comparten la afabilidad de un generoso banquete y hacen brindis por la bizarría de los hombres que han combatido con denuedo. También hablan en privado y duermen bajo el mismo techo. La guerra lleva diez años, la crueldad ha sido dueña y señora, los cadáveres han abonado los campos, las pasiones han sido incontenibles, los insultos han ido y venido sin recato ni freno, pero ahora se asoma la alternativa de un final deseado por ambas partes. 

Como se sabe, seguirán los combates hasta los encuentros de Carabobo y Puerto Cabello. Sin embargo, gracias a lo que ahora sucede los insurgentes dejan de ser revoltosos para adquirir la calidad de beligerantes, la república sale de la periferia para convertirse en fenómeno central que deberá ser reconocido por España y por el resto del mundo. Obra de la guerra, desde luego, pero también de la necesidad de que la matanza perdiera calor en una mesa de conversaciones sin que nadie se escandalizara.


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