El trayecto de un futbolista hacia la paranoia y el dolor

por Ken Belson

22/10/2018

El jugador de la NFL Daniel Te’o-Nesheim falleció con encefalopatía traumática crónica, un padecimiento que los médicos han vinculado a los golpes que se reciben en el deporte. A diferencia de otros atletas, Te’o-Nesheim dejó pruebas sobre las oportunidades perdidas para diagnosticarlo.

Fotografía de Jeffrey Beall

Cuando la hermana de Daniel Te’o-Nesheim escarbó entre las pertenencias del liniero defensor de la NFL después de su muerte, el año pasado, encontró un contenedor de plástico lleno de páginas arrancadas de un diario que él mantuvo durante sus días como futbolista profesional; era un catálogo de su puño y letra de sus múltiples lesiones e intentos de tratamiento.

Los recuentos son un triste cierre para una vida que, trágicamente, terminó de manera prematura.

Te’o-Nesheim, una estrella del equipo de la Universidad de Washington que jugó cuatro años con las Águilas de Filadelfia y con los Bucaneros de Tampa Bay, tenía 30 años en octubre de 2017 cuando fue encontrado muerto en el hogar de un amigo; su cuerpo tenía rastros de alcohol y de analgésicos. Los neurocientíficos después descubrieron encefalopatía traumática crónica (ETC, en español; CTE, en inglés), el padecimiento degenerativo causado por golpes reiterados en la cabeza, en su cerebro.

Daniel, quien creció en Seattle y en Hawái, no es el jugador más joven de la NFL con ETC, que solo puede ser diagnosticado de manera póstuma. Tampoco tenía la versión más severa del padecimiento, que ya ha sido encontrado en los cerebros de cientos de atletas y de veteranos.

Pero Daniel dejó un rastro de documentos, cartas, mensajes de texto, fotografías y mensajes de voz que dan una muestra vívida y desgarradora de cómo un jugador de fútbol americano vive el padecimiento: paranoia, desorientación, fallos de memoria y arrebatos de ira.

En sus últimos años, la conducta en deterioro de Daniel preocupó a su familia y a sus amigos, quienes lo conocían como alguien sincero y tranquilo. Dicen que cambió después de llegar a Tampa con los Bucaneros; que se volvió depresivo, distante y desconfiado, como indican reportes médicos y entrevistas con más de una decena de amistades, familiares y doctores.

Como se ha visto en otros casos vinculados a la ETC, los allegados achacaron estos comportamientos a su apretada agenda cuando jugaba o a sus dificultades para ajustarse a la vida fuera de la cancha después de que terminó su contrato con la liga, en 2013. En realidad enfrentaba una serie de lesiones ortopédicas, los efectos de unas cien contusiones —diez de las cuales lo dejaron temporalmente inconsciente—, de las drogas que tomaba para el dolor y una enfermedad que transforma la personalidad de quienes la padecen.

“Algunos síntomas son muy visibles, pero nunca pensé que era algo por lo que preocuparse”, dijo Marie Aiona, la hermana de Daniel. “La combinación sí puede terminar con una vida si no se trata correctamente. En cuanto empieza a progresar cambia por completo a la persona”.

1987: Familia, fútbol americano y la comida

Daniel Te’o-Nesheim nació en 1987 en Pago Pago, en Samoa Americana, y su familia se mudó a Seattle cuando Daniel tenía 3 años para estar con su abuela paterna. Creció rodeado de tíos, tías, primos y abuelos. Cuando era niño jugaba béisbol, fútbol, karate, básquetbol y, a partir de los 11 años, fútbol americano.

Un año después de que empezó a jugar americano, en 1999, murió su padre a causa de un aneurisma. Eso cambió la perspectiva de Daniel: lo volvió alguien que se desempeñaba en toda actividad como si cada momento fuera a ser el último. El siguiente verano se mudó a Hawái a un colegio privado, la Academia Hawaii Preparatory, donde se ejercitaba, practicaba tiro y jugaba béisbol, fútbol americano y básquetbol hasta quedar exhausto.

“El fútbol era su vida”, dijo Max Unger, jugador de los Santos de Nueva Orleans que estudió con Daniel en ese colegio y era su amigo.

Otros compañeros y entrenadores recuerdan que siempre estaba sonriente y lucía relajado cuando no estaba en la cancha, además de que tenía un apetito aparentemente insaciable para comida de todo tipo.

Empezó a jugar para la Universidad de Washington y se mantenía siempre entusiasta pese a la cantidad de derrotas del equipo para el que fue liniero durante sus cuatro años de licenciatura. Medía 1,90 de alto y pesaba unos 120 kilogramos, por lo que distaba de ser el jugador defensivo más grande del equipo. Sin embargo, era de los que mostraba mayor tesón: en ocasiones practicaba hasta el colapso y los entrenadores recuerdan que tenían que perseguirlo para asegurarse de que se mantuviera hidratado.

“Sabían que iba a seguir hasta que dejaran de funcionarle los músculos”, dijo Randy Hart, quien fue entrenador para posiciones y alineamiento en Washington.

El día del draft de la NFL, cuando los jugadores jóvenes son elegidos para ingresar a la liga mayor, su familia recuerda que estaba demasiado nervioso como para ver la transmisión en vivo. Cuando recibió una llamada de las Águilas, que lo eligieron en la tercera ronda, pensó que alguien le estaba haciendo una broma.

2010: Una difícil transición

Jugar en Filadelfia implicó ajustes complicados. Daniel acostumbraba usar sandalias y camisetas de manga corta, pero el clima en ese nuevo sitio no era el más propicio para ello. Los demás jugadores tenían a sus propias familias y los entrenadores de las Águilas no eran precisamente las figuras paternas a las que se había acostumbrado en el colegio y la universidad.

“Siempre decía que le preocupaba estar dentro de la burbuja del equipo”, recordó el entrenador del colegio de Hawái, Scott Oshiro, quien se mantuvo en contacto con Daniel.

Los otros jugadores eran más grandes y más rápidos; pronto acumuló varias lesiones. Su agente deportivo le sugirió llevar un diario para anotar sus lesiones en caso de que en algún momento necesitara pedir ayuda o prestaciones por incapacidad laboral. Esas fueron las notas que su hermana encontró.

En una página habla de dolores en el hombro después del primer campamento de entrenamiento, apenas un mes después de haber sido reclutado. Daniel escribió que le hicieron una resonancia magnética y encontraron que tenía un desgarre en el labrum del hombro y líquido acumulado en la articulación acromioclavicular.

Durante el resto del campamento de entrenamiento escribió que le dolía levantar pesas y que le recetaron Indocin, un antiinflamatorio. Pese al tratamiento, su hombro no mejoró. Aún faltaban varias semanas para el primer partido de la pretemporada.

Después de ese juego, se quejó con los médicos del equipo de dolencias en el tobillo; los doctores le habían limpiado astillas óseas la semana previa. Después del segundo partido de pretemporada le dijeron que tenía espolones en el tobillo derecho, lo que lo dejó en la banca casi toda la temporada regular al jugar solo seis partidos.

En enero de 2011 Daniel fue operado y, según otra página de su diario, le dijeron que debía usar una bota durante dos semanas. El mes siguiente fue operado del hombro.

Aprobó el último examen médico de la temporada de las Águilas, pero le retiraron el contrato al final de la pretemporada; solo quedó como parte del equipo de entrenamiento. A finales de noviembre, los Bucaneros le ofrecieron otro contrato.

2012: Éxitos y problemas en la NFL

Daniel encontró su lugar en Tampa. Estuvo en cada partido de las temporadas 2012 y 2013, con cuatro capturas de mariscales rivales. Se reencontró con un amigo de su equipo universitario, Mason Foster, con quien comía seguido y con quien preparaba alimentos samoanos.

“Familia, fútbol y comida: eso es todo lo que le importaba”, dijo Foster.

Las lesiones continuaron. De acuerdo con sus notas, Daniel se lastimó un dedo y el cuello, padecía de dolores de cabeza crónicos y aún tenía dolores de hombro y de tobillo. Prácticamente no hablaba con su familia sobre esos problemas físicos, y también había señales de un abuso de medicamentos. En su diario escribió que tenía problemas para dormir y que el doctor de Tampa Bay le recetó Ativan, un sedante. Otros doctores le recetaron también analgésicos como Tramadol, Percocet y Vicodin.

Parecía estar desarraigado: no tenía un departamento y vivía en hoteles.

Sus amigos y conocidos dijeron que se volvió paranoico y distante. No respondía a correos durante meses, pero después hacía llamadas sorpresivas desde números telefónicos desconocidos en las que sonaba extraño. “Daba miedo e intentamos acercarnos, pero no logramos que se abriera con nosotros”, dijo Marie, su hermana.

Cuando terminó esa temporada, los Bucaneros no renovaron el contrato.

2013: Desmoronamiento

Daniel buscó el siguiente paso para su vida después de la NFL. Foster dijo que su amigo quería hacer algo nuevo y que intentó postularse a un posgrado para volverse entrenador de americano a nivel colegial.

Sin embargo, sin poder desempeñarse en el deporte, no tenía en qué centrar su vida en Tampa. Se deprimió y estaba avergonzado de haber fracasado en la NFL, de acuerdo con amigos y familiares. Se volvió más paranoico. Insistía en que había personas detrás de él y que el personal de limpieza de los hoteles estaba husmeando entre su basura. Se quejaba de que alguien había clonado su tarjeta de crédito, hasta que se dio cuenta de que él había hecho los cargos y los había olvidado.

Aseguraba que había alguien “dentro” de sus computadoras; destruyó varias por ese temor.

Quien fuera su agente, Eric Kaufman, recordó que Daniel le dijo que se sentía “perdido sin el americano”; no obstante, canceló un viaje a Búfalo, Nueva York, para entrenar con los Bills. También cambió su número telefónico y fue expulsado de varios hoteles por no pagar.

“Sin duda alguna, todo eso era señal de fases tempranas de la ETC”, dijo Kaufman.

2015: Regreso a Hawái

Cuando volvió en el verano de 2015, era un hombre muy distinto al que había dejado Hawái. Era olvidadizo, estaba agobiado y estaba disperso física y mentalmente, según su hermana. Minimizaba el dolor que tenía en las rodillas, hombros, espalda y de cabeza, y no le daba mucha importancia a que tomaba muchas pastillas de Tylenol. Su resumen clínico, complementado con entrevistas a familiares y su historial clínico, indica que bebía alcohol entre tres y cinco veces por semana, “con frecuencia de manera excesiva”.

La paranoia que mostró en Tampa ya no estaba tan presente y estaba emocionado por regresar a su colegio, Hawaii Preparatory, como entrenador de atletismo y de americano. No tenía auto y a veces pasaba la noche en el piso de los vestidores del equipo de la escuela y desayunaba en el comedor estudiantil para poder estar a tiempo en los entrenamientos.

Pese a su conducta errática, Daniel era muy querido y se quedó con el puesto de entrenador principal de americano en 2017. Se mudó a los dormitorios del colegio para también ser asesor de los estudiantes. El equipo terminó la temporada con dos triunfos y siete derrotas, pero en todas las fotografías de ese entonces, Daniel lucía muy emocionado cada vez que se dirigía al equipo.

Esas apariencias no delataban la agitación en su interior. Se desmayaba constantemente y perdía la conciencia. Sus amigos y familiares dicen que tenía problemas para concentrarse en más de una cosa; no presentó su declaración de impuestos para el año 2013 sino hasta pasado 2016. Prometió que iba a ir a la boda de un amigo, pero después dijo que incluso se le olvidó comprar el boleto de avión.

2017: Sin ayuda de la NFL

Lo que los allegados de Daniel no sabían es que el jugador ya había pedido ayuda. En 2017 contactó a Sam Katz, abogado deportivo de ATHLAW, que ayuda a los exjugadores a conseguir prestaciones por incapacidad.

Katz reunió todos los registros médicos de Daniel y metió la solicitud en julio para beneficios por lesiones incurridas debido al deporte. Los administradores del plan de las prestaciones programaron una cita con un ortopedista avalado por la NFL para el 2 de octubre en San Antonio.

El doctor le dijo a Daniel que tenía uno de los peores casos de artritis degenerativa en los tobillos que había visto. También encontró daño en las rodillas y hombros, nervios prensados en el cuello y un desgarre de tendón en el bíceps.

Después de la cita, Katz recuerda que Daniel le dijo: “Quiero que cuides a mi familia si me pasa algo”.

Unas semanas después, el 27 de octubre, Daniel y los demás entrenadores de Hawaii Preparatory tuvieron una celebración en la que él posó con sus jugadores, sonriente. Dos días después, fue a casa de un amigo, donde tomaron vodka, hablaron y cortaron el césped. Daniel se quedó a dormir en una de las habitaciones para invitados.

Doce horas después, se le declaró muerto por una sobredosis.

Al día siguiente, la NFL le envió una carta a Katz: la solicitud de Daniel había sido rechazada porque, a decir de la liga, las lesiones no eran suficientemente severas ni numerosas.

2018: Encefalopatía

Después de la muerte de Te’o-Nesheim, Katz apeló esa decisión para que la familia del jugador pudiera recibir de manera retroactiva las prestaciones. El 25 de mayo, los encargados del plan de incapacidad respondieron a favor, un caso muy poco frecuente de que los beneficios se otorguen de manera póstuma.

“Él podría haber usado ese dinero para su cuidado médico”, dijo Katz. “Pero nunca tuvo la oportunidad”.

La familia de Te’o-Nesheim donó su cerebro al centro de estudios de ETC de la Universidad de Boston, donde la directora y neuropatóloga Ann McKee no encontró señales obvias de daño, pues son poco frecuentes en un paciente tan joven. Pero, a nivel microscópico, encontró decenas de lesiones en el lóbulo frontal vinculadas a la ETC.

“Siempre sorprende y asusta ver tantas lesiones en alguien que solo tenía 30 años”, dijo McKee.

Los estudios muestran que los síntomas relacionados a la encefalopatía traumática crónica —como la paranoia, la depresión o la demencia— se presentan más en jugadores que empiezan a jugar fútbol americano antes de los 12 años. Daniel empezó a jugar a los 11.

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Este texto fue publicado originalmente en The New York Times en español.


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