Telón de fondo

Los conjuros amorosos de Bahía

por Elías Pino Iturrieta

28/01/2019

Fotografía de Philip d’Arenberg | Wikimedia Commons

El 9 de junio de 1591 llegó a Bahía el primer visitador del Santo Oficio, don Heitor Furtado de Mendoca. Precedido por la fama de la institución que representaba, por los castigos humanos y divinos que podía imponer desde su autoridad, encontró un tesoro de informaciones sobre la vida cotidiana de la región que entonces se llamaba Terra de Santa Cruz, gracias a las cuales se pueden reconstruir elementos fundamentales de la vida cotidiana en el Brasil de la época. El conjunto de pormenores que reunió se conoce hoy como Confesiones de Bahía, a las cuales acudimos para ver cómo se las arreglaban los colonos de la monarquía portuguesa en materia de amoríos.

¿Fue una vida distinta a la de los colonos de España, nuestros antepasados? ¿Representan una convivencia separada de la modernidad y de la mentalidad de nuestros días? Tal vez no se esté ahora hurgando en peripecias desterradas del todo de la actualidad, según podrá pensar el lector después de intentar analogías que no parezcan aventuradas. Nos acercaremos a algunas con la ayuda del colega Pablo Rodríguez, autor de En Busca de lo cotidiano (Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2002).

Antes se debe saber que el Inquisidor quedó sorprendido ante las variedades del género humano que quedaban bajo su potestad, un conjunto heterogéneo de personas que no podían representar los valores de la ortodoxia si no eran sometidos a inflexible pedagogía: judíos que ocultaban su fe perseguida, hombres que desconocían las lenguas cultas de Portugal y España, mamelucos insólitos que vivían en aparente sosiego en las poblaciones, pero que cuando marchaban a la jungla se quitaban la ropa y practicaban el canibalismo y la poligamia; bígamos con mujeres abandonadas en la metrópoli, curas solicitadores, brujos que hacían tratos con el diablo, muchos pederastas y lesbianas. La intensidad de la mezcla condujo a los conjuros que se describirán ahora.

Uno de los primeros casos que provocó la atención del inquisidor fue el protagonizado por una hechicera llamada Antonia Fernández, quien se dedicaba a enseñar a las mujeres la atracción y domesticación de los hombres para mantenerlos en la cama. Después de rezar un padre nuestro, las clientas debían decir:

Joao eu te encanto e recanto com o lenho de Vera Cruz, e como os anjos filósofos que soa trinta a seis, e como o mouro encantador que tu te nao apartes de mim, e me digas quanto souberes o me des quanto tiveres, e me ames mais que todas as mulheres.

Las artes de la mestiza Joana llamaron después la atención porque mezclaba las tradiciones indígenas con las portuguesas y con el conjuro de las estrellas. Aprendió de un piache una especie de canto que la clienta debía entonar después de encontrar en los caminos una planta llamada supora-mirim, cuyas ramas debía elevar de noche hacia el cielo. Uno de esos cantos se asemejaba a una deliciosa melodía regional de las que todavía persisten.

Gaviota, gaviota, así como todo el día andas buscando comida con los soplos del viento y los balanceos del mar, atravesando la bahía de Marajó, así fulano ande tras de mi por mi puerta y por detrás de mi casa todo el día y toda la noche.

Buena parte de los conjuros estuvo acompañada por la utilización de filtros y pócimas, entre los cuales fueron entonces analizados los de dos hechiceras llamadas Antonia y Marcelina María. Aconsejaba Antonia que, después de la consumación del acto sexual, la mujer retirara de su vagina el semen del varón y se lo ofreciera en una copa de vino. Así mantendría su fidelidad y su vigor. Marcelina María prefería otro método: cuando la mujer tuviera cópula debía mojar un dedo en su vagina para hacer después dos cruces ante los ojos del compañero. Santo remedio: sexo constante y placentero con la ayuda de Dios y de los jugos corporales.

Entonces y después fueron muy socorridas en Brasil las cartas de tocar, unos papeles o cartones con grabados con el nombre del candidato a la seducción. Fue famosa en Bahía una tendera llamada Isabel Roiz, quien no paraba de vender el ansiado producto. Aseguraba a la clientela que sus cartas eran portentosas porque ¨cuantas cosas tocasen se irían tras ellas¨. En Minas Gerais del siglo XVIII se hizo celebre una negociante de nombre María Águeda, quien mostraba en su pecho, como elemento de propaganda, un cartel con dibujos de cruces que eran infalibles a la hora de buscar personas para la comisión de tratos ilícitos. Los pesquisidores aseguraron que ganaba harto dinero. Lo mismo sucedió en Recife con Antonio José Barreto, manejador de un floreciente comercio que trajinaba con papeles marcados con el signo de Salomón que enloquecían a las hembras más pudibundas. Crescencio Escobar, un herrero que vivía también en Recife, llegó a cobrar tres mil reales por sus cartas de tocar.

Los historiadores de la vida cotidiana han comprobado que prácticas semejantes se llevaron a cabo con frecuencia en México, Perú y la Nueva Granada durante el período colonial. Casos cada vez más habituales que se han descubierto en Argentina, en el Ecuador, Guatemala, Paraguay y Venezuela invitan a asegurar lo mismo. Solo falta pensar si no persisten en un mundillo como el nuestro de hoy, influido por un enjambre de santeros, ensalmadores y babalaos e incentivado por la credulidad de todos los tiempos.


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