Literatura

Lea aquí el primer capítulo de “El síndrome de Lisboa”, la última novela de Eduardo Sánchez Rugeles

24/06/2020

Aquí publicamos el primer capítulo de la novela de Eduardo Sánchez Rugeles, El síndrome de Lisboa. También puede leer una valoración de la pieza a cargo de Alberto Hérnandez.

Todo me duele en este día
en que los muertos dejan a la puerta
de los vivos
la corrosiva melancolía.

Eugénio de Andrade

¡Oh, Portugal! Hoy eres niebla.

Fernando Pessoa

Te juro por mis ojos
que vengo a pedirte
el Apocalipsis de la Esperanza.

Carlos de Oliveira

  1. Obertura. Dies irae

Un año después de la desaparición de Lisboa, el mundo seguía en el mismo lugar. Los agoreros del desastre tuvieron que resignarse al paso de los días, a la repetición incesante de las horas, como si nada hubiera ocurrido, como si la pérdida de más de quinientas mil almas hubiera sido una experiencia fugaz y sin importancia. El Juicio Final, anunciado por profetas exaltados, quedó suspendido hasta nuevo aviso. La existencia mantuvo su rumbo errante a pesar de que, según los expertos, el eje de rotación del planeta sufrió un grave e imperceptible desplazamiento. Las mareas y los vientos adoptaron comportamientos erráticos, una masa de niebla se agolpó sobre los cielos lejanos del Caribe, pero el sol continuó su recorrido tranquilo y, pasados los meses de zozobra, los pueblos de la Tierra aprendieron a convivir con la memoria de la tragedia.

Pero a pesar de que las vidas humanas siguieron adelante, existe un antes y un después de Lisboa. Desde que estalló la desembocadura del Tajo, el tiempo transcurrido es una experiencia cotidiana de la inanidad y el vacío. La fatalidad que destruyó Portugal fue una bisagra en la trama del mundo, el punto de giro de un argumento macabro y absurdo, una prueba fehaciente de nuestro desamparo frente a los impredecibles designios de Dios, el Azar o la Nada.

***

Un año después de la desaparición de Lisboa, tres años después de la pandemia, me encuentro en el mismo lugar. Hace frío. Las moscas revuelan alrededor de las servilletas usadas, tiradas en el suelo. El televisor, anclado en la esquina de la barra, muestra imágenes intermitentes de un concierto benéfico. No tenía conciencia de la efeméride, Giménez fue el que se acordó: «¡Cómo nos engañaron con aquello del fin del mundo! Aquí seguimos. ¡Una verdadera lástima!». Limpiaba los filtros de cerveza, parecía hablar para sí mismo, disgustado por su buena fortuna. Las visiones me invadieron de lleno, como si se tratara de un acontecimiento reciente. Las lágrimas de Tatiana acapararon el recuerdo. El fin de Lisboa coincidió con nuestro hundimiento.

Me distraigo con el concierto, reconozco a The Edge, el guitarrista de U2, envejecido y enlutado. «Live in Berlin. Lisbon forever», anuncia el cintillo del noticiero, sobre una marea de gente que conmemora el aniversario de la hecatombe. No se escucha nada. Giménez mira la televisión a diario, pero nunca la oye. Me incorporo en la silla, inclino el cuerpo sobre la barra; el control remoto, envuelto en cinta plástica, descansa al lado de una pila de vasos. Subo el volumen, la canción elegíaca se cuela entre el polvo. Una película de grasa porcina cubre la pantalla, provocando el efecto de un filtro amarillo, de un Bono con hepatitis. Miro a mi alrededor, enfocando mi desconsuelo en las fotografías colgadas en la pared y en una estantería sobre la que reposan algunas medallas de latón. El barullo de los mediodías fue silenciado por la carestía. Giménez limpia los filtros de sifones estropeados, a la espera de clientes que no volverán, pero que, con sus idas y vueltas, alegrías y pesares, escribieron la historia privada de Bello Monte. Cierro los ojos. Recupero el abrazo de Tati. Los primeros rumores sobre lo que había ocurrido al otro lado del mundo nos permitieron acercarnos. El miedo a lo desconocido develó la profundidad de nuestros lazos y, durante unas horas, mientras no supimos lo que estaba pasando, cuando solo sabíamos que en algún lugar lejano había ocurrido lo impensable, nuestro amor arriesgó sus últimos estertores.

La información era imprecisa. Los medios, como era habitual, apostaron por la censura. Internet cayó, junto con todos los servicios de telefonía. La muerte de las redes sociales alentó la desesperanza de aquellos que habían reemplazado los sinsabores de la realidad por una existencia virtual y alternativa. Solo se sabía que un terremoto o algo parecido había devastado una parte de Europa y que, en cualquier momento, podía ocurrir una réplica. El temor por la suerte de los seres amados pobló las iglesias de noveles feligreses, porque muchos de los hijos y hermanos de nuestros amigos, de nuestros vecinos, de nuestra urbanización, de nuestra ciudad, de nuestro país, hacía tiempo que se habían mudado de continente, en busca de la serenidad perdida. Y en las calles, en las panaderías, en las colas de los automercados, empezó a circular la idea de que había comenzado el fin del mundo. La península ibérica, comentaban los más entusiastas, había desaparecido. Al tercer día, cuando la angustia le había dado la palabra a los fanáticos, cuando la incertidumbre amenazaba con incendiar las embajadas, el Alto Mando Militar, en cadena de radio y televisión, informó lo que en el resto del planeta era un hecho confirmado y fehaciente. Me costó creerlo. Tati lloraba sobre mi hombro, repitiendo en voz baja: «¡Dios mío, Dios mío!». Los estragos en la ciudad de Lisboa eran incuantificables. «La República Bolivariana de Venezuela –balbuceó un ministro imberbe–, ofrece su solidaridad al pueblo portugués y presenta sus más profundas condolencias a la colonia lusitana radicada en nuestro país».

Un año después, permanezco mirando el concierto en la barra de Giménez, desganado e incrédulo. Sin nada que hacer, sin nada que perder, con las emociones revueltas por las revelaciones de Moreira, el abandono de Tatiana y la marca indeleble de los últimos duelos… los demasiados duelos. En Berlín, Lady Gaga interpreta una balada con arreglo de piano. La multitud, conmovida y drogada, la observa en silencio. Explosiones distantes. La batalla continúa en la autopista Francisco Fajardo. Estelas de pólvora acompañan la brisa. De vez en cuando se escucha algún disparo o el grito desesperado de una arenga libertaria, pronunciada por algún estudiante cautivo o moribundo. Los combates son parte del paisaje, pero no hay esperanza ni ambición. Lo único que queda es el hastío inagotable de nuestras vidas anuladas y los fuegos fatuos de la resistencia, condenados a desaparecer.

***

Haga click acá para leer la reseña que escribió Alberto Hernández sobre El síndrome de Lisboa de Eduardo Sánchez Rugeles


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