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Memorabilia

Los libros

por Michel de Montaigne

Fotografía de Benh LIEU SONG | Wikimedia

04/09/2019

[Es sabido que a Michel de Montaigne se le atribuye la invención del ensayo moderno. El siguiente texto corrobora su maestría en el dominio del género e introduce reflexiones sobre la importancia de ese preciado bien de la cultura occidental: el libro.]

 

No tengo duda alguna de que hablo con frecuencia de cosas que los maestros del oficio tratan mejor y con más verdad. Esto es meramente el ensayo de mis facultades naturales, y en absoluto de las adquiridas; y quien sorprenda mi ignorancia, nada hará contra mí, pues difícilmente voy a responder ante los demás de mis opiniones si no respondo de ellas ante mí, ni las miro con satisfacción. Si alguien va a la búsqueda de ciencia, que la coja allí donde esté. Por mi parte, de nada hago menos profesión. Esto son mis fantasías, y con ellas no intento dar a conocer las cosas, sino a mí mismo. Quizá algún día me serán conocidas, o lo fueron en otros tiempos, en la medida que la fortuna haya podido llevarme a los lugares donde eran elucidadas. Pero ya no me acuerdo. Y si soy hombre de alguna lectura, carezco de la menor retentiva.

Así pues, no garantizo ninguna certeza, salvo dar a conocer hasta dónde llega en este momento lo que conozco. Que no se preste atención a las materias, sino a la forma que les doy. Que se vea, en lo que tomo prestado, si he sabido elegir con qué dar valor o auxiliar propiamente a la invención, que procede siempre de mí. En efecto, hago decir a los demás, no como guías sino como séquito, lo que yo no puedo decir con tanta perfección, ya sea porque mi lenguaje es débil, ya sea porque lo es mi juicio. No cuento mis préstamos; los peso. Y, si hubiese querido valorarlos por su número, me habría cargado con dos veces más. Todos ellos, o casi, son de nombres tan famosos y antiguos que me parece que se nombran suficientemente sin mí. Si trasplanto alguna razón, comparación y argumento a mi solar y los confundo con los míos, oculto expresamente el autor, para poner coto a la ligereza de esas opiniones altivas que se abalanzan sobre toda clase de escritos, en especial escritos recientes de hombres aún vivos y en lengua vulgar —ésta admite que cualquiera hable de ellos, y parece demostrar que también la concepción y el designio son vulgares—. Quiero que le den un golpe a Plutarco en mi nariz, y que escarmienten injuriando a Séneca en mí. Tengo que embozar mi debilidad bajo estas grandes autoridades. Me gustaría que alguien supiera desplumarme, quiero decir por claridad de juicio y por la simple distinción de la fuerza y la belleza de las palabras. Pues yo que, por falta de memoria, me quedo siempre corto distinguiéndolas, por conocimiento de origen, sé muy bien percibir, al medir mi capacidad, que mi terruño de ninguna manera es capaz de ciertas flores demasiado ricas que encuentro sembradas en él y que todos los frutos de mi cosecha no podrían igualar.

Estoy obligado a responder de esto: si me entorpezco a mí mismo, si hay vanidad y vicio en mis discursos que yo no perciba o no sea capaz de percibir cuando otro me lo muestra. Porque las faltas escapan a menudo a nuestra mirada, pero la enfermedad del juicio consiste en no poderlas ver cuando otro nos las descubre. La ciencia y la verdad pueden residir en nosotros sin juicio, y el juicio puede también estar en nosotros sin ellas. A decir verdad, el reconocimiento de la ignorancia es una de las más hermosas y seguras pruebas de juicio que encuentro. Yo no tengo otro sargento que ordene mis piezas sino la fortuna. A medida que mis desvaríos se presentan, los amontono; a veces se apresuran en muchedumbre, otras veces se arrastran de uno en uno. Quiero que se vea mi paso natural y común, tan descompuesto como es. Me dejo ir tal como me encuentro. Además, no son estas materias que no sea lícito ignorar, ni hablar de ellas al azar y a la ligera.

Desearía tener una comprensión más perfecta de las cosas, pero no la quiero adquirir al precio tan alto que cuesta. Mi intención es pasar con dulzura y sin esfuerzo lo que me resta de vida. No quiero romperme la cabeza por nada, ni siquiera por la ciencia, por mucho que sea su valor. En los libros busco solamente deleitarme con una honesta ocupación; o, si estudio, no busco otra cosa que la ciencia que trata del conocimiento de mí mismo y que me enseña a morir bien y a vivir bien:

Hac meus ad metas sudet oportet equus.

[Hacia esta meta ha de correr mi sudoroso caballo.]

En cuanto a las dificultades, si encuentro alguna leyendo, no me como las uñas con ellas; las dejo en su sitio tras hacer una carga o dos. Si me plantara en ellas, me perdería, y perdería el tiempo. Porque tengo el espíritu saltarín. Lo que no veo a la primera carga, lo veo menos obstinándome. Nada hago sin alegría; y la continuidad, así como la tensión demasiado firme, me ofusca el juicio, lo entristece y fatiga. Mi vista se enturbia y dispersa. No tengo más remedio que apartarla y volverla a fijar de manera intermitente; igual que, para juzgar del brillo de la escarlata, nos ordenan pasar los ojos por encima, recorriéndola con varias miradas, rápidas, repetidas y reiteradas. Si un libro me disgusta, cojo otro; y sólo me entrego a ello en los momentos en que el aburrimiento de no hacer nada empieza a adueñarse de mí. Apenas me intereso por los nuevos, pues los viejos me parecen más ricos y más vigorosos; ni por los griegos, pues mi juicio no es capaz de sacar provecho de una comprensión pueril y primeriza.

Entre los libros simplemente agradables, encuentro, de los modernos, el Decamerón de Boccaccio, Rabelais y los Besos de Juan Segundo —si hay que darles este título— dignos de ocuparse de ellos. En cuanto a los Amadises y tal suerte de escritos, no han gozado de la autoridad de detenerme ni siquiera en mi infancia. Diré también, audaz o temerariamente, que esta vieja alma pesada no se deja complacer más no ya por Ariosto sino ni siquiera por el buen Ovidio. Su facilidad y sus invenciones, que en otro tiempo me encantaron, ahora apenas me retienen.

Digo libremente mi opinión sobre cualquier cosa, y aun sobre aquella que supera tal vez mi capacidad y que de ninguna manera considero de mi jurisdicción. Cuanto opino, lo opino además para declarar la medida de mi vista, no la medida de las cosas. Si el Axíoco de Platón me disgusta como obra sin fuerza en relación con un autor tal, mi juicio no se cree a sí mismo. No es tan arrogante que se oponga a la autoridad de tantos famosos juicios antiguos, a los que considera sus preceptores y maestros, y con los que prefiere equivocarse. Se echa la culpa a sí mismo, y se condena, por detenerse en la superficie, incapaz de penetrar hasta el fondo, o por mirar el asunto bajo alguna falsa luz. Le basta solamente con evitar la confusión y el desorden; en cuanto a su flaqueza, la reconoce y admite de buena gana. Cree dar justa interpretación a las apariencias que le presenta su concepción; pero éstas son endebles e imperfectas. La mayoría de las fábulas de Esopo poseen muchos sentidos y significaciones. Quienes las mitologizan, eligen algún aspecto que cuadra bien con la fábula; pero, las más de las veces, se trata sólo del aspecto primario y superficial. Hay otros más vivos, más esenciales e internos, en los que no han sabido penetrar. Lo mismo me sucede a mí.

Pero, para seguir mi camino, me ha parecido siempre que en poesía Virgilio, Lucrecio, Catulo y Horacio ocupan a gran distancia la primera posición; y en particular Virgilio en sus Geórgicas, que considero la más lograda obra poética —en comparación con ella es fácil ver que en la Eneida hay pasajes en los que el autor, de haber tenido tiempo, habría pasado todavía un poco el rastrillo—. Y el quinto libro de la Eneida me parece el más perfecto. También me gusta Lucano, y lo frecuento de buena gana; más por su valor, y por la verdad de sus opiniones y juicios, que por su estilo. En cuanto al buen Terencio, la delicadeza y las gracias de la lengua latina, me parece admirable representando vivamente los movimientos del alma y la condición de nuestras costumbres —nuestras acciones me remiten constantemente a él—. No puedo leerlo con tanta frecuencia que no encuentre en él alguna belleza y gracia nueva. Quienes vivieron en tiempos cercanos a Virgilio, se quejaban de que algunos le comparasen con Lucrecio. A mi entender se trata en verdad de una comparación desigual; pero me cuesta trabajo reafirmarme en esta creencia cuando me detengo en algún hermoso pasaje de Lucrecio. Si esta comparación les enojaba, ¿qué dirían de la bárbara necedad y estupidez de quienes ahora le comparan con Ariosto?, ¿y qué diría el mismo Ariosto?

 ¡O seclum insipiens et infacetum!

[¡Oh siglo sin gusto y obtuso!]

A mi modo de ver, los antiguos deberían haberse quejado aún más de quienes emparejababan a Plauto con Terencio —éste tiene muchas más trazas de gentilhombre—, que a Lucrecio con Virgilio. A favor de la estima y preferencia de Terencio, pesa mucho que el padre de la elocuencia romana se lo lleve tantas veces a la boca, como único en su rango, y la opinión que el primer juez de los poetas romanos brinda de su compañero. Se me ha ocurrido a menudo que en nuestro tiempo quienes se dedican a componer comedias —como los italianos, que lo hacen con bastante fortuna— emplean tres o cuatro asuntos de las de Terencio o Plauto para hacer una de las suyas. Amontonan en una sola comedia cinco o seis cuentos de Bocaccio. Los lleva a cargarse así de materia que recelan de poder sostenerse con sus propias gracias. Necesitan encontrar un cuerpo en el que apoyarse; y, dado que con lo suyo no tienen bastante para retenernos, pretenden que nos entretenga el cuento. Con mi autor sucede justo lo contrario. Las perfecciones y las bellezas de su manera de decir nos hacen perder el gusto por el asunto; su elegancia y delicadeza nos retienen por todas partes; es en todo tan agradable,

Liquidus puroque simillimus amni,

[Puro y semejante a un flujo líquido],

y nos llena tanto el alma con sus gracias, que nos olvidamos de las de la fábula.

Esta misma consideración me lleva más lejos. Veo que los buenos y antiguos poetas evitaron la afectación y el rebuscamiento, no sólo de las fantásticas elevaciones españolas y petrarquistas, sino también de las agudezas más suaves y contenidas que adornan todas las obras poéticas de los siglos siguientes. No hay, sin embargo, buen juez que las eche en falta en estos antiguos, y que no admire incomparablemente más el brillo uniforme y la dulzura perpetua y la belleza floreciente de los epigramas de Catulo que todos los aguijones con que Marcial aguza la cola de los suyos. Es la misma razón que acabo de decir, como Marcial la dice de sí mismo: «minus illi ingenio laborandum fuit, in cuius locum materia successerat» [su ingenio no había de hacer grandes esfuerzos, el asunto le hacía su cometido]. Los primeros, sin emoción ni exaltación, se hacen notar suficientemente. Tienen con qué reír por todas partes, no han de hacerse cosquillas; los otros precisan auxilio exterior. A medida que poseen menos espíritu, necesitan más cuerpo. Montan a caballo porque les falta fuerza en las piernas. No de otra manera, en nuestros bailes, los hombres de baja condición que sientan escuela, puesto que no pueden imitar el porte y la dignidad de nuestra nobleza, intentan mostrar su mérito con saltos peligrosos y otros movimientos extraños y propios de titiriteros. Y las damas sacan más provecho de su continente en aquellas danzas en las cuales hay variedad de figuras y agitación de cuerpos que en ciertas danzas de parada en las que han de limitarse a andar con paso natural y a representar un porte genuino y su gracia ordinaria. Igualmente, he visto que los bufones excelentes nos brindan todo el placer que puede obtenerse de su arte vestidos de manera común y con aire habitual; los aprendices que no saben tanto se ven en la necesidad de enharinarse la cara, de disfrazarse y fingir con movimientos de muecas salvajes para disponernos a la risa. Mi concepción se reconoce mejor que en cualquier otro sitio al comparar la Eneida con el Furioso. A la primera, la vemos avanzar con las alas abiertas, con vuelo alto y firme, sin dejar de ascender; al otro, revolotear y dar saltos de cuento en cuento como de rama en rama, sin confiar en sus alas más que para una brevísima travesía, y tomar pie a cada paso, no vayan a faltarle el aliento y la fuerza:

Excursusque breues tentat.

[Y emprende carreras breves].

Éstos son, pues, en tal clase de asuntos, los autores que más me gustan.

En cuanto a mi otra lectura, que mezcla un poco más de provecho en el placer, gracias a la cual aprendo a ordenar mis opiniones y mis costumbres, los libros que me sirven son Plutarco, desde que es francés, y Séneca. Ambos ofrecen la notable ventaja para mi temperamento de tratar la ciencia que busco a retazos sueltos, que no exigen la obligación de un largo esfuerzo, del que soy incapaz. Así son los Opúsculos de Plutarco y las Cartas de Séneca, que forman la parte más bella de sus escritos, y la más provechosa. No me hace falta mucho empuje para introducirme en ellos, y los dejo allí donde se me antoja. En efecto, no se siguen los unos a los otros. Estos autores coinciden en la mayor parte de opiniones útiles y verdaderas, y además su fortuna los hizo nacer aproximadamente el mismo siglo, ambos preceptores de dos emperadores romanos, ambos procedentes de un país extranjero, ambos ricos y poderosos. Enseñan la crema de la filosofía, y la exponen de una manera simple y pertinente. Plutarco es más uniforme y constante; Séneca, más fluctuante y variado. Éste se esfuerza, endurece y tensa para armar la virtud contra la flaqueza, el miedo y los deseos viciosos; el otro parece no estimar tanto su esfuerzo, y desdeñar acelerar el paso y ponerse en guardia. Las opiniones de Plutarco son platónicas, suaves y acomodables a la sociedad civil; las del otro son estoicas y epicúreas, más alejadas de la práctica común, pero, a mi entender, más ventajosas para un particular, y más firmes. Es evidente que Séneca cede un poco a la tiranía de los emperadores de su tiempo, pues doy por cierto que condena la causa de los nobles asesinos de César con un juicio forzado; Plutarco es siempre libre. Séneca está lleno de agudezas y arranques; Plutarco, de cosas. Aquél nos enardece más, y nos incita; éste nos contenta más y nos compensa mejor. Nos guía; el otro nos empuja.

En cuanto a Cicerón, aquellas obras, entre las suyas, que pueden servir a mi propósito son las que tratan de filosofía, especialmente de la moral. Pero, si debo atreverme a confesar la verdad —pues, una vez rebasadas las barreras de la impudicia, ya no hay freno—, su manera de escribir me parece aburrida, lo mismo que cualquier otra manera similar. Porque sus prefacios, definiciones, divisiones y etimologías consumen la mayor parte de su obra; lo que tienen de vivo y de médula, queda ahogado por estos largos preparativos. Si he dedicado una hora a leerlo, que para mí es mucho, y repaso el jugo y la sustancia que he sacado, la mayor parte del tiempo no encuentro sino viento; todavía no ha llegado, en efecto, a los argumentos útiles a su asunto, ni a las razones que atañen propiamente al nudo que me interesa. Para mí, que sólo pido hacerme más sabio, no más docto o elocuente, estas disposiciones lógicas y aristotélicas no vienen al caso. Quiero que se empiece por el último punto; entiendo de sobra qué es la muerte y el placer; que no se entretengan anatomizándolos; busco desde el inicio razones válidas y firmes que me enseñen a resistir su embate. Ni las sutilezas gramaticales ni el ingenioso tejido de palabras y argumentaciones sirven para eso; quiero discursos que den la primera carga en lo más recio de la cuestión; los suyos se arrastran por las ramas. Son buenos para la escuela, para el tribunal o para el sermón, donde tenemos tiempo de echar una cabezada y, un cuarto de hora después, podemos retomar el hilo. Es necesario hablar así a los jueces que uno quiere ganarse, con razón o sin ella, a los niños y al vulgo, a los que hay que decírselo todo y ver si surte efecto. No quiero que hagan el esfuerzo de llamarme la atención, ni que me griten cincuenta veces: «¡Ahora escuchad!», al modo de los heraldos. Los romanos decían en su religión: «Hoc age» [¡Hazlo!], que nosotros decimos en la nuestra: «Sursum corda» [¡Arriba los corazones!]. Son palabras perdidas para mí. Yo vengo de casa perfectamente preparado. No necesito golosinas ni salsa; la comida, me la como cruda. Y con tales preparativos y juegos preliminares, en vez de despertarme el apetito, me lo fatigan y entumecen. ¿Me excusará la licencia de esta época de la sacrílega audacia de considerar también que los diálogos del mismo Platón son cansinos y ahogan en exceso su materia, y de lamentar el tiempo que emplea en largas interlocuciones, vanas y preparatorias, un hombre que tenía tantas cosas mejores que decir? Mi ignorancia me excusará mejor por el hecho de no ver nada de la belleza de su lenguaje. Reclamo en general los libros que usan las ciencias, no los que las forjan. Los dos primeros, así como Plinio y sus semejantes, carecen de «Hoc age»; quieren tratar con gente advertida por sí misma; o, si tienen alguno, es un «Hoc age» sustancial y que posee un cuerpo aparte.

Suelo mirar también las epístolas ad Atticum no ya porque contengan una amplísima enseñanza sobre la historia y los asuntos de su época, sino, mucho más, para descubrir sus inclinaciones privadas. Tengo, en efecto, singular curiosidad, como he dicho en otro sitio, por conocer el alma y los auténticos juicios de mis autores. Por la muestra de los escritos que exponen al teatro del mundo, debe enjuiciarse su capacidad, pero no su comportamiento ni su persona. He lamentado mil veces que hayamos perdido el libro que Bruto escribió acerca de la virtud, porque es grato aprender la teoría de quienes se saben bien la práctica. Pero, puesto que prédica y predicador son cosas distintas, me gusta tanto ver a Bruto en Plutarco como en él mismo. Preferiría saber a ciencia cierta qué charlaba en su tienda con alguno de sus amigos íntimos, en la vigilia de una batalla, a saber las palabras que pronunció al día siguiente ante su ejército; y lo que hacía en su gabinete y en su habitación, a lo que hacía en medio de la plaza y en el Senado.

En cuanto a Cicerón, comparto el juicio común: que, salvo en ciencia, su alma apenas sobresalía. Era un buen ciudadano, de naturaleza bondadosa, como suelen serlo los hombres gruesos y burlones de su tipo; pero había en él, sin mentir, mucha molicie y vanidad ambiciosa. Y además no sé cómo excusarlo por estimar su poesía digna de salir a la luz. Componer malos versos no es una gran imperfección, pero es una imperfección no haber entendido hasta qué punto eran indignos de la gloria de su nombre. En cuanto a su elocuencia, es del todo incomparable; creo que nadie le igualará jamás. El joven Cicerón, que sólo se pareció a su padre en el nombre, coincidió un día en la mesa, siendo comandante en Asia, con muchos forasteros, y entre ellos con Cestio, que estaba sentado en el extremo más vil, al modo de aquellos que a menudo se cuelan en las mesas abiertas de los grandes. Cicerón preguntó quién era a uno de sus criados y éste le dijo su nombre. Pero, como se distraía y olvidaba lo que le respondían, se lo volvió a preguntar de nuevo, después, dos o tres veces. El sirviente para no tenerse que esforzar más en repetirle tantas veces lo mismo, y para hacérselo saber por medio de alguna circunstancia, le dijo: «Es el Cestio de quien os contaron que no aprecia mucho la elocuencia de vuestro padre en comparación con la suya». Cicerón, de repente ofendido, ordenó que apresaran al pobre Cestio y le hizo dar unos buenos azotes en su presencia —a decir verdad, un huésped descortés—. Aun entre aquellos que han considerado, a fin de cuentas, su elocuencia incomparable, algunos no han dejado de señalar ciertas faltas. Así, el gran Bruto, amigo suyo, decía que era una elocuencia rota y derrengada —fractam et elumbem—. Los oradores cercanos a su época le recriminaban también el minucioso cuidado de cierta larga cadencia al final de sus períodos, y señalaban las palabras «esse uideatur» [parece ser], que emplea tan a menudo. Yo, por mi parte, prefiero una cadencia con una caída más breve, cortada en yambos. Sin embargo, en ocasiones mezcla sus ritmos de una manera muy ruda, pero rara vez. He reparado en este pasaje en mis oídos: «Ego uero me minus diu senem esse mallem, quam esse senem, antequam essem» [Pero yo prefiero ser viejo menos tiempo que hacerme viejo antes de serlo].

Los historiadores son lo que mejor se me da. Son, en efecto, amenos y fáciles; y, al mismo tiempo, el hombre en general, cuyo conocimiento busco, aparece en ellos más vivo y más entero que en ninguna otra parte, la diversidad y la verdad de sus condiciones internas en conjunto y en detalle, la variedad de los medios de su asociación y de los accidentes que le amenazan. Ahora bien, los que escriben vidas, dado que se ocupan más de las decisiones que de los resultados, más de lo que surge de dentro que de lo que ocurre fuera, me convienen más. Por eso, se mire como se mire, Plutarco es mi hombre. Me produce gran pesar que no tengamos una docena de Laercios, o que no sea más extenso, o más entendido. Porque no tengo menos curiosidad por conocer las fortunas y la vida de esos grandes preceptores del mundo que por conocer la variedad de sus opiniones y fantasías.

En este género de estudio de las historias es preciso hojear indistintamente toda clase de autores, viejos y nuevos, extranjeros y franceses, para aprender las cosas de que tratan diversamente. Pero sobre todo César me parece digno de estudio, no sólo por la ciencia de la historia, sino por él mismo. A tal punto su perfección y excelencia están por encima de todos los demás, aunque se incluya a Salustio. Ciertamente, leo a este autor con un poco más de reverencia y de respeto del que se tiene al leer las obras humanas. A veces considerándolo por sus acciones y por el milagro de su grandeza, a veces por la pureza y la inimitable elegancia de su lenguaje, que ha rebasado no sólo a todos los historiadores, como dice Cicerón, sino tal vez a Cicerón mismo. Con tanta sinceridad en sus juicios, al hablar de sus enemigos, que, salvo los falsos pretextos con que pretende encubrir su maligna causa y la inmundicia de su pestilente ambición, creo que sólo se le puede echar en cara haber evitado en demasía hablar de sí mismo. Porque no puede haber realizado tantas cosas grandes sin que haya puesto mucho más de su parte de lo que dice.

Me gustan los historiadores o muy simples o excelentes. Los simples, que no son capaces de mezclar nada propio y que no aportan sino el cuidado y la diligencia de acumular todo aquello de lo que tienen noticia, y de registrarlo todo con buena fe, sin elegir ni seleccionar, nos ceden el juicio íntegro para el conocimiento de la verdad. Así ocurre, entre otros, por ejemplo con el buen Froissart, que llevó adelante su empresa con una ingenuidad tan franca que, si comete un error, no teme en modo alguno reconocerlo y corregirlo en el lugar donde lo ha advertido; y que nos representa la variedad misma de los rumores que circulaban y de los diferentes relatos que le hacían. Es la materia de la historia desnuda e informe; todo el mundo puede sacar partido de ella en la medida que tenga entendimiento. Los muy excelentes tienen la capacidad de elegir lo que merece saberse, pueden seleccionar, de dos relatos, aquel que es más verosímil; a partir de la condición de los príncipes y de sus temperamentos, infieren sus decisiones y les atribuyen las palabras convenientes. Asumen con razón la autoridad de ordenar nuestra creencia según la suya; pero lo cierto es que esto no atañe a mucha gente. Los de en medio —que es el tipo más común— lo estropean todo. Quieren masticarnos los pedazos; se arrogan el derecho de juzgar y por consiguiente de inclinar la historia a su antojo. Porque una vez que el juicio se inclina hacia un lado, no se puede evitar deformar y torcer la narración conforme a ese sesgo. Intentan elegir las cosas dignas de saberse y nos esconden con frecuencia tal palabra, tal acción privada, que nos instruiría mejor; omiten como cosas increíbles aquellas que no entienden, y quizá incluso tal o cual cosa porque no la saben decir en buen latín o francés. Que no teman desplegar su elocuencia y sus razonamientos, que juzguen a su antojo; pero que nos dejen también con qué juzgar después de ellos, y que no alteren ni arreglen nada del cuerpo de la materia abreviándola y seleccionándola; que nos la entreguen pura y entera en todas sus dimensiones.

Las más de las veces se elige para esta misión, y particularmente en estos siglos, a hombres vulgares, por la simple consideración de que saben hablar bien. ¡Como si pretendiésemos aprender gramática! Y tienen razón, ya que se les ha asalariado sólo por eso y no han puesto en venta otra cosa que parloteo, al no preocuparse tampoco en primer lugar sino de ese aspecto. Así, con gran cantidad de hermosas palabras, se dedican a componer un bello tejido de los rumores que recogen en las encrucijadas de las ciudades. Sólo son buenas las historias escritas por los mismos que mandaban en los asuntos o participaban en su dirección, o, al menos, tuvieron la fortuna de dirigir otros de la misma especie. Así son casi todas las griegas y romanas. En efecto, como numerosos testigos oculares han escrito sobre el mismo asunto —así sucedía en esos tiempos en que la grandeza y el saber solían coincidir—, si hay algún error, ha de ser extraordinariamente leve, y sobre un hecho muy dudoso. ¿Qué cabe esperar de un médico que se ocupe de la guerra o de un estudiante que trate de los planes de los príncipes? Si queremos ver el escrúpulo que los romanos ponían en este asunto, baste con un ejemplo. Asinio Polión encontraba hasta en las historias de César algún error, en el cual había incurrido por no poder echar un vistazo por todos los rincones de su ejército y por creer a particulares que le referían con frecuencia cosas no del todo verificadas; o bien porque sus lugartenientes no le advirtieron con suficiente diligencia de los asuntos que habían llevado a cabo en su ausencia. Puede verse con este ejemplo que la indagación de la verdad es exigente al punto que uno no puede fiarse, acerca de un combate, del conocimiento de quien lo ha dirigido, ni de los soldados respecto a lo que ha pasado cerca de ellos, salvo que, como en una información judicial, se confronten los testigos y se admitan las objeciones sobre la prueba de los pormenores de cada hecho. Lo cierto es que el conocimiento que tenemos de nuestros asuntos es mucho más flojo. Pero esto ha sido suficientemente tratado por Bodin, y de acuerdo con mi concepción.

Para suplir un poco la traición de mi memoria y su defecto, tan extremo que más de una vez he vuelto a coger como nuevos y desconocidos para mí libros que había leído minuciosamente y emborronado con mis notas unos años antes me he acostumbrado, desde hace algún tiempo, a añadir al final de cada libro —es decir, de aquellos de los que sólo me quiero servir una vez— el momento en que he terminado de leerlo y el juicio que saco de él en conjunto, a fin de que esto me represente cuando menos el aire y la idea general que había concebido sobre el autor al leerlo. Quiero transcribir aquí algunas de estas anotaciones.

Esto es lo que apunté, hace unos diez años, en mi Guicciardini —pues, sea cual sea la lengua en que hablan mis libros, yo les hablo en la mía—: «Es un historiador diligente y del cual, a mi juicio, puede aprenderse la verdad de los asuntos de su tiempo con más exactitud que de ningún otro; además, él mismo fue actor en la mayor parte de ellos, y en una posición honorable. No es en absoluto verosímil que por odio, favor o vanidad haya disfrazado las cosas. Dan fe de ello los juicios libres que emite sobre los grandes, y, en particular, sobre aquellos que le promovieron y que le asignaron cargos, como el papa Clemente VII. En cuanto al recurso del que parece querer servirse más, que son las digresiones y los comentarios, los hay buenos y adornados con hermosos rasgos; pero se ha recreado demasiado en ellos. En efecto, por no querer dejarse nada por decir, al disponer de una materia tan rica y amplia, y poco menos que infinita, se vuelve difuso y adquiere ciertas trazas de cháchara escolar. También he observado que, entre tantas almas y acciones como juzga, entre tantos movimientos y planes, jamás remite ni uno solo a la virtud, religión y conciencia, como si estas cualidades se hubiesen extinguido por completo del mundo; y remite la causa de todas las acciones, por mucho que de suyo sean bellas en apariencia, a algún motivo vicioso o a algún beneficio. Es imposible imaginar que, entre el infinito número de acciones que enjuicia, no haya habido ninguna producida por la vía de la razón. Ninguna corrupción puede haberse adueñado de los hombres de manera tan universal que nadie escape al contagio. Esto me lleva a temer que sea un poco un defecto de su gusto; y puede haber sucedido que haya valorado a los demás según él mismo».

En mi Philippe de Commynes hay esto: «Encontrarás su lenguaje suave y agradable, dotado de una simplicidad natural; la narración, pura, y en la cual brilla manifiestamente la buena fe del autor, exenta de vanidad al hablar del propio autor, y de afecto y odio al hablar de los demás; sus razonamientos y exhortaciones, acompañados más de buen celo y de verdad que de ninguna capacidad refinada; y, en suma, por todas partes, autoridad y gravedad, como corresponde a un hombre bien nacido y a la altura de los grandes asuntos».

Sobre las Memorias del señor Du Bellay: «Siempre es grato ver las cosas escritas por quienes han experimentado cómo deben ser dirigidas; pero no puede negarse que se descubre de manera evidente, en estos dos señores, una gran disminución de la franqueza y de la libertad de escritura que brilla en los antiguos de su clase, por ejemplo en el señor de Joinville, ligado a san Luis, y en Eginardo, canciller de Carlomagno, y, más recientemente, en Philippe de Commynes. Aquí se trata más bien de un alegato a favor del rey Francisco contra el emperador Carlos V que de una historia. No quiero creer que hayan cambiado nada del asunto principal; pero hacen profesión de deformar el juicio sobre los acontecimientos, a menudo contra la razón, en beneficio nuestro, y de omitir todo aquello que es delicado en la vida de su señor. La prueba está en las caídas en desgracia de los señores de Montmorency y Brion, que son omitidas; de la señora de Etampes no figura ni siquiera el nombre. Pueden ocultarse las acciones secretas; pero callar lo que todo el mundo sabe, y las cosas que han acarreado efectos públicos y de tanta gravedad, es un defecto inexcusable. En suma, para tener noticia cabal sobre el rey Francisco y sobre las cosas acaecidas en su tiempo, hay que buscar en otro sitio, si se me hace caso. El provecho que puede sacarse de aquí reside en la narración detallada de las batallas y de los hechos militares en que estos gentilhombres participaron; en ciertas frases y acciones privadas de algunos príncipes de su tiempo; y en los tratados y las negociaciones llevados a cabo por el señor de Langey, donde hay multitud de cosas dignas de ser sabidas, y razonamientos no vulgares».


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