Vivir

Lo que Stephen Hawking nos enseñó sobre vivir

por Dennis Overbye

Fotografía de NIKLAS HALLE'N / AFP

16/03/2018

A Stephen Hawking, el gran cosmólogo inglés y experto en agujeros negros, le encantaba recordar que había nacido el día en que se conmemoraban los trescientos años de la muerte de Galileo; además, falleció el miércoles, cuando se cumplieron los 139 años del natalicio de Albert Einstein. Fueron un comienzo y un final muy apropiados.

A menudo, en los medios se referían a Hawking como el físico más importante desde Einstein. Él siempre dijo que eso era una exageración motivada por la necesidad dela gente de tener héroes.

Como alguien que a lo largo de los años pudo haber contribuido a crear esa impresión, debo decir que estoy de acuerdo. La historia juzgará esa dudosa y problemática distinción del “siguiente Einstein”.

Sin embargo, la vida de Hawking sí tuvo rasgos similares a la de Einstein y también fue un héroe, no solo por lo que nos enseñó del universo, sino por lo que nos mostró sobre cómo vivir.

Ya sea que haya puesto o no de cabeza al universo, lo que sí revolucionó fue nuestra imaginación. Para la mayoría de la gente era, en palabras de Homero Simpson, “el tipo en silla de ruedas”, pero a pesar de haber sufrido la parálisis del cuerpo por la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) —al punto de solo poder mover un ojo— le dio la vuelta al mundo y, figurativamente, al universo; se casó dos veces; tuvo tres hijos; escribió libros que fueron éxitos de ventas, y educó a varias generaciones de estudiantes de posgrado.

Era el tipo de persona que llegaba a su fiesta de cumpleaños número 60 con una pierna rota por haber volcado su silla de ruedas al tratar de doblar una esquina demasiado rápido; un hombre cuya mirada se encendía con un gesto travieso ante una broma buena o mala. Convivió con reyes, presidentes y las porristas de los Vaqueros de Dallas. Esperaba hacer un viaje algún día al espacio en la nave Virgin Galactic, de Richard Branson.

Prefería que lo llamaran Stephen y estaba orgulloso de ser un hombre de familia.

“Su sentido del humor era legendario”, dijo Kip Thorne, su viejo amigo y reciente ganador del Nobel, con quien colaboró en la idea que se convertiría en la película Interestelar. “Cuando comenzaba una oración laboriosamente en su computadora, nunca sabía si terminaría siendo una joya del conocimiento o una broma loquísima”, dijo Thorne, vía correo electrónico.

Igual que Einstein y Galileo, su trabajo más importante versa sobre la gravedad, una fuerza que todos sentimos en los huesos, una fuerza que, según decretó Einstein, curvaría incluso a la luz estelar dejando “luces oblicuas en el cielo”.

En consecuencia, Hawking se convirtió en un icono del misterio, la curiosidad y la determinación por comprender este lugar en el que estamos.

Tenía solo 22 años y era un estudiante de posgrado cuando recibió el diagnóstico de la ELA, que por lo general acaba con la vida de quienes la padecen en dos o —máximo— cinco años. Para cuando murió, había vivido con ella durante medio siglo y los médicos habían añadido la palabra “atípica” a su diagnóstico. Como si eso explicara algo.

Yo era asistente de tipógrafo en la revista Sky and Telescope y estaba ávido de acción cuando vi a Hawking cruzar un salón con su silla de ruedas eléctrica en el Hotel Copley Plaza de Boston en 1976. Me pareció el momento más dramático que había experimentado en el mundo de la ciencia. Sentí como si de alguna manera lo hubiera conocido desde siempre. El genio, la mente brillante atrapada en un cuerpo averiado, son arquetipos de la literatura y el folclor.

Obviamente, no lo conocía en absoluto.

Fotografía de ANTHONY WALLACE / AFP

Estaba ahí para hablar de los agujeros negros, lo más atemorizante que los físicos, sobrios en general, habían imaginado jamás. Los agujeros negros, objetos tan densos que ni siquiera la luz puede escapar de ellos, son las manifestaciones más extremas de la gravedad. No tenías que comprender las matemáticas para captar la noción de unas enormes fauces al fondo de las galaxias o al final del tiempo, ni del hoyo de dos metros bajo tierra que un día llevará tu propio nombre.

Einstein mismo había rechazado la noción, pero a principios de la década de 1970 los astrónomos estaban encontrando candidatos de posibles agujeros negros por todo el cielo. El universo estaba plagado de muerte.

Ante mis ojos, irremediablemente románticos, Hawking en el Copley Plaza siempre equivaldrá a san Jorge en silla de ruedas, avanzando para matar al dragón del hoyo negro.

Mediante intrincados cálculos que incluso sus amigos dudaban que pudiera realizar, Hawking descubrió que los agujeros negros no eran nada negros cuando se tomaban en cuenta las reglas de la cuántica, sino que eran fuentes de energía, burbujeando ligeramente con partículas y radiación. Después de vastos eones algún día explotarían, regresando al universo toda la masa y la energía que alguna vez desaparecieron, en una especie de reencarnación cósmica.

Dennis Sciama, quien fue profesor de Hawking en Cambridge, definió ese descubrimiento como “el trabajo más hermoso” en la historia de la física. San Jorge había matado al dragón.

En ese entonces podía hablar y un colega y yo pasamos un rato después de su conferencia pegando un lápiz a su corbata para que se quedara parada, desafiando a la gravedad.

Mi artículo sobre todo esto provocó que me ascendieran en la revista. Un año después estaba en un avión hacia Inglaterra para elaborar una nota biográfica detallada. Más adelante, Hawking fue uno de los protagonistas de mi libro Lonely Hearts of the Cosmos.

No siempre le gustaba la atención. Un día se enojó cuando llegó a su casa en Cambridge y me encontró entrevistando a Jane, quien en ese momento era su esposa. Además, frustrado por mi obstinada negación a entender un punto de la física cuántica (que aún no comprendo), me atropelló los dedos del pie con su silla de ruedas en un elevador.

Conforme fue venciendo las probabilidades y pasó de un bastón a una silla de ruedas y de emitir gruñidos a un sintetizador de voz computarizado que activaba primero con un pulgar y luego con un ojo, era difícil no considerarlo como su propia y mejor metáfora, un hombre con un pie en su propio agujero negro.

Pero a Hawking no le interesaba ser la metáfora de nadie. “Siempre he encontrado una forma de comunicarme”, me dijo un día. No iba a entregar su voz ni ninguna otra cosa sin dar la pelea.

El hoyo negro ha reclamado la vida de Hawking, pero nos dejó su sonrisa traviesa y un gran misterio.

***

Este texto fue publicado originalmente en The New York Times en español.


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo