Telón de fondo

La historia como hecho comunicacional: una aproximación

por Elías Pino Iturrieta

03/12/2018

Paul Valéry (Sète, 1871-París, 1945)

El desarrollo del tema que me han encargado puede comenzar con una cita de Paul Valéry, incluida en Regards sur le monde actuel. Dice allí Valéry:

La historia es el producto más peligroso que la química del intelecto haya elaborado. Sus propiedades son bastante conocidas. Ella hace soñar, embriaga a los pueblos, les engendra falsos recuerdos, mantiene sus viejas llagas, los atormenta en su reposo, los conduce a delirios de grandeza o al de persecución, y hace las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas. La historia justifica lo que uno quiera. Ella no enseña rigurosamente nada, ya que ella contiene todo, y tiene ejemplos para todo.

No se refiere al estudio del pasado que alguien hace para satisfacer una curiosidad personal, aunque no falte el incauto que se inflame ante las hazañas de los antepasados y las quiera reproducir en la posteridad. Tampoco a la investigación hecha desde la perspectiva profesional, atada por el pupitre, por el método y las técnicas que tienen la obligación de aconsejar y de atemperar a los discípulos de Clío para que no se conviertan en factores de una causa perniciosa. Tampoco parece que pretenda detenerse en las aproximaciones de la gente común al examen del pasado, quizá porque la gente común no lo hace a menudo sino también porque no se la ha visto promoviendo cruzadas cuyo origen se encuentre en los hechos de los antecesores.

La gente común se mueve por los resortes de su presente, suficientes para funcionar como motor de las urgencias y los reclamos más evidentes. Valéry está llamando la atención, más bien, sobre cómo puede existir o existe un movimiento deliberado de las cúpulas, cuyo propósito es la manipulación de la sociedad mediante una siembra tendenciosa de recuerdos, de un manejo torcido de la memoria a través de los cuales pretende el establecimiento de asuntos y negocios que les interesen.

La tendencia conduce a la negación de la diversidad de la historia, debido a que se concentra en la divulgación y en la apología de los elementos del pasado sobre los cuales conviene una preferencia al servicio de la posteridad. Pero, igualmente, a la negación de uno de los aspectos que han hecho de la historiografía un elemento esencial para la comprensión de la vida del hombre en sociedad: la posibilidad de abrir, cuando es necesario y cuando lo sugiere el movimiento interior de una disciplina que ha buscado la patente de ciencia desde el siglo XIX, nuevas interpretaciones de los fenómenos físicamente desaparecidos.

Gracias a la influencia de una evolución interior, protagonizada por sus teorías, por sus requerimientos metodológicos y por la sugestión de sus artífices, sin que tales interpretaciones dependan de influjos exteriores o de empresas ajenas a lo propiamente profesional, la historiografía se ha dedicado a ofrecer análisis cada vez más retadores del pasado, a mirar distinto a como miraron ese pasado los especialistas de generaciones anteriores, a ver lo que antes no se vio y ahora parece de gran importancia de acuerdo con unas exigencias de conocimiento que antes no se había planteado, o apenas se habían abocetado.

Lo que han salido hasta aquí de las afirmaciones de Valéry refiere a la Historia entendida como un saber de objetos definidos, como un entendimiento que tiende al equilibrio y a la evolución como consecuencia de lo que ella ha cosechado y labrado en su seno, pero es evidente que el autor, en lugar de detenerse en la historiografía que se viene aludiendo, habla del manejo de lo que se observa del pasado a simple vista para que la gente común del porvenir adquiera unas conductas impuestas por una élite, no pocas veces al servicio de fuerzas inconfesables o, simplemente, para lo que convenga a sus designios.

Toca, entonces, el punto primordial de la imposición de un entendimiento estrecho de los fenómenos, o de cierto tipo de ellos, para clausurar la alternativa de interpretaciones novedosas cuyo aporte puede chocar con las búsquedas unilaterales que se ponen en movimiento; para justificar lo que desean, en detrimento de la verdad o, si no, de la heterogeneidad que necesariamente distingue la marcha de las sociedades a través del tiempo.

La intención ha existido desde antiguo, pero no obedece necesariamente a objetivos torvos. Ha sido muchas veces el resultado de una necesidad que se debe atender desde las altas esferas del sector público, sin que por ello se cometa a la fuerza pecado grave. En este plano caben, por ejemplo, los intentos de fabricar una historiografía nacional después de las guerras de Independencia, cuando existe por primera vez la urgencia de proponer una memoria que justifique la escabechina anterior y legitime la autoridad que se estrena a partir de 1830. Ninguna versión coherente se ha ofrecido hasta la fecha sobre el movimiento contra España porque no ha habido tiempo para hacerlo, ocupados como estaban los líderes de entonces en ganar batallas y en proponer unos primeros ensayos de legalidad.

Después de Carabobo, debido a cuyo éxito se han reducido a su mínima expresión las fuerzas realistas, pero especialmente a partir del desmembramiento de Colombia, cuando existe la posibilidad de un ensayo de republicanismo sin las influencias y los estorbos del pasado inmediato, hace falta un entendimiento de la epopeya y una crítica del Imperio derrotado, para que el camino de las novedades resulte cada vez menos trabajoso. De allí el interés del gobierno por la redacción de un manual a través de cuyas páginas se destaquen los sucesos dignos de atención, con el debido entusiasmo o con los reproches que convengan. Una mirada apenas detenida en el presente no parecía suficiente para un itinerario de largo aliento. Pero la mirada debía ser indulgente con los hombres que la encargaban, con los líderes que aportaban los recursos para la empresa, no sólo porque pagaban el trabajo sino también porque habían participado en la gesta apenas concluida y estaban en la cúspide del poder.

¿Comprensible, no es cierto? Pero, a la vez, digno de prevención. Se habla en este caso de una obra imprescindible de la historiografía y de la cultura venezolana en general, el Resumen de la Historia de Venezuela encargado a Rafael María Baralt y a Ramón Díaz en 1841, pilar de muchos trabajos de reconstrucción de la memoria nacional emprendidos más adelante. La intención se puede entender, pero convendría detenerse, cuando venga al caso, en los objetos de estudio que trató, que infló, ocultó, olvidó o subestimó por razones obvias. Tal vez no fuese una manipulación grosera, como muchas del porvenir, pero inaugura un itinerario sin solución de continuidad cuya pista se puede seguir hasta nuestros días y cuyos resultados estrafalarios han abundado.

Desde luego, no se trató entonces de colocar la trayectoria de la sociedad en la médula de un hecho comunicacional, según se entiende tal hecho en la actualidad debido a adelantos como la prensa moderna, la radio y la televisión, entro otros; pero es evidente que puede considerarse como su antecedente con la precaución debida. En especial porque servirá de prólogo para las estrafalarias puestas en escenas con pretendido fundamento histórico a las que nos acostumbrará Antonio Guzmán Blanco a partir de 1870.

Aquí hay una intención expresa de poner los sucesos del pasado, especialmente los hechos de la Independencia y la obra de Simón Bolívar, al servicio del designio autocrático del gobernante de turno. Las batallas de la Independencia se mezclan con las escaramuzas de la Federación, el programa del Partido Liberal Amarillo se muestra como continuación de las proclamas de los próceres de la insurgencia, el Libertador y el Ilustre Americano se vuelven un solo hombre portentoso en cuya voluntad se resumen la esencia de la nacionalidad y el derrotero de los tiempos modernos.

Lo que apenas fue un boceto en las páginas de Baralt, pero también un intento relativamente comedido de establecer un vínculo entre la epopeya recién culminada y las necesidades del gobierno autónomo, ahora es la servidumbre de unos anales colocados a la delirante disposición de un mandatario pagado de sí mismo que acude a las comparaciones y a las atribuciones más escandalosas para satisfacer su vanidad. Esa vanidad sin freno no se conforma con las analogías de los discursos pomposos: acude a la técnica más avanzada de la época para repetir el mensaje y para repetirse en sus contenidos, y a las imágenes de la tipografía recién llegada del extranjero para multiplicar una idea capaz de llegar hacia millares de analfabetos que no entienden las letras de la prensa oficial. Estamos, por fin, ante la Historia transformada en un experimento comunicacional que, así como deja réditos a la dictadura de la época, es una tentación para quienes pretendan preponderancia política después, en el siglo XX y en el siglo XXI.

¿No queda sembrada así la relación entre la Independencia y lo que vino después, entre los hombres de cada una de las épocas y, en especial, entre las figuras fundamentales de tales tiempos, como si el almanaque no se hubiera movido sino un milímetro y como si cada período no fuera, a la fuerza, sin alternativa, esencialmente diverso e irrepetible? Allí quizá radique el fundamento del hecho comunicacional en el que se ha trasformado la Historia en Venezuela. Si se detienen los lectores en la publicidad de la última década, esto es, en lo que se ha realizado al respecto durante la administración a cuya cabeza se encuentra el presidente Hugo Chávez, podrán observar los repetidos elementos de un esquema mediante el cual, así como sucedió durante el guzmancismo, se da a entender que los sucesos de la Independencia apenas ocurrieron hace poco y ahora simplemente continúan como si cual cosa, pese a que estemos conmemorando el bicentenario de su realización.

Temeridad manejable en la segunda mitad del siglo XIX debido a la cercanía cronológica, se torna ahora un absurdo indiscutible sobre el cual se puede montar un parapeto sólido debido al manejo mediático, a la posibilidad de machacar un dislate hasta que los usuarios se convenzan de que son amablemente convidados a presenciar una analogía plausible y a formar parte de ella.

El rol de divulgador excesivo de los hechos históricos asumido por el presidente Chávez le concede características de enormidad a la Historia como hecho comunicacional, como nunca antes. Todo lo anterior es un remedo por razones obvias, es decir, porque los anteriores mandatarios carecieron de los adelantos de los mass media que ahora frecuenta el jefe del Estado, pero también porque ninguno se aplicó tanto en su manejo, no sólo en lo referido a la Historia sino también a cualquier materia sobre la cual haya querido perorar. Utiliza los adelantos mediáticos de la actualidad, pero con una insistencia debido a la cual parecería que se le va la vida en ese tipo de trasmisión. Una aproximación como la que ahora se intenta choca con la dificultad de ofrecer cálculos confiables sobre el tiempo que le ha dedicado a la comunicación de la Historia a la cual se ha dedicado.

No es posible una cuenta precisa de una verborrea incontenible, de un torrente así de caudaloso, pero la mayoría de los espectadores de sus discursos puede dar fe, sin vacilación, de cómo se ha empeñado en aparecer como catedrático de un tipo de versión del pasado que no es accesoria dentro de los elementos que quiere comunicar, sino pieza esencial. Si se recuerda el comentario de Valéry incluido al principio, se podrá pensar con propiedad en el tipo de química que usa o quiere usar para la promoción de una sociedad desequilibrada e insensata. O maravillosa, desde el punto de vista del comunicador.

Sin embargo, no se trata de un proyecto como el de Guzmán, movido excesivamente por lo que el mandatario pensaba de sí mismo como protagonista de sucesos estelares, sino de una operación de mayores aspiraciones. Nadie debe descartar la egolatría en el desarrollo de la actual operación, no en balde procura que el principal divulgador sea considerado, a la vez, como paladín del análisis que se viene fabricando, pero busca una lectura a través de la cual se llegue a una versión substitutiva del pasado en relación con la que ha predominado, o con la que ha propuesto poco a poco la historiografía profesional. Tras lo que aparece por las cámaras y lo que se oye mediante micrófono y se lee en los lemas de grandes carteleras en cuyo centro destaca la efigie del presidente Chávez, hay un programa encargado a un ente oficial llamado Centro Nacional de Historia del cual depende la orientación de los mensajes mediante los cuales se pretende una mudanza de las reminiscencias de la sociedad. El organismo no es uno más en la parcela frondosa de la burocracia, debido a que el decreto de su creación le impone una tarea mediante la cual está en capacidad de llevar a cabo un procedimiento de uniformización, o de búsqueda de homogeneidad sobre los sentimientos y los pensamientos relativos al pasado histórico.

El Centro Nacional de Historia debe ser, según el documento oficial que lo convierte en realidad, “rector de la memoria de la sociedad”. Ningún organismo del estado tuvo jamás pretensión semejante, hasta la fecha. Ninguno, aunque contara con los recursos del erario para su funcionamiento. Así, por ejemplo, la Academia Nacional de la Historia, cuyos miembros, pese a no han perdido jamás las ganas de presentarse como catedráticos ineludibles, han evitado la tentación del pontificado. Seguramente no durante el gomecismo, pero sin duda en nuestros días.

Una aproximación como la que se ha intentado pasa por la dificultad de carecer de datos concretos sobre el asunto que la debe ocupar: horas de transmisión, costos del manejo mediático, imágenes en las cuales se insiste, entre otros de importancia. No es accesible el cálculo sobre una borrachera de imágenes y vocablos que ya forma parte de la rutina. Además, hace falta una revisión de los contenidos que sirva de aval de los comentarios. Pero, a la vez, cuenta con el crédito que de antemano le pueden conceder los lectores venezolanos que llevan catorce años escuchando al presidente Chávez, o viendo sus copiosas apariciones en la televisión. O presenciando los programas sobre el pasado histórico que han abundado en las televisoras y en las radios oficiales y oficiosas, tan insistentes como son numerosas las estaciones y plantas creadas para apoyar la obra del régimen.

De la experiencia se puede probar, sin posibilidad de cavilaciones, la existencia de una operación mediática en cuyo centro habitualmente se puede encontrar la presencia de la Historia Patria, partiendo de cuya divulgación se busca la justificación de la política oficial y el continuismo de quienes la encabezan o representan. Tal vez encuentre origen en los manejos del guzmancismo, guardando las obligadas distancias, pero no deja de ser un caso insólito o inédito en la administración del país, mas también aterrador, que no debe conformarse con el vistazo que ahora termina. Las advertencias de Valéry, quien jamás pudo imaginar las enormidades que se han asomado, bastan para encender las alarmas.


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