Telón de fondo

Gómez no es criatura del petróleo

por Elías Pino Iturrieta

30/09/2019

Imagen del Archivo de Fotografía Urbana

Ya es lugar común el establecimiento de un vínculo determinante entre la explotación petrolera y el afianzamiento del mandato de Juan Vicente Gómez. Sin examen suficiente, se ve a la industria de los hidrocarburos como la base que sustentó a la dictadura. Los comentarios que siguen tratan de corregir el difundido parecer.

Nuevas relaciones de carácter político y mudanzas de importancia en el orden militar, gestadas durante el gobierno de la “Restauración Liberal”, pero también cambios de tipo fiscal y administrativo que suceden a raíz del derrocamiento de Cipriano Castro, ponen en marcha un proceso de centralización que prepara el camino para la dictadura vitalicia. El liberalismo tradicional, sumido en crisis desde las últimas décadas del siglo XIX, desaparece lentamente mientras se consolida el régimen autoritario. Del seno de un sistema en decadencia surge una formación diferente cuyo nacimiento obedece, en buena parte, a causas intestinas. Pese a que la interferencia de la presión internacional es creciente desde 1900, la intromisión de quienes explotan el petróleo es posterior.

El bloqueo de Venezuela por las potencias europeas provoca la intervención de los Estados Unidos, que a partir de entonces copa la escena y determina importantes mudanzas. Nos incluye en sus planes de expansión, y estimula a los factores que precisa para el logro de su cometido. Simpatiza con los reclamos de las compañías asfalteras y se incomoda por las poses atrabiliarias de don Cipriano. Es el primer paso firme en el terreno que le disputan las viejas metrópolis, pero el ingrediente petrolero no está incluido en el panorama. La renta originada por la explotación del subsuelo llega cuando Gómez ha batido a sus rivales.

A la hora de los grandes negocios espera un mercado apacible que no necesita ajustes onerosos o complicados. Lo garantiza el advenimiento del anhelado Porfirio Díaz del trópico. Es a partir de entonces cuando los hidrocarburos fortalecen al gobierno hasta un extremo jamás sospechado. Perfeccionan los resortes del poder y reducen a la impotencia a los elementos adversos. Se convierten en cimiento de un sistema cuyo origen no guardaba relación inmediata con los intereses que ahora estrechaban el vínculo. El éxito de la nueva relación dependía de la fortaleza del socio foráneo, desde luego, pero también del desmoronamiento de las relaciones políticas establecidas en el país desde el siglo anterior.

Las relaciones políticas del siglo XIX, especialmente en su segunda mitad, se caracterizaron por su fragilidad y heterogeneidad. El presidente de la República carecía del respaldo necesario para hacer sentir su autoridad. Sin milicias nacionales, sin rentas estables, sin vías de comunicación, sin una burocracia orgánica y eficiente, la legitimidad de su mandato dependía del débil soporte de la Constitución. Florecían en el territorio centros independientes de poder cuya relación con el Ejecutivo era irregular y suprainstitucional. La propia autoridad central no era más que otro de poder, cuya fortuna en el desarrollo de las circunstancias le ha permitido un ascenso de duración imprecisa.

Al frente de cada uno de los centros de poder están los caudillos. Han logrado predominio en la escala regional debido al empleo de una clientela producida por la tenencia de la tierra, por sus cualidades personales de jefatura, por el desarrollo de abigarrados nexos familiares y clientelares, y por el aprovechamiento de las peripecias que usualmente modificaban el concierto político. Su prestigio, que al principio fue de pequeños caciques, se podía proyectar a nivel panorámico para permitirles la participación en las grandes combinaciones. Pero las vicisitudes, y el tiempo que gastan en ellas, conduce a su debilitamiento, hasta el punto de que sean más sombra que testimonio concreto cuando llega el siglo XX.

Tal debilitamiento produce el triunfo de la Revolución Liberal Restauradora y el consecuente desarrollo de relaciones diversas. El nuevo movimiento posee un comando homogéneo, susceptible de coordinar sin interferencias la lucha armada. El nuevo gobernante se divorcia paulatinamente de los antiguos jefes, y procura su afianzamiento aprovechando la crisis de sus adversarios. Controla la organización de las milicias, trata de crear una Academia Militar, funda un nuevo partido, de sinuosas características pero bajo su directa influencia, e introduce en la administración elementos que pueden neutralizar a las viejas figuras. Cuando deja el poder las más importantes están derrotadas, en la prisión o en el exilio. Un fuerte contingente armado, comandado por oficiales fieles e inflexibles en cuya cabeza destaca Juan Vicente Gómez, otorga ventajas al poder central en un período de transición que pronto conducirá al control absoluto de la política.

El golpe de Estado contra Cipriano Castro inicia la última etapa del proceso de liquidación de los caudillos. Su gloria de viejos espadones de Guzmán y Crespo se había empañado por una cadena de descalabros sufrida entre 1899 y 1908. La clientela del campo quedaba acéfala sin haber disfrutado del amparo estable de los “taitas”, contra cuya privanza también conspiraba la carga de los años. Si el Ejército Restaurador los había convertido en capitanes sin apoyo, el desarrollo del ciclo vital los presentaba como unos ancianos achacosos y próximos a la tumba. Así las cosas, no resulta difícil para Gómez afianzar la autoridad a sus expensas.

En efecto, tal precariedad le permite convertirlos en simples adherencias de su corte, en piezas que puede dominar sin escollos dignos de consideración. No necesita la ayuda de los gerentes extranjeros que esperan a la vuelta de la esquina, aunque no vacilarían en ofrecerla para que los negocios no se demoraran. Pero la domesticación ha sido trabajo doméstico, cuestión de muerte y vida llevada entre la gente de siempre y quienes los reemplazan sin mirar hacia paisajes extraños. Un proceso fundamental, hechura nuestra, que no se ha querido ver para adelantar el reloj de la llegada del imperialismo yanqui. El Tío Sam hace su entrada triunfal cuando Gómez les pone mullida alfombra porque ya es un mandón crecido y establecido.


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