Entrevista

Karina Sainz Borgo: “Lo que nos está ocurriendo es una tragedia de proporciones monumentales pero es una oportunidad”

Fotografía de Casa América | Flickr

12/12/2019

Traducida a 15 idiomas distintos, distribuida en 22 países, considerada uno de los 100 mejores libros de este año, según la revista Time, La hija de la española, recién llegó a Venezuela. Fue presentada este lunes 25 de noviembre en la Feria del Libro del Oeste de Caracas, en la Universidad Católica Andrés Bello, gracias a un convenio con la editorial Penguin Random House, la cual cedió los derechos para imprimir solo 1.000 ejemplares sin fines de lucro.

En esos mismos jardines donde su profesora de Morfosintaxis presentó la novela, Karina Sainz Borgo se sentaba a estudiar. Cuántos estudiantes que ahora marchan de prisa frente a los módulos de la Universidad Católica Andrés Bello sabrán que debajo de esa carpa blanca se presenta la obra de una egresada de esa institución, que en este instante es un fenómeno editorial del mundo literario.

Todo tiene su tiempo y esto ella, seguramente, ya lo habrá internalizado. Ella es ella, Karina, la autora de La hija de la española, una novela publicada en 22 países del mundo, que ha sido traducida a 15 idiomas distintos y que la revista Time incluyó entre la lista de los 100 libros más importantes de este año.

Ahora, lunes 25 de noviembre, a la 1:07pm, mientras algunas señoras esperan sentaditas sobre unas sillas plásticas que llegue la profesora Giannina Olivieri para hablar de su alumna y de su obra; Karina sorbe una cerveza en Miami y escribe.

“¿Quién iba a decir que se convertiría en un best seller a escala planetaria?”, admite Marcelino Bisbal, quien fuera su profesor y tutor en la Ucab, durante la presentación. Ahora, como director de la editorial de la universidad, reveló que luego del éxito de la autora en la feria del libro de Frankfurt, él la contactó para pedirle publicar la novela en el país. Bisbal confesó que la había leído porque un amigo de su hijo la había comprado en Argentina y se la prestó.

Karina le respondió que no estaba en sus manos, pues los derechos eran de Penguin Random House. Sin embargo, sirvió de mediadora y así las cosas se logró que la universidad firmara un convenio para imprimir solo 1.000 ejemplares sin ánimo de lucro. Por lo cual cada dólar que se logre reunir con la venta de su novela irá destinado a apoyar los programas de beca de la institución.

“Teníamos preparado todo para que viniera pero por problemas de pasaporte no se pudo. Gracias a su generosidad y a la editorial tenemos la novela acá”, refirió el profesor mientras las señoras de las sillitas plásticas sonreían. Otro ejemplo del país que sobrevive gracias a la solidaridad y a la empatía de algunos de sus hijos.

Era incómodo preguntar el por qué la editorial no vende la obra acá. Las inferencias son gratuitas y fáciles de deducir: probablemente la misma crisis económica no le reporta retorno a su inversión.

Hoy es un día de celebración. ¡La novela ha llegado a casa! Olivieri explica el argumento. Lo comenta. Dice que Adelaida Falcón (la protagonista a la que se le muere su madre, le invaden la casa y la vapulean sin misericordia) termina pervirtiéndose tanto como el entorno que describe.

La profesora lee sus apuntes y luce prolija. Nosotros vamos a aprovechar de conversar con la propia autora. Una mujer de 37 años de edad que admite tener una sensación muy agria pues así como la publicación en Venezuela le genera una felicidad tremenda, también le provoca una melancolía profunda.

En la primera hoja de tu novela la protagonista, Adelaida Falcón, afirma que en la ciudad donde vive, Caracas, tanto ella como su madre lo habían perdido todo, incluso las palabras en tiempo presente. ¿Cuál es el efecto de esta pérdida, en caso de que esto realmente ocurra?

-Eso tiene una primerísima consecuencia que es de orfandad y de destierro. De desarraigo. Creo que en las sociedades totalitarias en general, no solamente en Venezuela, porque es un fenómeno bastante universal; las personas suelen desarrollar procesos de insilio, se encierran o se aíslan, porque el exterior es tan amenazante, tan fagocitador, tan devorador que tiene un efecto de expulsión. Luego está la propia expulsión personal. En mi caso, siempre sentí una sensación de desarraigo y de destierro, que el país no me reconocía y que yo no lo reconocía y eso ocurre mucho en el uso y en la abolición del lenguaje: “Cuando se podía tener dólares”, “cuando se podía conseguir carne”, “cuando la luz no fallaba”.

¿Y el problema de no tener palabras en tiempo presente?

-Allí predomina la incertidumbre. Es la sensación de que vivir es prácticamente imposible, que es lo que le pasa a la protagonista de la novela.

¿Cuál es el tema principal de tu novela: la depauperación de Venezuela, la depredación desatada y caníbal que se evidencia desde hace algunos años allí, la situación de la mujer en ese país, la pérdida de identidad de la protagonista (Adelaida Falcón) o la dinámica de la relación madre e hija?

-Adelaida es una creación alegórica. Es una síntesis del ciudadano común, y la elección de que fuera una mujer es porque yo me sentía más cómoda en una voz femenina y porque me permitía apuntalar el mecanismo de la relación con la madre.

El apuntalamiento de la relación con la madre es una metáfora política, una alegoría política, y no un tema de género. De alguna manera también refleja una tendencia matricéntrica que tiene la sociedad venezolana. No es casual que un verso de Yolanda Pantin le haga epígrafe a la novela (El hueso pélvico). A mí me interesaba proponer eso.

Uno tiene unas intuiciones al momento de hacer una novela y plantea unos temas pero la novela se completa realmente con el lector. Entonces quizás, las interpretaciones que tú le estás dando, por ejemplo, puede que yo no las haya previsto pero que despierten resortes en el lector que podrían generar una identificación.

Yo te diría que, para mí, La hija de la española es una novela sobre la supervivencia y sobre la culpa del superviviente. Uno lee a Primo Levi y tiene esa sensación, por ejemplo. A mí me parece que Venezuela ha sido sometida a un proceso totalitario muy profundo y en su catálogo más canónico: resumir prácticamente al individuo a un despojo.

¿Qué visión tiene Karina, la autora, sobre el país? Hay frases en tu novela muy duras, como por ejemplo: “Aquella no era una nación sino una picadora”, “ya no éramos un país, éramos una fosa séptica” y, a la par, ¿en qué año sitúas los hechos que narras en tu obra: se trata del “Caracazo” de 1989, las protestas del año 2014, o las manifestaciones de 2017?

-Lo que me estás planteando es el anclaje de la ficción en la realidad y yo puedo comprender que sea un mecanismo reflejo normal en el lector, pero justamente la confusión es esa. Yo juego a la confusión, juego un poco a desterritorializar en ocasiones porque, realmente,  el tema de la ficción es que te permite la construcción de un relato y el relato de esta novela no es un catálogo de episodios históricos ocurridos durante el régimen bolivariano, sino, insisto, una vez más, una metaforización que podía ser completamente universal.

Respecto al tema de las opiniones del narrador (porque una cosa es el autor y otra cosa el narrador), yo quise cargar mucho la suerte del narrador. Yo quería que el narrador fuera incómodo, que dijera cosas desagradables. Fíjate que en la evaluación que hace Adelaida de su país no es para nada condescendiente. Ella, en buena medida, señala a la sociedad que ha producido lo que ella padece. Eso solo lo podía hacer con un narrador que creara problemas pero, al mismo tiempo, el narrador tenía que emocionar. Entonces decidí la primera persona, para crear mucha empatía en el lector y también para que se sintiera herido cuando Adelaida reprocha.

A mí me suele interesar la literatura que es incómoda, que genera problemas. Thomas Bernhard, por ejemplo. Uno lee sus obras autobiográficas y la relación que tiene con Viena es a muerte; o el propio John Maxwell Coetzee, quien tiene una relación muy dura con Sudáfrica aunque sea metafórica. Yo quería que Adelaida hiciera eso.

¿Y qué visión tienes tú, la autora, sobre Venezuela en este momento?

-Creo que Venezuela es un país que está atravesando un proceso de metamorfosis muy profundo. No sé si para bien o no, pero creo que estamos ante un momento que puede ser un gran reto moral como sociedad, que es aprender de este terrible proceso, de este desierto tan grande al que hemos entrado, o quedarnos aislados, dando vueltas alrededor de nuestro propio eje. Hay un justo equilibrio y la oportunidad de saldar cuentas con muchos fantasmas, entre ellos “los hombres fuertes” y los militares. Para mí Venezuela es una proposición, una oportunidad, y esta es una visión que he ido ganando con el tiempo. Yo antes era mucho más dura con el país y creo que, en buena medida, la reconstrucción pasa por pensar el país de otra manera.

En tu novela señalas que la divisa patria en Venezuela es aparentar: “Daba igual que hubiese o no dinero, daba igual que el país se cayera a pedazos: el asunto era embellecer, aspirar a una corona, ser reina de algo…, del carnaval, del pueblo, del país”. Te pregunto, porque me lo pregunto: ¿Y si ese artilugio, en apariencia frívolo, fuera un muro de contención ante una realidad devastadora y demasiado difícil de sobrellevar?

-Yo no lo estoy planteando de manera literal. Ahí me refiero a las distracciones como manera de postergar la autocrítica y creo que la sociedad venezolana eludió siempre la autocrítica. Se regodeaba en sus afirmaciones folclóricas utópicas: las mujeres más guapas, el mejor chocolate, el mejor ron. No se afianzaba en hacerse preguntas incómodas y aquél que se las hacía no era del todo escuchado.

Sucedió con Luis Castro Leiva (intelectual venezolano, autor del libro De la patria boba a la teología bolivariana, entre otros), que es previo al chavismo. Él planteó una serie de preguntas incomodísimas y la gente miró para otro lado. Es eso. No es que yo esté en contra del maquillaje, sino es una metáfora sobre una sociedad que se distrajo, que creyó que el petróleo iba a ser eterno, que no pensó que estaba sentada sobre una bomba de relojería y que, básicamente, prefería ver el concurso del Miss Venezuela. Lo cual no lo discuto, pero faltaba la autocrítica.

Tu protagonista, Adelaida Falcón, se refiere a los seguidores del gobierno como los “bastardos de la revolución” y los describe de tal modo que llega a provocar repugnancia en el lector. ¿Cómo logras este lenguaje sin sentir cargos morales como autora?

-Lo que pasa es que yo escribo, justamente, por el motivo contrario. Escribo porque tengo ganas de decir palabrotas. Yo creo que la mayor necesidad que a mí me llevó a escribir La hija de la española era volver a utilizar palabras. Tenía muchas ganas de volver a decir “guayaba”, “guacuco”, “ciruela de huesito”. Tenía ganas, tenía una necesidad profunda, y esa necesidad en el lenguaje creo que tiene un punto emocional, sinceramente.

No controlo las metáforas porque creo que son muy emocionales, pero también es cierto que ahí una aprende con lo que tiene adentro, con lo que ha leído, con el autor que le interesa. Insisto, los autores que tenían descripciones casi grotescas son los que me han quitado el sueño. Siempre. Eso me condiciona y probablemente condicione mi manera de escribir, de elegir las palabras que utilizo y, te voy a ser muy sincera, me importa un pepino la corrección política porque la literatura es así; sino sería como impostado ¿no? Yo no puedo decir: “La buena de Adelaida puso la otra mejilla”. ¡No! Yo la tengo que envilecer tanto como el contexto en el que está, y la Mariscala no puede ser un personaje empático.

De hecho, esto fue tema de discusión (discusión bonita) con Juan Milà, que es el editor de Harper Collins, porque él me preguntaba que por qué no humanizaba a la Mariscala y yo le decía: “¡No!, porque ¿cuándo has visto tú que un torturador sea compasivo?”. Además, no olvidemos que a la Mariscala la vemos a través de los ojos de Adelaida y ella tiene miedo. ¡Está aterrada! Entonces esa sensación permite que el lector se ponga en manos de la Mariscala y se sienta amenazado por ella.  Y ahí está el punto que yo te digo que la ficción tiene unas cosas que el periodismo jamás podrá conseguir, que es darte la ilusión de que eso es verdad. Es un pacto. Tengo que contar, tengo que hacer mi trabajo como narrador y por eso es que hay tantas cosas desagradables y provocadoras dentro de la forma de contar de esta mujer.

¿Qué crees que sucedió con el sueño de la Venezuela moderna de la década de los 50, que se construiría con la mano de obra de tantos extranjeros que migraron tras la II Guerra Mundial, más los nacionales; y ahora pareciera haber desembarcado en un pueblo abandonado por esos mismo extranjeros y sus descendientes?

-Una cosa es irse y otra cosa es ser expulsado. Creo que el proyecto moderno venezolano se resquebrajó, en buena medida, porque no hubo capacidad de anticiparse para reformarlo. Piensa que en los años 80-90 crece un Estado hipertrofiado gracias al dinero del petróleo que disuadía el conflicto. Es decir, creaba un falso consenso pero que estaba basado sobre el bienestar del petróleo. El problema es que por una extraña razón la democracia que consigue crear instituciones realmente valiosísimas no es lo suficientemente hábil para mantener ese proyecto.

Creo que la siguiente generación de políticos, después de Rómulo Betancourt, no tuvo la suficiente visión. Aparte hubo otra cosa: quienes matan a los delfines son los padres. Realmente los notables eran todos aquellos que querían una cuota de poder, con el gobierno de Carlos Andrés Pérez y no lo tuvieron. Prefirieron dar un golpe sobre la mesa y apoyar a un militar. Recuerda que después del intento de golpe de Estado (4 de febrero de 1992) los notables exculpan moralmente al chavismo. Sin embargo, ¿cuál es el fleco suelto aquí? ¡El agravio! El chavismo se valió de esto y de decir que la historia nos debía algo y dio el cheque en blanco del resentimiento. Ese es el mecanismo básico del populismo: generar emociones y crear una situación de agravio. Ese discurso “prendió mecha” en un país con unas desigualdades muy profundas y, lo más extraño de todo, todavía en la clase media, quienes querían un castigo.

Creo que hubo una irresponsabilidad general en todo el país, en todas las élites, y eso atrofió y frustró un proyecto moderno que necesitaba una reforma, que necesitaba replantearse, pero prefirieron derrumbar el edificio.

Esto no estaba planteado pero me llevas a repreguntar: ¿Realmente era posible renovar un sistema en el que mucha gente no creía?

-¡Claro que era posible! Por supuesto que era posible. Desde el punto de vista de darle a Carlos Andrés Pérez un poco más de tiempo para aplicar el paquete de medidas de ajustes que hubiesen funcionado y no le hubiesen saltado a la yugular, como hizo la mayoría de los grupos mediáticos. Pérez tuvo la decencia de no dejarse tumbar. Él se somete a la justicia, a las instituciones. ¿Crees, por ejemplo, que esa elección risible, carnestolenda, nefasta, de una Miss Universo (Irene Sáez), con el líder caudillo más antiguo, que fue incapaz de dar un paso atrás, con una persona como Salas Römer, con la tipología del señorito terrateniente. ¡Esa elección parecía hecha para que Chávez la ganara! ¡Era un país con un sistema de partidos completamente esclerótico que decidió pegarse un tiro!, y se lo pegó.

El mismo sistema democrático produjo un ser como Chávez. El punto es preguntarse qué pasó para que, durante todo este tiempo, creciera ese embrión y nadie lo viera. Ahí va mi reclamo a una sociedad frívola, demasiado ocupada, ombliguista, y por eso creo que lo que nos está ocurriendo es una tragedia de proporciones monumentales pero es una oportunidad. Es una oportunidad para volver a empezar. Solo que se trata de procesos muy lentos. Tú no riegas una mata y le dices: “Crece, crece, crece”. Tú esperas que la planta crezca, le pones abono y la cuidas. Yo espero que haya un aprendizaje porque si no, esto no ha valido de nada.

“Nos descubrimos deseando el mal al inocente y al verdugo. Éramos incapaces de distinguirlos”, dice Adelaida Falcón en tu obra. ¿Has pensado sobre el estado de nuestra salud mental?

-Está muy diezmada e, insisto, esto es típico de los procesos totalitarios. Primero se acorrala a los individuos estigmatizándolos: “Escuálidos”, “oligarcas”, dividiéndolos en bandos, señalándolos, y luego mermándolos y apretándoles las tuercas progresivamente. Que la gente se consiga haciendo cosas de supervivencia, que estés tan ocupado en buscar un pollo que te da exactamente igual el resto de las cosas.

Eso es violencia. Los venezolanos han sido sometidos a una violencia física, directa, sistematizada, de proporciones ciclópeas. Es una violencia del Estado contra el individuo, entre los ciudadanos, entre grupos paramilitares y, aparte de ello, una violencia ideológica y psicológica tremenda. Que no haya una tasa más alta de enfrentamientos habla de nosotros como una sociedad, dentro de todo, mucho menos violenta de la que ha sido sometida.

La idea de la esperanza es indulgente. Creo que convendría mucho más asumir una adultez ciudadana. Lo que pasa es que eso te lo digo yo muy fácil acá hablando, pero hacer eso y convertir eso en una realidad implica mucho trabajo y tiempo.

Los venezolanos pensamos que estamos inaugurando una tragedia y esto ocurrió hace años ya. Creo que deberíamos ensanchar nuestra capacidad histórica para poder leernos en una clave personal y leernos también en un contexto. Voy a evitar esos discursos indulgentes y autocomplacientes de que Venezuela es el mejor país del mundo porque, si así fuera, no llevaría 20 años gobernada por un régimen como el que tiene. Así que no caeré en ese tema y sobre los venezolanos, pues los veo en el espejo de la transformación. Están atravesando un proceso muy complejo y la decisión es cambiar para bien o no.

En una de las reflexiones de Adelaida ella admite estar en los dos bandos al mismo tiempo: en el grupo de los que cazan y también en el de los que callan. ¿Qué crees que había que hacer para no envilecerse en medio de la guerra?

-Habría que ser de anime o de madera para no sentir una situación de agravio, pero, ojo, el sentirlo no es malo. Lo importante es hacer algo con eso. Hay sociedades que han conseguido, con muchísimo esfuerzo, una reconciliación previo a un proceso de esclarecimiento. Las sociedades toman mucho tiempo en conseguir esto y en el caso nuestro no será distinto.

¿Sientes culpa?

-Sí. Mucha. Porque en buena medida, el haberme ido me hace sentir culpable y es una cosa muy perversa. Ahora ya no, ahora la diáspora es un tema más empático, pero antes tú te ibas del país y no podías hablar de Venezuela. Había una nueva división. El chavismo creó bandos en general y fue creando nuevos muros: el que se va y el que se queda fue uno de ellos. La gente no se acuerda pero había bastante soberbia y exclusión cuando te ibas. Decían que uno no podía opinar. Lo que pasa es que, afortunadamente, las sociedades van corrigiendo su discurso a medida que van avanzando en la tragedia y se conocen  mejor.  Yo tengo una relación con Venezuela bastante complicada que pensé que la novela iba a corregir y lo que hizo fue agravarla, en general. Puede que sea justamente por el hecho de que me importa.

¿Quién es Karina Sainz Borgo, cómo te formaste, y de qué sientes orgullo en tu vida y de qué no?

-El orgullo que siento es no haber claudicado. No haber bajado los brazos. En el sentido de que es difícil abrirse camino en el periodismo en España y yo creo que muchísima gente no ha apostado un duro por mí. “No has conseguido lo que te has propuesto”, “Devuélvete” y yo digo que sí, que sí lo he conseguido. Sobre quién soy, pues yo soy caraqueña, nacida en el municipio Baruta, estudié en un colegio de monjas, luego me gradué en la carrera de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello, con los jesuitas; por cobarde, creo yo, porque yo quería estudiar Letras, pero también es verdad que me gusta mucho el periodismo.

Tenía mucha relación con el periodismo cultural, que era lo que me fascinaba. Trabajé en las páginas de Cultura del diario El Nacional cuando estaba Rubén Wisotzki, luego con Marianela Balbi. Tuve la suerte de caer en manos de Rafael Osío, en la revista Primicia que él dirigía, uno de los mejores periodistas que hay y una persona con una capacidad didáctica tremenda. De hecho, siempre digo que allí no aprendí a escribir, aprendí a leer. Rafael me enseñó a leer y eso siempre se lo agradeceré.

A partir de allí empecé a trabajar en el Papel Literario de El Nacional, luego hice el periodismo que a mí más me gustaba, de crónicas  latinoamericanas. Por eso es que en el libro Caracas Hip hop busqué en este género musical un sustituto de la salsa, en determinada cultura popular venezolana. Luego me vine a España, en el año 2006. Me vine con 23 años, cumplí los 24 aquí, y era una hoja en blanco, en el sentido de que tenía todas las ostias del mundo por recibir, por eso digo que España y Madrid han sido las relaciones más largas que he tenido y me han enseñado mucho.

¿Qué crees tú que es imprescindible para escribir?

-Como dice Virginia Woolf, una habitación propia y dinero. Una habitación con ventana. Necesitas autonomía y la autonomía te la dan muchas cosas: haber leído. Eso te hace fuerte. Dices lo que quieres, no lo que puedes y un autor que no lee es como un autor sin hambre. Trabajo. Tienes que trabajar prácticamente como un albañil, todos los días. Como dice Philip Roth: “Escribir es bajar a la mina” y yo creo que lo dice literalmente porque bajar a la mina es meterte en las cosas que te hacen daño pero tienes que abrirte espacio con un pico y una pala, y eso es trabajo. Hay que trabajar. Justamente por esos motivos creo que es muy importante un espacio de soledad y autonomía.

¿Qué te hace feliz?

-Escribir. Probablemente escribir sea lo único que me genera felicidad y malestar al mismo tiempo.

¿En qué o en quién crees? ¿En qué te refugias o sobre qué te sostienes?

-Buena pregunta… no lo sé. La verdad es que no lo sé. No lo sé. No lo sé. Tengo una capacidad muy grande de volatilizar las cosas. Creo que mi capacidad de mandar todo al carajo puede ser importante y eso es porque a mí me da la gana. Ahora, siendo realista, en una respuesta menos dramática a mí me gusta la ópera. Sin ella no podría escribir. Sin la música clásica no podría escribir. No lo soportaría. No podría. Me gustan las cosas que me generan conflicto en general: me gusta muchísimo ir a los toros, porque me pone en contradicción con muchas cosas. Creo que, en el fondo, todos vamos pellizcando experiencias  para estar vivos.

Luego de haber leído y entrevistado a tantos autores internacionales, ¿puedes compartir tu apreciación respecto a la literatura venezolana en el contexto mundial?

-Sabes que cuando yo escucho decir “literatura venezolana” siento que en el fondo siempre hay un reproche interno de la narrativa, como si pidiéramos más narradores. Creo que la literatura venezolana es una de las más potentes y modernas del continente. Su tradición poética es luminosa. Hay una reflexión de todos nuestros escritores sobre el lenguaje muy importante y esa es una impronta que tenemos. Eso ralentiza un poco la narrativa. Quizás por eso se ha visto entumecida, pero creo que está pasando por un proceso de cambios y de revisión que también se sostiene sobre la tradición a la que pertenecemos.  No se puede explicar el país sin lo que ha sido y cómo ha sido escrito, retratado. Creo que la literatura venezolana lo único que necesita es creérselo, porque tenemos la misma capacidad que tuvieron nuestros predecesores para plantear las  cosas en términos universales. Y esa es una de las cosas de las cuales adolece: su falta de universalidad, el exceso de una mirada demasiado concentrada en lo local pero bueno, esa es mi opinión y eso es rebatible desde cualquier punto de vista.

¿Vas a terapia?

-(Risas) No. ¡Ya yo no creo en los psicoanalistas! Para nada. Los quiero mucho. Los junguianos son tremendos. Sirven para escribir, pero resolver problemas, no los resuelven. Sabes qué creo que pasa. Acá, haciendo un ejercicio de imaginación. Yo crecí en un hogar donde el sentido del deber era muy importante. De no eludir responsabilidades, de no lloriquear, de no quejarte. Creo que eso a mí me marcó mucho. Toda la familia materna era como un matriarcado de piedra, como que nada las tumbaba. Mi mamá es una mujer muy estricta, muy fuerte, y creo que eso a mí me marcó. Por eso el epígrafe de la novela dice: “Me legaron valor, no fui valiente”, el poema de Borges. Es un poco esa sensación: de no haber sido tan luchador como los que te precedieron.

¿Crees que un lector en Finlandia pueda sentir (o sufrir) la novela tanto como un venezolano?

-¡Es que yo no creo en los lectores nacionales! No creo en lectores venezolanos o estadounidenses. Creo en lectores. ¡Ahí está el problema! ¡Tenemos que dejar de escribir para nosotros mismos! Es decir, en Venezuela tenemos que dejar de escribir para venezolanos. ¡Escribir, escribir! No te puedo dar una respuesta unívoca, pero yo tenía muy claro que quería un lector universal y lo construí con intuición, dada por mis propias lecturas. Si a mí me emociona El Rey Lear, me emociona Hamlet, y me río con Cervantes es porque hay un resorte universal en esa literatura.

¿Qué haces, qué te gusta?

-No, no hago muchas cosas: fumo, bebo cerveza, escribo todo el día, tengo un mal humor de la ostia. Soy una persona siempre malhumorada. Tengo una relación perpetua con la escritura y con el trabajo. Me levanto muy temprano y me importa mucho mi familia. Eso sí, mi capacidad de trabajo es algo de lo que me siento orgullosa. No soy una persona simpática, no soy una persona encantadora, no soy la alegría de la huerta, pero soy muy trabajadora y eso creo que me redime un poco.


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