Telón de fondo

Los últimos días del cura Hidalgo

por Elías Pino Iturrieta

21/01/2019

Miguel Hidalgo y Costilla (1912), de José Inés Tovilla

Fracasado en su intento de hacer la Independencia de México, derrotado por las tropas virreinales y motejado de hereje por las autoridades eclesiásticas, el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla fue sometido a un juicio que se inició el 7 de mayo de 1811 en la ciudad de Chihuahua. De seguidas se ofrecerán los detalles del proceso, con el objeto de enterar a los lectores sobre acontecimientos del vecindario que generalmente se desconocen aquí. Se quiere iniciar así un conjunto de escritos sobre sucesos de nuestras cercanías, que permitan descubrir entendimientos poco habituales entre nosotros. Comenzamos con la descripción de las postrimerías del célebre cura de Dolores.

Para preparar el ánimo de la ciudad que recibiría al reo, el brigadier de las Provincias Internas, jurisdicción señalada como lugar de culminación de una vicisitud que acaparaba la atención del pueblo y producía un cúmulo de comentarios fantasiosos sobre su protagonista, ordenó la difusión del siguiente texto:

De un momento a otro vais a ver en medio de vosotros, como reo, al mismo que acaso temisteis como tirano feroz, rodeado de ladrones y forajidos, destrozando vuestros bienes, saqueando y profanando vuestros templos, atropellando la honestidad de vuestras esposas y de vuestras hijas, armando al padre contra el hijo, al hijo contra el padre, al marido contra la esposa, a la mujer contra el marido, al vasallo contra el vasallo, rompiendo los vínculos sagrados que nos unen a Dios, al Rey y a la Patria.

Describía a un sujeto peligroso, a un monstruo de quien convenía alejarse para preservar las virtudes privadas y mostrar lealtad a la ortodoxia sacrosanta, pero, a la vez, el brigadier adelantaba un conjunto de reglas para quienes quisieran observar su paso: los curiosos solo podían ponerse en fila a la orilla de la carretera, sin formar aglomeraciones; nadie podía mirarlo desde las azoteas, nadie podía gritar ni llevar armas. También prohibió que se recibieran forasteros en los domicilios. Puede pensarse que los cuidados no solo estaban dirigidos a custodiar los valores de los vasallos, a distanciarlos de la encarnación del pecado, sino también a evitar su aclamación.

El 29 de julio Hidalgo asumió la responsabilidad de la insurrección, pero aclaró que no había actuado siguiendo leyes escritas sino el derecho inmanente de los pueblos a ser libres. De inmediato fue sometido a la degradación canónica. El juez ordenó que lo pusieran de rodillas, para pronunciar estas graves expresiones:

Por la autoridad del Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y la nuestra, te quitamos el hábito clerical y te desnudamos del adorno de la Religión. Te arrojamos de la suerte del Señor, como hijo ingrato, y borramos de tu cabeza la corona, signo real del sacerdote, a causa de la maldad de tu conducta.

El vencido oyó en silencio las expresiones que lo echaban de un oficio en el cual había destacado como experto en teología, aunque también por opiniones consideradas heréticas cuando participaba en tertulias con otros colegas de sacerdocio. Algunos lo habían acusado ante la Inquisición de tener en su casa ¨una Francia chiquita¨ por las libertades que se tomaba al hablar de asuntos santos y profanos, o por los libros sospechosos de su estantería, pero entonces no aparecieron pruebas capaces de poner en funcionamiento la maquinaria del Santo Oficio. Ahora, en cambio, sobraban las evidencias de rebelión contra el orden establecido, de derramamiento de sangre y utilización ilícita de símbolos sagrados, entre ellos un estandarte de la Virgen de Guadalupe enarbolado por la vanguardia de sus tropas. De allí que fuera inmediatamente condenado a muerte: ¨Después siguió la intimación de la sentencia capital, que escuchó con excesiva indiferencia¨.

Ya en su celda, Hidalgo escribió en la pared con un resto de carbón unos versos de gratitud para un cabo que lo había tratado con humanidad. Todavía se tomaba la licencia de las expansiones.

Ortega, tu crianza fina,
Tu índole y estilo amable
siempre te harán apreciable
aun con gente peregrina.
Tiene protección divina
la piedad que has ejercido
con un pobre desvalido
que mañana va a morir
y no puede retribuir
ningún favor recibido.

En la mañana del 30 de julio, día su último suplicio, se quejó de la pobreza del desayuno. ¿No merecía esplendida atención un hombre que marchaba hacia el paredón? Después se entregó a sus oraciones y apacible salió cuando llegó la hora. Pero quiso colaborar con los verdugos. Se llevó la mano al corazón y dio unas postreras instrucciones: ¨Aquí, hijitos, mi mano os servirá de blanco¨.

Un teniente de nombre Pedro Armendáriz, responsable de la ejecución, dejó la descripción que sigue:

Acompañado de algunos sacerdotes, doce soldados armados y yo, lo condujimos al corral a un rincón donde le esperaba el espantoso banquillo: la marcha se hizo con todo silencio, no fue exhortado por ningún eclesiástico en atención a que lo iba haciendo por sí mismo en un librito que llevaba a la derecha, y un Crucifijo en la izquierda: llegó, como dije, al banquillo, dio a un sacerdote el librito y sin hablar palabra, por sí mismo se sentó en tal sitio en el que fue atado con dos portafusiles de los molleros, y el Crucifijo en ambas manos, y la cara al frente de la tropa que distaba formada dos pasos, a tres de fondo y cuatro de frente: con arreglo a lo que previne le hizo fuego la primera fila, tres de las balas le dieron en el vientre, y la otra en un brazo que le quebró: el dolor le hizo retorcerse un poco el cuerpo, por lo que se zafó la venda de la cabeza y nos clavó aquellos hermosos ojos que tenía: en tal estado hice descargar la segunda fila, que le dio toda en el vientre, estando prevenido que le apuntasen al corazón: poco extremo hizo, solo si se le rodaron unas lágrimas muy gruesas: aún se mantenía sin siquiera desmerecer con nada aquella hermosa vista, por lo que le hizo fuego la tercera fila, que volvió a errar, no sacado más fruto que haberle hecho pedazos el vientre y la espalda; quizá sería porque los soldados temblaban como unos azogados: en este caso tan apretado y lastimoso, hice que dos soldados le dispararan poniendo la boca de los cañones sobre el corazón, y fue con lo que se consiguió dar fin.

El cuerpo todavía palpitante fue expuesto sobre una silla en una plaza frente al hospital, para satisfacer la curiosidad pública. Después se ordenó que la cabeza fuera arrancada del cuerpo, mientras el sol se ocultaba.


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