Perspectivas

La hiperinflación

por Luis Vicente León

Una mujer cuenta el sueldo mensual de sus empleados en el pueblo de Chichiriviche de la Costa, a unos 70 kilómetros al noroeste de Caracas, 13 de enero de 2018. / AFP PHOTO / FEDERICO PARRA

11/03/2018

El problema económico más grave que estamos viviendo en nuestro país es la hiperinflación. Podemos definirla, desde el punto de vista numérico, como el proceso de crecimiento recurrente de precios a una tasa no menor del 50% mensual. Podemos también definirla como la circunstancia en la cual la población ve a su moneda como una papa caliente de la que tiene que salir de inmediato para evitar la pérdida fulminante de su valor.

En el caso venezolano, la hiperinflación es eso que aglutina todos los errores cometidos por la revolución, los compacta, les pone mecha y los prende, dispuesto a explotarle en la cara a lo que tenga enfrente. Es un problema que pone en peligro a todos y nos obliga a ser muy cuidadosos, pues cualquier error podría convertirse en el último.

Lo más triste es que nunca debió ocurrir en Venezuela. Primero, porque los países petroleros son mucho menos proclives a ella debido a su base de ingreso, pero, además, luego de los casos que han ocurrido en la historia, se suponía que la hiperinflación era una enfermedad erradicada. Nadie debería ser tan torpe como para repetir los mismos errores que cualquier economista, por pirata que sea, está entrenado para evitar.

Pero, bueno, la realidad demostró que, como dicen en Carora, la revolución, en materia de destrucción, ha sido “muy competente”.

Las empresas apenas están comenzando a entender cómo surfear la ola que tienen frente. El reto más importante es aprender a desaprender. Las cosas que antes les funcionaban ahora pueden ser un error mortal. Es imposible realizar sacrificios para retener clientes, pues eso podría significar la destrucción de la empresa. Hay sólo dos cosas indispensables que debemos seguir y proteger: el flujo de caja y la los recursos humanos, ambos afectados por la hiperinflación. El flujo porque la inflación lo muele como un trapiche y las necesidades de dinero crecen exponencialmente cada semana sin que el banco pueda usualmente acompañarte, pero, además, porque se convierte en una panela de hielo que si la mantienes en tu mano, te quema y luego se derrite. El manejo diario del dinero es el trabajo central para evitar que se evapore. Pero, en adición, el reto es lograr retener a la gente en la empresa, porque ellos, al igual que el resto del país, sienten miedo, frustración, angustia y rabia. La pérdida de su capacidad de compra y de confianza en el futuro los empuja a emigrar y sólo una estrategia agresiva de compensación y acompañamiento emocional puede lograr que los trabajadores entiendan que vale la pena esperar para estar ahí cuando todo pase y así tomar ventaja de los vacíos que queden.

No todos van a resistir. Los procesos históricos indican que muchas empresas sucumben y mucha gente se va, pero el que entiende el proceso y lo maneja con inteligencia, aunque quizás termine cansado, quedará en posición de aprovechar el buen tiempo cuando llegue.

La pregunta es: ¿llegará?

La respuesta es: sí. Hay países que pasan décadas de pobreza, ineficiencia y corrupción, pero no hay un sólo ejemplo de un país con hiperinflación permanente. Es un fenómeno finito e insostenible que siempre ha terminado en apertura y cambio del modelo económico que lo origina.

Me recuerda a un episodio cuando nacieron los morochos hace exactamente catorce años. Al tercer día se le cayó el cordón umbilical a Bernardo y mi esposa lo celebró. Al día siguiente comentó: “qué raro que no se le ha caído a Nicolás”. Al quinto día estaba preocupada. Y al sexto día agarró al carajito y lo llevó a la emergencia. “Doctor, al niño no se le ha caído el cordón”. Y el doctor respondió: “Sra. León, ¿usted ha visto alguna vez a un adulto con el cordón umbilical pegado al ombligo? No. Entonces tranquila, que se le va a caer”. La hiperinflación… también.


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