Perspectivas

Encovi 2019-2020: ¿Qué nos dice esta radiografía sobre la calidad de vida de los venezolanos?

07/07/2020

Fotografía de Vasco Szinetar

La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), elaborada por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), refleja que en cuanto a pobreza y desnutrición Venezuela sufre un deterioro profundo: sus datos ya no son comparables con los de países suramericanos sino con los de naciones de África y Centroamérica.

El estudio encuestó 9.932 hogares de todo el país entre noviembre de 2019 y marzo de 2020. Para medir la pobreza de ingresos, la Encovi contempla que los venezolanos que no consumen 2.200 calorías diarias de una canasta de alimentos básicos son pobres extremos. Quienes logran ingerir estas calorías pero no pueden costear servicios esenciales como luz eléctrica y transporte, son pobres.

De acuerdo a ese criterio, 79,3% de los venezolanos están sumergidos en pobreza extrema y 96,2% son pobres, al cierre de 2019. En 2014, cuando comenzó la recesión que hundió la economía, y luego, a partir de 2017, se combinó con la hiperinflación, la pobreza extrema se ubicó en 20,6%.

Luis Pedro España, sociólogo e investigador de la UCAB, precisa que “el aumento de la pobreza se debe a la caída de la economía. Entre 2013 y 2019 el PIB se redujo 70%, entonces no hay riqueza para repartir, no hay bienestar para disfrutar”.

Además del indicador basado en el ingreso, la Encovi realiza una medición multidimensional soportada en cuántos hogares presentan una o más de las siguientes características: viviendas inadecuadas, viviendas sin servicios de saneamiento básico, inasistencia escolar de los niños, hacinamiento crítico, calidad del empleo e ingresos.

De acuerdo con este criterio 64,8% de los hogares son pobres al cierre de 2019, cifra que se traduce en un salto de 13,8 puntos porcentuales respecto a 2018.

“Si bien esto es como un promedio que nos muestra distintas variables, es cierto que el salto que experimenta la pobreza multidimensional entre 2018-2019 está relacionado en su mayoría al ingreso y con el acervo material de los hogares, pero también vemos una mayor precarización del empleo”, dice Luis Pedro España.

Al comparar a Venezuela en el contexto internacional, utilizando un tipo de cambio que permite comparar entre países y establecer una línea de pobreza extrema donde se ubican quienes viven con un ingreso promedio per cápita inferior a 1,9 dólares al día, “Venezuela es el país más pobre y el segundo más desigual de América Latina”, dice Luis Pedro España.

Agrega que “Venezuela dejó de parecerse a América Latina y es más similar a Centroamérica o África. Cuando vemos países con fragilidad institucional similar a los de Venezuela, encontramos a nuestros pares en materia de pobreza”.

En una lista de países que incluye a Nigeria, Chad, Congo, Zimbabue, Yemen, Haití, Sudán, Camerún y Guatemala, Venezuela se ubica en el segundo lugar en cuanto a pobreza extrema, solo superado por Nigeria.

La desigualdad se manifiesta con crudeza en la alimentación: la dieta de los pobres se compone mayoritariamente de carbohidratos, y la diferencia en el consumo de proteínas entre el estrato más pobre y el más rico es de cinco veces.

Si se toma en cuenta el indicador peso-edad, 8% de los niños menores de cinco años sufren desnutrición. “Esto nos dice que Venezuela es el país de Suramérica con los mayores niveles de desnutrición según esta medida”, explica España.

De acuerdo con datos de 2016, en Colombia y Perú la proporción de menores de cinco años desnutridos según el peso era de 3,4% y 3,2% respectivamente.

Al evaluar la talla, 30% de los niños venezolanos menores de cinco años padecen desnutrición: “Esta magnitud no es comparable con Suramérica sino con países africanos como Nigeria y Camerún”, dice Luis Pedro España.

La política que ha implementado el gobierno de Nicolás Maduro para tratar de contener el avance de la pobreza y la desnutrición se basa en el reparto de transferencias directas a través de bonos, y la venta de alimentos a precios subsidiados mediante el reparto de cajas de los Comité Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP).

Principalmente las cajas contienen arroz, granos y pasta. Encovi determinó que 5% de los pobres extremos no reciben la caja CLAP y 15% la recibe cada dos meses.

Bomba demográfica

Al comenzar este siglo, los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) afirmaban que entre 2000 y hasta 2045 la población venezolana tendría una estructura irrepetible: los venezolanos en edad de trabajar y producir superarían a los jóvenes menores de 15 años y a los mayores de 65. Esta condición, que se denomina bono demográfico, ocurre una sola vez en la historia de los países y permite reducir los recursos destinados a la crianza de los hijos o a los ancianos, y disponer de más mano de obra para impulsar el crecimiento y el desarrollo.

Pero no ocurrió así. Las proyecciones de la Organización de las Naciones Unidas indican que en 2020 la población de Venezuela es de 28,4 millones de habitantes: cuatro millones menos de lo proyectado por el INE, como resultado de la emigración a otros países, en su gran mayoría, de jóvenes entre 15 y 39 años de edad.

La emigración de población joven se traduce en que el país envejeció, perdió el bono demográfico y en este momento la cantidad de menores de 15 años y mayores de 65 años superan a quienes tienen edad de trabajar.

El impacto de este cambio es profundo, porque tras el empobrecimiento el país no cuenta con recursos para implementar programas de pensiones y protección para los ancianos.

Anitza Freites, directora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UCAB, explica que “prácticamente ya tenemos indicadores de dependencia demográfica que debimos alcanzar en 2045. Esta situación nos encuentra en muy malas condiciones, un país con decrecimiento económico, y no estamos preparados para asumir la responsabilidad de un programa de protección social que sea sostenible en el tiempo para cubrir a la población de mayor edad”.

“El bono demográfico no fue aprovechado para desarrollar las fuerzas productivas del país, para absorber a la población en edad de trabajar. No es de extrañar que la mayoría de la población que sale del país son adultos jóvenes. La caída en el volumen de población disminuye la presión sobre ciertos servicios como la educación, salud, vivienda, pero también significa un mercado de menor tamaño para la producción de bienes”, agrega Anitza Freites.

El deterioro en la calidad de vida se manifiesta en la mortalidad infantil. Las proyecciones del INE, elaboradas con base al Censo de 2011, señalaban que en 2020 este indicador se ubicaría en 12 fallecidos por cada mil nacidos, pero la Encovi determina que es de 26 fallecidos por cada mil nacimientos.

“Hay una disparidad entre lo que debió ser la tendencia y lo que ocurrió. Esa brecha de 14 puntos nos coloca en el nivel de finales de la década de los ochenta. Es un retroceso”, dice Anitza Freites.

El Coronavirus

El estudio para medir el impacto de la cuarentena por el coronavirus señala que hasta un 43% de los hogares del país reportan imposibilidad de trabajar o pérdida de ingresos.

Las transferencias del gobierno a través de bonos para tratar de compensar a las familias afectadas han aumentado pero son insuficientes. Luis Pedro España precisa que “el 25% de los hogares declararon recibir transferencias de instituciones públicas entre octubre y febrero de 2020, esto aumentó al 52% en marzo/abril. El promedio de esas transferencias (bonos) es de 5 dólares”.

Agrega que “con los números de infectados aumentando y con un previsible aumento de las muertes por COVID-19, Venezuela está entrando a lo que puede ser una verdadera crisis humanitaria. No hay forma de saber el tamaño de la crisis sanitaria que se avecina”.


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